Cambios frívolos | Letras Libres
artículo no publicado

Cambios frívolos

Los cambios cuestan. Para justificarlos, el beneficio tiene que ser incomparablemente superior al costo, y puede serlo.

Sé siempre igual -dijo López Velarde a la "Suave patria" que parecía volverse "pomposa, multimillonaria, honorable en el presente y epopéyica en el pasado". Veía en la nueva riqueza petrolera y el presidencialismo de Obregón la tentación de restaurar los oropeles del Porfiriato. Deseaba un país más auténtico. Pero no es posible ni deseable ser siempre igual, literalmente. Todo cambia, y puede ser para bien, aunque haya cambios lamentables, frívolos y hasta tramposos, como los del Gatopardo: "Si queremos que todo siga como está, hay que cambiar todo".

Los cambios cuestan. Para justificarlos, el beneficio tiene que ser incomparablemente superior al costo, y puede serlo. Hay especialistas en administración de marcas que asesoran para los cambios (de nombre, logo, emblemas y características identificables del producto). Sus proyectos son un trastorno y tienen costos millonarios, pero los clientes compran, en espera de grandes beneficios. Hay hasta valuadores de marcas, según los cuales, por ejemplo: la marca Ferrari en 2013 valía cuatro millardos de dólares y la marca Apple cien. El nombre es un capital que hay que cuidar, no descartar así nomás.

Pero en México se desperdicia alegremente el capital social, sobre todo si es intangible. ¿Qué se ha ganado con darle cuatro nombres distintos al programa Solidaridad (1988), Progresa (1997), Oportunidades (2002) y ahora Prospera (2014)? Los ajustes pudieron hacerse conservando el nombre original. Pero fue visto como la marca de un presidente anterior, y los siguientes querían su propia marca. Si Apple fuera del gobierno, iría cambiando sexenalmente a Pera, Ciruela, Tuna.

Desde hace un siglo, los taxis de Yellow Cab son amarillos. Pero, en los últimos 30 años, los taxis del Distrito Federal han tenido cinco colores sucesivos. Las autoridades sucesivas querían hacerse notar, y hubo que repintarlos.

Afortunadamente, la Cruz Roja no depende del gobierno. Hoy tendría otro color (digamos, Cruz Gris) y otro nombre oficial (Servicios Paramédicos de Urgencia del Poder Ejecutivo).

Como en los otros casos, se tiraría a la basura un capital de la memoria: identificación, experiencias y conocimientos que definen de qué se trata, cómo se usa, qué juicio merece. Además del costo de cambiar toda la papelería, los rótulos, las credenciales, los contratos.

En 1938, se fundaron los Talleres Gráficos de la Nación como el monopolio impresor de la papelería oficial. Todas las dependencias tenían que hacer cola, suplicar y adelantarse a un lugar mejor para dar forma a su fantasía creadora de trámites. Lo práctico hubiera sido liquidar los Talleres y dejar que cada dependencia contratara al mejor postor. Se optó por liberarlas, pero conservando la entidad con otra identidad: Talleres Gráficos de México, por si había dudas de qué Nación se trataba.

Recientemente, el Instituto Federal Electoral amplió sus atribuciones, innecesariamente, y además cambió de nombre, innecesariamente, a un costo descomunal. Ahora se llama Instituto Nacional Electoral, y cada filial OPLE: Organismo Público Local Electoral.

¿Cuánto va a costar que el Distrito Federal cambie de nombre, si se aprueba la reforma política? Las palabras Distrito Federal y las siglas D.F. están en la memoria de millones de personas y en millones de documentos, muros, placas de bronce, credenciales, archivos y libros. ¿Cuánto va a costar tamaño trastorno? Multiplicado en la cascada de cambios adicionales. Las 16 delegaciones dejarían de llamarse así, convertidas en municipios. El Gobierno del Distrito Federal, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, el Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal, la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal, etcétera, se llamarían de la Ciudad de México. ¿Para qué?

Hasta el oscuro Organismo Promotor de Medios Audiovisuales transformará su largo nombre en otro, más largo: Sistema Público de Radiodifusión del Estado Mexicano. ¿Por qué no alargarlo un poquito más: Sistema Público Integrado de Radio, Televisión y Otros Medios Audiovisuales del Estado Mexicano? Ni soñar en la simple Radiotelevisión Italiana.

México empieza desde cero cada seis años. Como Adán en el Paraíso, los recién llegados tienen que ponerle nombre a todo. Pero la Revolución mexicana palidece frente al glorioso antecedente de la francesa, que puso otro nombre a los días de la semana y los meses del año.

Todavía es tiempo de bautizar el Zócalo como Gran Explanada de Usos Múltiples.

 

(Reforma, 26 octubre 2014)