Al otro lado de la caseta | Letras Libres
artículo no publicado

Al otro lado de la caseta

Una paseo por la Feria del libro de Madrid

La Feria del libro de Madrid de 2014 ha sido la de los homenajes a Octavio Paz –estamos en su centenario–, Quino –premio Príncipe de Asturias de las Letras–, y a García Márquez –con la lectura continuada de Cien años de soledad–, de las colas infinitas para conseguir la firma de personajes televisivos, pero también de escritores como Ignacio Martínez de Pisón, Javier Marías, Almudena Grandes, Enrique Vila-Matas y casi cualquiera que haya publicado un libro en los últimos seis meses. Ha habido mesas redondas, lecturas, presentaciones de libros, firmas, charlas y las habituales fiestas. Algunos periodistas se preguntaban si las actividades que ofrece la Feria son suficientes o si se podría aportar alguna idea que la mejorara. Tan fiel y puntual como la lluvia, dicen que siempre llueve en la Feria, llegaba el Diccionario de la Feria por entregas de Javier Rodríguez Marcos. También ha sido la feria en la que se ha dado una exclusiva editorial: hacia principios de la segunda semana, Peio H. Riaño, ganador del premio José Luis Gutiérrez en la edición de 2014, anticipaba el futuro de la editorial Caballo de Troya: tendrá editores invitados cada año y entrará en la edición digital, aunque mantendrá pequeñas tiradas en papel. La primera editora invitada será la escritora Elvira Navarro, que debutó en el sello de Penguin Random House. Los datos que ofrece la organización dicen que este año las ventas han subido un 5% con respecto al año anterior.

A pesar de que esta era mi cuarta Feria del libro desde que me mudé a Madrid, tenía algo que la convertía en la primera: no estaba trabajando, no tenía que pasar horas y horas en una caseta, ni necesitaba pedir a nadie que la vigilara mientras iba al baño o a por un granizado de limón. Tampoco estaba sentada con un boli en la mano y una sonrisa que pretendía esconder la humillación de que nadie se parara a hojear mi libro mientras en la caseta de enfrente Frank de la Jungla, pongamos, atraía a tal cantidad de gente que llegaban guardas de seguridad con vallas para ordenar la fila. Esta ha sido mi primera Feria del libro como visitante. Era una visitante con apéndice: un carrito de bebé. Y otra novedad: no he ido a ninguna de las fiestas.

A diferencia de la Feria del libro de Zaragoza, que es la que más conozco porque es mi ciudad, a la Feria del libro de Madrid la gente va a comprar: tiene algo de mercado y de esperar ofertas hasta encontrar el género que te convenza. También hay mitómanos, gente capaz de hacer dos horas de cola al sol para ver estampada la firma de su escritor favorito en la guarda del libro. Las mejores anécdotas se dan al otro lado: esperando que un lector se pare y te elija para que le firmes. O siendo el que intenta convencer al lector de que ese libro de ese escritor desconocido merece la pena. El año pasado firmé en dos casetas: en la de mi editorial y en la de un gran grupo comercial. Me sentía como los cachorros que esperan detrás de las cajas de cristal en las tiendas de animales a que alguien se los lleve. No sabía si intentar conquistar al lector o beber una cerveza fría tras otra para evitar, al menos, la deshidratación. Las señoras mayores que pasaban por la caseta y se paraban durante más de dos segundos me pedían perdón por no elegirme (ya se habían pasado del presupuesto o iban buscando un regalo para alguien de su familia al que le gustaba la novela histórica) y yo les miraba con un gesto suplicante. Luego, me deseaban suerte.

Pasear por la feria, este año lo he comprobado, requiere gran fuerza de voluntad, alta tolerancia al calor, al sol, a las masificaciones y a la sed. Carezco de todo eso, así que me convertí en la esquiva: iba a las terrazas con sombra y refrescos sin alcohol, evitaba las casetas que estaban al sol y saludaba a escritores debajo de la sombrilla. Por supuesto, el carrito del bebé, y el bebé, acaparaban toda la atención. No he echado de menos las fiestas ni colocar libros, ni el páramo en que se convierte el Paseo de Coches entre semana, pero puede que haya añorado un poco el ambiente de campamento de la feria, el optimismo generalizado del primer fin de semana, que se hunde el segundo y remonta durante el último para acabar la feria creyendo que ha sido la mejor de los últimos años. Puede que sea la única manera de soportar el desmontaje y empaque del lunes posferia.