Adiós a la tribu | Letras Libres
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Adiós a la tribu

Jon Juaristi acaba de publicar unas memorias atípicas (Cambio de destino, Seix-Barral, 2006), centradas en la historia de su relación sentimental con Bilbao –su ciudad natal y en la que vivió hasta que le fue literalmente imposible– y en su descubrimiento, acercamiento y ruptura con el nacionalismo vasco, dejando de lado todos los demás aspectos de su vida.

El orbe hispano, a diferencia del anglosajón, no ha sido particularmente pródigo en memorias, diarios y autobiografías, quizá culturalmente precavido ante el riesgo de exponer fantasmas y miedos ocultos. Sin embargo, la anormalidad democrática del País Vasco ha sido tan flagrante, determinada en exclusiva por la presencia de un grupo terrorista durante décadas, que no son pocos los autores que han sentido la necesidad vital, y la obligación intelectual, de dejar por escrito su historia. De este rasgo excepcional es que nacen las memorias de José Ramón Recalde, Fernando Savater o Mario Onaindía. Vidas paralelas que recorren un itinerario común: del apoyo y entusiasmo juvenil ante el renacimiento cultural vasco, al rechazo de la aquiescencia entre nacionalismo y violencia.

La peculiaridad de las memorias vascas de Jon Juaristi es que se trata de unas memorias intelectuales, como si la historia de su vida –por qué no– fuera sobre todo la historia de los libros que leyó y que ha escrito. La entrevista se realizó en una larga sesión de trabajo en la redacción madrileña de la revista. Las tres últimas preguntas, contestadas por escrito, se añadieron después de que ETA declarara un alto al fuego permanente.

 

Lo primero que sorprende al leer Cambio de destino es que, a diferencia de la mayoría de los miembros de tu generación, tú descubres el nacionalismo vasco a través de los libros, por vía intelectual.

Sí, soy un caso algo atípico. Lo normal es que la transmisión del nacionalismo se efectúe a través de una narrativa sentimental, dentro del círculo familiar. Yo tenía acceso a un par de bibliotecas familiares (una rareza en el mundo nacionalista, porque los nacionalistas no suelen ser bibliófilos). Una de ellas, la de mi abuelo paterno, era una buena biblioteca “vasquista”, con muchos de los libros fundamentales de la literatura fuerista del XIX, de los historiadores románticos y post-románticos, de los clásicos de la literatura nacionalista del siglo XX y de publicaciones filológicas. De hecho, la utilizamos a finales de los años sesenta y en los años setenta para reeditar clásicos vascos en ediciones de bolsillo, con el poeta Gabriel Aresti y la editorial Lur.

Yo era un niño más bien debilucho, gordito, bajo, y obviamente la “erudición” me vino muy bien para compensar estas limitaciones físicas. Y sobre todo para crear un mundo paralelo. Así como otros –pienso en Fernando Savater– lo hacían por la vía de la literatura de aventuras, desde Walter Scott hasta Stevenson, mi mundo privado consistía fundamentalmente en esa literatura que tenía un sesgo claramente tradicionalista y arcaizante. En el mundo triste y polvoriento de la Bilbao de los años sesenta la biblioteca de mi abuelo fue para mí una vía de evasión de la murria cotidiana.

 

En El bucle melancólico estudias cómo la tradición vasca es un invento romántico o tardorromántico del XIX y cómo muchos de los supuestos y arquetipos por los que algunos están dispuestos a asesinar, no son una verdad histórica sino más bien una creación literaria. ¿Cuál sería el retrato hablado de esa construcción mítica?

En el XIX se construye una identidad vasca que sustituye a otra anterior. Había una identidad tradicional vasca, muy española, que consideraba lo vasco como quintaesencia de lo español. Esta identidad tradicional habría surgido con el imperio hispánico, en el siglo XVI, y fundamentalmente estaba caracterizada por dos factores: por una parte, los vascos se consideran los españoles más antiguos, por tanto, los que más derecho tienen a ostentar nobleza y privilegios; y son, por otra, los cristianos viejos por excelencia. Es decir, españoles acrisolados y cristianos viejos puros. La limpieza de sangre es un rasgo fundamental de esa identidad tradicional vasca.

Cuando España se vuelve liberal, ambos factores, el de la nobleza colectiva y el valor castizo de la limpieza de sangre, se devalúan, y la reacción por parte de un sector de la sociedad vasca fue reciclar esta identidad tradicional y transformarla sobre las bases racialistas de la etnología romántica, pasando también a través de la literatura, especialmente de algunos géneros fundamentales de la narrativa romántica, como la novela histórica o la leyenda.

En este sentido, el proceso es muy parecido al que se dio en otras partes de Europa y América, pero en el caso vasco hay una paradoja muy curiosa que se ha puesto de relieve recientemente en un libro excepcional, La tierra del martirio español, de un joven historiador, Fernando Molina Aparicio. La tesis de este libro, cuyo título es una expresión que utiliza Galdós para referirse al País Vasco en uno de los Episodios nacionales, es que, efectivamente, el fuerismo del siglo XIX diseña una nueva identidad romántica, pero la novedad que descubre Molina es que quien pone en circulación esa identidad es el nacionalismo español; es decir, el nacionalismo español liberal, y dentro de éste, su corriente más de izquierda, el republicanismo, que iría desde los federales de Pi y Margall hasta los posibilistas de Castelar. Lo que demuestra Molina es que en los años del sexenio revolucionario, paralelamente a la tercera guerra carlista, aparece una literatura antifuerista, de signo ultraliberal y revolucionario, que sostiene que los vascos son una nación distinta de España. Esa literatura identifica “vascos”, “carlismo” y “fueros”, y sostiene que la permanencia de la insurrección carlista en el País Vasco se debe a que los vascos no forman parte de la nación española. Esto es algo que ya me había sorprendido al leer a algunos de los autores fundamentales de la corriente liberal española del XIX, de Pi y Margall a Blasco Ibáñez. Efectivamente, de vez en cuando aparecía esta idea de que los vascos no son españoles, pero siempre lo había tomado como una consecuencia del radicalismo republicano –lo que desde el marxismo se tachaba de “radicalismo pequeño-burgués”– que impregna esa literatura, tan bien estudiada por José-Carlos Mainer. Pero lo que querían los liberales radicales es que los vascos y los carlistas, que para ellos eran la misma cosa, se independizasen de una vez y dejasen en paz a España para que ésta pudiera ser una nación liberal como la Italia “resurgida”, por ejemplo. Esa literatura liberal, que fundamentalmente se encauza a través de la oratoria política y el periodismo, ya le deja el trabajo hecho a Sabino Arana, que se limita a recoger ese discurso.

 

Como si los liberales hubieran inventado un enemigo a modo...

Efectivamente. Lo que yo había detectado en El linaje de Aitor es que el fuerismo romántico, aunque crea una nueva identidad vasca, no la separa de la identidad española: esa identidad romántica sigue siendo enfáticamente española, y aunque ya no se sostiene sobre los pilares de la pureza de sangre, sigue insistiendo en la idea de que lo vasco es lo más esencial de España. Molina Aparicio lo concreta mucho más: dice que el fuerismo vasco del XIX era en realidad la expresión del nacionalismo español en el País Vasco. Es interesantísimo, sobre todo porque da la clave de lo que sucede en la época de Isabel ii, la época del liberalismo moderado. El liberalismo moderado es un liberalismo casi sin Estado; el Estado español de esa época no es más que un grupo de amigos que se reúnen todos los años a cenar y a hablar de cómo les va en sus respectivas provincias: todos los próceres isabelinos se hacen retratar, como puede verse en el Museo Romántico de Madrid, vestidos de maragatos o con el traje regional correspondiente. El fuerismo vasco
no es más que otra expresión de ese tipo de nacionalismo que vive en el mundo provinciano de la mesa camilla, con muchas señas de identidad, pero que en absoluto cuestiona la existencia
de una nación española.

 

Y el siguiente paso sería, entonces, el etnicismo ultramontano de Sabino Arana.

Sí, pero con esta transición curiosa de una literatura liberal, que se autoproclama española y nacionalista, y que crea el fantasma de los vascos como nación aparte.

Sabino Arana no era precisamente Giuseppe Mazzini, no era una lumbrera. La literatura nacionalista del XIX no produce grandes intelectuales, pero Sabino Arana podría estar perfectamente a la cola de todos ellos. Era un grafómano, como sucede con muchos escritores de origen tradicionalista en la España del XIX: allí donde hay un grafómano, alguien que llena miles y miles de páginas, seguro que detrás hay un carlista o un tradicionalista al menos (el caso extremo sería Menéndez Pelayo). Sabino Arana, efectivamente, llenó unos cuantos miles de páginas, pero sin demasiadas ideas. Las pocas que aparecen son malas y además no son originales. Arana es un caso muy claro de resentimiento: es un hijo de carlistas derrotados, amargado, enfurecido por la derrota y por la ruina familiar, que se pasa al integrismo,
y que subraya el componente religioso de una opción política, en este caso del carlismo. Después del integrismo, se pasa al nacionalismo vasco. Es decir, lo que hace es darle la vuelta a ese discurso liberal y decir que, efectivamente, los vascos no son españoles, porque España es liberal y los vascos no pueden ser liberales, luego tampoco españoles.

Eso tiene bastante que ver con el fenómeno del integrismo en España. El integrismo es una derivación tardía del carlismo, que se acaba manifestando en la escisión de Nocedal y sus seguidores, en 1888. Los integristas retiran del viejo lema tradicionalista “Dios, patria y rey” el elemento “rey”, porque creen que el rey les ha traicionado transigiendo con el liberalismo, y conservan los otros dos elementos del lema: “Dios” y “patria”. Lo que sucede es que en el pensamiento tradicionalista la patria no se puede entender sin el rey, ni el rey sin la patria, que son aspectos del mismo elemento. La patria es el conjunto de obligaciones que los antepasados de uno han contraído con la dinastía legítima; si se quita la dinastía, no hay patria posible. Al desdibujarse la patria, los integristas se quedan sin una dimensión de nación o de Estado –la que tenía el carlismo era muy débil, pero ahora la pierden por completo. Así pues, no tienen más remedio que acogerse a las pequeñas patrias regionales, las patrias de campanario: primero a Vizcaya, después al País Vasco, en el caso de Arana.

En Cataluña se da un fenómeno muy parecido. Hay una figura en Cataluña que a mí me parece paralela a Sabino Arana: mosén Antonio María Alcover, que en realidad era mallorquín. Alcover es coetáneo estricto de Sabino Arana y de Unamuno, y sufre la misma transmutación política que el primero de éstos. Era un hijo de masoveros carlistas de Manacor que llegó a ser canónigo en Palma y una figura de importancia destacadísima en el primer catalanismo. Secundó la escisión integrista del carlismo en el 88, y siguió siendo integrista hasta que se encontró con Prat de la Riba y éste lo atrajo a Solidaridad Catalana, que lo recibió como el gran patriarca del nacionalismo cultural. Se incorporó al nacionalismo catalán y permaneció en sus filas hasta la muerte de Prat de la Riba. Digamos que descubrió así su “patria”, que se le había desvanecido en la aventura integrista. El lema que se autoimpuso Alcover, “Déu i la llengua vetlla”, es muy parecido al que adoptó Sabino Arana: “Dios y la ley vieja”. Alcover no pudo echar mano de los fueros porque en Cataluña no había fueros desde la época de Felipe V pero recurrió a un elemento equivalente para reconstruir el lema tradicionalista. Sabino apeló a los fueros porque éstos se identificaban de alguna forma con la patria perdida, la España absolutista. “Dios y la ley vieja” sigue siendo a estas alturas el lema del Partido Nacionalista Vasco.

 

Volviendo a tus memorias, ¿qué había de atractivo en esa literatura para que te cautivara al grado en que lo hizo, convirtiéndote en un nacionalista vasco?

Creo que transmitía una ensoñación romántica, una melancolía. En El linaje de Aitor intenté describir el dispositivo romántico de construcción de una identidad a través de una literatura heroica o seudo-heroica, que podía cumplir un papel semejante al que en el conjunto de mi generación española cumplieron las novelas histórico-románticas o las de aventuras, esa tradición del XIX, heredera de Walter Scott. Obviamente, se trata de una literatura de mucha menor calidad intelectual que la gran literatura de Stevenson, Dumas, etcétera, pero,
en combinación con esa literatura romántica, podía producir efectos de exultación parecidos.

Desde luego yo no fui el primero. Hasta Unamuno pasó por una fase parecida, y sus lecturas de adolescencia no fueron muy distintas a las mías. Por otra parte, el franquismo, y es importante tenerlo en cuenta, recupera como literatura edificante toda una tradición del xix que es muy semejante a la que yo leía. Lo que se lee en la España franquista en los cincuenta y sesenta, la “biblioteca adolescente”, era esa literatura romántica de tipo scottiano, desde Ivanhoe hasta La isla del tesoro, y eso se mezcla con algunos de los textos fundamentales de la tradición romántica privativa vasca. Por ejemplo, Amaya o los vascos en el siglo VIII, una de las novelas más leídas por los niños españoles, en general, durante esos años. Su traslación cinematográfica se consideraba como lo más aconsejable para que los niños pasaran las tardes de domingo en los cines parroquiales. No sé cuántas veces he leído Amaya, pocas, pero desde luego he visto un montón de veces la película de Luis Marquina, un film franquista del año 52, con unos valores claramente nacional-católicos y antisemitas, que termina con una “edificante” matanza de judíos en las calles de Pamplona por los vascos. Eso, sólo siete años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, ilustra mejor que nada el aislamiento mental y moral del régimen franquista.

 

A diferencia de la mayoría de los miembros de tu generación, tú decides aprender euskera y lo haces por tu cuenta.

No fui el único que emprendió un aprendizaje autodidáctico del euskera; los que lo hicimos así éramos en mi generación un sector minoritario, por lo menos en Bilbao. Lo aprendimos en viejos manuales y gramáticas, escritos muchos de ellos antes de la Guerra Civil, y que vinieron a nuestras manos por vías diversas y fortuitas. Yo, por ejemplo, había visto un método de euskera en el escaparate de una librería de Las Arenas, y sabía que ahí estaba la clave para entender lo que decían las aldeanas que pasaban todas las mañanas por delante de mi casa hablando en una lengua extrañísima. Conseguí hacerme con él y comencé así mi aprendizaje del vasco.

Fue un aprendizaje emprendido en la adolescencia como una manía personal, idiosincrásica, para blindar de alguna forma ese mundo privado que era una especie de paraíso cerrado. Tengo claro que tiene mucho que ver con una deriva personal autista, no patológica, pero sí cultural. Esto habría que situarlo dentro de un síndrome general de pertenencia al bando derrotado y por tanto, excluido; excluido no sólo socialmente sino también de la cultural oficial y del imaginario simbólico dominante. La alternativa era construir una cultura clandestina, solitaria, porque no había ningún tejido social orgánico que nos permitiera a los aprendices solitarios ponernos de acuerdo entre nosotros, en esa época y a esas edades.

 

Llama la atención de tus memorias descubrir un País Vasco alejado de la imagen de resistencia heroica y que acepta, salvo los hijos de los derrotados estrictamente, con más indiferencia que complacencia, las coordenadas básicas del franquismo. Uno descubre, sobre todo en la Bilbao de los cincuenta y sesenta, una ciudad que está acomodada a las nuevas circunstancias, simplemente.

Es que Bilbao era una ciudad franquista. Es más, yo creo que gran parte de la retórica del franquismo se había formado en Bilbao. El lenguaje literario del fascismo español surge en Bilbao en los años veinte en torno a la Escuela Romana del Pirineo y a la revista Hermes, que por otro lado estaba financiada por los nacionalistas. Ese mundo simbólico de la Bilbao de los años cuarenta y cincuenta en gran parte había hecho suyo el lenguaje del fascismo español. Y no sólo los triunfadores: la mayoría social había legitimado, aunque fuera con su silencio, el triunfo del franquismo.

El mundo nacionalista, minoritario, se movía en unos ámbitos sociales y geográficos muy claros dentro de las ciudades. En Bilbao era el mundo del casco viejo, de las familias de la pequeña burguesía que habían suscitado el primer nacionalismo hacía no tanto tiempo –el PNV se había fundado en 1895; en la Guerra Civil tenía cuarenta años de existencia. El mundo nacionalista lo componía una cierta clase media que no había conseguido tampoco rebasar las fronteras de Bilbao. En la Guerra Civil, el campo vasco seguía siendo mayoritariamente carlista. La Bilbao de la posguerra era una vieja ciudad industrial, con una alta burguesía financiera, que en la guerra había optado por el alzamiento contra la República. La pequeña burguesía tuvo siempre en ella una presencia débil y se había ido difuminando. Una cosa que a mí me sorprendió retrospectivamente, en los ochenta, era la absoluta opacidad de la cultura nacionalista en Bilbao desde la Guerra Civil casi hasta la muerte de Franco; el nacionalismo vasco o se vivía en la privacidad estricta de las familias, como era mi caso, o simplemente estaba en una situación química de extraña suspensión inactiva, y lo que lo catalizó fue la aparición de ETA en los sesenta. Hasta entonces distaba de ser un fenómeno social perspicuo.

 

Por estas razones personales decides dar un paso adelante inmenso y formar parte de ETA. Tu papel en la banda terrorista se limitó a ser un correo, bastante ineficaz por otra parte...

Como todos en aquellos años. Me alegro de haber contribuido a la colección de inútiles de la banda. Hay memorias que lo cuentan mejor. Por ejemplo, las de Teo Uriarte –yo diría que, en un momento dado, la cabeza más sensata que quedó al frente de eta–, que han aparecido el año pasado. Teo, que vivió dentro del cogollo de los “liberados”, cuenta unas historias espantosas de ineficacia, tan espantosas que uno no se explica cómo la policía no acabó con la banda, aunque, es justo decirlo, tampoco es que la policía franquista fuera brillantísima.

Max Luchini
Además, en los inicios de los sesenta se ve a ETA como una extraña excrecencia del nacionalismo, que les podía plantear algún problema sólo en el caso de que los comunistas la infiltrasen o se aprovechasen de ella.

 

Los fantasmas y las obsesiones ideológicas del propio Franco y su régimen le imposibilitaron descubrir las dimensiones de lo que se estaba gestando...

Es que Franco era muy vasquista, como toda la derecha española. Tenía una especie de adoración por los vascos: veraneaba en San Sebastián, asistía al frontón, le encantaban los obispos vascos, por supuesto, y los futbolistas, a los que admiraba. El Athlétic de Bilbao de Zarra, Canito, etc., era el equipo emblemático del régimen, la quintaesencia del casticismo español.

 

De la historia de ETA me interesa no tanto tu saga personal, que es bastante chusca y por suerte, inocua, sino algunas de las claves que das en el libro. Una, la importancia del primer asesinato que comete la banda, como una necesidad tácita de forzar las tornas y que no haya un paso atrás.

La izquierda tiende a infravalorar el acontecimiento y a valorar mucho las estructuras y las continuidades. Stendhal decía que lo imprevisto irrumpe en la historia y acaba poniendo patas arriba todo lo que antes se consideraba constante. Efectivamente, hay un encuentro fortuito entre dos activistas de ETA, muy jóvenes los dos, Iñaki Sarasqueta y Javier EchevarriETA, y un guardia civil de tráfico, José Pardines, aproximadamente de su misma edad –estamos hablando de un mundo donde los activistas más viejos tenían veintitrés años. Ese encuentro fortuito se resuelve trágicamente cuando Echevarrieta mata a Pardines. En el momento en que se derrama la primera sangre, hay un sector de la sociedad vasca que lo asume y se solidariza con la responsabilidad de Echevarrieta y vuelve a coagularse una comunidad nacionalista que no existía sino en estado virtual: tras la Guerra Civil había desaparecido o flotaba en ese estado de suspensión al que antes me refería. Hay como una cristalización de esa comunidad en torno a ETA tras la muerte de Pardines y de EchevarriETA, que muere horas después tiroteado por guardias civiles. Por otra parte, hay algo importante: aunque el encuentro es fortuito, realmente se estaba buscando...

 

Iñaki Sarasqueta ha contado posteriormente que Javier Echevarrieta disparó por la espalda...

Frente a lo que había sido el relato heroico del nacionalismo –que Echevarrieta disparó sobre Pardines para defenderse–, Echevarrieta disparó sobre Pardines cuando éste estaba agachado comprobando la matrícula del coche. A pesar del carácter fortuito del acontecimiento, se buscaba y se necesitaba ese enfrentamiento violento del nacionalismo con el franquismo. ¿Pero para qué? En mi opinión, y es algo que cada vez está más claro, lo que necesitaba el nacionalismo vasco era detener la historia, es decir, impedir que ese franquismo crepuscular se encaminase hacia una solución democrática. Necesitaba que el franquismo se estancase en una situación como la de los años sesenta, que para el mundo social del nacionalismo vasco era cuasiperfecta. ¿Por qué? Porque el País Vasco estaba en una fase de prosperidad económica innegable, debido fundamentalmente a la inversión del ahorro español en el País Vasco y Cataluña y a la mano de obra emigrante. Esto tenía sus inconvenientes para la mentalidad del nacionalismo: la convivencia con lo que los nacionalistas llamaban el extranjero, el maketo, podía suponer un elemento incómodo, pero por otra parte eso beneficiaba al País Vasco y a sus clases medias. Entonces, era una necesidad perentoria la de impedir que se evolucionase hacia un sistema distinto, con una distribución territorial más equitativa de la renta nacional. Para frenar la historia, el PNV ya no servía, hacía falta una nueva organización capaz de hacer involucionar al régimen. De ahí que el propio nacionalismo vasco, que no se había caracterizado precisamente por hacer una resistencia feroz al régimen en las épocas duras del franquismo, emergiera en los años sesenta en medio de lo que era ya una cierta delicuescencia terminal del régimen.

Ahora bien, la muerte de Pardines es un hito fundamental, pero no definitivo. Lo decisivo fue lo que siguió a las muertes de Pardines y EchevarriETA, en el verano del 68, cuyo significado se nos escapó, porque sólo fuimos conscientes del mismo a posteriori: en ese momento ETA franquea la frontera del terrorismo y decide, después del crimen “fortuito” de Pardines, planear el asesinato de Melitón Manzanas. Ése es el paso decisivo.

Otro factor al que generalmente no se suele dar demasiada importancia: la revolución interna de la Iglesia española en esos años. No sólo es el Concilio Vaticano Segundo, hay algo previo: la necesidad de unos sectores de la Iglesia española de tomar distancia respecto al régimen y comenzar a contar una historia distinta, crear un relato sobre la Guerra Civil que se separase del oficial. Ese relato se va construyendo a lo largo de los sesenta, y se empieza a contar una nueva historia donde las principales víctimas de la guerra son los nacionalismos y en general, los regionalismos católicos. Por tanto, un sector de la Iglesia, el de la periferia española, puede arrogarse también la condición de víctima de la Guerra Civil. Eso es importante, porque los jóvenes de familias nacionalistas y católicas del País Vasco estábamos muy directamente en contacto con este nuevo credo, el del etnocatolicismo, por llamarlo de alguna forma.

El Consejo de Guerra de Burgos, en diciembre de 1970, proporciona la primera ocasión para la manifestación pública de esa nueva comunidad nacionalista que ha surgido al albur de la conversión de ETA en una organización terrorista, pero las bases ya estaban puestas. La catalización se produjo en el 68. Burgos fue la ocasión para poner a prueba la capacidad de movilización del nuevo nacionalismo.

 

Y el asesinato de Carrero Blanco, en esta línea, construye en el imaginario popular vasco la idea de una organización poderosa, cosa que nunca había sido, capaz de matar a un jefe de Gobierno.

Sí, eso estimula mucho la megalomanía de ETA, una nueva ETA reconstruida después de la VI Asamblea. A Carrero Blanco ya lo mata la eta-militar. Ante lo que son los primeros pasos en el terrorismo, hay una especie de inflexión general de esa generación de los sesenta, de la base de ETA, que dice “hemos llegado demasiado lejos”, que tiene mucho que perder, que está muy en contacto con las organizaciones clandestinas españolas de esos momentos, y que ve claramente que por ahí, por la vía del terrorismo nacionalista, no se va a ninguna parte. En ese sentido, yo no me salí de ETA, yo me quedé con los míos, con lo que era ETA en esos momentos, que, en su VI Asamblea (1970), se convirtió en una organización marxista-leninista y rompió con el nacionalismo y el terrorismo. Los perdedores de esa vi Asamblea refundaron ETA y la convirtieron en una organización blindada, evitando todo debate político interno, para impedir que se volviera a producir ese proceso de, como ellos decían, “liquidación del problema nacional”. Lo que se propugnaba y se consiguió fue el dominio de la nueva organización, eta-militar, por los pistoleros.

 

Una de las paradojas más terribles de ETA es que, al luchar contra la dictadura franquista, muchos asumieron que luchaba también a favor de la democracia y esto era falso.

Pero esa es una percepción errada de la oposición clandestina del franquismo –de la cual una buena parte, por cierto, tampoco luchaba por la democracia–, no de eta.

Por eso mismo es tan sorprendente que justamente cuando España se encamina por fin hacia la democracia, hacia el pacto ciudadano, es cuando ETA, sin los amarres represivos de la dictadura, realmente se vuelve la protagonista del País Vasco.

ETA lo que hace es seguir fiel como una brújula rota a lo que era el objetivo inicial. Es una organización que ha surgido para evitar la evolución del franquismo hacia la democracia, y concibe el final de su lucha como un pacto entre dos Estados totalitarios, España y Euskadi, sometidos a dictaduras militares. ETA nunca ha imaginado el final de otra forma que un pacto de poder fáctico-militar a poder fáctico-militar entre Estado Vasco y Estado Español.

Hay un individuo curioso que se mueve en el País Vasco de los primeros años de la transición, el antiguo ministro de Interior del Gobierno vasco durante la Guerra Civil, Telesforo Monzón, un típico fascista europeo de los treinta, comparable con José Antonio Primo de Rivera, pero en nacionalista vasco. Monzón reaparece como el gurú social del movimiento que se crea en torno a ETA en los primeros años de la transición. Monzón encabezó el movimiento político de apoyo a eta-militar. Al mismo tiempo, otra parte de ETA se descuelga del terrorismo mediante lo que se llamó en su momento la “estrategia del desdoblamiento”, que dará lugar en los ochenta a una organización de izquierda pacifista, Euskadiko Ezkerra, cuyos sucesivos secretarios, Mario Onaindía y Kepa Aulestia hicieron una especie de reconstrucción palinódica de su paso por ETA. El argumento de Mario y de Kepa es que la ETA del tardofranquismo en realidad era una organización que luchaba por la democracia. Yo creo que esto es insostenible, ahí está mi discrepancia fundamental con ellos, la que me llevó a salir de Euskadiko Ezkerra en su momento, porque creo que es una reconstrucción poco honesta. Lo cierto es que efectivamente hubo un sector de ETA que evolucionó pronto y rápidamente hacia la democracia y que distorsionó, quizá con las mejores intenciones, la propia historia de eta.

 

En tu libro muestras cómo ETA condiciona la vida del País Vasco, no sólo porque haya amenazados y no amenazados, sino porque produce una cierta degradación moral del nacionalismo. ¿Cuál es la incidencia de ETA en la vida vasca?

El terrorismo destruye todos los dispositivos de discernimiento ético que existían en una sociedad muy católica y que sabía dónde estaban las fronteras entre el bien y el mal. ETA impone su propia categoría ética con sus actos, una ética, o mejor, una an-ética de la facticidad. La gente empieza a no saber qué está bien y qué está mal. Los atentados imponen su propia valoración: “algo habrán hecho cuando ETA los mata”. Por una parte, un sector de la población vasca se inhibe por miedo, y otro sector, lo que había sido el franquismo visible, o bien desaparece del país, o bien es exterminado o bien se mete en las catacumbas, y frente a eso hay una conciencia excedente, que está en la izquierda y en la derecha democráticas, que se enfrenta al nacionalismo, pero que pasa por un verdadero calvario para subsistir.

 

Al terminar Cambio de destino, uno tiene la sensación de derrota, de que hay algo que ya nunca se va a poder recuperar. Y no sólo porque parte de la sociedad vasca tenga que vivir exiliada, callada o protegida, o porque sus mejores intelectuales enseñen fuera de su universidad –Elorza, UnzuETA, Fusi, Juaristi, Savater... Pienso en los planes de estudio de los colegios, basados en ese imaginario nacionalista que se convierte en verdad oficial. O en todo el entramado de intereses que genera el nacionalismo vasco y que hacen tan difícil su derrota.

Lo que existe en el País Vasco es un régimen nacionalista que ha tenido la oportunidad de crear –por abandono y claudicación de la oposición en unos períodos clave de la construcción de la democracia– un país a su imagen, dotándolo de sus símbolos como si fueran los símbolos generales del País Vasco y conformándolo según sus intereses. Ha creado una red clientelar amplia y sólida que resulta muy difícil de desmontar. Uno no sabría hasta qué punto los intereses públicos y los privados son distinguibles en el País Vasco, debido al manejo del trato fiscal. Ese régimen ha creado también una historia a su medida y ha montado unos dispositivos de exclusión, algunos de ellos escandalosos; pero también otros que funcionan en el mundo empresarial, en el universitario, en el cultural, etcétera, que han ido bombeando eficazmente hacia el exterior a los disconformes. A mí me sorprendía que en los ochenta, cuando Arzalluz comenzó a darse cuenta de la existencia de un sector incómodo en el mundo cultural, su planteamiento no era “pues lo siento si no estáis conformes, porque estáis en minoría y tendréis que intentar ganarnos en las urnas”, sino: “si no estáis conformes, fuera de aquí, que ancha es Castilla”. En ningún país democrático funciona esta lógica. Y claro, esto se ha traducido a la larga en un exilio, un exilio muy raro, porque no marchábamos al extranjero. Yo en Madrid no estoy en el exilio, porque estoy en un país que es el mío y por-
que en fin, sería el primer exiliado de la historia al que cinco meses después de llegar lo nombran director general de algo... No es el formato de un exilio serio, pero sí hay un elemento de exclusión y destierro que biográficamente ha supuesto una derrota: sé que no puedo volver al País Vasco, sé que aunque ETA desaparezca seguirá siendo un lugar incómodo y poco acogedor para mí. Si a eso se suma el hecho de que muchos hemos rehecho nuestra vida en el exterior, enfrentar la perspectiva de que nuestros hijos crezcan en medio de la hostilidad del nacionalismo no es algo que nos apetezca. En mi caso, no veo posible el regreso.

 

¿Cuál es tu lectura del alto al fuego declarado por ETA, y por qué te has mostrado, en tus columnas de opinión del ABC, tan escéptico?

Las razones de mi escepticismo no son hoy las mismas que en 1998, ante la penúltima “tregua” de ETA, pero se parecen mucho. En primer lugar, tampoco ahora nos encontramos ante una organización que se considere derrotada. Esto es importante. Quienes sí tenemos una sensación de derrota somos los vascos que nos consideramos españoles. Muchos de nosotros vivimos lejos del País Vasco. Nos vimos obligados a irnos. Volver hoy, incluso de visita, se nos hace bastante incómodo. No sólo porque ya hemos rehecho nuestra vida en otros lugares, sino porque la acogida al que regresa es hostil, displicente o paternalista. Lo he comprobado y creo que tú lo podrás comprender muy bien. Imagínate cómo se sentía un exiliado republicano al volver –incluso de visita, insisto– a la España franquista de mediados de los sesenta, donde ya no lo iban a meter en la cárcel, pero donde seguían mandando los que ganaron la guerra. La sensación no debía de ser muy agradable.

 

¿Pero, entonces, por qué da ahora justamente este paso eta?

ETA cree que ha conseguido, al menos parcialmente, algunos de sus objetivos. Y tiene razón. Su actitud presente me recuerda mucho la del ERI y los republicanos irlandeses en vísperas del acuerdo de Stormont. ETA ha interpretado el pacifismo del gobierno socialista como una claudicación. Saben además –lo sabe todo el mundo– que es un gobierno que se replegó ante el islamismo. Su transacción con los nacionalistas catalanes no ha hecho más que confirmar a ETA que se encuentra ante un gobierno que cede, que no quiere líos, y cuya única estrategia consiste en mantener aislada a la derecha. En tales circunstancias, el terrorismo está de sobra. El terrorismo es un método para alcanzar objetivos que serían inalcanzables si se respetasen las reglas del juego político. Pero si el propio gobierno se muestra partidario de cambiar las reglas, ETA alimentará, como es el caso, la esperanza de alcanzar tales objetivos en un nuevo marco político. Por supuesto, los socialistas afirman que no van a cambiar el marco constitucional de 1978, pero su alianza con los nacionalismos y la izquierda neocomunista les obligará a hacerlo. Sólo es cuestión de tiempo, de poco tiempo. Y ETA sabe esperar.

 

¿Y cómo deja este nuevo panorama al nacionalismo vasco democrático?

El nacionalismo vasco del siglo XXI no necesita ya a la ETA clásica, pero sigue necesitando a ETA. Me explicaré: en el franquismo tardío, a ETA se le encomendaba la doble función de evitar la evolución del régimen hacia la democracia y de encuadrar a los emigrantes en la lucha nacionalista. Durante la transición, sirvió como elemento de presión sobre el gobierno para conseguir la gradual desaparición de la presencia institucional del Estado en el País Vasco. Los objetivos iniciales no se alcanzaron: el franquismo se desvaneció y el Partido Socialista de Euskadi y la derecha democrática compitieron eficazmente con los nacionalistas por hacerse con el voto de la inmigración. Ahora bien, el Estado casi ha desaparecido del País Vasco. Es un hecho. ETA advierte muy bien ambos factores: en primer lugar, que la democracia ya es irreversible y, en segundo, que el ámbito autonómico vasco está prácticamente libre de constricciones estatales. ¿Para qué sirve entonces el terrorismo? Ahora la clave de la hegemonía nacionalista no está tanto en el terrorismo como en la posibilidad de un resurgimiento del terrorismo.

En la España de 2006 el terrorismo es engorroso para el propio nacionalismo vasco, en el que incluyo, claro está, a Izquierda Unida-Ezker Batua y al Partido Socialista de Euskadi. La estrategia frentista iniciada en 1998 por los firmantes del acuerdo de Estella ha triunfado. El PP ha quedado aislado también en el País Vasco. El único problema interno del frente nacionalista estriba en saber quién se quedará en el gobierno autonómico, dirigiendo el proceso soberanista o de autodeterminación, llámalo como quieras. Se está hablando de una alternativa de izquierda al PNV, de una posible coalición PSE-Izquierda Unida-Batasuna. A mí esto me parece una memez; en cualquier caso, es de importancia muy secundaria. En mi opinión, seguirán en lo posible el modelo catalán, sin la disfunción que supone tener a CIU en la oposición. Irán hacia un gobierno de frente nacional, pentapartidista (PNV-EA-PSE-IU-Batasuna), pero, como digo, esto es lo de menos. Ya hay un acuerdo en lo fundamental, que es el soberanismo. Y en este proceso, ETA tiene todavía un papel: el de amenaza latente. ETA no se va a disolver. No, al menos, hasta consumar el proceso (después, como sucedió con la ETA poli-mili a finales de la transición, se integrará en un partido nacionalista cualquiera, no necesariamente en Batasuna). Hasta entonces, pesará como una hipoteca agobiante sobre el gobierno de Rodríguez Zapatero. Ya está actuando así, pero su posición será mucho más fuerte cuando el gobierno comience a negociar oficialmente con ellos. Bastará entonces con que perpetre un atentado, un solo atentado, para que el gobierno socialista se hunda. La negociación con ETA es la antesala de la autodeterminación del País Vasco. ~


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