Caballero, Muerte y Demonio | Letras Libres
artículo no publicado

Caballero, Muerte y Demonio

Durero: Ritter, Tod und Teufel

Mi espada, mi lanza, mi casco, mi caballo, mi perro, mi fe en Dios. Y mi castillo en lo alto de la gran peña dominadora de los cuatro horizontes, donde me espera mi mujer ansiosa de que mi llave abra su cinturón de castidad (y yo confío en que ella me habrá sido leal y sólo mía al menos por la parte del coño). Ah, la mujer, el reposo del guerrero.

Hablo desde el silencio de esta imagen: Soy un caballero cristiano, el paradigma de Soldado de Cristo que veis en este grabado del gran artista Albrecht Dürer, quien lo hizo con punta ácida sobre plancha de cobre en el año de 1513. Desde entonces he vivido y viviré en una suerte de inmortalidad que vosotros (hombres del siglo XXI que os jactáis de muy modernos, de muy técnicos, de muy civilizados) llamaríais mera inmortalidad virtual. Gracias a Dürer, al que vosotros llamais Durero, yo duraré, perduraré, pero ya antes de que él me retratara era yo un soldado de todos los tiempos, pues por donde mi caballo ha pisado en tierras enemigas y en diversas épocas no ha crecido más la hierba. He combatido en todas partes donde se ha ofendido a Dios, he militado en guerras santas, he castigado a hierro y a fuego a los reacios a la Fe correcta, fuesen hombres o mujeres o viejos o niños. Y miradme: estoy en el mediodía de mi edad, en mi aquilino perfil podéis leer la fuerza de la voluntad y la viril tensión del ánimo. Heme aquí varón de estirpe superior, forjado en la guerra, única forja de temples y razas. La guerra: pasión de los fuertes, única actividad digna del hombre, único rito que sé y quiero oficiar, y lo oficio como todo un profesional, como un maestro que da lecciones gratis y por su gusto. Montado en mi fiel caballo, y envuelto en polvo, sudor y hierro, vengo desde muchas guerras e iré hacia todas las guerras de fe, de conquista, de represalia, de mera pasión deportiva. He vivido mañanas de estruendo y furia y noches de crispada vigilia, he sufrido heridas y agonías y siempre las he vengado, he sobrevivido a batallas y escaramuzas y emboscadas, jugando sin pausa en el universal tablero de la guerra. Por el solo esfuerzo de mi corazón, de mi brazo y de mis armas, he ganado tierras que he ido dejando tras de mí, en busca de otras más, y la armadura que habito es sólo la caparazón de mi voluntad, la extensión de mi condición de hombre de guerra, ¡y a mucha honra!

Si me veis un tanto cansado y adusto, he de confesaros que lo estoy, pues llevo andados muchos caminos. No he dormido desde no sé cuantas noches o no he cerrado los párpados en esta sola y larga noche, una noche de enfiladas noches en que he debido atravesar este vasto bosque donde la noche es aún mas densa, este bosque y esta noche de los que parece que al fin estoy saliendo para poder, entre peñascos y breñales, avistar mi castillo... Pero...

Pero, mi castillo, ay, qué lejano ahora lo veo, ¿llegaré a él?, ¿estará allí mi dama deseando mi llegada? Ella: el merecido reposo del guerrero, ¿estará esperando el chirrido de la llave que liberará su ansioso coño? ¿Y la poseeré como a una ciudad vencida, toda en fuego ardiendo? Pero...

¿Quiénes son éstos innobles y malignos seres que no sé desde cuándo me acompañan, mejor dicho: me malacompañan? Quién sino la Muerte de collar de zumbantes serpientes, de rostro barbado y casi de calavera, que me enseña el reloj de arena profetizándome la última de mis horas y que me dice Omnes Feriunt, Ultima Necat: Todas Hieren, la Última Mata; quién más sino el bizco Demonio entre perruno y porcino, a la zaga de mi cabalgadura a la que no ha dejado de hostigar con su propia lanza, como un innoble picador al noble toro (¿cómo?, ¿yo hablando de tauromaquia?, anacronismo se llama esta figura). Pero acaso más triste está el fiel y noble bruto que monto: mirad su mirada casi humana que se pierde más allá de este grabado. ¿Es que mi caballo presiente que me encamino hacia mi última hora? ¿Es que acaso este retorno es un final, y va a acabarse la que creía la inacabable fiesta de la cabalgata, del ataque, del asalto y el alarido y la lanza y la espada? ¿Será que está venciéndome el tiempo medido según los granos de arena que caen en el seno inferior del reloj? ¿Será que la Muerte ya me tiene cantada la muerte y el Diablo no tardará en presentarme la cuenta por haber sido mi cómplice en el pecado, la depredación y el crimen? ¿Será que en ese ahora tan lejano castillo (que ya no sé si fue mío, si sólo será una ilusión, o al menos si se puede llegar a él) me esperan la Muerte y el Demonio, de los cuales este viejo desdentado al lado mío y esa babeante bestia atrás de mí serían nada más que anticipatorias representaciones? No sé, pero, sabedlo, hombres flojuchos y mujeriles de un siglo futuro, hombres que ya no sabréis matar y delegareis esa misión en aparatos y bombas: todavía no estoy derrotado y prometido a la Muerte y al Demonio, aunque me veais encerrado en este grabado de Albercht Dürer y del año 1513.

[Así desde el silencio del grabado nos habla el duro Caballero medieval. Quizá alguien le dijo un día: “Cuéntanos la historia de tu primera o última guerra y sabremos la historia de todas las guerras: de las que fueron, de las que son, de las que serán.”]

(Publicado previamente en Milenio Diario)