Alain Robbe-Grillet | Letras Libres
artículo no publicado

Alain Robbe-Grillet

[…] si se consideran nocivas las búsquedas formales,

lo que hay que prohibir no es buscar sino escribir.

Roland Barthes

Extraño destino: ser uno de los narradores más impetuosos del siglo XX y morir, en el XXI, como una curiosa pieza de museo. Porque así, me temo, se mira hoy a Alain Robbe-Grillet: no como una escuela, viva, de subversión literaria sino como ejemplo de una época, experimental y formalista, ya clausurada. ¿Qué ocurrió? Nada que no se haya contado: el gusto medio del mundo literario se tornó más conservador y la creación vanguardista, siempre minoritaria, se ocultó en los bordes. Da gusto decir que, durante este proceso, Robbe-Grillet no modificó un ápice sus certezas. Lo mismo en 1953, cuando publicó Las gomas, que en 2004, al ingresar a la Academia Francesa, el pope del Nouveau Roman se mantuvo atado a un puñado de principios: las formas estéticas son históricas y, por lo mismo, perecederas; la escritura es, ante todo, un acto artístico; la narrativa no debe expresar verdades ya conocidas sino explorar lo desconocido; el sentido surge, si lo hace, de las estructuras, no de las filípicas humanistas; la novela necesita atentar, para volver a decir, contra la novela misma… Los enemigos: las tramas románticas, los personajes provistos de psicología, el “viejo mito de la profundidad” y todo aquello que impide decir, aquí y ahora, el inanimado aquí y ahora. El resultado: rigor metodológico, ascetismo literario y una estoica aceptación de las cosas. (“El mundo no es ni insignificante ni absurdo. Es, sencillamente.”)

Esta poética, esforzada e intransigente, sería motivo suficiente para celebrar a Robbe-Grillet. Pero están, también, sus novelas. Se equivocan los conservadores: no son obras inertes, mecánicas. Por el contrario: están animadas por una tensión formal poco ordinaria. ¿Inexpresivas? Al revés: si se baten con las estructuras tradicionales es para decir –imitar– de mejor modo el hastío contemporáneo. ¿Difíciles? Desde luego y, por lo mismo, estimulantes. Véanse las páginas, los párrafos sin fisuras, las descripciones exhaustivas de Las gomas, La celosía (1957) o La casa de citas (1965): es mucha y convulsiva su belleza. Consúltese el diálogo continuo entre las novelas de Robbe-Grillet y los ensayos, no menos agudos, de Roland Barthes: una de las duplas autor-crítico más vigorizantes. Léase, por último:

El animal ha sido disecado con mucho arte. Y, si no fuera por su inmovilidad total, su rigidez demasiado acentuada, sus ojos de cristal demasiado brillantes, y demasiado fijos, el interior de su boca entreabierta tal vez demasiado rosado, sus dientes blancos demasiado blancos, se diría que va a concluir el movimiento interrumpido: avanzar la pata que ha quedado tendida hacia atrás, levantar las dos orejas simétricamente, abrir más las mandíbulas para descubrir por entero los colmillos, en una actitud amenazadora, como si lo inquietara algo que ve en la calle o pusiera en peligro a su dueña. (La casa de citas, p. 14, Anagrama, Barcelona, 1990, traducción de Josep Escué.)

Podía Robbe-Grillet describir de este modo casi cualquier cosa: las cosas.

Y las cosas, una vez descritas, se desvanecían: no pesaban dramáticamente, no se fijaban en un símbolo, no volvían para fatigar un sobado efecto novelesco.

Un destino opuesto –no la desaparición sino la persistencia– merece la escritura de Alain Robbe-Grillet (1922-2008).

- Rafael Lemus