Actores y disidentes | Letras Libres
artículo no publicado

Actores y disidentes

El 1 de marzo, unos días después de que el disidente cubano Orlando Zapata falleciera en prisión tras una huelga de hambre de 85 días, el actor español Guillermo Toledo declaró: “la gran mayoría de los presuntos disidentes encarcelados en Cuba son terroristas, son gente que ha cometido actos terroristas contra el gobierno cubano, actos de traición a la patria y un montón de delitos”. Según él, Zapata era “un delincuente común” al que habrían engañado para protestar contra el régimen, y en Europa hay “una especie de persecución obsesiva y paranoide contra el Gobierno cubano”.

Toledo, que pronunció estas palabras en un acto sobre la situación en el Sáha-ra en el que pidió al Gobierno español que “dejara de joder”, tiene una larga carrera de activismo político: en la gala de los Premios Goya 2003 protestó ruidosamente contra la guerra de Iraq y participó en una sátira de la boda de la hija de José María Aznar. Sus declaraciones, que seguían rigurosamente la versión oficial del régimen cubano, contrastan con su apoyo a la activista Aminatu Haidar, que realizó una huelga de hambre en el aeropuerto de Lanzarote. Entonces, Toledo acusó al Gobierno español de mentir, estar “dejándola morir” y secuestrarla. En sus frases sobre Orlando Zapata, Toledo intentaba arrebatarle la dignidad a un muerto, negándole su condición de preso político, y defendía un régimen que no le permitiría manifestar su desacuerdo, como puede hacer en una democracia.

La familia Castro tiene un país secuestrado desde hace 51 años y es desolador que todavía haya quien defienda un régimen aberrante y liberticida, además de anacrónico, ineficaz y corrupto. La izquierda europea y latinoamericana ha mirado con indulgencia al castrismo en muchas ocasiones –José Luis Rodríguez Zapatero fue incapaz de decir nada sobre la muerte de Zapata el día de su fallecimiento en la sala de los Derechos Humanos en Ginebra, mientras Lula sonreía junto a los Castro en La Habana–, pero esa actitud tiende al disimulo, a ignorar a la disidencia en nombre de la realpolitik y a tratar a la dictadura como una especie de pariente enfermo y conflictivo, en vez de una versión anacrónica y caribeña del “fascismo con un rostro humano”, como definió Susan Sontag a los regímenes comunistas. Es abyecto, deshonroso y relativista, pero ya no asume abiertamente el argumentario de datos distorsionados y mitos empleado por Toledo, que salpica la difamación de los opositores con las acusaciones falsas contra las democracias y la traición sistemática de la realidad. Ante el cadáver de Zapata, la huelga de hambre de Guillermo Fariñas –que continúa cuando escribo estas líneas– y el cautiverio de centenares de opositores, ese discurso añade a su indigencia intelectual un sesgo claramente inhumano.

No puede decirse que las palabras de Toledo estuvieran sacadas de contexto. Unos días después reafirmó su punto de vista en un chat en el diario Público, donde añadió: “Se puede afirmar que el grado de socialización de los beneficios [en Cuba] está mucho más cercano a lo que a mí me gustaría de lo que están en nuestro país”. Además, según él, el acto del juez Velasco de la Audiencia Nacional que acusa al Gobierno venezolano de ayudar a eta es un infundio; en España se cierran periódicos porque se escriben en euskera y no dan “la información oficial”; y “Cuba nos está enseñando a leer” (supongo que en español).

Las declaraciones de Toledo recibieron muchas críticas, aunque menos de las que habría cosechado una defensa de un dictador “de derechas”. La asociación de actores que convocaba el acto se desmarcó de sus palabras y numerosos comentaristas las rechazaron. Muchas respuestas fueron lúcidas, como la de Elvira Lindo en El País. También hubo algunas irrelevantes, como una discusión sobre el tamaño del pene del actor en una tertulia televisiva. Días después, Toledo daba otro ejemplo de su juego con dos barajas, al equiparar las penas de cárcel para quienes dicen lo que piensan en Cuba con esas críticas: “Yo por ejemplo he podido decir lo que me ha dado la gana, es cierto, y eso en Cuba puede acarrear ciertos problemas. En España, esos problemas son los que todos hemos podido ver en estos días en los medios de comunicación; en un linchamiento inaceptable en un país que tanto habla de democracia”. Es una montaña rusa que alterna la ceguera ideológica, la ignorancia de lo que significa la libertad de expresión, un eufemismo nauseabundo y el delirio. Linchar significa “ejecutar sin proceso y tumultuariamente a un sospechoso o a un reo”. El único fallecido del asunto es Zapata –que no es el primer muerto tras una huelga de hambre en las cárceles cubanas– y todos los condenados y los acusados están en Cuba. Sólo en un aspecto Toledo es coherente: no le gusta que opinen los que no opinan como él, ni en Cuba ni en España.

También hubo quien lo defendió: el pce denunció el “linchamiento mediático” del actor; el cantante Miguel Bosé comparó la represión en Cuba con la patética censura de unas fotos de la presunta trama de corrupción del caso Gürtel –las instantáneas habían sido publicadas en prensa y las fotos pueden verse porque la exposición se ha trasladado–; y un grupo de actores y directores, entre los que se encuentran Javier Bardem y recientes ganadores del Premio Goya como Luis Tosar, Lola Dueñas y Raúl Arévalo, firmó una carta de apoyo a Toledo. En su texto, exento de cualquier referencia a la gerontocracia caribeña, critican la “campaña contra su persona” y defienden “el derecho ciudadano a participar públicamente del debate político”. Es obsceno. Nadie le ha quitado a Toledo ese derecho, que la dictadura cubana con sus actos y él con sus palabras niegan a los opositores al castrismo. Él ha dado su opinión y otros la suya. Respetar el derecho a opinar no significa respetar todas las opiniones y la libertad de expresión no es unidireccional.

Después el manifiesto afirma que “desde una parte considerable de los medios de comunicación existe un mensaje permanente de rechazo a la implicación política de los ciudadanos que trabajan en el mundo de la cultura”. Siguiendo una estrategia clásica de la argumentación totalitaria, busca una explicación de motivos e intereses ocultos y animosidad orquestada para el desacuerdo ideológico. Además, las declaraciones de Guillermo Toledo se convierten en las del “mundo de la cultura” y especialmente de los actores. En los últimos años, el cine español ha sufrido la antipatía de ciertos sectores. Hay varias causas y algunas son injustas, pero una de las razones ha sido precisamente esa sinécdoque: unos cuantos se designan representantes de todo “el mundo de la cultura”, normalmente para defender posiciones supuestamente progresistas y a menudo partidistas. Sin duda hay gente que trabaja en el sector cultural y no vota a los partidos de izquierda. O que lo hace y está en contra de que se prohíban libros y se persiga a periodistas o se impida que los ciudadanos de un país viajen al extranjero o se limite su acceso a internet (incluso, puestos a defender el derecho a participación política en España, seguro que muchos no aprueban que unos estudiantes intentaran boicotear una conferencia de Rosa Díez en la Universidad Autónoma de Barcelona). Y sin duda la mayoría no aprueba un régimen dictatorial como el de Fidel Castro. Ha habido actores que han manifestado su desacuerdo con las palabras de Toledo y la carta en su apoyo –como Imanol Arias, Gabino Diego o Andy García–, aunque quizá debieran hacerlo también otros y con mayor contundencia, porque esa apropiación de “los actores” o el mundo de la cultura es un disparate.

Las declaraciones de Toledo son un ejemplo de la libertad de expresión que disfrutamos quienes tenemos la suerte de vivir en democracia: también protege a quienes querrían a sus rivales políticos callados o muertos. La respuesta airada y argumentada de muchos sectores y el rechazo a su defensa del totalitarismo pertenecen al mismo ejercicio, y son un ejemplo de cordura y salud democrática. ~