Abrazar la fe | Letras Libres
artículo no publicado

Abrazar la fe

La FIFA atraviesa por el tipo de crisis que te hace preguntarte, “pero ¿por qué era que me gustaba este deporte?”

Tal vez sea momento de abrazar la fe. Llevamos siglos con la misma cantaleta: que cuando nos quiere decir que algo está realmente podrido y mejor nos andemos con tiento, dios manda señales extrañas: una lluvia de ranas, el agua de un río convertida en sangre o, la más improbable de todas, que Maradona acierte con algo. Esto último ya pasó. En días recientes, cuando la policía suiza detuvo en Zúrich a siete jerarcas de la FIFA bajo cargos de corrupción, El 10 levantó la manita y dijo con ese rostro tenso de cirugías: se los advertí. Lo había advertido, en efecto. Había dicho hasta el cansancio que la FIFA era un nido de ladrones, que todo en el mundo del futbol funciona por componendas, que los complots existen, que por favor auditen ya. Y ¿saben qué? Arde. No porque los aficionados de a pie dudáramos de la corrupción del entourage de Joseph Blatter o porque en todo caso no imagináramos que la suciedad llegara a ese extremo, es decir, al extremo de que decisiones tan importantes como dónde y cuándo se juega, o quién hace negocio con los patrocinios y demás, estuvieran tan obscenamente determinadas por el embute. No. Arde porque va a resultar que Maradona, que es más tonto que una lechuga, tenía razón. Que todo es una puesta en escena. Que el futbol es un espectáculo en el peor sentido, y que salvo él y cuatro pelagatos más, todos fuimos unos ingenuos. Porque a ver, a partir de ahora, quién no empieza fruncir el ceño cada que un silbante vuelva a tomar oooootra decisión dudosa que favorece a la selección brasileña, o cada que un seleccionador mexicano dice “Nos chingó el árbitro”. Igual y sí, todo estaba arreglado en lo oscurito. Maradona de profeta: adónde hemos llegado.

Claro que la cosa puede ser aún más grave, porque si de profetas hablamos, en el fut pasa como en la Biblia: todos son desagradabilísimos. Esa es, tal vez, la evidencia más contundente de las que se derivan de esta crisis: que no hay para dónde hacerse. Blatter –de quien, recuerda John Carlin, alguien dijo que “tiene 50 ideas nuevas cada día, 51 de ellas malas”– o es un ingenuo redomado que no se entera de la corrupción de su estaf (si pierde las próximas elecciones podría candidatearse para presidir Morena), o es un hamponazo. Pero tampoco es soportable su nuevo rival, Platini, comandante en jefe de la UEFA, al que no pocos han señalado como nepotista; ni Beckenbauer, un punto y aparte en la historia universal de la soberbia; ni Cruyff, que hace ver humilde a Beckenbauer; ni Romario, muy parlanchín últimamente, que hace ver humilde a Cruyff; ni el ñoño de Pelé; ni el actual presidente del Real Madrid, que se ha gastado no sé cuántos cientos de millones de euros en cederle el protagonismo al repelente Barcelona; ni Mourinho; ni el futbol brasileño (que se ha vuelto horrendo e ineficaz, como hemos comprobado), ni Cristiano Ronaldo, ni Messi. Por eso, la crisis a la que puede uno verse arrastrado es de grandes profundidades. El tipo de crisis que te hace preguntarte “Pero ¿por qué era que me gustaba este deporte?”

Lo que nos lleva de nuevo al asunto inicial, el de la fe. Sólo así, con un acto de fe, vamos a poder creernos el próximo Mundial, o Copa Europea, o Libertadores, o lo que sea.

Por mi parte, recuperaré la devoción si y sólo si la Juventus le para los tacos al Barça de Luis Enrique. Digo, para hablar de gente desagradable.