Alí | Letras Libres
artículo no publicado

Alí

La primera vez que ví a Alí Chumacero fue en su casa, en la colonia San Miguel Chapultepec. Yo tenía siete años, y fui, con mi padre, a buscar un libro cuyo título no recuerdo porque, en su casa, dos cosas me impresionaron muchísimo: una, un Cristo de pasta, novohispano y desnudo, al que Alí le había puesto una máscara de luchador (tal vez Blue Demon): para el niño católico que era, monaguillo de Santo Tomás Moro, fue un espanto. No supe qué pensar, no sabía que pudiera significar: me aterró. La otra también fue una impresión violenta. Viendo libros encontró uno con un ex-libris, pretencioso y cursi como son por regla general. El libro no era suyo, pero arrancó la estampa, diciendo que “sólo los p****s usan estas m*****s”. Desde entonces le tuve miedo. Un miedo que se trocó en amistad cuando me di cuenta que su manera de ser no era otra sino una osadía que enmascaraba a un poeta suave y deleitoso. Muchas veces lo vi, pero nunca más en su casa. Lo encontraba en cocteles y brindis, siempre amable, siempre burlón, como un caballero aparte en una fiesta salida de Dostoievski. Sabía mirar. Sabía ser duro y también acompañante.

Cuando murió mi madre, quien recién había ocupado su sillón en la Academia Mexicana de la Lengua (su discurso fue el mismo Alí quien lo contestó), me había prometido a mí mismo no llorar. Y lo logré hasta que, en el velorio, apareció Alí subiendo con muchos trabajos las escaleras de pseudo-mármol, apoyado en su chófer. No me dijo nada. Tan sólo abrió sus brazos. Y lloré junto a aquel anciano que desde siempre había querido y conocido a mis padres.

Lamento mucho su muerte: me queda ya tan sólo un maestro vivo. Los otros –mi mamá, el padre Miguel, el padre Muñoz, don Salvador, Alí– están en la gloria.

- Pablo Soler Frost