50 años: El laberinto de la soledad | Letras Libres
artículo no publicado

50 años: El laberinto de la soledad

El motivo de esta conferencia, lo dice el título mismo, es que se han cumplido 50 años de la primera edición de El laberinto de la soledad, el cual –como quizá muchos de ustedes sepan– fue editado por aquella benemérita revista que en rigor aún sigue, aunque no con la misma influencia de entonces, Cuadernos Americanos.

Ha habido en estas últimas semanas diversas celebraciones organizadas por la Fundación Octavio Paz, en relación precisamente al cincuentenario de El laberinto de la soledad; yo intervine en ellas y me pareció que El Colegio Nacional no podía omitir algún acto en relación al aniversario; no podía, porque, más allá de la importancia del libro, Octavio Paz fue un ilustre miembro de la institución por más de treinta años. Octavio Paz entró a El Colegio Nacional, me parece, en el sesenta y siete e impartió allí célebres conferencias, de manera que es apropiado y justo que El Colegio Nacional lo recuerde esta noche. Este es el motivo profundo de estar nosotros aquí reunidos.

Hoy día El laberinto de la soledad es un libro cuya lectura forma parte de la educación escolar de los mexicanos. Entiendo que se lee en la educación preuniversitaria. Es un libro que ya ha entrado en la imaginación colectiva de los lectores. Se trata así de una obra viva, no estamos celebrando un papiro polvoriento, sino un libro que incita a la discusión, a la adhesión y a la crítica. El tiempo, bien lo saben ustedes, depura y altera las obras: si hay suerte se limpian la tesis importantes y se olvidan aquellas que de alguna manera expresan el pago que todos hacemos a ideas, categorías y terminologías transitorias de nuestro presente.

La historia editorial del libro nos permite ver cómo fue asimilado por el público de México. Se edita en 1950 y la segunda edición es casi diez años después, en 1959, a lo cual hay que añadir que las ediciones de aquella época no eran muy amplias, eran tirajes que no pasaban de los tres mil ejemplares y posiblemente esta haya sido aún más pequeña, de manera que durante diez años el libro se leyó relativamente poco, fue un libro que leyeron lo que podríamos denominar las clases intelectuales de México, pero que no había dado el salto a un público más amplio, más numeroso. Saltos, por otra parte, que poquísimos libros daban en aquella época. Ustedes, por ejemplo, recuerdan un par de títulos, hoy día muy leídos y famosos, los dos libros de Juan Rulfo, El llano en llamas y Pedro Páramo. Pues, por ejemplo, de la primera edición a la segunda de Pedro Páramo pasan nueve años. Así era, amigos, el mundo de los lectores de entonces.

La segunda edición de El laberinto de la soledad, a finales de los cincuenta, se lee más, pero todavía no pasa realmente a un público mayor. Se necesitó quizá el desgraciado año de 1968 para que el libro entrara en una circulación amplia. Octavio Paz escribe en 1969 un capítulo adicional que se convierte casi en un libro autónomo, que es como la coda o la puesta al día de El laberinto de la soledad en la circunstancia de aquel momento: se llama Posdata y muchas veces se publican juntos. Es, pues, a partir de los setentas que el libro entra realmente en la circulación masiva. Hay varios factores que lo explican: no sólo el sesenta y ocho –importantísimo–, también un cierto aumento del público lector. Pero quizá lo más importante fue que lo colocaron como texto en los estudios preuniversitarios, no sé si en la secundaria o en las preparatorias. Allí fue realmente donde el libro comenzó a navegar en serio.

Se trata de un texto que Octavio escribe en 1948-49, mientras él desempeñaba en Francia un cargo diplomático. Poco antes había publicado Águila o sol. Con esto quiero decir que en esos años 47, 48 y 49 Octavio entra en un periodo de gran creatividad, había, por así decirlo, encontrado su estilo y sus temas: la mezcla de poesía e historia, más crítica política. La contaminación de poesía e historia es, en efecto, una invariable en la obra de Octavio Paz. Cuando Octavio Paz redacta este libro, se enfrenta –lo dice en numerosas ocasiones– al agobio de la historia mexicana, a la relación entre la historia nacional y la historia mundial: a la dificultad de insertarse en la historia grande del mundo. Este es un tema característico de la reflexión hispanoamericana y abundan los ejemplos.

Quisiera entrar en materia recordándome a mí mismo y contándoles a ustedes la primera vez que leí El laberinto de la soledad. Ocurrió en el año de 1951, un año después de su publicación. Me lo recomendó un amigo muy cercano, miembro de El Colegio Nacional, Fernando Salmerón, y ya que estoy en esto diré que también me facilitó Nostalgia de la muerte, de Villaurrutia, esos poemas que no olvido. Estamos a finales de 1951. Yo tenía que viajar a Buenos Aires y me llevé el libro en el avión. Ahí fue donde realmente lo leí. Los viajes de aquella época eran mucho más largos que los de ahora, para ir de México a Buenos Aires se empleaban unos dos días, de modo que tuve oportunidad suficiente para leerlo con calma y con mucha atención. En esa época sabía yo muy poco de México. Había vivido en el país apenas unos seis, siete meses, en la capital, fundamentalmente alrededor de la Facultad de Filosofía y Letras. El laberinto de la soledad se inscribía en lo que se llamaba entonces la “filosofía de lo mexicano”, que era un tema muy de moda. Yo había oído hablar de este asunto, había leído alguna cosa, lo cual me acercó a El laberinto de la soledad. Conocía poco México, pero antes de llegar aquí había vivido y estudiado en California y había observado a los famosos “pachucos”, más aún, los pachucos de los que habla Octavio en su primer capítulo estuvieron entre los primeros mexicanos que yo conocí. No sé si habrá sido la mejor introducción... Yo los veía allá, en Los Ángeles, con asombro y tal vez con temor. De manera que me pareció muy atractivo que el inicio del libro coincidiera con aquellas experiencias mías.

En su primera lectura el libro me dejó una honda huella, fue una auténtica introducción al país y a su historia, una brújula que me guió y me orientó en México por muchísimos años, un libro maestro en la acepción literal del término. Pertenece a ese tipo de libros con afanes de totalidad: hablaba de historia y también del amor, de la religión y del arte. No lo volví a leer hasta este año. Es decir, lo he releído casi cincuenta años después, cuarenta y nueve para ser exacto. Fíjense, por cierto, en las armonías secretas de la vida: otra vez volví a abrirlo en un avión. No en un vuelo a Buenos Aires, sino de México a Ámsterdam. Quizá haya que sacar alguna consecuencia de estas similitudes. A cierta edad nos damos cuenta de que no hay hechos sin significación en nuestras vidas, de manera que estas casualidades y simetrías forman parte de alguna relación mía con el libro o de alguna concepción mía acerca del libro. Pasaré ahora a contarles algunas impresiones y reacciones sobre un texto que he releído después de haberme pasado una vida en México.

En primer lugar, me doy mucho más cuenta de las razones que me llevaron a estimar tanto el libro. El texto parte de una situación personal de confusión, de soledad, de desconcierto del autor, y de allí, desde esa confusión, desde esa soledad, se transita a la historia, al mundo, a la vida, a la sociedad. Quiero decir que más allá de las tesis objetivas que expresa y expone el libro, el texto se propone en rigor como un ejercicio de autognosis. Autognosis es un género que tiene una enorme prosapia en la vida de occidente. O sea, desde la confusión individual comenzar a ordenar el mundo. Este es un proyecto clásico, escribir desde la impaciencia, desde la confusión, desde la rabia, un tremendo esfuerzo para salir de la oscuridad y del desconcierto. A mí me parece muy conmovedor el inicio del libro: un hombre que se siente perplejo como un adolescente. Permítanme leerles una breve cita del libro:

 

 

A todos, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular, intransferible y precioso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia. [...] El adolescente se asombra de ser. Y al pasmo sucede la reflexión: inclinado sobre el río de su conciencia se pregunta si ese rostro que aflora lentamente del fondo [...] es el suyo. La singularidad de ser –pura sensación en el niño– se transforma [...] en conciencia interrogante.

 

 

Este es el inicio del libro: reflexión y biografía, una mezcla siempre fascinante. Y sin rebajar para nada la importancia de las tesis del libro, quisiera ahora subrayar la impaciencia por salir de las tinieblas y la urgencia por analizar el destino individual de este individuo llamado Octavio Paz, lo cual lo lleva a examinar el destino de su país. Lo veo como una versión más del viaje del hombre hacia la luz. Es inevitable, en un contexto así, recordar la caverna platónica, la alegoría o el mito de la caverna platónica. Octavio Paz sale de la caverna, la cual sería o representaría la cultura aislada, encerrada, a la que él, precisamente después de haber visto la luz, quisiera volver e iluminar.

Recuerden que la caverna es la apariencia, o el reflejo distorsionado. Recuerden la arquitectura de la caverna: las figuras que se reflejan en una pared, las personas encadenadas que no se pueden mover y que no pueden voltear, una luz detrás y una especie de tarima en la cual se colocan objetos que son los que se reflejan en la pared del fondo de la caverna y, por último, la salida. La caverna puede interpretarse como los mitos protectores, las creencias compartidas y cohesivas de una comunidad determinada. La caverna nos impone obligaciones en la medida en que es la metáfora de la polis, de la ciudad, de una cultura. La caverna es la que otorga significado a nuestras vidas individuales. Por consiguiente, salir de la caverna es un proceso complicado y a la vez una hazaña dolorosa que sólo unos cuantos podrán llevar a cabo. Salir de la caverna supone un enorme esfuerzo porque hay que estar dispuesto a abandonar a los nuestros, arriesgarse a ser condenado, a ser tildado de traidor, a abandonar las recompensas que supone participar en la ciudad. ¿Qué sucede cuando se regresa a la caverna? Platón, que es el inventor de la alegoría o del mito, es durísimo: quien regresa a la caverna se expone a la burla, los que no han salido se burlarán de los que vuelven porque estos ya no reconocen, no aceptan las sombras originales proyectadas en la pared. Esto es, por no aceptar el universo de creencias y mitos sostenedores de la polis. Dirán, además, que quien ha salido de la caverna es un hombre que no puede ya comunicarse con ellos. En la alegoría platónica es el que ya no “ve” bien por haber estado frente a la luz, frente al sol y es incapaz ahora de distinguir las sombras: es la metáfora de la supresión del lenguaje común entre ellos. Si, además, alguno de los que han vuelto intentara liberar a los que están en la caverna y conducirlos hacia afuera, sencillamente lo matarían. Esto es lo que le ocurrió a Sócrates y le sucedió en una votación democrática, la democracia había vuelto a Atenas después de la dictadura. Entre los numerosos problemas que aquí se plantean, señalaré uno que, quizá, sea pertinente a nuestro asunto: ¿deberá volver a la caverna la persona que después de un tremendo esfuerzo salió de ella? Este problema podría traducirse así: ¿cuáles son las relaciones entre quienes poseen el saber, los filósofos, y la ciudad, la polis o la cultura propia? Platón pensaba que eran dos órdenes de vida y de creencia, y creía además que los hombres necesitan la caverna.

Esta es una de las cosas más importantes de la alegoría platónica, pues Platón no está diciendo que la caverna se resuelva sólo en las apariencias, y sea, por tanto, absolutamente negativa. No, la caverna es la ciudad de los hombres, el que se aleja de ella, abandona la ciudad de los hombres. Este es, precisamente, el problema. Platón pensaba que los hombres necesitan la caverna, la comunidad, la solidaridad y, por consiguiente, sólo unos cuantos, los filósofos, podrán salir de ella: al regresar, se enfrentarán a los que allí viven y tendrán que aislarse o mantener relaciones muy ambiguas para protegerse de la ciudad. Aquí es donde entra la Academia Platónica, que representa el sitio en el que se reúnen aquellos que salieron de la caverna y que habitan, precavidos, en una comunidad aislada, atemorizados, sin intervenir en la vida de la polis.

La imagen platónica se ajusta y expresa muy bien el movimiento profundo de El laberinto de la soledad. En este sentido, el libro podría inscribirse en una temática mayor, pues pertenece a lo que podríamos llamar “literatura de iluminación”, la que recoge las aventuras espirituales de un personaje con nombre propio, Octavio Paz en este caso. Esto es lo que distingue El laberinto de la soledad de un libro académico, el movimiento del viaje espiritual, que no es lo que usualmente encontramos en un libro de ese corte. Me gustaría recalcar otro asunto: la discusión de El laberinto no es una discusión sobre otros textos, de lo que afirma un texto o lo que sostiene otro, que es lo que sucede con harta frecuencia en la filosofía. En filosofía muchas veces discutimos tesis que están en otros libros y las “dosis de realidad” que incorpora cambian según las épocas. Señalo lo anterior para resaltar que el libro de Octavio Paz se mueve, digamos, en el ámbito de la realidad vivida.

Quisiera, ahora, mencionarles algunas tesis, algunas ideas de Octavio Paz que en esta relectura me han llamado la atención, algunas con aprobación y otras con sorpresa. Quizá porque no las recordaba cabalmente, quizá porque soy otra persona, quizá porque los tiempos han cambiado. Por lo pronto diré que me parecen magistrales las descripciones de la conducta del mexicano medio, probablemente el del altiplano. Recuerdo, por cierto, que en los años cincuenta, cuando todo este tipo de reflexiones estaban a la orden del día, este era uno de los puntos metodológicos más debatidos, precisar a quién exactamente se refería un libro como El laberinto de la soledad: si a un hombre del norte de México, a uno del sur, a un hombre del altiplano, a un hombre urbano o de campo, a qué clase social exactamente se refería, etc., etc. Bajo el pretexto de la precisión se pretendía contrastarlo con supuestas puntualizaciones sociológicas o estadísticas. Yo, desde luego, no rechazo las estadísticas, pero no creo que sean el instrumento para criticar esta clase de libros, compuestos por conceptos formadores, por grandes intuiciones conceptuales que ordenan la realidad. Es como si alguien me quisiera refutar la verdad literaria de una novela más o menos realista con unas estadísticas en la mano. Ahora, cincuenta años después, nos damos cuenta de que es absolutamente trivial juzgar al libro con esos instrumentos críticos.

Recordemos ciertas categorías que utiliza Octavio Paz: la máscara, la fiesta, lo abierto y lo cerrado, más la pareja fundamental: soledad-comunión. La fiesta es, en efecto, categoría esencial en el libro de Octavio, pues le permite entrar en un tema que lo fascinó toda su vida, que es el tiempo mítico, no el tiempo del reloj, no el tiempo lineal, sino el tiempo detenido, el instante eterno. Esto lo encontrarán ustedes en los ensayos y en la poesía de Octavio. Permítanme leerles una cita:

 

 

Nuestro calendario está poblado de fiestas. [...] Cada año, el 15 de septiembre a las once de la noche, en todas las plazas de México celebramos la Fiesta del Grito; y una multitud enardecida efectivamente grita por espacio de una hora, quizá para callar mejor el resto del año. Durante los días que preceden y suceden al 12 de diciembre, el tiempo suspende su carrera, hace un alto y en lugar de empujarnos hacia un mañana siempre inalcanzable y mentiroso, nos ofrece un presente redondo y perfecto, de danza y juerga, de comunión y comilona con lo más antiguo y secreto de México. El tiempo deja de ser sucesión y vuelve a ser lo que fue, y es, originariamente: un presente en donde pasado y futuro al fin se reconcilian.

 

 

Y una de las instancias privilegiadas de ese tiempo detenido es el amor, tema privilegiado en la obra de nuestro autor. Las categorías mencionadas son herederas de una época y en este caso provienen de la sociología francesa, es decir, del Colegio de Sociología y Filosofía que fundaron Roger Caillois y Georges Bataille con un grupo de amigos en los años treinta. Nos gustará más o nos gustará menos esta terminología, pero en todo caso a Octavio le sirve para hacer unas descripciones extraordinarias, muestra de una inteligencia agudísima. Toda esta parte es verdaderamente notable. Se trata de un estudio de caracteres y salta a la vista la habilidad del novelista en el trazo de estas conductas paradigmáticas. Estupendos retratos de personajes que él califica de elusivos, desconfiados, defensivamente corteses, inmensamente susceptibles, herméticos, recelosos, miedosos ante cualquier apertura. Al releer el libro, me pregunto si las personas que tanto han alabado El laberinto de la soledad, y entre las cuales debe haber habido este tipo de personajes, los herméticos, los susceptibles, los simuladores –Paz analiza, por cierto, El gesticulador, la pieza teatral de Usigli–, los defensivamente corteses, etc., me pregunto si se habrán dado cuenta de lo que les estaba diciendo. Cuántos sapos gordos, cuántos funcionarios recelosos, cuántos licenciados desconfiados se habrán visto de pronto reflejados –¿seré yo, no seré yo?– en estas páginas que son como espejos implacables, de una lucidez sin amparo. Permítanme que les lea una cita de Octavio Paz sobre esto:

 

 

Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celoso de su intimidad como de la ajena, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino: una mirada puede desencadenar la cólera de esas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras. Su lenguaje está lleno de reticencias, de figuras y alusiones, de puntos suspensivos; en su silencio hay repliegues, matices, nubarrones, arcos iris súbitos, amenazas indescifrables. Aun en la disputa prefiere la expresión velada a la injuria: “al buen entendedor pocas palabras”. [...] El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también, de sí mismo.

 

 

Hay otra categoría que se contrapone a la de la máscara y que él utiliza para estas descripciones duras, descarnadas, del mexicano medio y es la de autenticidad. Es muy importante porque le servirá para hacer el puente con la reflexión histórica. Es esta una palabra, por cierto, que, cuando Octavio Paz escribió El laberinto, era de uso intelectual corriente, la habían puesto en circulación muchas personas, pero sobre todo los filósofos –heideggerianos y existencialistas en general– y Octavio Paz fue cercano a ese mundo filosófico que en México se desarrolló en los años cuarenta. Tampoco olvidemos que Octavio es un hijo intelectual de la Revista de Occidente, y de su espléndida colección de libros. La palabra autenticidad también fue usada por un filósofo –más bien ensayista– ahora olvidado, pero que Octavio Paz tenía presente, recuerdo haber hablado con él sobre esta persona, que es Ludwig Landgrebe, el autor de Experiencia de la muerte, editado por Séneca en 1940, la editorial que dirigía Bergamín. Para Octavio “autenticidad” es palabra clave, que él utiliza para ordenar y periodizar la historia de México. Según Octavio, por ejemplo, el porfirismo es inauténtico. La pareja es esa: autenticidad e inautenticidad y a veces, claro, como la expresión no le da para tanto, utiliza otras, como contradicciones, o falta de armonía entre creencias, ideas y actos. Pero la bandera guía es la autenticidad. Del Liberalismo y la Reforma, de la cual él hace un interesantísimo análisis, reconoce que fundan el Estado moderno mexicano, pero también sostiene que no expresan los mitos, la comunión, el festín de la nación mexicana. El liberalismo sería una ideología que no representa la realidad social del país, es una ideología abstracta, no es auténtica. La Reforma tendrá muchas virtudes, pero no la de la autenticidad y por eso fracasó, porque expresaba un universo de ideas profundamente separados de la realidad mexicana:

 

 

La permanencia del programa liberal, con su división clásica de poderes –inexistentes en México–, su federalismo teórico y su ceguera ante nuestra realidad, abrió nuevamente la puerta a la mentira y la inautenticidad. No es extraño, por lo tanto, que buena parte de nuestras ideas políticas sigan siendo palabras destinadas a ocultar y oprimir nuestro verdadero ser.

 

 

Hay, pues, una búsqueda del grado de autenticidad en las diferentes etapas de la historia de México, historia que Octavio siempre ve confusa, disfrazada, enmascarada y, por tanto, nunca plenamente auténtica. Octavio quisiera, pienso yo, que el desarrollo histórico coincidiera con el descubrimiento del alma auténtica, que el desarrollo histórico de México concluyera en un gran acto de sinceridad anímica colectiva e individual. Esta idea, dicha así, refleja otra de Hegel. En la Fenomenología del espíritu, lo que Hegel pretende es que las etapas de la historia sean etapas de progresiva autoconciencia. Hegel no habla de autenticidad, pero el diseño teórico es muy parecido y no me extrañaría que Octavio lo guardara en el trasfondo de su cabeza. ¿Cómo entendía, entonces, el impulso hacia la autenticidad? Como la nostalgia de una comunidad. Fíjense bien, porque todo ahora comienza a trabarse. La nostalgia de la comunidad no es el anhelo sentimental por una comunidad cualquiera, no, tampoco es la nostalgia de Platón frente a la polis de su época, no, se trata de la nostalgia de la Edad de Oro, que sería precisamente la edad sin máscaras, el sitio, entre otras cosas, donde se da el verdadero amor, el amor sin velos, el amor que es lo contrario del amor rodeado de convenciones, se trata del amor revolucionario, una idea que le viene del surrealismo. Tenemos entonces: búsqueda de la comunidad, entendida como la Edad de Oro, crítica de la historia de México siempre desde la categoría de la autenticidad, la cual, claro está, según los casos se modula con categorías políticas e históricas del momento al que se refiere. Pero siempre que habla de autenticidad, piensa en la Edad de Oro. Y la Revolución Mexicana es para Octavio el momento de la sinceridad histórica, sería el momento de la recuperación de este ser original que él intenta descubrir en El laberinto de la soledad. Y dentro de la Revolución Mexicana será el zapatismo el que más se acerque a la autenticidad anhelada. La Revolución restablece el tiempo original, la Revolución busca la fundación de un tiempo mítico anterior. ¿Cuál es ese tiempo mítico? Es la Edad de Oro, justamente. El zapatismo le sirve para ejemplificar la idea general de que las revoluciones pretenden volver a la Edad de Oro.

¿Por qué el zapatismo? Porque este desea revivir la propiedad comunal. Entonces, fíjense ustedes en la secuencia: autenticidad, revolución, tiempo mítico, edad de oro y zapatismo. Me parece que esta es una secuencia fundamental de El laberinto de la soledad, aunque, por supuesto, se le cruzan otras ideas y en ocasiones Octavio especula que el futuro de México podría no ser el zapatismo sino la industrialización. En todo caso, la fascinación con el zapatismo es enorme y siempre piensa que allí está la sinceridad del país, en la propiedad comunal. Octavio concentra a la Revolución Mexicana en el zapatismo. Cada vez que en El laberinto habla de la Revolución Mexicana, cada vez que describe a la Revolución Mexicana más que a Obregón, a Carranza, o a Villa, se refiere a Zapata, todas las ideas y las reflexiones sobre la Revolución se centran en el zapatismo, los otros sucesos no le interesan demasiado como tema. En esta relectura me sorprendió el elogio del zapatismo histórico y de la propiedad comunal. La historia vuelve a cruzarse con el descubrimiento del alma propia. La Revolución y dentro de la Revolución el zapatismo sería el descubrimiento del alma autentica, del “alma sincera”.

También me llamó la atención que hablara poco del mestizaje, que ha sido la fórmula práctica de la democracia mexicana. Octavio, por otro lado, privilegia mucho una visión de la unidad de la nación frente a la posible fragmentación, de tal manera que si hoy día alguien planteara el problema de un Estado multiétnico, no encontraría en El laberinto demasiada simpatía, quizá más en el Octavio Paz posterior, pero en El laberinto poca. Por ejemplo, Octavio elogia a la Colonia porque es un proyecto universal que permite la sustitución del imperio azteca y hace posible la inclusión de la población indígena en el proyecto español. Esto lo ve él como un enorme logro de la Conquista Española, como uno de los rasgos singulares que la distinguen de la que se llevó a cabo en los Estados Unidos.

El catolicismo –leemos en El laberinto– es el centro de la sociedad colonial porque de verdad es la fuente de vida que nutre las actividades, las pasiones, las virtudes y hasta los pecados de siervos y señores, de funcionarios y sacerdotes, de comerciantes y militares. Gracias a la religión el orden colonial no es una mera superposición de nuevas formas históricas, sino un organismo viviente.

Esto último es una de las preocupaciones de Octavio: critica a la Reforma precisamente por eso, porque no era un organismo viviente, es decir, no había relación entre ideas y sociedad, entre proyectos políticos y sociedad, la política y la realidad social estaban divorciadas. En la Colonia no es así:

 

 

Con la llave del bautismo el catolicismo abre las puertas de la sociedad y la convierte en un orden universal, abierto a todos los pobladores. [...]

Por la fe católica los indios, en situación de orfandad, rotos los lazos con sus antiguas culturas, muertos sus dioses tanto como sus ciudades, encuentran un lugar en el mundo. Esa posibilidad de pertenecer a un orden vivo, así fuese en la base de la pirámide social, les fue despiadadamente negada a los nativos por los protestantes de Nueva Inglaterra. Se olvida con frecuencia que pertenecer a la fe católica significaba encontrar un sitio en el Cosmos.

 

 

Por supuesto –no necesito aclararlo–, Octavio no está defendiendo aquí a la Iglesia o a la religión católica por sus verdades religiosas, está simplemente hablando de la función histórica que cumplió en los primeros años de la Conquista y durante los tres siglos de la Colonia. No se mete para nada, no le interesa hacer apologías de fe.

También me sorprendió la defensa que hace Octavio del Estado emanado de la Revolución. Claro, yo estaba acostumbrado al Octavio de los últimos veinte o treinta años, muy diferente al que aparece aquí. En El laberinto defiende, en efecto, el Estado creado por la Revolución, pues lo considera un factor de unidad política y de justicia social. Hay críticas, por supuesto, pero son menores, relativas al autoritarismo ya presente y a la progresiva corrupción. Pero desde luego nunca pone en cuestión la legitimidad del Estado Revolucionario. Esto es lo importante, que es un Estado legítimo. Y la defensa de Octavio quizá nos parezca ahora algo simple, blanco y negro. Escribe Octavio, por ejemplo, que debemos defender al Estado Revolucionario frente a los banqueros y a los especuladores. Hoy día tal vez tengamos una visión algo más complicada, más compleja, del asunto. ¿Qué es, entonces, lo que me sorprendió? Pues el izquierdismo del Octavio de aquella época y la clarísima influencia marxista. Yo la recordaba más diluida. No, nada de eso, está muy clara, y además muy asumida y no sólo la marxista en general, sino las variantes trotskistas. Le tuvo mucha simpatía al trotskismo e indudablemente se nota en el libro. Sobresale, pues, la utilización constante de la teoría de la lucha de clases: es ella, en realidad, la que articula el libro, la que lo ayuda a explicar una serie de fenómenos sociales e históricos. Para no hablar ahora de articulaciones más generales del marxismo, como decir, por ejemplo, que el porfirismo representaba el feudalismo. En el contexto de los países en desarrollo, él reivindica la función de un Estado fuerte y un Estado rector. Aunque hay que subrayar que Octavio ya desde ese momento se da perfectamente cuenta del problema de la libertad. Tal vez a consecuencia de sus lecturas trotskistas. Como ustedes saben, Trotski había hecho ya una crítica muy fuerte del Estado soviético y en particular del estalinismo. Octavio las leyó muy pronto, a principio de los cuarentas, y se da muy bien cuenta de este problema de la libertad, pero no obstante reivindica la necesidad de un Estado fuerte y rector. No olvidemos, por otra parte, que Octavio Paz es uno de los primeros entre nosotros en llevar a cabo la crítica del Estado totalitario soviético. Pero esta crítica –quede bien claro– la hace defendiendo a la vez la idea del Estado rector, o sea, una tesis que ahora calificaríamos como contraria al liberalismo clásico. Por eso no es sorprendente que el liberalismo clásico que asume la Reforma le parezca una mala elección que no solucionó los problemas del país.

La crítica al liberalismo clásico tiene, cuando menos, dos fuentes fundamentales: la primera y permanente es un motivo casi poético, la visión de la Edad de oro, la utopía de la comunidad igualitaria de los hombres, esencial para la crítica al capitalismo y al liberalismo. Es el lenguaje de la sinceridad del alma. La otra, claro está, es el marxismo y en particular la teoría marxista y leninista sobre el imperialismo. Bien saben ustedes que es Lenin quien propone la teoría de que la etapa final del capitalismo es el imperialismo. En el marxismo había entonces dos tesis famosas sobre el imperialismo, la de Rosa Luxemburgo y la de Lenin, que fue la que tuvo éxito histórico.

La influencia de Marx se advierte en muchos aspectos de El laberinto de la soledad. Por ejemplo, en la tesis de la enajenación. Recordarán esa palabra tan de moda en una época y que ya nadie usa mucho. Enajenación es un término que, como bien saben ustedes, viene de los Manuscritos de Marx, los cuales fueron muy leídos entre nosotros. La tesis de la enajenación se basa en la crítica a un modo de producción capitalista que convierte al obrero en una suerte de robot y en la exaltación del artesanado, que sería el ejemplo del obrero libre y creativo. Se da aquí una curiosa paradoja: Marx en el fondo estaba en contra de los artesanos, le parecía que representaban una historia superada y le molestaban muchísimo las reivindicaciones del artesanado en su época; y sin embargo el modelo del obrero no enajenado en la etapa industrial es el artesano. En este horizonte ideológico de Octavio también encontraremos una idea muy negativa del capital extranjero como agente del desarrollo económico del país y una reivindicación de la economía dirigida. Leeré una cita.

 

 

En un país que inicia su desarrollo económico con más de dos siglos de retraso era indispensable acelerar el crecimiento “natural” de las fuerzas productivas. Esta “aceleración” se llama: intervención del Estado, dirección [...] de la economía.

 

 

Resumamos este conjunto de ideas: Octavio percibe a la Revolución como el momento de la sinceridad histórica, y de la sinceridad personal, reivindica al nuevo Estado mexicano, el cual debe oponerse precisamente a los banqueros, a los especuladores, está en contra del capital extranjero que se quiere apropiar del país y para ello reivindica una economía dirigida. Bueno, ¿dónde nos encontramos? Pues en el amplio universo del movimiento tercermundista. Allí es exactamente donde estamos. Todos los países tercermundistas apoyaban estas tesis. Tesis que con el pasar del tiempo Octavio abandonó, pero que aquí le son muy útiles para conceptuar y calificar como positiva a la Revolución Mexicana. En la Revolución se daban los mismos problemas que en otros pueblos. Ya no estábamos aislados, ahora formábamos parte de este gran conjunto de naciones que era el Tercer Mundo, México era un país que padecía problemas semejantes a los de países marginales. Las dificultades de México, políticas y sociales, no eran sólo las de una cultura cerrada, enigmas privados, sino que expresaban los problemas universales de ese momento, los cuales colocaban a México en el concierto global, como uno más de los pueblos dependientes. Hay que recordar, para no ser injustos, que es esta una época de gran optimismo acerca de los movimientos tercermundistas, pero a la vez no hay que olvidar que la historia ha sido implacable, casi todos esos movimientos tercermundistas han terminado en fracasos de orden político o de orden económico, cuando no en dictaduras lamentables y sangrientas.

También es muy interesante observar en El laberinto de la soledad lo que yo llamaría ideologización del pensamiento. Octavio, por ejemplo, analiza al positivismo –que era la filosofía oficial del Porfiriato– bajo la perspectiva de ideología de Estado más que como concepción filosófica, en la misma línea que los trabajos de Leopoldo Zea. Y lo mismo sucede en otros análisis de las diversas etapas de la historia de México: se ponderan los pensamientos no tanto por su valor teórico, cuanto por su utilización como ideología social. Se trata de un procedimiento básico de El laberinto de la soledad. En El laberinto de la soledad la filosofía se reduce a dos elementos: la filosofía como creadora de mitos necesarios para la comunidad, y como ideología, como instrumento de la vida comunitaria.

Me parece, dicho todo esto, que sería una tontería reducir el libro a un tratado político o histórico, o a un tratado filosófico. Incluye estos aspectos, pero creo que El laberinto de la soledad es algo más: en primer lugar, es un supremo acto de voluntad personal, un profundo ejercicio de liberación personal y colectivo, pues Octavio no acepta el ejercicio de liberación sólo como individual, quiere, por el contrario, que sea armónico con el desarrollo de la historia de México y es esto lo que hace particularmente interesante y original al libro. Un esfuerzo de autognosis que con una prosa de extraordinaria pujanza creó una imagen de México. Se dice fácil. Yo creo que el libro es, esencialmente, un mito ordenador y, al mismo tiempo, una hazaña poética y un altísimo despliegue de inteligencia. Así es Octavio, el poeta inteligente. ~

 

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Conferencia pronunciada en El Colegio Nacional el 28 de septiembre de 2000. Transcrita y revisada en septiembre del 2008.