Agrandar el pene | Letras Libres
artículo no publicado

Agrandar el pene

 

EL OTRO DÍA, EN POS DE UN MENSAJE PERDIDO, entré al basurero donde la computadora guarda el spam, la publicidad o información no solicitada que atasca a la internet. Me asombró enterarme de que mis antepasados quieren hablar conmigo, de que soy heredero de fortunas rumanas y gané varios sorteos inverosímiles y, desde luego, de que es urgente que acreciente las dimensiones de mi pene masculino (así dice).

Pensé entonces en Sir Richard Burton (1821-1890), ese paradigma del explorador inglés que descubría cataratas, trepaba montañas, descubría las fuentes del Nilo, aprendía dialectos mientras rapaba monjes tibetanos, desventraba tigres, daba clases de cetrería, inventaba la bayoneta, peregrinaba a la Meca (disfrazado), se batía en duelo por el honor de las damas o, en su defecto, de Su Majestad la reina Victoria; trazaba mapas, describía los rituales iniciáticos de las tribus amazónicas y estudiaba objetos misteriosos como la moneda que menciona Borges en “El Aleph”.

Ahora, ¿qué tiene que ver esta, que puede ser la más espectacular de las biografías modernas, con el acrecentamiento del pene? Como era natural durante la época victoriana –tan dada a la licencia, a la promiscuidad y al exceso que logró hacerse fama de lo contrario–, a Sir Richard le interesaba sobremanera el inabarcable tema de los asuntos eróticos (fundó una sociedad secreta llamada Kama Shastra, que estudiaba la materia y publicaba libros prohibidos) y entre ellos, muy particularmente, esto del tamaño de los penes. A lo largo de sus muchas expediciones, le daba a Sir Richard por medir los penes de nacionalidad swahili, pashtún, guaraní o bereber y anotar los resultados escrupulosamente en sus diarios, en tablas comparativas, en pos de alguna teoría mentulamétrica que nunca formalizó.

Por otro lado, cuando no estaba descubriendo el Tanganica o midiendo penes, a Sir Richard le daba además por traducir de alguno de los veintisiete idiomas y dialectos que dominaba: desde el portugués (como Los Lusiadas de Camões) hasta el sánscrito (el Kama Sutra) y sobre todo el árabe, del que trasladó al inglés, como es sabido, El libro de las mil noches y una noche (la traducción legendaria que ensalzaba Borges). Y fue seguramente por la feliz coincidencia de esas aficiones que Sir Richard tradujo El jardín perfumado, un extraño tratado del siglo XVI que redactara un sheik llamado Mohamed ibn Mohamed al-Nefzaoui con objeto de educar en asuntos de sexualidad a un cierto visir que –todo parece indicarlo– andaba bastante urgido de consejo.

Es curioso ese abundante jardín perfumado, con el que me topé casualmente en línea (www.burtoniana.org). Entre la abundancia de su sabiduría, me encuentro con ese tópico que continúa interesando a la humanidad giratoria, y cuya vigencia se deduce no solo del spam sino del redituable flujo de incautos que caen en las garras de brujos y yerberos, mercan los más inauditos artilugios mecánicos o, desde luego, agrandan su complejo por medio de autos aerodinámicos o rascacielos supletorios.

Está en el capítulo 18 y se titula “Recetas para aumentar las dimensiones de los miembros pequeños y hacer de ellos algo espléndido”. Comienza por señalar que las dimensiones del pene “son de primerísima importancia tanto para los hombres como para las damas”, por lo que el hombre que, para desdicha suya, posee un miembro cabírico y es, por tanto, “objeto del desprecio femenino”, puede recurrir a una serie de remedios como los que abrevio en seguida:

1. Hágase una mezcla de pimienta, lavanda, galanga (que no sé qué es) y almizcle que, pasada por el mortero, se revuelve con miel y jengibre hasta lograr una cataplasma que debe untarse vigorosamente en el susodicho pene.

2. Tómese un trozo de cuero suave, úntese con brea caliente y póngasele como un abriguito al pene. “No tardará mucho –escribe Nefzaoui– en levantar airosamente la cabeza, temblando de pasión.” Este procedimiento deberá repetirse varias veces hasta alcanzar la dimensión deseada (o bien, hasta que el tenedor del pene y el trozo de cuero untado de brea caliente decidan contraer matrimonio).

3. Atrápense cuantas sanguijuelas sea posible, pónganse en una botella llena de aceite que se dejará al sol hasta que se conviertan en una especie de puré. Frótese el tal puré en el miembro durante varios días consecutivos y sucederá que el pene adquiere “buen tamaño y personalidad” (?).

Y el último, que me da aún más horror, pero que anoto aquí no sin advertir al lector propenso fácilmente a escandalizarse, que si continúa con la lectura lo hace bajo su responsabilidad exclusiva:

4. Procúrese un miembro de burro. Hiérvalo con cebollas y una buena cantidad de maíz. Con ese guiso aliméntense unas gallinas que luego serán comidas. “También puede macerarse en aceite la verga del burro (the ass’s verge, traduce el políglota Burton) y emplear el fluido así obtenido tanto para ungir el miembro de uno, como para beberlo.”

“La eficacia de estos remedios es bien conocida, pues –termina diciendo el sheik Nefzaoui con sinceridad autoincriminatoria– yo mismo los he probado.”

Por último, no resisto citar, del capítulo 8, algunos de los nombres afectuosos u horrorizados que en el mundo árabe se otorgaban, hace cinco siglos, a los genitales. Los de los caballeros son: el calvito, el de un solo ojo, el empujador, la paloma, el de cabeza chueca, el cosquillitas, el libertador (este ha de ser el preferido de Gadafi), el impúdico, el que tiene cara de vergüenza, el chillón, el sastre (?) y el expectorante. De las damas: el glotón, el sin fondo, el bilabial, el primitivo, el jorobado, el de la naricita, el puercoespín, el duelista, el avispón y –francamente– el delicioso.

En fin, que como señala Burton, información “que merece gratitud por los servicios que rinde a la humanidad”. ~


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