Biomímesis: observa y aprende | Letras Libres
artículo no publicado

Biomímesis: observa y aprende

Un nuevo enfoque a eso que conocemos como biología.

Cuando en 1998 se publicó el libro de la bióloga de campo Janine N. Benyus, Biomimicry: Innovation Inspired by Nature, causó un enorme impacto en la comunidad científica, pues muchos reconocieron que hasta entonces habían mirado los fenómenos naturales de una manera poco creativa, por no decir estéril. El homo industrialis había impuesto su manera de edificar, de encontrar alivio a las enfermedades y trastornos, de enfrentar las vicisitudes del entorno sin atender lo que los fenómenos naturales tenían que decirnos.

Si bien es cierto que desde los años ochenta el conocimiento en las diferentes disciplinas que aportan algo a lo que llamamos biología se duplica más o menos cada cinco años, también lo es, y de manera aterradoramente simultánea, que algunos problemas ambientales comienzan a “darse cuerda” entre sí, convirtiéndose en una especie de buque de la muerte, cuya inercia costará décadas neutralizar. Recuerdo que Mario J. Molina utilizó ese símil cuando estuve con él para escribir su biografía (Nubes en el cielo mexicano. Mario Molina, pionero del ambientalismo). Por desgracia sus pronósticos se han cumplido, pues en fecha reciente se descubrió que los temidos CFCs (clorofluorocarbonos), gases utilizados intensamente desde la década de los sesenta como propelentes de aerosoles y refrigerantes hasta su prohibición en 2010, aún siguen reaccionando con la capa de ozono que protege a los organismos vivos de los rayos ultravioleta provenientes del Sol.

Al igual que Mario, a fines de los ochenta Janine estaba preocupada debido a la manera insana de “administrar” los recursos naturales del planeta, por lo que se tomó el trabajo de documentar lo que diversos investigadores estaban haciendo para cambiar radicalmente las cosas. Se acercó a aquellos que estaban tratando de imitar las formas y procesos naturales, haciéndose eco de la naturaleza en materia de producción alimentaria, de recursos energéticos, de novedosos materiales para construir, contener y transportar, así como de soportes y maneras de conservar el conocimiento.

Ejemplo de esta rebelión social, educativa, científica es Eloy Martínez, quien ocupa la cátedra James A. Perkins de la Universidad de Cornell. Hijo de trabajadores agrícolas mexicanos, Eloy nació en Edimburg, Texas, en 1947, y puede considerarse el primer chicano en alcanzar la excelencia científica. Se trata, sobre todo, de un innovador apasionado del trabajo de campo. Acuñó los términos “zoofarmagnosis” y “quimiornitología” con objeto de describir la nueva manera de enfocar la investigación bioquímica de las relaciones entre plantas, animales, insectos y humanos. Antes se creía que los gorilas se acicalaban entre sí como una conducta social, sin mayor consecuencia. Eloy y su equipo de trabajo descubrieron que los más inteligentes conocen las propiedades terapéuticas de ciertas plantas, con las cuales se frotan el pelambre pues el aceite emanado les permite protegerse de los parásitos. El resto de los gorilas se beneficia rozándose con aquéllos. De hecho, me dice, pocos agentes patógenos y parásitos sobreviven en la selva pues las especies cuentan con una gran diversidad de defensas bioquímicas.

La biomímesis nos ha permitido entender por qué no hemos inventado nada, ni siquiera la rueda, que ya existía en el sistema rotatorio de los flagelos que poseen las bacterias más antiguas de la Tierra. El diseño de nuestras casas y edificios dista mucho de poder competir con el de las termitas, las cuales logran mantener sus termiteros a una temperatura estable de 30 0C. Las vigas y puntales de los talentosos arquitectos son apenas una modesta alternativa de la manera en que están construídos los nenúfares y los tallos de bambú. Nuestro radar más sofisticado resulta un juguete comparado con el sistema de frecuencias múltiples que han desarrollado los murciélagos. Imposible (hasta ahora) que los drones más ligeros cumplan la proeza de los colibríes, quienes cruzan el golfo de México con el equivalente a unas gotas de gasolina. ¿Y qué decir de la resistencia y ligereza de la seda?

Como lo expresa Eloy, “es una forma de darle la vuelta a la tortilla, pues en lugar de querer imponer nuestro diseño, aprendemos de las soluciones naturales”. En efecto, hoy en día hay quienes están desarrollando plásticos que imitan el poder regenerativo de la sangre. Se trata de un polímero que, al romperse en un punto, libera sustancias químicas. Estas forman un gel que tapa agujeros hasta de 3 cm de diámetro.

Luego de décadas de estudiar el devenir bajo el enfoque biomimético Janine encontró en las notas de naturalistas y científicos de campo un novenario que distingue a los fenómenos de la naturaleza: Su combustible es la luz del sol, utiliza sólo la energía que necesita, tiende a adaptar la forma a la función y no al revés, recicla todo, no hay castigos ni recompensas pero prefiere la cooperación, su sedimento es la diversidad, exige el cultivo de la experiencia por parte de los individuos, tiende a eliminar los excesos y, finalmente, abandera el poder de reconocer los límites.

Sin duda, este último precepto del canon natural es el que más nos duele, pues uno de nuestros más caros valores es desafiar todo aquello que parece trabar el ímpetu explorador.