Bowie, un día después | Letras Libres
artículo no publicado

Bowie, un día después

The Next Day no puede entenderse, no debe entenderse, sin los días que lo antecedieron. Y esto es, de cierta forma, lo novedoso.

Stars are never sleeping 
Dead ones and the living 

 

El primer disco de David Bowie que tuve fue Changesbowie (1990), una recopilación de sus grandes éxitos hasta ese momento. En unas quince canciones, ofrecía una breve pero contundente muestra de versatilidad –desde la atmósfera folk espacial de “Space Oddity” hasta el pop épico de “Heroes” – y abría puertas a un universo musical que me sigue pareciendo vastísimo. A partir de ese disco, me hice un fiel seguidor. Sin seguir un orden estrictamente cronológico, fui reuniendo las piezas del rompecabezas de su carrera, aunque, por razones de contemporaneidad, lo primero que tuve a la mano fue el segmento de la década de los 90. Me obsesioné con Outside (1995), me gustó mucho Earthling (1997) y compré, en parte por interés y en parte por reverencia, Hours... (1999), Heathen (2002) y Reality (2003), que me parecieron medio flojos, aun con sus momentos memorables.

En 2004, Bowie sufrió un ataque cardiaco mientras recorría Europa promocionando Reality. El incidente lo llevó a cancelar la gira y a poner en pausa su carrera musical. Esta retirada dio pie a una inquietud generalizada que alcanzó su punto cumbre ahí por 2011, cuando los Flaming Lips lanzaron “Is David Bowie Dying?”, una canción cuya mayor relevancia estaba en darle voz a una angustia entonces compartida por melómanos de todo el mundo: que el legendario músico británico, severamente enfermo, aguardaba su final en su departamento de Nueva York.

No es que Bowie hubiera realmente desaparecido, pues había tenido contadas apariciones en películas y comerciales. En 2003 salió en un anuncio de Vittel, una marca alemana de agua embotellada. En él, un Bowie vestido con irreconocible sencillez se encontraba en diversos rincones de su casa con alguno de los personajes a los que ha dado vida en su carrera. En 2006 interpretó a Nikola Tesla en El gran truco, de Christopher Nolan, y demostró que sus habilidades como compositor seguían vivas en un capítulo de la serie Extras. En 2007 le prestó su voz a un personaje de Bob Esponja. Además, colaboró musicalmente con Arcade Fire y Scarlett Johansson, entre otros.

A pesar de lo anterior, a Bowie, alejado de los escenarios, de los medios de comunicación y de las redes sociales –los canales a través de los cuales un músico debe hacerse notar en estos días–, se le consideraba desaparecido; un ermitaño y, en el peor de los casos, uno moribundo.

Pero el 8 de enero de este año, día de su sexagésimo sexto aniversario,Bowie anunció, de forma inesperada, que el 11 de marzo saldría a la venta un nuevo álbum, llamado The Next Day. Publicó, a través de su sitio web, el primer sencillo del disco, “Where Are We Now?”, unamelancólica balada en la que rememora los años en que vivió en esa capital, entre el 1976 y el 1979, y grabó su famosa “trilogía de Berlín” (compuesta por Low, Heroes y Lodger). También la portada de The Next Day hace alusión a esa época. El diseñador Jonathan Barnbrook superpuso a la portada de Heroes un cuadro blancocon el nombre del disco.

En febrero vino el video del segundo sencillo, “The Stars (Are Out Tonight)”, que guardaba un curioso parecido con el mencionado comercial de Vittel. David Bowie, convertido en un hombre inofensivo, casado y hogareño se ve perseguido por los fantasmas de su pasado, que invaden su vida tranquila y enloquecen a su suburbana esposa, encarnada por Tilda Swinton.

En marzo, la imagen de Bowie estuvo en la portada de todas las revistas pertinentes. Casi todas usaron imágenes antiguas, a falta de fotos frescas. Solo NME tuvo el privilegio de una foto exclusiva de Bowie, que él mismo tomó y mandó a la revista, y lo muestra con el rostro oculto tras una máscara. Además de esta, solo ha circulado otra foto reciente, donde Bowie sale sentado al pie de un retrato de él y William Burroughs, tomado en 1974.

Debe quedar claro a estas alturas que The Next Day no puede entenderse, no debe entenderse, sin los días que lo antecedieron. Y esto es, de cierta forma, lo novedoso.

En sus 50 años de carrera y 24 álbumes, Bowie ha sido, en palabras de Paul Morley “el equivalente humano de una búsqueda en Google, un portal a través del cual podías entrar a un mundo sorprendente, muy distinto y más amplio”. David Jones ha jugado constantemente a la reinvención, empezando por el momento en que se hizo llamar Bowie para distinguirse del Davy Jones de los Monkees (quien, por cierto, sí falleció en febrero del año pasado).

Bowie fue quizá la primera estrella de rock en hacer de esa reinvención un imperativo. Ha pasado, con suerte variada, del folk al psicodélico, del glam rock al pop, del soul al funk y del hard rock al drum n’ bass, invocando referencias tan variadas como Andy Warhol y Antonin Artaud, compartiendo créditos con John Lennon o Queen, dejándose acompañar por Trent Reznor o Brian Eno. En algunos momentos ha sido un innovador musical, y en otros un buen intérprete de las tendencias en boga. En cada una de estas encarnaciones ha sido también un personaje distinto: Ziggy Stardust o Aladdin Sane en los 70, The Thin White Duke en los 80. En una conversación que Chuck Klosterman y Alex Pappademas sostuvieron en 2012 a instancias del sitio Grantland.com con motivo de otro rumor, este de “buena fuente”, sobre la muerte de Bowie, Pappademas aseguró que a Bowie ponerse en la piel de esos personajes “le permitía articular lo que significaba ser él al momento en que estaba fingiendo ser ellos”. Los disfraces, los continuos cambios de piel, son en Bowie un medio de expresión tan importante como la música. 

No es un mérito menor de The Next Day haber condensado, en imágenes y música, esta trayectoria. Pero si se tratara de una simple condensación, nos encontraríamos ante algo más parecido a una exposición de museo. No es el caso: The Next Day es un disco fresco que sorprende aun sin quererlo. El álbum ocupó el primer lugar en ventas en 40 países y ha sido elogiado de manera casi unánime por la crítica. Tal vez Bowie ya no esté a la vanguardia de la música (y no importa: ya prestó servicios más que suficientes en ese rubro), pero nadie parece considerarlo una reliquia del pasado. The Next Day es una revisión, más que una reinvención, de la carrera de Bowie. Muestra que, a sus 66 años, sigue siendo un gran compositor de canciones y un gran promotor de sí mismo. Sin embargo, parece dispuesto a conformarse con ser el David Bowie de hoy, que va al supermercado vestido con una gabardina café.

En una entrevista en 1975, dijo que su posible aportación a la música podía ser “haber ayudado a dejar claro que el rock and roll es una pose”. Es muy posible que incluso el Bowie sin artificios de 2013 sea una pose, un disfraz, que articula algo. ¿Qué es ese algo? Hasta el momento, Bowie no ha dado entrevistas, prefiriendo darle voz a los músicos que lo acompañaron en la grabación, al productor del disco, el legendario Tony Visconti, o al diseñador Barnbrook. Fue este último quien dijo en su blog que la portada de The Next Day  “...habla del espíritu de la gran música pop o rock que es ‘del momento’, y olvida o borra el pasado. Sin embargo, sabemos que este no suele ser el caso, y que, no importa cuánto nos esforcemos, nunca podemos liberarnos del pasado. […] Este siempre proyecta una larga sombra, y la gente siempre va a juzgarte en relación con tu historia, sin importar cuánto trates de escapar de ella. […] En la vida nos movemos incesantemente hacia el día siguiente”.

Tal vez estas palabras sirvan para entender un propósito del disco. Luego de una ausencia de casi una década, en la que se le dio por muerto o por jubilado, David Bowie volvió para decirnos que vive y sigue activo. Pero que habrá, de forma inevitable, un día siguiente en donde no estará. Para alguien cuya trayectoria ha cimentado, como pocas otras, el mito de la eterna juventud –en tanto capacidad de renovación constante– del pop, se trata de un mensaje provocador.