Boceto a lápiz de mi padre | Letras Libres
artículo no publicado

Boceto a lápiz de mi padre

Andábamos de vacacionesestábamos junto a una alberca, y, por alguna razón, teníamos que esperar, y mi papá, de manera característica, desplazándose hacia una silla que ahí estaba, dijo sonriente: voy a pensar en algo... Se sentó, encendió un cigarro y se quedó un rato ahí, sosegado, contento, porque era una persona a la que le gustaba pensar.

¿Y en qué le gustaba pensar? Ante todo en cosas precisas, arduas pero claras: problemas de geometría o de números (“los números son mis amigos”, recordaba desde que era chico). Fue muy aficionado a los puzzles o acertijos matemáticos que formulaba Martin Gardner en Scientific American.

Tenía facilidad, y gusto, por las matemáticas. Un día me contó que al final de sus estudios de ingeniero tomó en la Facultad de Ciencias, recientemente fundada, entre otros, por su maestro, el Prometeo mexicano, Sotero Prieto, unos cursos, análisis matemático y otras materias (de seguro incitado por su amigo Roberto Vázquez, compañero suyo en ingeniería, que se decantó hacia las matemáticas y llegó a ser topólogo notable). Disfrutó mucho los cursos y se sintió tentado a dedicarse a las ciencias formales, pero no. ¿Por qué no?, inquirí. Porque me atraía demasiado salir, caminar en el campo y sobre todo hacer cosas, actuar. Y sí, una definición escueta del personaje sería: era una persona que pensaba con precisión y actuaba a consecuencia de sus razonamientos.

Estar alerta, pensando. Someter todo a juicio crítico: si toda la gente asegura que algo es cierto, debe de ser falso, sostenía. Acción, pero racional. Decía, por ejemplo, que es absurdo preocuparse por lo que no tiene remedio; si no tiene remedio, no tiene remedio y ya. Argumentos como el que Unamuno recordaba del griego que lloraba (al que le preguntaron: “¿Por qué lloras si llorando no remedias nada?” A lo que contestó: “Por eso lloro, porque así no remedio nada”) le parecían, a lo más, una ocurrencia vacía, una boutade, como dicen los franceses, y no algo digno de meditarse.

Muchas cosas de él me asombraron. Por mencionar una, esta: a nadie menos que a él le importaba la opinión de los demás, era inmune a ese espejo, y esta es la razón de que fuera tan modesto. No buscaba engrandecerse porque la imagen que suscitara en los demás lo dejaba en absoluto sin cuidado. Por eso no fue vanidoso. En cambio, fue orgulloso. Tuvo ese orgullo callado, que se siente a solas, pero nunca se exhibe, cuando nos decimos en la noche, pasados los sucesos: “lo hice bien” o “sí, no me dejé ningunear”.

De su capacidad de trabajar, concentrado e incansable, solo les recordaré a quienes lo conocieron que fue descomunal.

Sufrió, como todo humano, grandes aflicciones, pero ninguna desdicha pudo doblegarlo, y si es cierto el juicio que leí en Vasco Pratolini que dice que el mayor valor que puede alcanzar una persona es el de sobrevivir dichoso a la adversidad, entonces él alcanzó un triunfo porque su don de felicidad fue grande, invencible.

Podría seguir y seguir porque, como dice el poema de César Vallejo, el instante más importante de mi vida fue aquel en que descubrí a mi padre de perfil, pero este escrito tiene que ser breve.

Nació mi padre en Santa Bárbara, breve ciudad cercana a Parral, Chihuahua, dentro de una familia de mineros. Y ahí estudió, con los jesuitas, la primaria. Los curas no lograron acercar a mi padre a la religión. “Desde los ocho años me di cuenta de que todo eso eran puros cuentos”, me dijo cuando era yo mayor –tendría unos veintiocho años– y le confesé, como jugando, que ya era católico. “¿Pero cómo, hijo, hay todavía quien se interese en esas cosas?”

De adolescente tenía ansiedad de que mi padre me apreciara y se sintiera orgulloso de mí. Cosa que no logré parcialmente sino muchos años después, cuando ese aprecio ya no me hacía falta, ni me importaba gran cosa, la verdad.

Pero entre tanto intenté lograr ese aprecio, cómo no, fingiendo oscuramente un interés por las ciencias formales y naturales que no sentía. Sentía no solo escaso interés, sino que para ellas no mostraba ninguna aptitud y era una completa nulidad.

Después, cuando estudié filosofía, leí con interés y alegría la Introducción a la filosofía matemática de Bertrand Russell y el prodigioso libro de Gottlob Frege sobre aritmética, y solo entonces me fascinaron las matemáticas, sin que ese interés disminuyera para nada mi tradicional ineptitud en la materia. ~