Bartolomé de las Casas: preliminares de una biografía | Letras Libres
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Bartolomé de las Casas: preliminares de una biografía

La vida y la obra de Bartolomé de las Casas han simbolizado muchas cosas distintas, y a menudo contradictorias. Su figura ha servido para justificar la imposición del cristianismo en otros territorios, pero su obra fue decisiva para que Occidente desarrollara un espíritu autocrítico. Las siguientes reflexiones sobre cómo iluminar las distintas aristas de Las Casas y cómo ubicarlo en el contexto que gestó sus ideas ayudan también a pensar el género biográfico. 

¿Qué sentido tiene escribir otra biografía sobre Bartolomé de las Casas? Su figura ha merecido semblanzas desde el mismo siglo XVIcon valoraciones contrastadas entre la candidez del fraile defensor de los indígenas que nos presentan muchos apologetas cristianos, la perversidad de un enfermo artífice de la Leyenda Negra basada en falsedades e hipérboles sin fin (Ramón Menéndez Pidal), el usurpador de la voz indígena (José Rabasa) o el abanderado de un imperialismo eclesiástico en América (Daniel Castro). La ficción tampoco ha olvidado su poderosa personalidad. Inspirador para algunos del personaje de don Quijote de Cervantes, inaugurador de la negritud en América (Jorge Luis Borges), juez severo de Colón (Alejo Carpentier) o de la corona española (Jean-Claude Carrière, Jaime Salom), Bartolomé de las Casas ha acabado teniendo una presencia icónica en la novela, la dramaturgia, el cine, la música y las artes en general desde el siglo XVIII. Cada año se publica alguna contribución sobre su figura o su pensamiento. El tratamiento bibliográfico que conllevan sus ideas es enorme, lo que ha conducido al surgimiento desde 1962 de una sección de estudios americanistas denominada “Lascasismus” (lascasismo) por el dominico alemán Benno M. Biermann. Pocos personajes históricos han dado lugar a la aparición de un campo de estudios específico, a una genuina disciplina académica. Su presencia en los medios de comunicación y en los debates más actuales es también duradera, ya sea por la complejidad intelectual de su obra, sus tesis pioneras sobre las condiciones de la guerra justa, los matices a la noción de barbarie en contextos coloniales, sus apelaciones a la tolerancia entre culturas, sus proyectos de misiones cristianas fundamentadas en la evangelización pacífica o sus doctrinas políticas sobre los derechos de la comunidad de súbditos ante la soberanía del monarca. La magnitud de sus actividades en la corte y en Indias ha suscitado el interés de especialistas muy diversos, al margen de las lecturas posibles que surgen de su enorme producción escrita, empleada como fuente de primera mano por historiadores, filólogos, antropólogos o científicos, como el sociobiólogo Edward O. Wilson.

De partida, sin embargo, en este panorama se impone que Bartolomé de las Casas no fue hombre de una sola obra; de aquella que fue uno de los primeros éxitos editoriales de la imprenta moderna con traducciones al latín y las principales lenguas europeas, de aquella que se ha reeditado y adaptado en múltiples ocasiones, en los contextos de la lucha confesional de los siglos XVI a XVIII, de las emancipaciones hispanoamericanas del siglo xix o de la Alemania nacionalsocialista del siglo XX. El peso de su opúsculo Brevísima relación sobre la destrucción de las Indias ha desfigurado su proyección histórica, reduciendo al dominico a defensor de la población nativa del Nuevo Mundo, cuando no creador de la Leyenda Negra hispanoamericana. Por el contrario, sabemos que tuvo una producción intelectual mucho más amplia y plural, que circuló en forma de exposiciones verbales, por escrito o impresas a lo largo de su vida, tanto en el ámbito español como en el Nuevo Mundo. Pocos años después de su muerte, se publicaron inéditos del dominico en prensas alemanas, y daba comienzo el ciclo de adaptaciones y traducciones de obras menores, de contenido polémico, como la mencionada Brevísima relación, pero también de importantes tratados jurídicos como el De imperatoria vel regia potestate, que acabaron divulgándose por toda Europa desde fines del siglo XVI. E incluso quedó sin publicar un inmenso material que fue recogido por órdenes de la corona y que no vio la luz hasta el siglo xix. Porque, aunque Bartolomé de las Casas había gozado del favor regio, llegando a controlar grandes cotas de poder, también conoció la aflicción del ostracismo político. Esos contrastes de su proyección pública tienen su paralelo en una existencia privada marcada también por las contradicciones y los matices que hacen imposible un retrato general.

La vida de Bartolomé de las Casas resulta difícil de abordar, porque hay que desprenderse del peso de su autobiografía. Como autor prolífico, legitimó prácticamente todas sus acciones públicas desde el fuero privado, al legarnos por escrito su propia opinión sobre su trayectoria. Constantes digresiones sobre sí mismo, con el uso reiterado de una redacción en tercera persona que pretendía ser mayestática e imparcial a la vez sobre “el clérigo”, “el fraile”, “el obispo”, se intercalaron en la narración de los grandes episodios de los sucesos (Historia de las Indias) y la valoración (Apologética historia sumaria, Apología) de la conquista de Indias. Su pluma fue un instrumento imprescindible para el éxito de sus iniciativas religiosas y políticas, tenaces en el ámbito cortesano y en los territorios americanos. Sus implicaciones personales son inextricables de ese legado escrito. Puede parecer una apreciación aplicable a muchos cronistas de Indias, pero en el caso de Las Casas esta relación controvertida entre persona y obra fue llevada al extremo, hasta el punto de que una lectura de su producción nos revela una suerte de autobiografía plenamente justificadora de una longeva existencia (1484-1566), en la que el testimonio de quien estuvo físicamente en Indias desde 1502, y de quien participó activamente en el gobierno del Nuevo Mundo entre 1516 y 1566, resulta abrumador. Su escritura fue una justificación ante sus detractores y la posteridad, pero no menos ante sí mismo, como se deduce de algunos fragmentos de tono más intimista.

Frente a este volumen de páginas, que se completan con los archivos, con tanta complicidad personal en la génesis de sus obras, se impone una aproximación crítica a sus textos que solo puede hacerse desde el examen minucioso de su biografía y del contexto histórico de su existencia, que dista mucho de ser desconocida. Incluso antes de su muerte, Bartolomé de las Casas fue objeto de semblanzas, que trazaron un guion que se ha ido repitiendo. Su vida aparecía marcada por crisis de conciencia, en las que el personaje se veía abocado a sucesivas conversiones, de soldado a señor de indios, de clérigo de conquista a fraile predicador, de dominico a obispo de Chiapas, con una renuncia final al episcopado para sumirse en la labor del activismo jurídico de defensa a ultranza de los nativos americanos y de denuncia política del dominio de Indias. Naturalmente, estas etapas vitales se justificaban en gran medida mediante sus propios testimonios autobiográficos. De estos surgían los prismas del protagonista de crisis religiosas, vocero contra las injusticias, denunciador de los poderosos indianos, contrincante doctrinal frente a la conquista violenta, súbdito fiel que por el deber del consejo al soberano encabezó proyectos de reforma, para acabar encarnado en un funesto profeta, un nuevo Elías ante un redivivo Acab, que auguró otra pérdida de España si no se compensaban los daños ocasionados a los nativos de Indias.

Sin embargo, frente a la consideración de Bartolomé de las Casas como otro Proteo, que se reinventaba según las circunstancias, para biografiar al dominico he optado por la coherencia vital del personaje a largo término, más que su espontaneidad o su reacción en el corto plazo. Hubo opciones estratégicas y tácticas, y estas fueron forjando una personalidad que se desenvolvió con habilidad en los escenarios religiosos, sociales y políticos de su época. Su vida delinea un programa menos apasionado que racional, en el que se mantiene un trazo firme en sus decisiones que se desplegaron en diferentes ámbitos. El arbitrista que desde los memoriales de 1516 elaboró balances contables sobre la viabilidad económica de sus propuestas de poblamiento encaja a la perfección con el inventor de repúblicas basadas en la introducción de negros esclavos o en la creación de la orden de los caballeros de la espuela dorada, pero también resulta afín al misionero y al pastor de la Verapaz o de Chiapas. Hay una indudable continuidad entre el providencialismo que marca los años finales de su existencia con el que alimentó sus intenciones de dirigir sobre el terreno la evangelización de China y Japón, cuando se propuso abandonar el Nuevo Mundo con destino a la frontera de Asia en 1543 bajo los auspicios del obispo franciscano Juan de Zumárraga y del dominico Domingo de Betanzos, un hermano de su orden, antaño recalcitrante respecto a la protección de los indígenas. Del mismo modo, entroncan sus primeras propuestas a Fernando el Católico o al cardenal Cisneros con las exhortaciones que realizó sobre alienaciones de súbditos y patrimonios ante el rey Felipe II.

Comprensiblemente, al moverse en tantos escenarios, Bartolomé de las Casas no hubo de esperar al juicio de la historia. Fue un personaje de relevancia pública que generó opinión a su alrededor y que dejó huella en vida. Su ascendencia sobre un número importante de leyes relativas a la protección de los nativos americanos es indiscutible. Continuo viajero entre ambos mundos desde 1502, a partir de 1547 abandonó las Indias e hizo de la corte su principal espacio de actuación política. Aunque, desde mediados de siglo, su trayectoria pareció tomar un cariz fatal –por el cuestionamiento a sus principios doctrinales de evangelización pacífica tras el descalabro de las misiones dominicas en la Florida y las trabas a la divulgación de sus obras impresas en Sevilla en 1552-1553, que condujo a requisas de sus textos en la Nueva España hacia 1553 y de forma general en 1571–, sus ideas continuaron divulgándose y sus libros, incluso manuscritos, leyéndose. No puede extrañarnos, pues, que en 1575 el agustino Jerónimo Román pudiera elaborar una enciclopedia de las civilizaciones del mundo que empleaba a conciencia, hasta la intertextualidad más evidente, la Apologética historia sumaria de Bartolomé de las Casas. O que el corsario inglés Richard Hawkins, preso en Lima en 1601, pudiera leer en su celda la Brevísima relación. Y, desde entonces, Bartolomé no ha perdido interés.

En nuestros días, caracterizados por la mundialización global y la multiculturalidad local, es natural remontarse al precedente que supone el siglo XVI como etapa en que se confrontaron por vez primera los paradigmas sociales, económicos, religiosos y políticos de Occidente con el resto del planeta. En esa perspectiva histórica, la biografía personal e intelectual de Bartolomé de las Casas constituye un referente poderoso. Sus reflexiones sobre la libertad de los nativos, la justicia, las condiciones de la guerra o las relaciones con otros credos, en el momento de la primera globalización que supuso la expansión ibérica por el continente americano, han sido subrayadas como hitos fundadores de muchos argumentos de las ideologías contemporáneas. En este orden de cosas, hay particularmente dos cuestiones a las que el enfoque lascasista otorga una cierta excepcionalidad. Por un lado, sus ideas pueden fundamentar una tradición antropológica sobre las posibilidades de hacer realidad la última de las utopías de Occidente: la aplicación de unos derechos humanos a nivel mundial, al margen de diferenciaciones culturales. Por otra parte, la aproximación de Bartolomé de las Casas a la cuestión de la justicia de la primera experiencia colonial también sustenta debates y consideraciones sobre el grado de equidad que debieran mantener unas estructuras de relación política y económica de ámbito planetario. Para ambas cuestiones, el legado intelectual de Bartolomé de las Casas ha aportado unas directrices interpretativas útiles aunque, en demasiadas ocasiones, descontextualizadas por sus glosadores: la justicia y la tolerancia deberían regir las relaciones internacionales, en una protección constante de los derechos humanos por parte de los sistemas democráticos que ocasionalmente podría necesitar de intervenciones militares, sujetas siempre a condiciones éticas muy estrictas de pretendida universalidad. Lógicamente, unas conclusiones que no se encuentran como tales en la obra del dominico del siglo XVI, pero que se deducen de doctrinas mucho más generales, con una actualización de su pensamiento de raíces medievales y renacentistas a los parámetros de la racionalidad laica de nuestros días.

Este ha sido el peligro, que es nuestro reto. Se ha abusado del presentismo y del anacronismo en la valoración de Bartolomé de las Casas. En especial, porque se ha puesto el acento excesivamente sobre episodios de su existencia en los que se ha dibujado la figura del intelectual solo frente al poder, cuando no ha aparecido el arquetipo del librepensador, sin incardinarlo en los contextos culturales de la escolástica y el humanismo del período. Situado en su época, Bartolomé de las Casas no fue excepcional. Se integró armónicamente dentro de un nutrido grupo de frailes, juristas y teólogos del siglo XVI que, en muchas ocasiones de manera más lograda y sistemática que nuestro dominico, llevaron a cabo un plan sobre las nuevas condiciones sociales y legales del Nuevo Mundo, postulando un juicio sobre la conquista. La biografía de Bartolomé de las Casas debe ser social, o no será.

Aunque no debemos olvidar que ese mismo presentismo proyectado sobre Bartolomé de las Casas también ha derivado en otras consideraciones sobre su figura, aplicándole una escala de valores a todas luces más crítica. Las Casas se enfrentó con el problema trascendental de la relación de los seres humanos entre sí, en espacios y tiempos insólitos, sometidos a una constante transformación. En esos nuevos mundos epistemológicos, profundizó en la búsqueda de una historia común del género humano, siempre desde el punto de vista de una moral práctica, de la que deberían deducirse unas medidas a adoptar para resolver los problemas de una conquista cruel. La magnitud de la reflexión sobre esta experiencia compleja es algo que le restó dimensiones de misionero de campaña. Y sobre esas omisiones se ha forjado una perspectiva censuradora de nuestro protagonista, presentado como un clérigo en Indias que convivió poco con los nativos, que desconocía las lenguas nativas, a diferencia de otros religiosos, aunque estos fueran más ágrafos. Se ha desautorizado a Bartolomé de las Casas por usurpar una voz indígena, por erigirse en un portavoz impuesto sobre los nativos, que propugnaba la sustitución de la conquista por un imperialismo eclesiástico. No es una recriminación que pueda hacerse fácilmente a quien fue muy consciente de sus prioridades, no estar entre los indios sino allí donde se decidiera la suerte de los nativos. Bartolomé de las Casas comprendió que el nuevo mundo de las Indias debía basarse ante todo en un contrato político entre gentes, en una sociedad colonial dividida entre indianos y nativos, pero asimismo asentada en una relación de súbditos o cristianos con los principios jurídicos e, incluso a tenor de la época, religiosos más universales de la soberanía. La dimensión política en Las Casas pasó sobre todo por la instauración de un mundo y de una comunidad de convivencia a escala política en América. Para Bartolomé de las Casas las Indias fueron un desafío en toda regla, que alimentó su proyecto vital de denuncia y de contraposición de modelos de colonización. Sin duda, destacó por su brillantez interpretativa al desvelarnos que los horrores de la conquista eran irreparables porque aniquilaban poblaciones y civilizaciones, pero también porque construían una nueva realidad. Bartolomé de las Casas no se limitó a la predicación de nobles conceptos ni a la retórica de palabras elevadas, aunque fuera capaz de un uso magistral de ambos planos discursivos. Sobre todo, vivió sus ideas y las puso en práctica hasta igualar su vida con su pensamiento. En este enraizamiento en la realidad de su época, como en otros muchos aspectos que tendremos ocasión de exponer, Las Casas fue otro de los conquistadores del Nuevo Mundo. Las circunstancias concretas de su hacer y de su pensar así lo avalan, a la luz de una nueva historia de la conquista que entiende este fenómeno no desde una vertiente militar y destructiva, sino desde una perspectiva en la que la irrupción occidental en el continente americano fue también forjadora de culturas y sociedades. Bartolomé de las Casas lucha contra los tiranos, pero a la vez propugna la instauración de un nuevo orden que supera la mera denuncia, postula un nuevo paradigma social prioritariamente cristianizador del nativo. A partir de esta crítica y de esta propuesta existe, sin duda, una ejemplaridad ideológica en Las Casas que se manifiesta sobre todo en su actuación política. Un quehacer personal y cotidiano que nos presenta una dimensión preponderante de sus acciones que es infrecuente en la historia. Una firmeza ética que supo conjugar con la flexibilidad requerida siempre para emprender, con el rigor de su pragmatismo que entendía el poder como servicio, empresas descomunales de crítica y denuncia que condujeran a nuevas experiencias coloniales.

Las convicciones de Bartolomé de las Casas sobre el desafío del Nuevo Mundo fueron, como para todo buen escolástico, firmes a partir de un esquema ideológico claro. El Nuevo Mundo no podía reducirse a la exigua realidad geográfica del gran continente conocido por los europeos desde 1492. Bartolomé de las Casas, en sus viajes y actuaciones atlánticas, tanto como en sus obras, propuso comprender el Nuevo Mundo como un mundo nuevo, una realidad naciente marcada por criterios no esencialmente territoriales (y, por tanto, no limitado al continente americano), sino ante todo por relaciones de poder social, cultural y religioso que planteaban retos epistemológicos a la ecúmene, a Europa pero asimismo a esas Indias que en el transcurso vital de nuestro protagonista acabaron convirtiéndose en otro Occidente.

Por eso mismo, entender la historia de las Indias de la mano de Bartolomé de las Casas no es leer solo un relato en pretérito del mundo americano. Max Weber escribió que todo pasado había sido a su vez un presente, con lo que advirtió el papel de la contingencia en las biografías de los sujetos y en la labor de los biógrafos. En esa tesitura, el historiador tenía que acabar compartiendo experiencias con el hombre de acción que fue el personaje. Para entenderlo, el lector debería situarse en el lugar de la acción de Bartolomé de las Casas, que iba creando horizontes de expectativa con el transcurrir de los años. Ese horizonte de acción me parece básico en la comprensión ajustada de Bartolomé de las Casas, quien siempre pareció abocado a llevar hasta sus últimas consecuencias sus acciones. Eso es, al menos, lo que nos quiso hacer creer en sus relatos autobiográficos desde su retiro de Valladolid. La condición histórica de Las Casas se adaptó adecuadamente a un marco de convicciones firmes fundamentadas en la implicación con el otro. No limitó su vida a una exposición de conceptos, un discurso de ideas elevadas. Por el contrario, hizo planteamientos teóricos muy prácticos, que vivió con resultados diversos en sus etapas de doctrinero, colonizador, predicador, obispo, cortesano o político. Al igualar su vida con su pensamiento, el curso biográfico con el discurso intelectual, propuso una hermenéutica a seguir, cuya vigencia rebasó las circunstancias concretas de su hacer y pensar. De esta manera, Bartolomé de las Casas forjó una ejemplaridad política, basada en su quehacer cotidiano, que se unió perfectamente a la ejemplaridad intelectual que le ha sido unánimemente reconocida. Una ejemplaridad política que, como es sabido, ha sido mucho más infrecuente de localizar a nivel histórico. Es precisamente a través de su compromiso e implicación como Las Casas añadió novedades al discurso cultural del escolasticismo y humanismo de su época y como sus reflexiones nos resultan tan próximas.

Por ello no le faltó razón a Hans Magnus Enzensberger, cuando escribía que los testimonios de Bartolomé de las Casas no hablan solamente de nuestro pasado. Cuando el filósofo alemán prologó la Brevísima en su edición de 1966, estableció como premisa que la obra del dominico era una “retrospectiva” de nuestro futuro. Frente a un Manuel José Quintana (y a una larga tradición historiográfica) que había suavizado las críticas a la conquista atribuyéndolas a “crímenes del tiempo y no de España”, Enzensberger consideraba que el tiempo de Las Casas era voz de todos los tiempos, que las reflexiones del dominico establecían una conexión permanente entre pasado y presente a través de la atrocidad y la violencia sustanciales a Occidente. Este ahistoricismo es un rasgo valioso de la obra de Las Casas, aunque en un enfoque biográfico debamos optar por la prudencia, para no perder la singularidad del personaje en aras de un problemático sentido unificador de la historia.

Firmar una biografía de Bartolomé de las Casas está, por tanto, fuera de todo propósito de reivindicación innecesaria de una figura o de su tiempo. Un trabajo de esta naturaleza debe encaminarse a restituir la realidad de las vicisitudes del individuo y el contexto en que se gestó su conciencia y pensamiento. El gran problema de escribir sobre Bartolomé de las Casas radica contradictoriamente en la abundancia de información sobre sus 82 años de larga existencia y en el enorme volumen de estudios que han analizado su figura y obra. Ante todo, él mismo dejó miles de páginas de testimonio de su momento, que en realidad muchos consideramos una autobiografía en toda regla. Una historia de vida prolija y explicativa, en clave un tanto justificativa, aunque deslice en ocasiones anécdotas y episodios que muestran sus propias flaquezas. Sus páginas constituyen una fuente útil para el historiador y el biógrafo, pero también incómoda, porque hacen de Las Casas un personaje polifacético, ingrato de investigar. A la postre, carece de una personalidad admirable a la que sumarse sin matizaciones. Pueden causar simpatía profunda su pensamiento y su trayectoria de pionero de algunos principios fundamentales de nuestras sociedades laicas contemporáneas: la primacía de la justicia política en las relaciones internacionales, el respeto por los derechos del individuo en su existencia vital o la denuncia de la aniquilación de culturas y mundos no europeos. Pero derivan de un juicio muy parcial, porque en muchos casos estos argumentos son reelaboraciones a posteriori de las ideas de un clérigo del siglo XVI, cuyos rasgos vitales y horizonte de creencias eran los de un hombre de época, con la vocación de evangelizador misionero y cristiano bajo criterios de intolerancia hacia el infiel, defensor de las jerarquías sociales tan características de la Baja Edad Media y del Renacimiento que consideraban naturales la desigualdad, el antiindividualismo y el privilegio de nacimiento, normalizador de la esclavitud de seres humanos, ensalzador del poder absoluto del soberano.

Pero no se puede hacer recaer sobre Las Casas la sentencia de ser un hombre de su tiempo. O, expresado de otra manera, no podemos permanecer indiferentes ante la interpretación dicotómica, contradictoria que se ha hecho de su figura, motivada por el contraste entre la acritud acusadora de sus escritos y el afán de piedad por los indígenas que impulsó todas sus acciones desde aquellas primaveras en las Antillas de comienzos del siglo XVI. Ante todo esto, hay que desterrar cualquier lectura emblemática de Las Casas. Partamos, pues, desde un primer momento de la necesidad de establecer distancias entre la realidad del personaje y las interpretaciones realizadas sobre su pensamiento. Esto implica situar al personaje en una biografía coral, en la que la influencia escolástica y dominica acaba despojándole de gran parte de originalidad. Pero supone, especialmente, apostar por la escritura biográfica como el medio de interpretación más adecuado para presentar a Las Casas ante el lector del siglo XXI. El esquema cronológico es propicio para trazar la lógica y la racionalidad en la construcción de las actuaciones e ideología de Bartolomé de las Casas. La percepción y la vivencia, la manera de pasar del sentimiento al concepto, o a la inversa, explican los fracasos y éxitos de Bartolomé de las Casas. Hace que sus actuaciones, que parecen encaminadas al cumplimiento de un plan providencial, puedan ser oportunamente entendidas en clave de rectitud ética en su acción política, o bien, de discurso profético habitual en su siglo. Todos los rostros de Bartolomé de las Casas obedecen a episodios históricos vividos por él: los de predicador cercano al humanismo cristiano en su dimensión escolástica, y por tanto política; el de político contrario a las encomiendas; finalmente, el de cronista, en la ambigüedad de considerarlo desde la multiplicidad de enfoques literarios, históricos o etnográficos. Hay una dosis incuestionable de mala conciencia extemporánea proyectada sobre el siglo XVI y sublimada mediante la biografía de Las Casas, cuando se le interpreta como testimonio de las posibilidades de otros derroteros de la historia. Las Casas fue corazón y memoria de las presuntas alternativas solo del siglo XVI. Más todavía cuando no hubo alternativas nuevas en las Indias del siglo XVI, sino que existieron sobre todo continuidades muy evidentes respecto a los sucesivos encuentros experimentados por los europeos frente al otro desde la época bajomedieval. La ambigüedad del símbolo lascasista es que sirvió para encubrir y justificar bajo el manto de la civilización cristiana la expansión imparable de Occidente sobre los otros mundos, pero también nos dotó de las herramientas intelectuales para erigirnos en críticos de nuestra propia conciencia occidental. ~

 

 

 

 

Fragmento de Bartolomé de las Casas, que en marzo aparecerá dentro de la colección “Españoles eminentes”, patrocinada por la Fundación March, bajo el sello de Taurus.