Alice Munro y las vidas de las mujeres | Letras Libres
artículo no publicado

Alice Munro y las vidas de las mujeres

Por qué el Nobel es una buena noticia.

Otra gran escritora, Cynthia Ozick, dijo de ella que es “nuestro Chéjov”, y ese es el título que ha vuelto a darle el crítico James Wood estos días, cuando acaba de ganar el Premio Nobel de Literatura. Su empatía y su conocimiento del ser humano y el reciclaje de materiales autobiográficos la emparentan con el autor de “La dama del perrito”, sobre quien Vasili Grossman escribió:

“Chéjov dijo: dejemos a un lado a Dios y las así llamadas grandes ideas progresistas; comencemos por el hombre, seamos buenos y atentos para con el hombre sea este lo que sea: obispo, campesino, magnate industrial, prisionero de Sajalín, camarero de un restaurante; comencemos por amar, respetar y compadecer al hombre; sin eso no funcionará nada.”

Como Eudora Welty, consigue situar en un territorio concreto y a través de un lenguaje sencillo y preciso conflictos universales. Es una escritora que apasiona a muchos escritores –como Jonathan Franzen en Estados Unidos, Héctor Abad Faciolince en Colombia o Ignacio Martínez de Pisón y Antonio Muñoz Molina en España–, porque tiene un dominio impresionante y discreto de las técnicas narrativas. Como Chéjov, o como Katherine Mansfield, se ha dedicado sobre todo al cuento. Sin embargo, no desdeña otras formas narrativas: ha dicho que de joven pensaba que un día llegaría a ser novelista, pero que descubrió que debe dedicarse a lo que sabe hacer. Muchos de sus relatos rondan las cincuenta páginas; son potentes, inmediatos y complejos; a veces forman parte de un ciclo (como en Escapada o La vista desde Castle Rock). Conoce el valor de la concisión y la intensidad, pero no desprecia el placer de contar y construir historias: sus cuentos tienen más acontecimientos que muchas novelas. Cualquier escritor estaría satisfecho si llegase a plantear un conflicto como el del primer relato de Escapada, o el del último relato de Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, donde un hombre deja a su mujer –que padece demencia senil– y más tarde descubre que ella lo ha olvidado y se ha enamorado de otro. Pero Alice Munro explota esas situaciones y las lleva mucho más lejos.

Sus cuentos hablan del amor, el deseo y la frustración, del paso del tiempo y los vínculos entre los seres humanos. Escribe sobre la vida cotidiana, el paisaje de Ontario y las familias. Su mundo es limitado y la trama de algunos de sus relatos roza el melodrama, pero lo evita gracias a su elegancia narrativa y una forma de ver el mundo opuesta a la ideología autoindulgente que ocupa parte de nuestros informativos, nuestras estanterías y nuestras pantallas. Munro ofrece muchos puntos de vista, de personajes con motivaciones y reacciones distintas, pero su gran tema es la libertad: a menudo, la lucha de una chica o una mujer por salir de un confinamiento. Es una inquietud emocional e intelectual, pero también sexual, que busca escapar de distintas formas de opresión: de las prohibiciones familiares y religiosas, de las obligaciones conyugales o maternas, de trabajos aburridos o pueblos tediosos, pero sobre todo de las limitaciones que nosotros mismos nos imponemos. Algunas veces esa ansia de reinvención es un impulso virtuoso y necesario para crecer; otras, una acción soñadora o irresponsable; o algo que nos hiere o destruye a nuestros seres queridos. Muchas veces, en los relatos de Munro, es todas esas cosas a la vez.

Esa libertad también es la libertad de la escritora. No se esfuerza en crear personajes simpáticos y, aunque ha escrito de mujeres fuertes que se atreven a decidir su destino, y de seres de una generosidad inesperada, no le da miedo que sus protagonistas puedan parecer egoístas o irracionales. Esos defectos –y la comprensión y compasión con que los trata Munro, que, por muy grande que sea la presión exterior, nunca exime a sus personajes de la responsabilidad de sus actos– los hacen humanos y complejos, y logran que su fragilidad y su dignidad nos conmocionen.

La distinción a Alice Munro es el reconocimiento a una mezcla inusual: la ferocidad acompañada de compasión, la excelencia literaria mezclada con la modestia personal. Cada vez que leo o veo una entrevista con Alice Munro me impresionan su sabiduría, su sentido del humor, su humildad y su candor. Me gusta cuando explica cómo escribía de joven entre las siestas de sus hijos, cuando habla de su inseguridad y su rebeldía, cuando dice que escribe en un lado de la mesa y coge el teléfono si suena, cuando habla de cómo se fue a vivir con su marido o cuando dice que, mientras investigaba sobre una matemática rusa del siglo XIX, a veces se preguntaba si Chéjov se habría enamorado de ella.

[Una versión de este artículo ha salido hoy Artes & Letras de Heraldo de Aragón.]

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