Caligrafía de los sueños de Juan Marsé | Letras Libres
artículo no publicado

Caligrafía de los sueños de Juan Marsé

 

Cualquier lector de Juan Marsé conoce la importancia que realidad, imaginación, memoria y ensueño desempeñan en su mundo narrativo: ese territorio explorado con perseverancia y persistencia (dada la tenacidad y la pertinacia de los retornos), y también con saña y ternura, amor y rabia, desesperanza, piedad, humor, ironía y sarcasmo, nostalgia, indulgencia o melancolía. Un territorio que es un espacio físico, real e irreal a la vez, tan verdadero como inventado/fabuloso; un barrio mental, como lo llamó Enrique Vila-Matas, o un barrio de barrios donde también transcurre Caligrafía de los sueños, en “tiempos de infamia y sacristía”, los años finales de los cuarenta (que constituyen el presente narrativo y a los que se suma un breve epílogo datado en el verano de 1958).

La contigüidad entre Caligrafía de los sueños y Si te dicen que caí es patente para quien conozca ambas novelas. Retorna la escenografía: la montaña Pelada, “páramo gris de la desolación y la soledad, particular y secreta parcela de las cumbres borrascosas de unos chiquillos”; el bar bodega Rosales, con su “suelo maltrecho y desnivelado de baldosas negras y blancas”; los cines; el tostadero clandestino de café situado en el pasaje Oliveras; junto con el pasajero contrapunto del barrio chino y sus extremos (las barracas del Somorrostro y Can Tunis, el Campo de la Bota). Retornan algunas marcas de lugar y época y alusiones a episodios y anécdotas que en otras obras tuvieron su desarrollo novelesco: el activismo de los “hombres de hierro” y sus viajes a Canfranc; la condena de los héroes a la hoguera, por si las moscas y por las ratas azules; las peripecias del mago Fu-Ching; la historia de una meuca que aparece estrangulada en la cabina de proyección del cine Delicias. Retornan algunos personajes, principales y “de reparto”: Pep el Matarratas y Alberta flor de mi vida, los padres de Mingo; la pandilla de amigos, los trinxes de cabeza rapada, tez famélica “y las rodillas roñosas, y, en invierno, ardientes sabañones en los dedos y en las orejas, y en los pies el sempiterno frío como una fiebre helada”; y el capitán Blay (el imborrable topo que salía a la calle disfrazado de peatón atropellado por un tranvía), que pasea con el señor Sucre, pintor de cartelones; o don Víctor Huguet, un viejo escritor represaliado; además de unos cuantos extras magníficos: el gordo Agustín, el tabernero, y su hermana Paquita, las vecinas, los parroquianos de la taberna, y los derrotados: “hombres como sombras que parecían buscar una taberna donde esconderse del mundo”.

Asimismo, la filiación entre ambas novelas procede de la propia factura narrativa, con el ensamblaje de verdad y mentira o el juego entre realidad y apariencia que conforman el genuino y prodigioso artefacto fabulador de las aventis (de las que se habla en todo un capítulo), junto con otros recursos y leitmotivs que vertebran la obra, como el juego especular (lectura sosegada requiere la escena del capítulo once que transcurre en el bar los Joseles); los rumores –la funesta historia del marido de la sanadora, “el falangista mejor peinado que has visto en tu vida”, que el chico oyó contar en dos ocasiones–; el chismorreo hipócrita, las habladurías envidiosas y los chismes sobre la señora Mir, y demás voces contrapunteadas que resuenan en la novela; las taras físicas y los defectos y mutilaciones de los personajes que expresan no solo el general raquitismo de una época sino también su encanijamiento moral –que afectan incluso a los raíles del tranvía: carriles muertos, testigos mudos de una ruta abolida y olvidada, al par que espléndida metáfora del absurdo. Innecesario subrayar, por otra parte, el inconfundible estilo de Juan Marsé: una indesmayable escritura cuyas excelencias se han señalado reiteradamente.

En Caligrafía de los sueños, retorna Mingo –uno de los muchachos de Si te dicen que caí; que también es el narrador de Historia de detectives– o, mejor dicho, Ringo –“suena lo mismo, pero no es lo mismo”, replicará–: diminutivo familiar de Domingo, “un nombre mutilado como mi dedo”. Pero ahora Ringo ya no es el narrador, puesto que la aventura y el ensueño amoroso de la señora Mir, que constituye la intriga de la novela (una tragicomedia con sus ribetes bufos, patética y grotesca), se cuenta en tercera persona, aunque desde la mirada de Mingo, un muchacho que crece. Otra dualidad, otra tensión (adjudicar la voz a un narrador omnisciente que cuenta desde el punto de vista del personaje) como las antes mencionadas –si bien en Caligrafía de los sueños todo esto está mucho más atenuado por la distancia y por la luz diurna que lo preside todo. No hay subterráneos (traperías, criptas, urinarios, refugios antiaéreos) y los hechos transcurren en superficies, interiores o exteriores. Esta vez Juan Marsé ha destapado el juego desde el primer momento, poniendo todas las cartas sobre la mesa y, además, boca arriba. Y creo que como novelista se ha planteado, con esas reglas, embrujarnos; probar si la realidad desnuda y no fabulada soporta una historia.

Con lo hasta aquí dicho, no quisiera dar una falsa o errada impresión. En Caligrafía de los sueños no hay “más de lo mismo”, aunque pueda parecerlo. Juan Marsé no (se) repite. En sus novelas, lo que hay es variación, en el sentido musical de la palabra: “cada una de las distintas formas que se dan en un tema, combinándolo o adornándolo, pero de modo que permanece reconocible”. Y conste que no recurro al símil musical porque Ringo quiere y sueña con ser pianista (y en esta novela hay abundantes pasajes y citas de libros de solfeo que tienen un valor metarreferencial en tanto que expresan o aluden a la poética narrativa de Juan Marsé), sino más bien para aclarar por qué he hablado antes de contigüidad entre Caligrafía de los sueños y Si te dicen que caí: los mundos de una y otra novela pueden parecer el mismo, están juntos y en contacto, se tocan, son lindantes entre sí, pero uno mira más hacia atrás (hacia el pasado inmediato, Guerra Civil incluida) y el otro camina hacia delante. El tiempo de las aventis ha pasado, el muchacho ha crecido, ha descubierto el mal y el consiguiente sentimiento de culpa y recibe otras lecciones de su padre (creo que es la novela donde Marsé homenajea y desnuda más rotundamente al impar Pep, que siempre ha planeado de forma más sesgada o fantasmal), pero también de él se desliga Ringo: de su manera de ver (y contar) la realidad: una manera torticera, manipulando sin escrúpulos, “con las costuras rotas para provocar la risotada y la complicidad de los oyentes afines a su ideario y también con una secreta furia interior, a ratos mal reprimida. Era incapaz de contarlo como no fuera empleando la sorna revanchista y bronca que había acabado por enronquecer su voz”.

Mingo crece; lo vemos crecer en esta novela que también tiene su parte de bildungsroman o relato de apren-dizaje: aprende a no fiarse de las apariencias; intuye que otra realidad se le está escurriendo de las manos y logrará apresarla; y averiguará que el tiempo de las aventis nunca estuvo parado, hasta el punto de que llega un día en el que las ensoñaciones y fantasías acariciadas en privado se le antojarán “una ridícula calentura infantil y el colmo de los despropósitos”, le harán sentir un iluso.

Desde la mirada decepcionada y descreída de Mingo se nos cuenta la historia de amor entre la señora Mir y Abel Alonso, una historia protagonizada por dos seres que no parecen capaces de anular, o desdibujar, los contornos de la realidad: el uno porque apenas está, dado que de aquella aventura se nos cuenta su desenlace; y la otra tampoco, porque la señora Mir es “una pobre loca”, una “colipava”, una “caricatura de mujer”, una “doña floripondio”, una “romántica irremediable y cursi, eternamente apresada en su telaraña sentimental”, una mujer ridícula, un “monumento a la afectación”, que desagrada a Mingo: “no le gusta el color amarillo de sus rizos, no le gustan su boca de piñón, su voz carnosa, sus hombros redondos y antiguos, no le gusta cómo sujeta la botella en la axila, ni sus manos volatineras y omnipresentes, ni ese ancho cinturón blanco que realza sus ancas y aúpa sus pechos, ni sus zapatos de fulana con tiritas doradas que dejan ver las uñas de los pies pintadas de color morado...”.

Afortunadamente, este muchacho es un lector: siempre lo vemos con un libro bajo el brazo, y Marsé se cuida muy bien de concretar los títulos de esos lomos (desde El libro de la selva, u otros clásicos juveniles, a La piel de zapa, Hambre, los cuentos de Hemingway o “Los muertos” de Joyce). Es otro aprendizaje del muchacho siempre agazapado detrás de un libro, parapetado frente a una realidad voluble e inaprensible. Solo así, con este bagaje, Mingo se atreverá a empezar a mirar alrededor y de frente, para contárnosla, como lleva haciendo el novelista barcelonés desde ya casi medio siglo. ~


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