Amorosos, siglo XXI | Letras Libres
artículo no publicado

Amorosos, siglo XXI

Julia Manzano y Rómulo Castillo, defeños, solteros y solitarios los dos, ella dueña y única dependienta de una pequeña papelería en la Avenida Coyoacán al sur de esta ciudad, él contador público titulado con oficina en su casa en la calle de Uruguay de la colonia Centro de esta ciudad, eran dos absolutos desconocidos pues no se habrían encontrado ni siquiera una vez en sus corrientes y monótonas vidas, y acaso ni siquiera en uno entre los miles y miles de cruces casuales de gente mutuamente desconocida en las calles de Esmógico City, pero cada uno tenía una laptop con Internet y una noche ocurrió que –ahora sí por una de esas casualidades que tienden a producir una señal del Destino– supieron uno de la otra, y viceversa, en una electrónica página de “Corazones Solitarios” o algo así, y como por juego empezaron a chatear noche tras noche, y a las dos semanas ya desde sus e-mails se enviaban piropos cada vez más exaltados, y su diálogo entre las distantes pantallas fue haciéndose cariñoso, fue creciendo hasta convertirse en un intenso idilio, o “romance” (según suele decirse): si Rómulo una noche escribía: “Eres la mujer de mi vida”, Julia tecleaba: “Eres mi amado de todo el corazón”, y se juraban amor hasta más allá de la muerte, y...

Y cuando en su primera y única cita se encontraron en un recoleto café de la colonia Roma, se miraron silenciosos y parpadeantes y, después de más o menos una hora de platicar del clima y de la dificultad de los traslados por la ciudad y de una película que ella había visto y él no, descubrieron que su mutua pasión electrónica los había vuelto más tímidos de lo que ya eran, y que no sabían qué más decirse ni qué hacer, y finalmente Rómulo dijo “Para mí es una gran alegría saber que existes”, y Julia musitó “Pues yo, igualmente”, y él pagó los capuchinos y los bizcochitos y se besaron en las mejillas y se fue cada uno para su casa...

Desde entonces, los dos, separados por kilómetros de ciudad aunque unidos en espíritu, no han vuelto a verse, pero, felices por haber encontrado el modo definitivo de vivir una misma y compartida pasión, noche tras noche, y pensando: “De aquí a la eternidad”, se envían amorosos mensajes que casi incendian las luminosas pantallas de sus laptops.

Publicado previamente en Milenio Diario