Bernhard inaudito | Letras Libres
artículo no publicado

Bernhard inaudito

Éste parece ser el año de los manuscritos inéditos de Thomas Bernhard. Siguen todavía sin enfriarse los ánimos y las prensas que sirvieron para imprimir Mis Premios (“Soy codicioso, me falta carácter, yo mismo soy un cerdo”), y ya tenemos una nueva “sensación literaria”, como, sin sensacionalismo, Die Zeit, en su número del 14 de mayo, califica la publicación del discurso que Bernhard pronunciara el 9 de noviembre de 1954, a la tierna edad de 23 años, con motivo del 100º aniversario de la muerte de Rimbaud.

Y es que este texto representa sin lugar a dudas una singularidad en el universo literario bernhardiano y es, por tanto, tan inaudito como inédito. Un breve inventario de los temas que lo componen le permitirá convencerse al lector del por qué.

También a los 23 años:

“Su poesía está concluida. A los 23 años cerró su libro, su ‘Barco ebrio’, sus Iluminaciones, su Temporada en el infierno. Nunca más tocó la pluma para escribir poemas. El asco hacia la literatura había hecho presa de él. […] ‘Absurde!’, ‘Ridicule!’. ‘Dégoûtant!’ –así respondía Rimbaud cuando alguien hablaba con admiración de sus versos y trataba de recuperarlo para las letras francesas”.

Sobre sus versos:

“Su vida entera cuelga de su Temporada en el infierno, los latidos de su corazón de sus Iluminaciones”.

“Uno de esos versos significativos, que le permite al hombre una ojeada hacia las profundidades, no aparece todos los días ni cada año. Deben escribirse siempre algunos miles de libros antes de que la maquinaria produzca uno de esos tirones elementales que nos provee de una obra notable de la literatura universal […]. En la literatura de lo que se trata es de lo primigenio, de lo elemental, de personas como Arthur Jean Rimbaud”.

Sobre la política:

“Rimbaud era un comunista, sí, pero no de los que querían prenderle fuego a los palacios de los Campos Elíseos, sino un comunista del espíritu, un comunista de su lírica y de su plástica prosa”.

“No era nada menos que un hombre y, como tal, le fastidiaba la violación del espíritu”.

Sobre el hombre:

“La vida de un poeta no debe ser expuesta a la luz pública, pero la vida de Rimbaud es tan tremenda, tan grande, tan abismal y, al mismo tiempo, tan religiosa como la vida de un santo. Rimbaud se nos presenta como su poesía: abyecto y verídico, bello y divino”.

“De nada sirvió la riqueza en Harar, de nada sirvió todo el dinero, nada de aquello sirvió de nada. Al final declina, se vuelve aparentemente pequeño y, en medio de delirios, arrodillado, suplica se le conceda una última iluminación e implora la presencia del Padre eterno”.

Acerca de Dios y la literatura como religión:

“No hay que reírse nunca de la Iglesia, pero podemos llamar malos a los malos sacerdotes e infames a las monjas infames. Mas también debemos alabar el esplendor y la bondad de Dios como Rimbaud lo hizo desde el principio hasta el fin: con violencia elemental.”

Sobre la esencia de la poesía:

“No hay que hablar demasiado de Rimbaud; hay que leerlo. Hay que dejarlo actuar sobre uno como un todo, como si soñáramos con la tierra. Hay que penetrar en su mundo como él lo hacía —con los zapatos sucios y el estómago hambriento; una vez por la calle, rumbo Mézières, después en París, en un callejón sin salida.”

“Sólo quien implora al Padre eterno tiene la esperanza de permanecer y puede decir, como lo hacía Rimbaud: ‘Siempre estoy’.”

Y con esas palabras, Bernhard –quien a lo largo de su obra cultivara, hoja por hoja y diente por diente, el más feroz desprecio hacia todos y hacia todo, el maestro de la diatriba y la provocación, el genio maligno de la literatura y barrendero morboso de las mazmorras del alma humana– concluye su declaración de amor incondicional a Rimbaud, la única que se dignó legarnos. Ya nunca más podremos leerlos con la misma mirada.

– Salomón Derreza