Calamaro, maldito en el país burgués | Letras Libres
artículo no publicado

Calamaro, maldito en el país burgués

Alta suciedad comenzó a ser grabado en febrero de 1997; La lengua popular, en ese mismo mes de 2007. Entre ambos discos se extiende un período de diez años repleto de acontecimientos privados y públicos en la vida de su autor: encuentros en aeropuertos, conformación y disolución de bandas, separación, mudanzas, reclusión artística y toxicológica, la composición de trescientas canciones en tres meses, un juicio por apología de las drogas, paternidad, entrevistas, conciertos y, sobre todo, grabaciones, cientos de grabaciones, algunas de las cuales fueron realizadas en condiciones técnicas precarias en Madrid y en Buenos Aires, y que cristalizan en esta caja de seis discos, dos DVD y un libro que son testimonio de la huida hacia adelante de un músico obsesionado con la conformación de un legado en forma de canciones.

Andrés. Obras incompletas reúne ciento nueve de ellas, más varias docenas de vídeos, directos y entrevistas. De esas ciento nueve canciones, una buena cantidad había visto ya la luz en los discos fundamentales de Calamaro, Alta suciedad (1997), Honestidad brutal (1999), El salmón (2000) y La lengua popular (2007), y en los proyectos El cantante (2004), Tinta roja y El palacio de las flores (ambos de 2006) y el directo El regreso (2005). En defensa de su inclusión en esta antología, el músico ha dicho recientemente que se trata de canciones que no habían sido escuchadas adecuadamente en su momento, pero esto es, al menos, un error de apreciación, puesto que “El salmón”, “Loco”, “Los chicos” o “Flaca” han sido sencillos de sus respectivos álbumes y han tenido sus propios videoclips de alta rotación en las cadenas musicales, lo que relativiza la necesidad de ser escuchadas de nuevo excepto, naturalmente, por el hecho de que son grandes canciones.

Andrés Calamaro posee una compulsión acumulativa, puesta de manifiesto ya en las Grabaciones encontradas (1993-1994) y en el crecimiento exponencial de sus álbumes: al doble Honestidad Brutal le siguió el quíntuple El salmón y a él una cantidad incluso más grande de grabaciones colgadas en la red. Esta acumulación supone el intento de cristalizar un legado pero también el de integrar ese legado a una tradición específica, la del rock argentino en tanto parte de la música popular de ese país. Ahora bien, esa tradición no ha estado al margen de la degradación ballardiana y terrible de Argentina y de su cultura durante los diez años que abarca Andrés (once en realidad, ya que algunas grabaciones son de 1996) y, quizás, una de las conclusiones de la escucha de esta caja es que la productividad de Calamaro contrasta dramáticamente con la de los tres músicos alrededor de los cuales se articula esa tradición de acuerdo al consenso (Litto Nebbia, Charly García y Luis Alberto Spinetta), quienes, con la excepción de este último, han pasado la década insistiendo en una innecesaria continuación de su obra anterior, a la que parecen parodiar antes que prolongar, o alternando situaciones escandalosas e internaciones; ni siquiera sus compañeros de generación han salido indemnes del período: Fito Páez se ha abonado al exceso de producción de canciones esencialmente superfluas y Gustavo Cerati, a los regresos faraónicos de su grupo de la década de los ochenta. En ese panorama, las canciones de Calamaro se antojan como una de las pocas cosas perdurables del período: retratos despiadados de Argentina (“El palacio de las flores”, “La libertad”, “Clonazepán y circo”), historias de separaciones dolorosas (“Crímenes perfectos”, “El día de la mujer mundial”), declaraciones de amor (“Paloma”, “Soy tuyo”), el buceo en la vocación artística y sus complementos farmacológicos (“Mi bandera”, “Mi funeral 11”, “All u need is pop”) y apelaciones a unas musas que Calamaro define por la negativa (“no son canciones urgentes,/ no son asuntos pendientes,/ no son martes de carnaval de Brasil”) pero han sido generosas con él como con ningún otro músico argentino contemporáneo.

Esos mismos temas públicos y privados son los que aparecen en las nuevas canciones de Andrés, y allí es donde la mera constatación del talento de Calamaro como escritor de canciones se convierte en entusiasmo y admiración: las veintiocho canciones nuevas (a las que hay que sumar varias pertenecientes a la banda sonora del filme El delantal de Lili y un puñado de covers) están a la altura de las anteriores o las superan, una noticia no tan nueva para quienes conocían las grabaciones que Calamaro había puesto en la red a través de las páginas camisetasparatodos.com y deepcamboya.com.ar y que constituían un muestrario de un músico que quizás no fuera feliz por entonces pero estaba dispuesto a hacer felices a sus oyentes saltándose todas las convenciones. Las grabaciones del período estaban mal tocadas, mal cantadas y mal grabadas y el oyente sospechaba que sólo un error podía hacer que Calamaro se atreviera a una versión salsera de “My Way” o a un cover del clásico incombustible “Hola don Pepito, hola don José”, pero su honestidad en la incorporación de ese error al proceso creativo, la sensación de que estas canciones permitían asistir a ese proceso, puesto que parecían estar siendo compuestas en el mismo momento en que eran interpretadas y registradas, y el carácter antieconómico de la propuesta, que obligaba a pensar acerca de los vínculos entre arte y dinero, lo dotaban todo de un singular brillo. Y luego estaban las canciones propiamente dichas, algunas de las cuales aparecen en esta caja: la programática “Mi bandera”, la extraordinaria “Bachicha” (“una canción patriótica en cualquier patria del mundo”, según su autor), la escalofriante y reivindicativa “Rivothriller”, la minimalista y dolorosa “Manifiesto común” (que muestra que es imposible aludir a los horrores de la última dictadura argentina con la sintaxis de la lengua cotidiana), “Cuatro jinetes”, “Patas de rana” y “Hop de realidad”. Y decenas de otras que se echan de menos en esta caja: “Tarde de trópico IV”, “Caseros k. o.”, “22 de agosto”, “El prócer”, “Jack Yacaré”, “La estación de los vampiros” o “Moby Dick”. Andrés es esencialmente un disco de pop (cualquier cosa que eso sea), pero al formar parte de una tradición más amplia y esquiva incluye también blues, r&b, soul blanco, rock’n roll, baladas, chacareras, chachachás, boleros, cumbias, funk, rumbas, tangos, reggae y rancheras, en una enumeración que demuestra una versatilidad a la que es necesario darle tanto mérito como a las habilidades de Calamaro como letrista. Muy pocos poseen su talento para el uso de la frase hecha, a la que desnaturaliza mediante su transposición a otro contexto; así, se pueden hacer cábalas sobre lo que las expresiones “media verónica” o “el tercio de los sueños”, provenientes del lenguaje de la lidia, pueden significar para un oyente argentino y, a la vez, qué puede extraer un oyente español de referencias como las de “el chico cuartetero”, el “ricotero”, las “chapas”, los “chumbos”, un sucesor “fetén” de Brian Wilson, la realidad “dabuti”, el sol “que ilumina el histórico convento” y el “colectivo” 60 y los nombres de Miguel Ángel Santoro, el Chivo Pavone y “el gran Patoruzú”. En ese sentido, la transcripción en el libro de la letra de “Bachicha”, el primer sencillo de la caja, requiere sintomáticamente de siete notas al pie que no agotan su sentido, que permanece esquivo: “los calcetines de la media/ no perdonan ni siquiera/ el más mínimo derrape en la carretera”.

La figura del salmón, que nada contra la corriente, es tal vez la más adecuada para describir la trayectoria de Calamaro, y no es casual que se haya convertido en su apodo. Es bueno que haya alguien así dando vueltas, y es maravilloso que estén allí todas esas canciones, que ya son (al menos por las condiciones particulares de su composición) el hecho maldito de ese país burgués que es Argentina. Quizás tras la publicación de Andrés (con sus excelentes fotografías, su diseño minimalista, soviético y hermoso y los textos del propio Calamaro, Rodrigo Fresán y otros) ya nadie necesite preguntarse qué estuvo haciendo su autor entre 1997 y 2007, pero tal vez sí tenga que hacerse otras preguntas. ¿Qué hacían los compañeros de generación de Calamaro mientras él componía “Carnaval de Brasil” o “Bachicha”? ¿Y qué hacíamos nosotros? Leíamos, escribíamos, nos intoxicábamos con alcohol y con drogas legales, perdíamos soberanamente el tiempo y nos enredábamos en relaciones que sólo podían terminar mal; pero allí estaban estas canciones, las canciones de un país imaginario a caballo entre Madrid y Buenos Aires, como las vidas de algunos de nosotros, que explicaban y alegraban nuestra existencia allí y entonces, y seguirán haciéndolo.~