400 millones, o Goliat contra David | Letras Libres
artículo no publicado

400 millones, o Goliat contra David

1. Glosas a una carta amistosa

 

El 26 de julio, publiqué en El País un artículo crítico respecto de la política del presidente vasco Ibarretxe y al final del mismo incluía una referencia a otro factor de desestabilización, el mal ambiente observable en medios intelectuales y políticos de Cataluña desde la tramitación del Estatuto, que ahora se manifestaba en la dureza del tratamiento recibido por el Manifiesto de Fernando Savater. Citaba en apoyo de mi apreciación dos ejemplos, uno de extrema agresividad, obra de mi viejo amigo el editor Gonzalo Pontón, en la línea de la literatura chocarrera catalana, auténtico cubo de basura volcado sobre los manifestantes, y otro del conseller Ernest Maragall, con la inevitable mención del “Escolta, Espanya!”, cerrado con el “Adéu Espanya” de su antepasado. Terminaba con una llamada a la concordia frente a la guerra de idiomas, refugiándome en una cita del poeta catalán Salvador Espriu: “Molts son els homes y moltes les pauraules i tots son convinguts en un sol amor” [Muchos son los hombres y muchas las palabras y todos han convenido en un solo amor].

El mismo día, apenas leído el artículo, un viejo conocido barcelonés, Francesc Fontbona, me remitía a modo de réplica una extensa carta, de aparente cordialidad. Fontbona había colaborado allá por los años ochenta en una exposición coorganizada por mí sobre el dibujante catalán Luis Bagaría, y entonces me pareció un hombre muy sensato, preocupado incluso por la radicalización de algunos sectores de la juventud en su país. Ahora su irritación era visible, reproduciendo incluso el comportamiento reciente de un colega docente en Tarragona, quien al escribir yo “Espanya” en el sobre de un envío dirigido a Barcelona no dudó en recriminarme: “¡Cómo sois los españolistas! ¡Lo que hacéis por disimular!” Por su parte, para el bueno de Fontbona, la cita de Espriu con intención pacificadora debía ser un auténtico sacrilegio, y por ello no dudó en lanzar contra mí una auténtica puñalada trapera: “En tu artículo citas a Espriu. Iturmendi y el propio Franco cuando venían a Cataluña también citaban a Maragall en sus discursos”. ¿Qué hacer entonces? Si en una polémica sobre el tema de los idiomas uno se mueve dentro del espacio castellano, ya se sabe, ello es signo inequívoco de españolismo desconocedor de las culturas nacionales de la periferia; si se discrepa manifestando de paso una adhesión sincera a la lengua y a la cultura catalanas, has cometido una profanación intolerable que lleva a situarte al lado de los más cínicos representantes del franquismo, y del propio dictador.

Es obvio que mi corresponsal no tenía intención de atacarme a título personal. Simplemente, reflejaba una actitud muy extendida según la cual quien no comparte la actitud maniquea de defender a ultranza la política lingüística de Cataluña (o de Galicia, o de Euskadi) y se atreve a hacer objeciones desde un punto de vista español o invocando intereses comunes, se convierte en enemigo y como tal ha de ser tratado. Como veremos, tal es la clave de bóveda de la construcción dialéctica elaborada para destruir, no ya discutir, las propuestas del Manifiesto. Y cualquier medio es bueno para ello.

La carta tenía por otra parte la virtud de reproducir uno tras otro los principales tópicos que se han puesto en circulación sobre el Manifiesto de “los Savater”:

Primero, España y los españoles odian a Cataluña, la desprecian e insultan –llaman a los catalanes “polacos”: así será, yo nunca lo he oído después de circular diez años por Madrid con un automóvil matriculado en Barcelona– y bloquean el acceso del idioma catalán a las instancias europeas. Citas: “Los españoles deberían amar todo lo español, ¿pues por qué sólo citan lo castellano?” En una conferencia pronunciada en el Museo del Prado, al ser mencionada su bibliografía en catalán, los asistentes “aullaban”: “¡En castellano, coño!” Como Tejero, vamos. Y el catalán “ha sido continuamente zancadilleado por los propios españoles” para impedir su consideración como idioma oficial en Europa. “En España –resume– los de derechas y los de izquierdas siempre se ponen de acuerdo para relegar a nuestro idioma...”.

El ejemplo puesto para ilustrar este comportamiento perverso es bien curioso: con mucha menos población que Cataluña, “el maltés es idioma de pleno derecho en Europa”. Olvida el crítico que Malta es un Estado y Cataluña, no. Tal vez ése sea el problema que subyace a todas las acusaciones.

Segundo, Goliat contra David. Correlativamente, el castellano aplasta al catalán. “El peso de lo castellano en Cataluña es abrumador. La mayoría de las televisiones realmente potentes emiten sólo en castellano y Tele 5 hasta firma el manifiesto” (sic, como si lo uno tuviera que ver con lo otro). Nota: nadie que recorra las calles de una ciudad catalana, con la gente hablando en catalán de forma mayoritaria, puede imaginar las terribles situaciones que al parecer subyacen a esa normalidad, salvo en el teatro, y por eso allí los actores españoles protestan. “La presión social de este idioma en Cataluña sigue siendo total”.

Y entran en escena, cómo no, los cuatrocientos millones de castellanohablantes: “nunca he visto a ‘Ciudadanos’ ni Rosas Díez [explicando el daño] que el catalán, desde sus diez millones de hablantes, puede infligir al Goliat castellano de cuatrocientos millones”. La protesta merece dos comentarios. El primero, que el hecho de que un idioma tenga ese alto volumen de hablantes no le convierte en un gigante agresivo que es preciso derribar a pedradas, sino en un excelente medio de comunicación a escala mundial, lo cual debiera ser valorado al establecer las prioridades en la enseñanza. El segundo, que haya esos cuatrocientos millones de castellanohablantes nada tiene que ver con los intentos de situar el idioma oficial en una posición subalterna, cuando no de exclusión en un territorio determinado. Si tengo en el banco unos millones de euros, eso no justifica que me quiten la cartera con doscientos. El progreso del castellano en América es una cosa; su subalternidad buscada en las nacionalidades históricas, premisa de su eliminación para el nacionalismo radical, otra bien diferente.

Tercero. Nuestro publicista, lo mismo que el Gobierno de Baleares con su propaganda de és la teva, opta por el catalán, porque es su lengua y no admite que el castellano lo sea también, y ni siquiera que sirva de lengua común. “Pues la mía es el catalán, eso de la lengua común es un eufemismo”. Y una vez asumida la posición identitaria, que como mucho admitiría una situación de igualdad entre las lenguas del tipo suizo, las sanciones para quienes no hablen el catalán resultan más que justificadas. Hay que devolver la pelota después de siglos de opresión culminados con el franquismo. “Las tan denostadas sanciones a los que ignoran flagrantemente (sic) el catalán son un mínimo remedio para lograr que el alud no termine reduciendo nuestra lengua al reducto familiar como intentaron Franco, etc.”. El enfrentamiento al castellano es entonces la expresión de una lógica actitud vindicativa: “¿Cómo voy a considerar lengua mía aquella que en la escuela de mi época era omnipresente mientras la mía era ahogada, del todo, no como ahora el potente castellano en Cataluña?” España, para terminar, “nunca ha sido una verdadera unidad” y además es centralista... Por eso “en Cataluña hay mucha gente que no se siente bien en España”.

La argumentación es bien sencilla, y por eso sus aristas resultan perfectamente visibles. De un lado, a través de su lengua, Cataluña ha sido secularmente oprimida por una España y un idioma castellano que al parecer sólo sirven para oprimir al catalán y a los catalanes, sin otra virtud apreciable. En un párrafo, a nuestro corresponsal se le escapa: lo que aplasta no es el castellano, sino “lo castellano”. De otro, la situación política actual permite a Cataluña tomar una justa revancha, ya que sea cual fuere la realidad, la situación del catalán es apocalíptica, por lo menos retrospectivamente. Aquel que no acepte la puesta en práctica de la consiguiente ley del Talión, como “Savater y compañía”, a quienes “sólo la salud y la preeminencia del castellano importa”, han de ser satanizados, sin perder un solo minuto en discutir sus argumentos. Es el viejo y siempre preocupante ingroup vs. outgroup. “No soy ningún nacionalista furibundo”, precisa el historiador del arte. Menos mal, ¡si llega a serlo! Por que no hay ni debe haber problema de idiomas en Cataluña. “El problema lo tenéis en Madrid y en la España profunda”, concluye desde una rebosante buena conciencia.

En conjunto, ni una palabra sobre los problemas apuntados en el Manifiesto, salvo la aprobación del castigo a quienes flagrantemente se empeñen en seguir utilizando el castellano y no el catalán. Ni un mínimo reconocimiento de lo logrado desde 1977 en los terrenos cultural y lingüístico, ni por supuesto mención alguna de las posibilidades que se abren desde la promoción de las lenguas minoritarias, como hasta ahora, y no recurriendo a la eliminación del gigante perverso. Tal vez una mayoría de catalanes piensa así, lo que no es seguro, pero sí lo es que lo hacen muchos miembros de la elite cultural y de la clase política. En ese caso, la enseñanza del idioma no es el problema, sino el indicador de otro problema, y bien grave: la deriva nacionalista buscando una disociación progresiva del Estado.

 

2. ¿Intelectuales o “intelectuales”?

La respuesta violenta de los voceros nacionalistas era de esperar. Lo era menos que medios de prensa conocidos por su objetividad, en vez de abrir un debate, dejaran espacio para una cascada de comentarios negativos, expresados más de una vez con una agresividad formal que desbordó los límites de lo tolerable. Si tomamos en este sentido las columnas del diario El País, merece la pena de entrada distinguir entre los textos vejatorios y aquellos que muestran su oposición al Manifiesto ateniéndose a las reglas de un diálogo ilustrado.

Sorprende ante todo la presencia de textos que se limitan a pronunciar una brutal descalificación. Destacan tres artículos, dos de Suso de Toro, hombre muy próximo al presidente Zapatero, y uno, sorprendente, de una de las figuras más estimables de la cultura catalana, el editor Gonzalo Pontón.

El primero de los artículos de Suso de Toro, publicado en la edición gallega del diario y escrito en gallego, plantea un enfrentamiento irreconciliable entre un “ellos” perverso, los firmantes del Manifiesto, que odian a los gallegos, y un “nosotros” que se ve forzado a pagarles con la misma moneda. Nada más simple: “O redactor do Manifesto e os seus vinte e máis non gustan de nós, no nos queren tal e como somos”. Es más, quieren que el “nosotros” deje de existir tal como es. Pues bien, a las tan malévolas intenciones sólo cabe una respuesta: “Son libres de no gustar de nós; tampoco nós gustamos deles agora que á fin tiraron a máscara e vemos o seu rostro asañado”. Así que Savater y los suyos ya lo saben. Trataban de esconder su ánimo de destrucción detrás de una máscara que ocultaba su rostro odioso, ahora descubierto por Suso y los suyos.

El 26 de julio, en “Futbolistas e intelectuales”, Suso de Toro remata la faena en la edición nacional, apelando a un ocurrente contraste, entre los futbolistas que han ganado el campeonato de Europa, que despertaron un sano entusiasmo de toda la España plural, y los intelectuales sembradores de la discordia. No hay cuartel para ellos: “Frente a eso, veinte intelectuales echan a rular un manifiesto culmen de subjetividad e irresponsabilidad”. De nuevo el análisis resulta innecesario, ya que para el amigo del presidente el Manifiesto es la expresión de “un proyecto nacionalista [basado en] usar el castellano como arma de beligerancia”. (Con mayor finura, otro escritor gallego, Manuel Rivas, utiliza también el símil fútbol vs. intelectuales, para subrayar lo negativo de “la torpe campaña” suscitada por el Manifiesto: “Me temo que el Manifiesto (de la lengua común) está siendo utilizado como una versión castiza de los Protocolos de los Sabios de Sión”).

¿Problemas para el castellano en las comunidades nacionalistas? La respuesta es la habitual: no hay razón para preocuparse, porque hablan el castellano cuatrocientos millones de personas. El propósito que guía al Manifiesto no es, pues, defensivo: “no les basta que todos hablen castellano; quieren además que dejemos de hablar las otras lenguas”.

Al gratuito proceso de intenciones de Suso de Toro sigue el ataque en toda regla de Gonzalo Pontón, editor prestigioso que se despacha a gusto contra los autores del Manifiesto y contra toda defensa de la lengua española. Lo primero, acudiendo a un ataque personal muy duro; lo segundo, sirviéndose de la tradicional asociación de España y franquismo. Ambas cosas, en clave de sarcasmo y con expresiones groseras que enlazan con la tradición populista catalana, desde el decimonónico Jaume el Conqueridor de Serafí Pitarra a las sátiras de La Trinca, sin olvidar las alusiones sexuales en los shows del ya desaparecido cabaret El Molino en el Paralelo barcelonés.

“Si a Unamuno le dolía España –nos dice para empezar– a ellos les duele la lengua”. Insiste en el juego de palabras, primero en relación a los conquistadores a quienes en América “les gustaba darles la lengua a las indias” y cierra el artículo con una auténtica apoteosis: “España, dame la lengua, que quiero bailar contigo”. El castellano es, cómo no, la lengua del imperio impuesta por el franquismo y la de la Guardia Civil con el “se sienten, coño” de Tejero el 23-F. Triste destino el del idioma de Cervantes.

Los más agrios colaboradores de Libertad digital no alcanzarían un semejante esprit de finesse, que se prolonga en las referencias a los autores del Manifiesto, personajes, que no personas, y en las alusiones a las torpes desconfianzas de los españoles sobre el uso de vocablos catalanes, con esa cançó, canción, que puede parecerles enfermedad venérea. La fiesta culmina con el esperpéntico retrato de los padres que aspiran a que sus hijos sean educados en castellano: “Los padres analfabetos de lengua castellana tienen que tener la libertad de exigir que sus hijos sean analfabetizados en lengua castellana y los padres antropófagos de lengua castellana tienen todo el derecho a pedir que sus hijos se eduquen en canibalismo en lengua castellana”. ¿Qué más puede decirnos Pontón, un intelectual tradicionalmente encuadrado en la izquierda?

No todo es cieno, sin embargo, entre las críticas. En la línea del rechazo expresado por el gobierno, lo importante era mostrar que como mínimo el Manifiesto era innecesario y nocivo.

Las apreciaciones de los intelectuales en la órbita del PSOE y del PSC suelen ser matizadas. El gobierno trazó en torno al Manifiesto un círculo basado en declarar que no tenía razón de ser, que era innecesario (PSC dixit), ya que la enseñanza del castellano estaba garantizada, ahí estaba la Constitución, “el mejor Manifiesto”, y que por consiguiente levantar la cuestión en tono reivindicativo era repetir la jugada anti-PSOE ya puesta en práctica con anterioridad sobre el problema vasco. “El Manifiesto lo organizan los mismos”, hace notar Juan José Millás, que anteriormente “cogieron la bandera del terror para hacer campaña”. Así que convenía proceder a una desautorización soft, respetuosa de las personas, destacando ante todo lo exagerado de sus prevenciones.

Da el tono en este sentido Ignacio Sánchez Cuenca, un sociólogo siempre dispuesto a proporcionar argumentos en apoyo de las tesis del gobierno Zapatero. Reconoce así que algunas críticas tienen fundamento, como la rotulación “en lengua local” de las calles o el uso oficial de esa misma lengua local ante los ciudadanos, pero lo mismo sucede del otro lado. Implícitamente, no hay jerarquía entre la lengua oficial del Estado y las cooficiales de nacionalidad, que son consideradas al mismo nivel que aquella y sobre todo no cabe hablar de derechos individuales en este terreno. Y como el Tribunal Constitucional ha rechazado hasta ahora las impugnaciones contra la política lingüística catalana, se deduce, un tanto aventuradamente, que la reivindicación de un derecho en ese terreno también es anticonstitucional. “¿Qué derechos lingüísticos?”, se pregunta desde el título del artículo. Ni un solo dato proporciona Sánchez Cuenca acerca de esos avales del TC ni de lo que implica la reclamación de Savater y quienes suscriben su documento. Todo se mueve en las nubes de la abstracción, con una sola referencia jurídica pero sin concreción alguna. El derecho a ser educado en castellano es comparable para Sánchez Cuenca al de quien quisiera ser educado rechazando la teoría de la evolución. Todo vale. Lo importante es marear la perdiz.

Para suscribir, en definitiva, siguiendo un artículo anterior en el diario de Josep Ramoneda, la impresión de que la inmersión en catalán es la única forma de evitar una asimetría desfavorable para dicho idioma, con ciudadanos monolingües en castellano y bilingües separados por una divisoria infranqueable. Por supuesto, tanto Ramoneda como Sánchez Cuenca dejan fuera de campo que una enseñanza a partir del castellano incluiría como hasta ahora una enseñanza del catalán, soporte del bilingüismo, al que puede llegarse por ambas vías.

Con mayor suavidad formal aun, prolongan dicha línea en “identidad y realidad” dos catedráticas catalanas, Victoria Camps, ex senadora por el PSC, y Anna Estany. No admiten plantear el tema desde el ángulo de los derechos, aunque sí reconocen posibles exageraciones en las políticas lingüísticas en Cataluña, y ven de solución imposible el problema de hasta dónde deben llegar la protección y el fomento de las lenguas cooficiales. El derecho de cada cual a ser educado en su lengua es absurdo a su entender, pues lo podrían reivindicar los emigrantes, con lo cual las autoras, a la hora de valorar, equiparan el castellano al tamazigh o bereber, olvidando el status constitucional del primero. “La doble línea escolar, en catalán y en castellano, no sólo sería económicamente insostenible, sino un fracaso material”, por el mayor prestigio social de que goza el catalán (pequeño olvido: la utilidad del español a escala internacional). De nuevo Camps y Estany excluyen la posibilidad de que una base de educación en castellano fuera compatible con una completa enseñanza del catalán, pues, añadiríamos, no cabe esperar que quienes eligieran ese modelo actuasen como el tripartito, tratando de impedir la enseñanza de la tercera hora en la lengua no básica.

Suben el tono y las pretensiones con el conseller de Educación de la Generalitat, Ernest Maragall, quien en su artículo “Varias decepciones y una profunda desazón” empieza citando al filósofo Ortega y Gasset y termina con la advertencia clásica de su antepasado: “Escolta, Espanya!” Resulta lógico que Maragall se sienta decepcionado, porque parece no haber entendido, o no haber querido entender el Manifiesto. Su versión de las intenciones de Savater merece ser reproducida: “El Manifiesto, pues, proclama esa visión de España que ignora las realidades culturales que la conforman. La lengua común, que se quiere única, es el castellano. Las lenguas cooficiales no pasan de ser lenguas pintorescas (sic) para expresión de un folclor trasnochado”. Es una variante del método Ollendorff: “diga usted lo que quiera, que yo le haré decir lo que me dé la gana”. Una vez catalogado de esta manera el adversario, o mejor, descatalogado, Maragall pasa a pronunciar todo tipo de elogios del castellano y niega todo problema en la enseñanza de los idiomas en Cataluña. “Sí, el castellano también es nuestro”. Así que al no haber problema alguno, el culpable es quien los señala en falso, y este culpable es la España que no entiende su propia situación.

La tristeza se vuelve en ira por fin en el artículo del profesor de traducción catalán Albert Branchadell. Su título no puede ser más elocuente: “Un manifiesto contra España”. Como siempre, la problemática del texto de Savater resulta ignorada. Basta con afirmar que con el Manifiesto se retrocede hasta el final del franquismo y que “la asimetría política” que subyace al Manifiesto “es una posición ideológica no sólo controvertible sino peligrosa para la continuidad de España como proyecto político compartido”. Comentario: ¿no quedábamos en que España no se rompe? ¡Ah, sí: la va a romper Fernando Savater por escribir lo que piensa! La España soñada de Branchadell es un remake del Imperio Austrohúngaro, con un Parlamento donde cada uno hablase en su lengua y desapareciera todo indicio de una identidad común. Por eso pone en tela de juicio la primacía constitucional del castellano... y mucho más: “lo que se propone es que se prohíba la posibilidad de establecer el deber de conocer una lengua española diferente del castellano”. Otra vez la jugada de Maragall: hacer decir al Manifiesto lo que en modo alguno dice. A partir de ahí, el camino queda expedito para soltar la caja de los truenos. Para Branchadell como para Maragall, el catalán debe ser una lengua muy extraña que sólo puede ser bien aprendida mediante la inmersión en ella, dado que al parecer no se habla en la vida cotidiana del Principado. Querer afirmar la primacía del castellano es para ambos tanto como provocar como respuesta una dinámica tendente al fin de España. O Suiza, o se acabó.

 

3. Unde et quo

Ante todo, una vez bien empapados por la cascada de artículos condenatorios, que no se agota en los citados, es preciso hacer un esfuerzo para abrir los ojos y admitir que no hemos leído el Avui, sino los textos de una serie de sesudos colaboradores de El País. A continuación, otro esfuerzo resulta imprescindible para recordar que España forma parte de Europa occidental, y no de los Balcanes ni del Cáucaso, y que su Estado, con todas las insuficiencias y opresiones del pasado, sufridas además por el conjunto de los españoles, no es el fruto de un ayer inmediato, como Yugoslavia o Checoslovaquia, ni una suma de fragmentos heterogéneos, como el extinto Imperio Austrohúngaro, sino el producto de siglos de historia. Finalmente, conviene releer el manifiesto de Savater para comprobar si es lícito cargarle con los propósitos perversos que le son atribuidos.

Ciertamente, hay algo que los críticos no admiten y que sí subyace al Manifiesto: la idea de que en el ordenamiento constitucional español, el reconocimiento de las nacionalidades tiene lugar dentro de una relación jerárquica respecto de la nación española que encuentra en la primacía del español o castellano una expresión privilegiada. Los constituyentes no quisieron convertir a España en la Confederación Helvética, que tiene perfectas bases históricas y culturales para ser lo que es, a partir de una gestación en la historia claramente distinta. Este es el fondo del problema, que los críticos, sean nacionalistas o gente de izquierda nacionalizada, se niegan a plantear de frente, ya que es mucho más cómodo socavar ese orden constitucional aprovechando el artículo que sobre la base de la opresión efectivamente sufrida en el pasado ordena el fomento de las lenguas de nacionalidad. Fomento, protección, perfectamente lícitos y que Savater apoya sin reservas; dar la vuelta a la relación según un esquema de the world upside-down, que es lo que está en curso, ya no sólo contradice el espíritu de la Constitución, sino que lleva al absurdo.

Porque la suma de generalizaciones y menciones jurídicas imprecisas sobre el sí o el no de los derechos individuales en la educación, no puede borrar los datos concretos que además es preciso contemplar en el marco de nuestro entorno europeo. No son individuos cualesquiera los que demandan la enseñanza en castellano. Son ciudadanos de un Estado que tiene el castellano por lengua oficial. ¿Sería posible en Francia, en Alemania o en Italia excluir los respectivos idiomas de la enseñanza pública para hacer la inmersión en bretón (o catalán, o euskera), en frisio o en el alemán del Tirol del Sur? ¿Sería posible que en Alsacia fuera multado quien rotulase su comercio en francés y no en dialecto alsaciano? Éste es el problema que plantea Savater: cooficialidad y uso de los idiomas de nacionalidad, perfecto y constitucional; aprovechar aquélla para desplazar al español de la vida pública, no. Tal es el debate que los críticos no tienen la menor intención de aceptar.

La falacia de los cuatrocientos millones sirve de coartada, cuando no es para nada un problema de hispanofonía, sino de nacionalismos. Si la lengua catalana es la teva, eso quiere decir, como los textos reseñados prueban hasta la saciedad, que la otra lengua, marcada además por la opresión de Felipe V, por la de Franco, y por la que ahora trata de resucitar Savater, es la enemiga de la teva. De ahí el rechazo al concepto, bien real, de lengua común. Para los nacionalistas es ésta una baza fundamental, trazando, con el pretexto de la defensa de la lengua propia, una barrera cada vez más alta frente a la comunidad cultural de la nación de naciones española, que garantiza el bilingüismo, y que no garantiza desde luego un 60% de escolarización en euskera, incluso en zonas donde ese idioma nunca se habló, con un 40% a repartir entre español e inglés. Y la historia del siglo XX prueba que un idioma antes “común”, debidamente excluido de la vida pública, puede muy bien ser finalmente eliminado o reducido a expresión de un gueto minoritario. Para Ibarretxe, Egibar, EA, ERC, entre otros, de eso se trata, mientras Zapatero va de Chamberlain por la vida.

De ahí la extrema violencia de las reacciones. El Manifiesto apunta a una situación real, propone unas salidas que pueden ser discutibles, y que personalmente no comparto del todo, pero ante todo no debiera haber existido. Tampoco para el gobierno Zapatero, al que los problemas de cierta hondura le suscitan un rechazo insuperable. ¡Con los votos que saca en Cataluña! Acomodándose a las tendencias centrífugas hoy imperantes con el beneplácito socialista, y hasta ahora ante la ceguera arcaizante del PP, todo va hacia lo mejor en el mejor de los mundos. Y al menor indicio de oposición desde “España”, amenaza de romper la baraja. Por supuesto, quien proponga una resistencia ante esa marcha hacia los paraísos nacionalistas debe ser destruido. ¡Escolta, Savater! ~