António Lobo Antunes | Letras Libres
artículo no publicado

António Lobo Antunes

Combinan mal el jersey con el pantalón. Comen como quien se detiene en una gasolinera bajo la lluvia, sin remedio, con la mente por delante de los actos, "no voy a tener tiempo, no voy a tener tiempo". A António le encanta McDonald's y adora la comida de los aviones, "todo ese ritual". El servicio anónimo, las bandejas anónimas con sus compartimentos milimétricos, la uniformidad que invita a la despreocupación de no tener que pensar, de no tener que moverse cuando ya se mueven demasiado mundos en la cabeza de uno. Engordan porque nunca hacen ejercicio pero, como son altos, mantienen el tipo a flote gracias a su forma de caminar. Andar sí que andan, barrios alejados del centro, la gente de sobremesa, asomarse a alguna librería, entrar en una sala de cine, o dar un paseo "...y cosas que no puedo decir...". Son lobos esteparios de su ciudad, tienen memoria de taxista para sus calles, podrían llevarte con una venda en los ojos hasta la barbería más diminuta. Siempre andan solos, una calma íntima desde la que rumian sin tener que rendirse cuentas. Por eso les incomoda ser la referencia de un grupo cuando caminan por una ciudad que no es la suya, obligados (obligándose) a pensar en letra impresa: "A veces tengo la impresión de ser un impostor, que usurpo el lugar del otro, un señor serio, inteligente, un escritor. No recuerdo en qué país, pero vino a entrevistarme una periodista suiza, y cuando me vio en el vestíbulo del hotel, y me presenté, me dijo: 'No puede ser usted, no tiene cara de escritor, ni de portugués.'" No llevan gafas, no se dejan barba, no están delgados ni transmiten esa elegancia de la tortura interior.
     Además les gusta el fútbol. Se reclinan en el sofá del salón, cruzan las zapatillas y abren una cerveza de lata. En Portugal los goles son asuntos relativos, como las macetas en los patios traseros. Pero a veces el viento estrella una contra el suelo del vecindario y la novela se enciende, una pequeña porción de tierra esparcida son veinte mil hectáreas de girasoles abriéndose a las seis de la mañana, en medio de una guerra. La nieve de Angola...
     Sus amigos, un par de lo mismo. Hablan tanto como ellos. Digamos Zé Cardoso y digamos Ernesto. Pueden estar una tarde entera sin decirse una palabra y marcharse con la sensación de haber hablado mucho. Son buenos oyentes, les gusta escuchar. De chicos ya eran diferentes, siempre jugaban solos. Pateaban durante horas una pelota contra una pared de cal. Filmaban películas a caballo desde la escuela hasta la puerta de casa. Esto, de mayores, se les perdona peor. Resultan aburridos, casi nunca hablan, se cansan enseguida de escuchar a la gente cuando bebe (es cuando más habla la gente), no cuentan sus intimidades por un extraño sentido de consideración a los demás y, a fin de cuentas, se pasan la vida provocando la sensación de que no necesitan a nadie. Después de todo, ¿qué más se puede decir tras cuatrocientas páginas hablando, en el sentido literal de la palabra, por todos y cada uno de nosotros? Siguen jugando solos. "Yo mismo me sorprendo, pero me divierto mucho solo, lo pasamos bien yo y yo."
     Eso sí, cuando se perdonan, cuando hablan, tienen tal sentido del humor que te casarías con ellos, querrías estar siempre ahí mientras se abren tantas ventanas ante tus narices. Lo saben sus hijas, que la mayor parte del tiempo los ven tan desprotegidos. "Tú escribes porque las otras cosas te resultan muy difíciles..." Ni siquiera hacer un café. Conducen muy poco, pero cuando lo hacen, como no quieren molestar al resto de conductores, dan miedo. Sacan un viejo utilitario plateado con muy pocos kilómetros y conducen hasta casa de sus hijas para ir al supermercado. Si van solos siempre compran lo más caro y lo peor. Fuman demasiado, incluso en el supermercado. Les pone furiosas que no les hagan partícipes de sus estados de ánimo. Ellos son conscientes de que tendrían que ser capaces pero creen que lo que les pasa no es importante para los otros. "Además, yo pienso que la mayoría de la gente quiere ser comprendida sin necesidad de explicar nada".
     António sube todos las mañanas hasta el Hospital Miguel Bombarda. Anda por los pasillos y se pone en un rincón a escribir como António Lobo Antunes. A la una y media come en el turno de los obreros. Ha ejercido como psiquiatra pero no habla con los médicos. Escribe. "Está informado de la psiquiatría actual, de los medicamentos modernos... Dice que va a escribir. No es verdad", comenta su padre. Han estado en una guerra y la guerra, los partidos de fútbol con las cabezas de los nativos, se queda siempre dentro. Más en ellos, que tienen una memoria de elefante. "Tú no inventas nada, la imaginación es la manera como arreglas tu memoria. Todo tiene que ver con la memoria". A la vuelta, aún no se vuelve. El sexo a diestro y siniestro (dicen que era la mejor cama de Lisboa), el alcohol, el casino de Estoril. Se vuelve con ayuda, pero se vuelve. "Esa certidumbre neurótica de que, si cambias tu entorno, tu vida cambia, no es verdad. Pero el neurótico piensa que son siempre los otros los culpables. Ése es el mecanismo neurótico, pero el problema es tu relación contigo mismo".
     Este tipo de individuos como António, tan desprotegidos, son los que verdaderamente nos protegen mientras están sobre la faz de la tierra. Lo creo firmemente. Por su honestidad consigo mismos, por su generosidad. Porque con su obra hablan por todos y cada uno de nosotros. María Luisa Blanco también lo cree. Ha conseguido hablar con António y con Lobo Antunes, y ha reunido esas conversaciones en un libro de los que le gustan a António, esos libros sobre escritores. No sé por qué el último tramo me recuerda el final de Cinema Paradiso. ~