Aterrizaje español del humor inglés | Letras Libres
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Aterrizaje español del humor inglés

P. G. WODEHOUSE
Mi primer contacto, como lector, con el humor inglés vino gracias a un gran editor muy anglófilo, José Janés. En su colección "Al monigote de papel" publicó a muchos grandes humoristas, como Chesterton y, muy en especial, docenas de títulos del gran P.G. Wodehouse. Los ejemplares de dicha colección corrían por casa, en la biblioteca familiar, empecé a leerlos y me convertí, aún niño, en un adicto a Wodehouse y al Club de los Zánganos y al castillo de Blandings. Y por supuesto, al tándem formado por Bertie Wooster y su criado Jeeves. En sus novelas hay un cúmulo de equívocos, malentendidos y despropósitos que anuncian, en su estilo de comedia ligera, las descomunales tramas de Tom Sharpe. Así, con Wodehouse y Chesterton, y también con Jerome K. Jerome, Conan Doyle, Agatha Christie, y naturalmente Richmal Crompton con Guillermo y sus proscritos, empezó mi propia anglofilia.
     Adolescente debidamente "inquieto", abandoné a Wodehouse y a dichos autores y me sumergí en la literatura "importante" accesible en España en los 50, Knut Hamsun y Aldous Huxley, como figuras mayores, y luego los americanos Faulkner, Hemingway, Steinbeck y Dos Passos, hasta llegar a las traducciones argentinas de Kafka, Sartre y Camus.
     Más tarde, ya como editor, no es que me persiguiera el recuerdo de Wodehouse, pero no había desaparecido por completo. En mis viajes a Londres observaba los periódicos relanzamientos de sus obras, el culto sostenido al autor con aquellos grandes tomos, los Omnibus, dedicados a su mundo y sus personajes. Pero ni la colección "Contraseñas", de vocación deliberadamente salvaje, ni "Panorama de narrativas" me parecían un hábitat adecuado y deseable para Wodehouse.
     Sin embargo, cuando empecé la colección de bolsillo "Compactos", en principio dedicada a los autores más significativos de la editorial, recordé a mi viejo amigo y releí, tantos años después, varios de aquellos libros que me habían deleitado, y su música seguía sonando la mar de bien, una sensación muy cosy de placer confortable y sosegado. Una sensación de felicidad inmediata, como escuchar un concierto para piano de Mozart, visitar una exposición de Morandi o sumergirse en un jacuzzi poco alborotado.
     Empecé a publicarlo en 1990, cuatro libros de golpe: El inimitable Jeeves, De acuerdo, Jeeves, Ola de crímenes en el castillo de Blandings y Dejádselo a Psmith. El ensayo fue un éxito, placentero y pequeño, y así seguí publicando hasta quince títulos, los dos últimos este año. Se han ido reeditando, sin prisas, y el encanto de Wodehouse ha seguido funcionando, sobre todo en España y en especial en Cataluña, pero muy poco en América Latina. El tema de la poca receptividad latinoamericana respecto al humor inglés es llamativo. Hipótesis sin ningún énfasis: cierta capa de lectores de alta cultura, lectores highbrow, desdeñan esa literatura de género como literatura menor (aunque quizá la disfrutan los más leídos); hay otra franja mayor, con vocación de culta pero más insegura, que también la desdeña, mientras que para lectores más masivos resulta demasiado sofisticada o remota.


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     P.G. Wodehouse (1881-1975) fue un trabajador incansable, autor de 98 libros, unos cuarenta musicales de Broadway, incontables letras de canciones, adaptaciones y guiones cinematográficos en Hollywood, el primero con Cecil B. De Mille, en 1915, o sea cine mudo. Murió en un hospital a los 93 años escribiendo su novela inacabada Crepúsculo en Blandings. Su primera novela para adultos fue Amor y gallinas, de 1906, protagonizada por uno de sus personajes más memorables, Ukridge. Y, casi desde el inicio, sus libros se publicaron en Estados Unidos con gran éxito, fue el primer caso de escritor "trasatlántico", y sus invenciones verbales, sus frases-neologismos, se convirtieron con el tiempo en aceptados clichés a ambos lados del Atlántico.
     Wodehouse conocía su mundo de aristócratas —condes, barones y baronets— por su propio linaje, aunque jamás se jactó de ello. Nada menos que en 1227, Sir Bertram de Wodehouse luchó con Eduardo i contra los escoceses. Y Bertram es el nombre de uno de los personajes mayores de Wodehouse, Bertram Bertie Wooster. En cuanto a la línea materna, eran ricos terratenientes. Wodehouse creció como un huérfano hasta los quince años: apenas vio a sus padres, que residían en Hong Kong. Pese a ello, en Over Seventy Wodehouse escribió que carecía de las tres "ventajas" fundamentales para una autobiografía: tener un padre excéntrico, una infancia miserable y un pésimo recuerdo de la public school. Por el contrario, escribió, su infancia fue tan "normal como un pudín de arroz".
     Sin embargo, la ausencia de su madre se refleja en su copiosa producción: en su obra no aparecen madres, sino tías, a menudo temibles y formidables tías (Wodehouse afirmó, acaso como coartada, que hubiera sido erróneo, y poco convencional, atribuir a una madre un papel de malvada). Y también hay pocos padres y sus relaciones con los hijos son escasas y cómicas. Pero tías sí, tías a mansalva: A.P. Ryan, el editor literario de The Times, sugirió que todas las figuras de autoridad en Wodehouse, incluso Jeeves, eran tías reales o disfrazadas.
     El más célebre de los escenarios de Wodehouse fue el castillo de Blandings, con el bonachón y borderline Lord Emsworth, siempre entre el amor a su cerda (la llamada Emperatriz de Blandings) y el terror a su hermana Connie, o sea la temible e imperial Lady Constance. El castillo de Blandings es el marco en el que suceden muchas de las peripecias y fechorías del amplio reparto de personajes del autor. Pero se trataba siempre de pequeñas y regocijantes fechorías en un mundo edénico. Su biógrafo Barry Phelps asegura que "el divorcio, la muerte, no digamos el acto sexual e incluso el nacimiento, son todos ellos impensables en las historias de Wodehouse".
     El primer personaje famoso creado por Wodehouse fue Ukridge, protagonista de Amor y gallinas, un tipo de ética elástica, digamos, inspirado en un amigo de juventud del autor. Poco después aparece Psmith (con la p muda), un joven insolente con monóculo, también inspirado en un personaje real.
     Pero fue en 1923 cuando apareció El inimitable Jeeves, el primer libro protagonizado por sus personajes más memorables: Bertie Wooster y Jeeves. Un tándem que ha evocado comparaciones con Don Quijote y Sancho, y sobre todo con Sherlock Holmes y el Dr. Watson. En el Baker Street Journal, el boletín de los seguidores de Holmes y Watson, se llegó a afirmar que Jeeves era el hijo de Sherlock Holmes. Y en cualquier caso, así como el gran hallazgo de Conan Doyle fue que el narrador de las hazañas de Sherlock Holmes fuera el Dr. Watson, el acierto simétrico de Wodehouse fue que el narrador de las proezas mentales de Jeeves fuera Bertie Wooster.
     Y aunque aparentemente "Bertie Wooster parece un amable cretino es, de hecho, altamente inteligente", escribe Barry Phelps. "Bertie es el auténtico logro de Wodehouse. Sabe que sus entusiasmos —sean por camisas malvas, fajines escarlata o calcetines color púrpura— son efímeros y así puede renunciar a ello con una falsa sensación de noble sacrificio. Goza de una interesante y variada vida. Y su dominio del inglés es único, y maravilloso." Y Wodehouse, al defender, tongue-in-cheek, la capacidad de trabajo de los miembros del Club de los Zánganos, afirmó: "Incluso Bertie Wooster escribió una vez un artículo para el semanario de tía Dahlia, Milady's Boudoir, titulado: 'Cómo se viste el hombre bien vestido.'" Y agregó: "'Los zánganos trabajan si tienen ganas. Muy raramente, desde luego, tienen ganas.'"
     El Edén de Wodehouse era un paraíso antes de la serpiente y la manzana, totalmente asexuado. Apenas se han rastreado escenas subidas de tono en su kilométrica obra. Así, en La doctora Sally hay el siguiente diálogo entre la doctora y su pretendiente Bill, que finge estar enfermo, por lo que ella le quiere poner en un aprieto:

—Cuéntame acerca de tu vida sexual —dijo Sally—.
     Bill dio un respingo:
     —¿No conoces el significado de la palabra "reticencia"?
     —Desde luego que no, soy médico.
     Bill dio unas vueltas por el cuarto.
     —Bien, naturalmente —dijo con dignidad, vacilando de nuevo—, he tenido, ejem, experiencias como todos los hombres.
     Sally cogió el estetoscopio de nuevo:
     —Ajá —dijo—.
     —Lo admito. Ha habido mujeres en mi vida.
     —Di noventa y nueve.
      —¡Ni siquiera la mitad! —protestó Bill vehementemente—.
     Este diálogo es lo más parecido a un chiste verde, lo más pícaro que se ha localizado en el corpus wodehousiano. Muy lejos, desde luego, de Tom Sharpe y sus muñecas hinchables. Este mundo idílico, como escribió en "Mi mundo y qué le sucedió" el propio Wodehouse, "es un mundo pequeño, el más pequeño que he encontrado nunca, como Bertie Wooster diría". Un mundo circundado al este por St. James Street, al oeste por Hyde Park Corner, al norte por Oxford Street y al sur por Piccadilly, y con excursiones "a distritos rurales hacia casas de campo en Shropshire y otros deleitosos condados. Y ahora no es ni siquiera pequeño, ha dejado de existir". Y añade que a cada nuevo libro en el que aparece Jeeves, o el castillo de Blandings y el Club de los Zánganos, algún crítico comenta desdeñoso: "¡Otro libro eduardiano!" (en referencia a la primera década del siglo xx, bajo el reinado de Eduardo vii, época en la que sucede gran parte de la obra de nuestro autor). Y supongo que tiene razón, dice Wodehouse. Aunque añade: "A veces me siento más desafiante. Las mías son novelas históricas". Bienaventuradas sean sus novelas, sean lo que fueren.
     Si, astutamente, Wodehouse consiguió que creamos que Bertie es un idiota, de la misma manera creó su propio mito, según argumenta Barry Phelps en su biografía P.G. Wodehouse. El hombre y el mito, que he saqueado con la misma alegría con que la Corona británica enviaba a sus corsarios. En efecto Wodehouse, a lo largo de su vida, llevó a cabo la operación que en nuestro país Berlanga llama de "fanfarrón inverso". Wodehouse era mucho más inteligente, complejo y culto de lo que fingió ser. Wodehouse era un buen conocedor del latín y el griego e incluso, debido a sus frecuentes estancias en el país, del francés (rara avis entre sus compatriotas). En la primera página de su novela La suerte de los Bodkin, Wodehouse ironiza sobre tan característica carencia: "En la cara del joven sentado en la terraza del Hotel Magnifique de Cannes había aparecido una sospecha de vergüenza furtiva, la mirada avergonzada que anuncia que un inglés está a punto de hablar en francés". Su disfraz de falso ingenuo le ayudó a concentrarse en lo que realmente le gustaba: escribir y escribir. Posaba como un Lord Emsworth algo retrasado, borderline, cuando en realidad Wodehouse estaba mucho más cerca de Jeeves o del falso bobalicón Bertie Wooster. Si nos creyéramos tal disfraz, uno podría pensar en Joan Miró, por ejemplo, aunque sin llegar al grado cero de ingenio conversacional del pintor (por otra parte, existe la leyenda negra de que se puede ser un gran pintor sin ser especialmente inteligente).
     Pero, en cualquier caso, nada podía serle más ajeno a Wodehouse que el célebre grupo del Hotel Algonquin, el Círculo Vicioso con Dorothy Parker al frente, quienes por otra parte tanto admiraban a nuestro autor. Éste decía: "Todos aquellos bons mots preparados... Todos aquellos almuerzos de tres horas... ¿cómo pueden hacer nada esos holgazanes?"

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     Esta falsa inocencia de Wodehouse dio tanto el pego que incluso confundió a un tipo tan agudo como el actor y novelista cómico Stephen Fry, que prologó la antología What Ho! The Best of P.G. Wodehouse. En su prólogo, por otra parte brillante, pone énfasis en esa presunta inocencia. También comenta que los tres grandes triunfos de Wodehouse son la Trama, los Personajes y el Lenguaje, el cual es, de largo, el más importante. Y lo más difícil para un actor (un tema que conocía bien: fue contratado para hacer de Jeeves en una serie televisiva). Pone un ejemplo al azar: abre un libro en el que Bertie y Jeeves se preguntan sobre un joven llamado Cyril Bassington-Bassington:

—Nunca oí hablar de él. ¿Ha oído usted hablar de él, Jeeves?
     —Me resulta familiar el apellido Bassington-Bassington, señor. Hay tres ramas de la familia Bassington-Bassington: los Bassington-Bassington de Shopshire, los Bassington-Bassington de Hampshire y los Bassington-Bassington de Kent.
     —Inglaterra parece bien surtida de Bassington-Bassingtons.
     —Tolerablemente, señor.
     —Quiero decir que no es fácil que escaseen, ¿cierto?

Y asegura Stephen Fry: "Aunque un actor lo intente con todas sus fuerzas, el texto siempre funcionará mejor en la página". Y comenta también lo que llama "sublimemente hiperbólicos símiles" como el siguiente: "Roderick Spode. Tipo corpulento con pequeño mostacho y la clase de mirada que puede abrir una ostra a sesenta pasos".
     La musicalidad del inglés de Wodehouse fue subrayada por Bernard Lewis en su obituario para The Times. Analizando una frase de Bertie Wooster, "In my heliotrope pyjamas with the old gold stripe", afirmó: "No puedes reemplazar ni una sílaba de esta frase sin alterar el ritmo, para su detrimento. Supongamos que el color referido no fuera heliotrope sino heliobright: díganlo en voz alta y observen si no se ha producido una diminuta pero discernible pérdida en la segunda versión." Por ello, lo que se pierde en las traducciones de Wodehouse es significativo y doloroso. No obstante, como ocurre con tantos grandes escritores, los textos traducidos resisten esta pérdida.

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     Un episodio desgraciado y decisivo trastornó la vida apacible (apacible pero escribiendo sin parar, eso sí) de Wodehouse y su mujer, la formidable Ethel. La Segunda Guerra Mundial los pilló en Le Touquet, en el norte de Francia, que fue invadido por los nazis. Wodehouse fue encarcelado durante casi un año. Poco después de su liberación dio cinco charlas para la radio alemana con destino a Estados Unidos, pero que fueron retransmitidas a Inglaterra, causando una enorme conmoción, pese a su inofensivo contenido. Tanto es así que Montgomery Ford escribió que, a principios de 1944 (en plena guerra, pues), en los entrenamientos de la cia en Camp Ritchie, tres de las transmisiones fueron emitidas a los estudiantes como, irónicamente, ejemplos de propaganda antinazi.
     Sin embargo, en aquellos tiempos crispados, los ataques arreciaron. Nada menos que George Orwell, gran fan de Wodehouse, escribió: "Si lo forzamos a exiliarse a los Estados Unidos y renunciar a la ciudadanía británica, deberíamos avergonzarnos horriblemente de nosotros mismos". Pero sucedió: en 1947 los Wodehouse embarcaron para Estados Unidos, donde Wodehouse residió hasta su muerte, sin regresar a su país. Pese a ello, la máxima expresión de rencor público de Wodehouse respecto a Inglaterra fue cuando apostató del sagrado críquet y escribió que "el béisbol, incidentalmente, es un deporte muy superior". El "perdón" no llegó hasta 1975, cuando la reina Isabel ii lo nombró caballero: Wodehouse murió al mes siguiente.
     Para cerrar el episodio, una muestra de la sátira de Wodehouse respecto a Hitler en Ola de crímenes en el castillo de Blandings (1937). En el Asyler's Rest, el bar donde perora Mr. Mulliner, otro de los grandes personajes de Wodehouse, se ha llegado a la conclusión de que Hitler está en una encrucijada y debería tomar una decisión definitiva: "Tendría que dejarlo crecer o afeitarlo... No puede evadirse así. Un hombre o bien tiene un mostacho o no lo tiene. No puede haber término medio". Ethel, su mujer, en un almuerzo con Tom Sharpe, fue más contundente. Le comentó su encuentro en Berlín con Paul Schmidt, el intérprete de Hitler, y su pregunta: "¿Cómo pudo trabajar con un hombre tan horrible?" La contestación del intérprete: "Mrs. Wodehouse, no tengo nada que decir". O sea, muy inglesa, o de intérprete que se ha quedado sin texto que traducir.

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     Entre los muchos admiradores de Wodehouse figuran grandes escritores. Así, en 1961, para celebrar su ochenta cumpleaños, ochenta autores firmaron un anuncio de una página en el New York Times que empezaba así: "Feliz cumpleaños, Mr. Wodehouse. Considerando que P.G. Wodehouse cumple mañana ochenta años y considerando que ninguno de nosotros ha crecido sin haber leído en algún momento de uno a ochenta de sus libros con provecho y deleite, y considerando que P.G. Wodehouse es una institución internacional y un maestro del humor: nosotros los abajo firmantes lo saludamos con agradecimiento y afecto". Y entre los ochenta estaban Kingsley Amis, Ivy Compton-Burnett, W.H. Auden, Graham Greene, Aldous Huxley, Christopher Isherwood, Cole Porter, Stephen Spender, Lionel Trilling, James Thurber, Evelyn Waugh.
     Como curiosidad, leí en una encuesta en los 80 que Kazuo Ishiguro había elegido De acuerdo, Jeeves como una de las cinco mejores novelas inglesas del siglo, antes de publicar Los restos del día, una novela de raigambre Wodehouse, con un mayordomo del que se ha subrayado su parentesco con Jeeves.
     Y diría que lo más significativo es la enorme admiración que le tributan otros maestros del humor como Evelyn Waugh y Tom Sharpe, dos indudables connoisseurs de las dificultades del género. Y también Douglas Adams, el creador de los "autoestopistas galácticos", también albergados en Anagrama, quien aseguró: "Wodehouse es el más grande escritor cómico de todos los tiempos". En efecto, Wodehouse lleva a su grado más depurado la definición de otro gran escritor cómico, David Lodge: "Esa combinación de sorpresa y lógica, que es el corazón de la comedia."
     De forma característica, Wodehouse escribió que sus escritos gustaban a "un público bastante especializado. Inválidos como yo. También convictos. Y no me va mal con los ladrones de perros".
     Y tampoco faltan los admiradores izquierdosos, aunque severos marxistas hayan criticado a Wodehouse como un apologista de la rancia aristocracia. Por el contrario, Melanie McDonagh, en su reseña de la antología de Stephen Fry, comentó que un marxista amigo suyo sostiene que hay un inconfundible y redentor elemento de ironía en su tratamiento de la gente de Blandings. También ha habido polémicas acerca del proletario Jeeves, en ayuda de los aristócratas en apuros, o bien se subraya la dignidad del trabajador frente a los ociosos parásitos.
     Auberon Waugh, el hijo de Evelyn, relata así una conferencia que dio en Viena el famoso periodista radical Claud Cockburn: "Se afanó por persuadir a su profundamente seria audiencia de que la relación Jeeves-Wooster ofrecía un microcosmos de la lucha de clases: a pesar de la aparentemente fácil superioridad intelectual del proletario Jeeves y de la aparente inanidad de su patrón, Wooster, Jeeves permite que su musculada inteligencia sea explotada. Esto demuestra el poder y la astucia de la clase dominante, que los pensadores progresistas subestiman peligrosamente". Pero, en cualquier caso, estas consideraciones sociopolíticas agregan poco valor y humor añadido.

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     De sus muchos años en Hollywood, me gustaría destacar un único encuentro nada menos que con el corrosivo W.C.

Fields, un glorioso cabronazo, que en varias películas compartió el protagonismo con Mae West, una pareja más apropiada. Wodehouse le propone escribir el guión de adaptación de su musical Anything Goes:
     Fields: "¿De verdad quieres que lo haga?"
     Wodehouse: "Desde luego que sí. Usted tenía una idea acerca de un ladrón que escapa en un barco desde Nueva York vestido de cura".
     F: "El Enemigo Público Número Trece".
     W: "Un ladrón supersticioso. No tuvo nunca suerte siendo el Trece, así que planea matar a uno de los doce primeros y así promocionarse a Enemigo Público Número Doce. Deberíamos ponernos a anotar estas ideas antes de que empecemos a liarnos todos en Hollywood".
     F: "Empecemos a escribir en el dorso del menú".

Así comenzó una colaboración finalmente frustrada entre un tándem muy improbable.
     También en Hollywood, Orson Welles consideraba a Wodehouse "el mayor de los humoristas". Y hablando, por cierto, sobre el vitriólico Fields, a quien también admiraba mucho, comentó: "En su película Los hijos del circo había momentos de ternura. Se los perdonaremos".

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     Y para terminar este homenaje a Wodehouse, éste se preocupa por facilitar la tarea a algún futuro biógrafo. Lo imagina rebuscando en sus diarios, de los que nos da las primeras entradas.

1 Enero. He decidido llevar un diario para apuntar cada día los más importantes acontecimientos que nos suceden a mí y a mis amigos. Así toda mi vida quedará registrada. Será interesante leerlos al cabo de los años y tío John dice que será útil como disciplina mental.
     Hoy día húmedo. No ha sucedido nada.

2 Enero. Día húmedo. No ha sucedido nada.
     3 Enero. Todavía nuboso. No ha sucedido nada.
     4 Enero. Buen tiempo. No ha sucedido nada.
     5 Enero. No ha sucedido nada.
     6 Enero. No ha sucedido nada.
     Y así, escribe Wodehouse, hasta los 27 años.
     (Por cierto, que el humor ganso de Wodehouse se aprecia a veces en Eduardo Mendoza, aunque a menudo éste es mucho más salvaje, algo así como un hooligan vestido de tweed.)
      
     EVELYN WAUGH
     Evelyn Waugh (1903-1966), aunque se editó en su día en Argentina, se hizo popular en España gracias a su novela Retorno a Brideshead, publicada por Argos Vergara y que ahora puede encontrarse en Tusquets, y sobre todo por su exitosa adaptación televisiva, en una época notoriamente menos casposa de la programación en nuestro país.
     Yo tuve la oportunidad de publicar el primer Waugh, el que más me interesa, el formidable novelista satírico, el autor de Decadencia y caída (1928), Cuerpos viles (1930), Merienda de negros (1932), la genial ¡Noticias bomba! (1938) —mi Waugh preferido—, así como la posterior Los seres queridos (1948).
     En 1930, tras un divorcio traumático, se convirtió al catolicismo, lo que no resultó precisamente beneficioso para el escritor. Tanto en Brideshead como en su trilogía La espada del honor, abandonó el registro satírico en el que tanto había brillado. Doubting Hall escribió que "aunque Brideshead era su novela más amada, es en ella donde el esnobismo de Waugh se vuelve más rampante, y el sentimentalismo que el cinismo de sus novelas de juventud había enmascarado, finalmente se desvela".
     Aunque su familia era de clase media acomodada, Evelyn Waugh fue derivando hacia el esnobismo y unas pretensiones aristocráticas que se reflejan en Brideshead, una glorificación de las clases altas y de la nobleza de las que tan agudamente se había burlado en sus novelas anteriores. Waugh se retiró, después de la Segunda Guerra Mundial, en Somerset, disfrazado de aristócrata, vistiendo trajes eduardianos y escribiendo la citada trilogía entre 1952 y 1961, cuya tesis podría resumirse en la desilusión ante el mundo contemporáneo, hostil y ajeno a los nobles ideales caballerescos. En sus últimos años vivió cada vez más aislado y amargado, "abandonado" incluso por los católicos ya más aggiornati y curiosamente convertido en un excéntrico aburrido, a bore, un verdadero pelmazo, lo que más había temido.
     Pero, después de tan triste y sórdida historia, regresemos al primer Waugh. Resulta admirable su debut, a los 25 años, con Decadencia y caída, un título tomado, con sintomática insolencia, de Decadencia y caída del imperio romano del historiador Gibbon, un retrato ácido, en clave de farsa, de la juventud dorada de antes de la Primera Guerra Mundial, los llamados Children of the Ritz o the Bright Young People. A esta novela siguió Cuerpos viles, una mirada sardónica al revoltijo de cuerpos en las fiestas y bailes de dicha juventud en Oxford y Londres o en sus viajes al Continente, a París. Convertido ya en el más brillante escritor y a la vez portavoz satírico de su generación, amplió horizontes y se convirtió en un muy bien pagado reportero. Fruto de ello fueron varios libros de viajes, así como dos novelas ambientadas parcialmente en África.
     En Merienda de negros, un nuevo emperador africano, "tirano de los mares y licenciado en Oxford", ofrece a un ex condiscípulo la cartera de "ministro de modernización de su país". Una novela que, en palabras de Waugh, "trata del conflicto entre la civilización, con sus correspondientes y deplorables perversiones, y la barbarie", un conflicto en el que, evidentemente, no queda títere con cabeza.
     ¡Noticia bomba! es una sátira feroz sobre el mundo del periodismo, de los enviados especiales, de la información, la desinformación y la confusión. En ella, un magnate de Fleet Street, la calle londinense periodística por antonomasia, envía, por una confusión de apellidos, al más improbable de los reporteros a cubrir una guerra civil en una república africana. Una novela de la que Gore Vidal escribió: "El libro más divertido que haya leído jamás. Lo releo cada año". Y pienso que el ejemplo del muy exigente y lúcido y gruñón Gore Vidal merece ser seguido.
     En cuanto a Los seres queridos, es una sátira atroz de cómo los norteamericanos comercializan la muerte, una sátira radical de una sociedad que utiliza el dinero para evitar enfrentarse a la conciencia de la muerte y maquilla y ornamenta a sus cadáveres y los convierte en ridículas parodias de los mismos.
     Aunque sólo fuera por estas cinco novelas, Evelyn Waugh merecería un muy especial panteón. Leyéndolas, resulta lógica la gran admiración que sentía por Wodehouse, el maestro, al que ahora regresamos. Dicha admiración está muy arraigada en la familia Waugh. Arthur Waugh, el padre de Evelyn, siendo presidente de la editorial Chapman and Hall, le envió una carta de rendida admiración en 1936, a raíz de las novelas cómicas ya comentadas. También fueron entusiastas de Wodehouse los hermanos Alec y Evelyn, ambos novelistas, así como el hijo de éste, Auberon, y su hija: cuatro generaciones disfrutando de Wodehouse.
     En una magnífica charla en la bbc, "Un acto de homenaje y reparación para P.G. Wodehouse", Evelyn Waugh se refirió al mundo inocente de Wodehouse:

Para Mr. Wodehouse no se ha producido la Caída del Hombre, ninguna calamidad aborigen. Sus personajes nunca cataron el fruto prohibido. Todavía siguen en el Edén. Los jardines del Castillo de Blandings son aquellos jardines originarios de los que estamos todos exiliados. El chef Anatole [uno de los grandes personajes creados por Wodehouse] prepara la ambrosía para los inmortales del Olimpo. El mundo de Mr. Wodehouse nunca puede fatigar. Él continuará liberando a las nuevas generaciones del cautiverio que puede ser incluso más fastidioso que el nuestro. Ha creado un mundo para que podamos vivir y deleitarnos en él.

También defendió a Wodehouse ante una crítica desfavorable de John Wain, uno de aquellos jóvenes airados de su tiempo: "Durante años y años", escribió Waugh, "fui uno de los críticos asiduos del Observer. No es que tuviéramos una gran dedicación, pero teníamos ciertas ideas anticuadas respecto al juego limpio (fair play). Una de ellas era que uno no podía demoler un libro a menos que lo hubiera leído". Y hay que decir que la admiración era correspondida por Wodehouse. En una carta a W. Townsend, en 1946, escribió: "Qué obra maestra es Decadencia y caída".
     Regresando finalmente al último y detestable Evelyn Waugh, Nancy Mitford le preguntó una vez cómo era posible que se comportara tan abominablemente y se considerara a sí mismo un católico practicante. Waugh replicó: "No tienes idea de cuánto más repugnante sería si no fuera católico. Sin la ayuda sobrenatural difícilmente se me podría considerar un ser humano".
     TOM SHARPE
     Tom Sharpe, el más junior de los tres grandes maestros del humor inglés, ha tenido una trayectoria biográfica complicada. Al revés que Wodehouse y Waugh, procede de la clase baja, "muy baja", subraya. Hijo de un padre violento y pronazi, se exilió a Sudáfrica escapando del clasismo inglés y se encontró con el horror del apartheid.
     Trabajó como fotógrafo, intentó sin éxito estrenar sus obras de teatro "con mensaje", fue encarcelado y finalmente deportado. De nuevo en Inglaterra, fue profesor durante once años y once meses (exactamente, precisa Sharpe, como una condena) en el Cambridge College of Arts and Technology, el Tech, en un ambiente, dice, de "notable rudeza", que describe tan certeramente en Wilt, hasta que, a los 41 años, descubre inesperadamente que es "un payaso" al ponerse a escribir Reunión tumultuosa, la primera de sus dos novelas inspiradas en sus experiencias sudafricanas. A partir de ahí, siguen doce novelas más que lo convierten en uno de los autores ingleses con mayor éxito.
     Como tantos lectores, me convertí en adicto a Tom Sharpe con Wilt, la primera novela suya que leí; la publiqué en 1983 y seguí editando sus otros libros. Wilt tuvo de inmediato un enorme éxito, tanto en castellano como en catalán, posiblemente las dos lenguas en las que las traducciones de Sharpe han funcionado mejor. Un éxito sostenido a lo largo de los años, un fenómeno parecido a La conjura de los necios de John Kennedy Toole, otro longseller inacabable. Un éxito, el de Wilt, que ni siquiera su mediocre adaptación cinematográfica pudo aminorar. Pese a su escaso entusiasmo, Tom, que no asistió al estreno londinense, sí vino al de Barcelona para complacer a sus editores, en uno de sus muchos ejemplos de afecto.
     Wilt es un personaje memorable. Dice Tom Sharpe que "no es un héroe ni un antihéroe, es tan sólo alguien que trata de salir airoso de una situación espantosa". Bueno, en realidad de innumerables situaciones espantosas, tanto en dicha novela como en sus secuelas, Las tribulaciones de Wilt y ¡Ánimo Wilt! Y los lectores se identifican con él, en especial durante los interrogatorios con el inspector Flint, un prototipo del policía cuadrado, a quien Wilt vuelve loco. Pocas veces la literatura cómica ha sido tan desternillante.
     En su muy recomendable libro de conversaciones con Sharpe, el periodista Llàtzer Moix describe la irónica situación perfectamente: "Wilt es como un ratón jugando con un gato, Flint, que no puede cazarlo". El libro del doctor Moix, como lo llama Sharpe, se titula, por cierto, Wilt soy yo, recogiendo una afirmación rotunda de Sharpe, aunque luego la matiza: "No es eso exactamente. Wilt se comporta con la policía o con los alumnos como yo hice en situaciones similares".
     Wilt es mi novela favorita de Sharpe junto con las dos novelas sudafricanas, Reunión tumultuosa y Exhibición impúdica, dos sátiras enormes del apartheid. "Lo mío es la farsa, el gran guiñol", afirma Sharpe, y queda bien patente en sus dos primeras novelas. La elección de un humor salvaje, sin didactismos ni moralinas, resulta tremendamente eficaz y revelador. En la revista de humor La Codorniz había una sección que se llamaba: "Tiemble después de haber reído", un lema perfecto para este caso. Tom Sharpe cuenta: "Un alemán me dijo, en cierta ocasión, que mientras leía Reunión tumultuosa se rió y rió hasta que, cerca del final, dejó de reír de repente y exclamó: '¡Dios mío, todo esto es cierto!'"
     "Mis libros son farsas", dice Sharpe. "A veces contienen mucha muerte y mucho dolor. En esto parecen comics en prosa. Pienso que he visto muchos muertos de verdad." Y evoca los "cadáveres a porrillo" que vio como fotógrafo en Sudáfrica. Y nos brinda, en el libro de Moix, una muestra del humor negro que prefiere. Un pelotón de reclutas extenuados en un laberinto de trincheras, durante la Primera Guerra Mundial, le piden al sargento: "¿Podemos descansar un momento, sargento? Y éste contesta: ¿Descansar? ¿Para qué? Dentro de media hora estaréis muertos."
     Otra muestra, referida a sus largos años de enseñanza en el Tech: "El sistema educativo falla porque hay una crisis de autoridad. Yo tengo una mirada fría y despiadada, de gran utilidad para aterrorizar a esos cabroncetes", o sea a los jóvenes obligados a asistir a unas clases que no les interesaban en absoluto.
     Otra de sus bestias negras es la evolución del negocio editorial, los grandes grupos a quienes les importan un comino los libros, y por elevación el imperialismo norteamericano y su arrogancia.
     En sus novelas hay poco amor, "el amor y la farsa no hacen buenas migas", dice, pero abunda el sexo y el sexo fetichista, aunque presentado de modo ridículo. El sexo en general le parece absurdo a Sharpe y el fetichista todavía más. Y él personalmente, si hemos de creerle, se presenta como bastante "abstemio" en este registro.
     Tom Sharpe, que desde 1971 a 1984 publicó once novelas de carrerilla, sufrió luego un profundo bloqueo, sólo roto en el 95 con otra novela, Lo peor de cada casa, a la que siguió Becas flacas. Sólo dos novelas en casi veinte años, aunque ha seguido escribiendo y tirando a la papelera.
     En un viaje promocional a España, en 1987, tuvo una entrevista por televisión, con una periodista con vistosas encías e información aleatoria, durante la cual se sintió muy mal. Al día siguiente llegó a la editorial aún indispuesto, pero muy profesionalmente empezó a atender a un periodista. Sin embargo su esposa, Nancy, estaba muy alarmada, por lo que alertamos a la clínica Corachán, donde el doctor Trías de Bes le diagnosticó que había tenido una angina de pecho, le recomendó inmediata prudencia y el obediente Sharpe le regaló su cajita de rapé, el único tabaco que consumía. Se cortó la coleta.
     Tom relata a menudo que, al encontrarse tan mal durante la grabación, pensó que cuando sus hijas se enfadaran con sus parejas, siempre podrían recomponer la situación diciendo: "Vamos a ver ese vídeo tan divertido de papá muriéndose". Ahora, desde hace tiempo y durante gran parte del año, Tom Sharpe vive y bebe y fuma puros en Llafranc (o sea que, como tantos toreros, se cortó la coleta pero menos), un pueblecito de la Costa Brava catalana, batallando con su bloqueo y mascullando contra los cambios drásticos en la edición que le han dejado sin interlocutores. Pero, dejando aparte algunos achaques de salud, parece razonablemente feliz.
     Por cierto que Tom Sharpe visitó a Wodehouse en su hogar norteamericano de Remserberg, pero con su característica y auténtica modestia se presentó como el fotógrafo que había sido, le dio vergüenza presentarse como novelista ante el Maestro. Éste, por su parte, pese a hallarse en las antípodas del humor salvaje de Sharpe, reconoció y apreció su genio cómico, y comentó en su día muy elogiosamente Zafarrancho en Cambridge.
     En cuanto a Waugh, a quien Sharpe no llegó a conocer personalmente, pese a la pésima opinión que tenía de él personalmente ("una mierda", en definición concisa de Sharpe), le encantaban sus libros, era su héroe cuando empezó a escribir: "su prosa es muy buena, muy elegante y acerada, crea adicción". Cuenta Sharpe que leyó Decadencia y caída cuando tenía once años y, aunque apenas lo entendió, "sin embargo el libro me atrapó. Luego volví a leerlo un millar de veces. Bueno, exagero. Pero no menos de cincuenta". Y, comparándose con él, Sharpe afirma que "Waugh escribe con la misma precisión y finesse con la que los cirujanos manejan un bisturí, mientras que yo escribo con un hacha". Algún observador ha utilizado otras metáforas: el florete para Waugh y la sierra eléctrica, tipo Matanza de Texas, para Sharpe.
     En resumen, así como Wodehouse era un conservador apacible y civilizado y Waugh se convirtió en un archirreaccionario atrabiliario, Sharpe aspira a ser un "tipo decente" (expresión que para él representa el máximo elogio), un ciudadano preocupado por las injusticias del mundo contemporáneo.
     Tres grandes maestros del humor inglés, pues, con modulaciones diversas: desde la ironía gentil y como involuntaria de Wodehouse a la sátira afiladísima de Waugh y al sarcasmo feroz y brutal de Sharpe. Denominador común: su eficacia total, como tantísimos lectores han podido comprobar.

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     Y voy a terminar con una larga cita del gran crítico norteamericano Edmund Wilson, de sus Notas sobre Londres al final de la guerra, adecuadamente irónicas y aceptables también para el más recalcitrante anglófilo. "Nunca he entendido cabalmente", escribe Wilson,

lo que se considera "grosería británica". La cuestión está en que lo que consideramos grosería es su forma de buenos modales. En otros países, con los modales se intenta disminuir la fricción social, mostrar consideración y hacer que la gente se sienta a gusto. En Inglaterra es al revés: la buena crianza es algo que uno exhibe para desairar y desdeñar a los demás. Esto está, desde luego, estrechamente conectado con su sistema de clases y es, en parte, una cuestión de acento, vocabulario y estilo general, que tu inferior no puede adquirir. Me han contado que, cuando una forma de hablar pasa a uso común, la gente de clase alta produce algo nuevo que la separa otra vez de las clases bajas. Y ciertamente he oído diálogos en Londres en los que apenas podía entender una sola palabra.

Y acaba escribiendo: "Tienen también una forma de grosería que podría llamarse consideración burlona y que bien podría ser descrita con las palabras de un distinguido artista ruso, con quien un día hablaba acerca de los ingleses. 'Lo peor de ellos', dijo, '¡es cuando son amables! Te arañan y te arañan y te arañan... Y luego sacan un pequeño vendaje, te lo aplican graciosamente... y empiezan a arañarte de nuevo.'"
     Fin de la cita y Dios salve a la Reina. ~


     — Puerto de Santa María
     Noviembre 2002