Antígona en Cocula | Letras Libres
artículo no publicado

Antígona en Cocula

Es obligación del Estado, y de todos nosotros, hacer lo que esté en nuestras manos para que tengan certeza cuanto antes y, en cualquier caso, nuestra solidaridad. 

“Yo le enterraré. Hermoso será morir haciéndolo”, afirma la desafiante Antígona de Sófocles frente a su hermana, la tímida Ismene, que no osa contravenir las leyes de la polis, o sea, el Estado. Polinices, hermano de ambas, se ha rebelado contra su ciudad, Tebas. Ha muerto en el intento y, como castigo, Creonte, el gobernante, ha decretado que el cadáver quede insepulto.

Apenas en julio pasado, Hugo Hiriart reflexionaba aquí mismo sobre la importancia de las honras fúnebres entre los antiguos griegos, particularmente en la Ilíada. No podíamos imaginar entonces la terrible trascendencia y actualidad que dicha reflexión cobraría poco después. Para un griego, como recordaba Hiriart, pocas cosas había más graves que morir sin las debidas ceremonias funerarias, y nada peor que el cuerpo quedara abandonado, para ser pasto de perros y aves de rapiña, como reza el verso homérico (ejecutar a sangre fría y quemar los despojos en un basurero es algo que habría rebasado su peor pesadilla). La Ilíada concluye, precisamente, cuando Aquiles, conmovido por las súplicas del anciano Príamo, permite que se lleve el cadáver de su hijo, Héctor, y le rindan el debido tributo. Tras el clímax trágico, el poema se cierra con el consuelo que traen las ceremonias a los deudos: “así celebraron las honras de Héctor, domador de caballos”.

En medio de su desgracia, Antígona tiene por lo menos un consuelo: puede ella misma reconocer y enterrar a su hermano. Este es el consuelo que cruelmente se niega a los parientes de los desaparecidos. En el caso que ha sacudido al país entero, es prioritario atender a los familiares de las víctimas, darles una explicación puntual y convincente de lo ocurrido y, de confirmarse la versión oficial preliminar, hacer todo lo humanamente posible para recuperar e identificar los restos y que se pueda llevar a cabo el proceso de duelo. No es, como sabían los antiguos griegos y mexicas, una formalidad hueca o intrascendente.

Por desconocimiento, por frivolidad, por mala fe, una condena se reitera una y otra vez: “fue el Estado”, afirmación que en principio cabría rechazar por absurda, pero con la que habría que tener más cuidado. No, no fue el Estado (lo que no quiere decir que no tenga responsabilidad en lo ocurrido, por omisión o debilidad: la tiene y debe asumirla y repararla, pero hay una enorme distancia, que solo la ignorancia o el cinismo pueden salvar, entre eso y pretender hacerlo el responsable principal y directo). En el caso de Antígona, se puede argumentar que, en efecto, fue el Estado, pues entre el gobierno, la ley y hasta parte, al menos, del pueblo de Tebas existe el acuerdo de no enterrar a Polinices. Antígona, consciente de los deberes religiosos y familiares, lo hará, a costa de su propia vida.

Más allá de esto, hay una Antígona en cada hermana que busca a su hermano, un Príamo y una Hécuba en cada padre que busca a su hijo (la tragedia se repite, incesante, y los clásicos son clásicos no por antiguos, sino por actuales). Tienen la entereza y la dignidad de la princesa de Tebas y de los reyes de Troya. No se van a cansar. Es obligación del Estado, y de todos nosotros, hacer lo que esté en nuestras manos para que tengan certeza cuanto antes y, en cualquier caso, nuestra solidaridad. Solo así, como una comunidad (como ocurría en la antigua polis griega), podremos, quizá, encontrar la serenidad después de la tragedia.