Viene a por ti | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Manuel Monroy

Viene a por ti

Quiero que me cuentes una historia de miedo, ha dicho la niña.

No me sé ninguna, ha respondido la madre.

Invéntatela. Pero no la del rey que tenía tres hijas.

¿El que las metió en tres botijas y las tapó con pez?

Sí. Esa no. No es de miedo.

¿No te da miedo que te meta en una botija y te tape con pez?

No. Porque ni siquiera sé lo que es una botija. Quiero una de miedo.

Había una que me contaban cuando yo era pequeña…

¿Salía una bruja?

No.

¿Un vampiro?

No.

Pues entonces no da miedo. Bueno, si sale un lobo sí. ¿Sale un lobo?

No, no hay lobo. Es la historia de un robo. Pero no un robo cualquiera. Sino un robo a un muerto. No me acuerdo muy bien de cómo era, pero el protagonista le arrancaba un dedo a un muerto para robarle un anillo. La vida parecía seguir su curso normal hasta que una noche, el que ha robado el anillo al muerto empieza a escuchar unos golpes poco después de acostarse. Los oye como a lo lejos. Y solo un rato. Cuando se levanta, por la mañana, el ruido ha desaparecido. A la noche siguiente vuelve a oír los mismos golpes pero un poco más cerca. La tercera noche, oye además de los golpes un murmullo que no consigue descifrar. La cuarta noche entiende perfectamente lo que dice esa voz: atadura dura dura que tú me sacaste de la sepultura. Cada vez oye más cerca los golpes y más cerca la voz. Ve una sombra, es una mano que se mueve, pero no hay brazo detrás. Solo esa mano que avanza hacia él repitiendo una y otra vez: atadura dura dura que tú me sacaste de la sepultura. Se acerca, cada vez más, cada vez más… ¡Ya está aquí!, ha gritado mientras le agarraba del tobillo a la niña, que se ha echado a reír después de soltar un grito.

En realidad, el cuento no es del todo así, pero la madre cree que deformándolo contribuye a la modificación del corpus de la tradición oral, como en una especie de teléfono roto a través de generaciones. Podría preguntarle a su familia cómo era el cuento, pero le da pereza. Seguro que su tía se acuerda. Puede que luego, cuando la niña se haya dormido, y vuelva con todos al salón, se lo pregunte.

Da mucho miedo, aunque no salga ningún lobo, dice la niña entre risas.

A la madre no le gustan los cuentos de miedo, por eso le cuesta mucho recordarlos. Le dan miedo. Ese cuento, se acuerda bien, se lo contaba su tía, la que vive en una ciudad con mar y no tiene hijos. Esa tía también ha venido a la reunión familiar que, por algún motivo que no termina de recordar la madre, esta Navidad se ha celebrado en el pueblo de sus abuelos. En realidad está a la misma distancia de todos, dijo la madre de la madre. Es un poco como quedar a mitad de camino, dijo la tía que vive en una ciudad con mar. ¿Habrá una chimenea?, preguntó la niña. Bueno, así vemos nieve, dijo el padre. Conforme se acercaba la fecha, la madre fue dejando de ver las hipotéticas ventajas al plan familiar rural. Todo le parecía un despropósito: hacía demasiado frío, si pasa algo, el hospital más cercano está a hora y media, ¡ni siquiera hay un bar en el pueblo!, no hay cobertura y, otra vez, en serio, hace demasiado frío: es Teruel. Y había otra cosa: irían todos juntos, pero el padre se volvería a trabajar y la niña y la madre se quedarían allí cinco días, entre Navidad y Nochevieja.

Sobrevivirás, es tu familia, le había dicho el padre.

¡No hay internet! ¿Cómo voy a trabajar?

La madre traducía películas y series, hacía los subtítulos.

¿No te lo puedes llevar en un disco duro?

Sí, podía. Y además, el vecino se había puesto wifi y ella tenía la contraseña, así que sí había un poco de internet en realidad.

La niña lleva en el cuello una pajarita roja, el único regalo que pidió a Papá Noel. Pidió más cosas, pero la carta la hizo en el cole y, aunque lo intentó, la madre no pudo recuperarla y ver qué había pedido la niña. La madre y el padre decidieron que le traería también unas botas y un cuento, Frederick, de Leo Lionni. Es un cuento sobre un ratón que se dedica a recoger rayos de sol “para los días fríos de invierno”, “colores para los días grises del invierno o palabras, para que no se queden sin cosas que contar durante el invierno”, mientras el resto de ratones recoge maíz, nueces o paja. Fue la madre quien fue a por las botas: en realidad, las vio en la liquidación de una tienda, una ganga, y las compró muchos meses antes. Calculó mal lo que le crecería el pie a la niña y le baila dentro de la bota.

Tiene cordones, dijo la madre anoche, no se le caerán.

Abrieron los regalos después de que su abuela volviera de la misa del gallo, como cuando ella era pequeña. Había muchos y para todos: para sus sobrinos, sus primos, para ella… La niña ha llevado las botas todo el día, con dos pares de calcetines, y ahora están al lado de la cama. La madre mira a la niña y su cuello blanco y fino abrazado por la pajarita roja. La madre y el padre se preguntaron de dónde se habría sacado eso, por qué querría una pajarita. Les pareció una ocurrencia y la compraron. Ahora también le parece un error.

Es mejor que te la quites para dormir, le dice, y la niña accede.

Se oyen las risas del resto de la familia, un poco apagadas por las paredes y también por la resaca: la noche de Navidad no es como la de Nochebuena. La cena había estado bien en realidad: las conversaciones habituales, las disputas a las que estaban acostumbrados, el menú estipulado. Cardo y ternasco asado. Pulpo, huevos buenos y ensalada. Nada más comer la casa se ha ido vaciando: primero, el padre. Después, su padre se ha llevado a su hermano con los mellizos: tiene que dejarlos con su exmujer antes de las siete. También el marido de su tía. Su tío, el que vive en Alemania, llega para fin de año. Solo se han quedado las mujeres: el abuelo murió hace años, pero eso no le impide a su abuela mantener largas conversaciones con él, que siempre empiezan con “pues, nada, aquí estamos” y acaban con “qué cosas tienes”. Ahora su hija es la única niña de la casa que, pese a los esfuerzos, sigue estando fría. La madre odia el día de Navidad, le parece terriblemente triste desde siempre. Más que triste, le parece que siempre es decepcionante. Después de la Nochebuena, las risas y los brindis, los regalos y el turrón, el día de Navidad empiezan a crecer la culpa y la desilusión: demasiado turrón, demasiado alcohol, no acertamos con el regalo, no lo pasamos tan bien como esperaba. El día de Navidad empieza a crecer una leve melancolía que alcanza el cénit en Nochevieja, con la promesa de que el año próximo todo será mejor.

Hay una historia que aún no le puede contar a su hija. En el pueblo de sus abuelos, como en casi todos, hay un loco. Este loco además asesinó a su padre. Cumplió condena y volvió al pueblo. Los niños bajaban corriendo hasta su casa, le chillaban y se escapaban. Una vez, dicen, mató a un gato al que uno de los niños del pueblo daba de comer y dejó el cadáver en la entrada. Los niños lo tomaron como una amenaza. Siguieron yendo a gritarle a su casa. Pero lo que le daba miedo a la madre cuando era pequeña no era el loco, sino el muerto: el loco había matado a su padre. Le contaron que le había cortado la cabeza de un hachazo. En realidad, no fue eso lo que pasó, ni fue eso lo que le contaron, pero es eso lo que ella cree. Y esa imagen del padre decapitado persiguiendo a su hijo asesino es la que aterrorizaba las noches de la madre cuando era niña.

Cuando le estaba lavando los dientes a su hija, la niña ha preguntado si había fantasmas en la casa.

No. Al menos, que yo sepa. Quiero decir que nunca los he visto.

Pero eso no significa que no existan.

No, claro. ¿Tú crees que los fantasmas existen o que solo están en los cuentos?

No lo sé. ¿Tú?

Yo creo que están en los cuentos y también en la imaginación.

Yo también, mamá. Me gustaría ver un fantasma alguna vez.

Dos veces al año, su tía cuenta una anécdota de cuando ella era pequeña. Siempre empieza preguntando si se acuerdan de cuando se murió la abuela Lola. Volvían de pasar la Navidad en el pueblo. El coche iba lleno, las carreteras eran estrechas y llenas de curvas. La abuela Lola, su bisabuela, acababa de morir, pero ella aún no lo sabía. Entonces ella dijo muy seria y sin venir a cuento que quería ir a ver a la bisabuela Lola. Nadie se atrevía a hablar. Es el primer silencio incómodo que recuerda la madre. Su madre le dijo que no podían ir a verla porque se había muerto y ella dijo que vale, que no le importaba que estuviera muerta, que quería verla aun así. Era de noche y en el coche no había calefacción. Su tía iba al volante, empezó a respirar ruidosamente y se echó a llorar. Así descubrió qué era la muerte. Se pasó el resto del viaje llorando, aterrada, pensando que iban a morir y que sería culpa suya. Cuando su tía cuenta esa anécdota siempre dice joder, qué oportuna la niña, y se ríe. Pero ella siempre piensa que su tía quiere decir algo más que no termina de verbalizar. No se imagina al fantasma de su bisabuela: era una mujer muy terrenal, le gustaban los lujos materiales y la comida. Sufriría demasiado una eternidad incorpórea.

Después de quitarse la pajarita y guardarla en su puño, la niña le ha pedido una canción: La de hay luz en la casa, ha dicho. Y la madre ha empezado a cantar “El fabricante de alas de mariposa”, una canción que le envió una amiga. “Sueño con tener hijos para dormirlos cantándoles esto”, le escribió cuando supo que estaba embarazada. A ella le pareció un poco tenebrosa: “Hay niños que cantan con las dos manos / recién, recién cortadas. / Un niño se perderá hoy / un niño partido en dos.”

Esa es la gracia de las nanas, le dijo su amiga. Son amenazas, pero dichas en tono dulce y voz suave y bajo melodías agradables. Pero si lo piensas no hay nada más terrorífico que una nana.

Creo que es porque estás pensando en ¿Qué fue de Baby Jean?

Aun así, la madre pensó que nunca le cantaría a su bebé la de que si no te duermes, vendrá el coco y te comerá. Casi todas tenían algo amenazante o aterrador o deprimente, niños separados de sus madres, pájaros que pueden perturbar el sueño de los bebés, o la amenaza del abandono. Encontró una de título burlón, “Nana de una madre muy madre”, y se la aprendió como se había aprendido la lista de los phrasal verbs en el instituto.

Hace un par de meses la niña le dijo que tenían que hacer una caja de miedos, lo habían hecho en el cole:

Dibujas lo que te da miedo y lo metes dentro. Por la mañana ya no está, o sea que tu miedo ha desaparecido. ¿A ti qué te da miedo?, preguntó.

No sé, dijo la madre, que todavía creía que tenía que mostrarse firme ante su hija, para que ella pensara que no había nada que la asustara. Las arañas.

Vale. ¿Y qué más?

Me dan miedo los accidentes de coche y que nos pase algo malo, empezó a decir la madre en un arrebato de sinceridad, como si se hubiera abierto una puerta y fuera imposible de cerrar.

No, digo de brujas y eso. De cosas de Halloween.

Ah. No sé. El conde Drácula, supongo.

Se acordó de cuando estaba embarazada y, un día, inspirados por la película francesa que ella había traducido un año antes, ella y su novio habían ido diciendo las cosas que más miedo les daban con respecto al bebé: como en la película, habían empezado en serio, con gravedad y hablando bajito: me da miedo que algo vaya mal en el parto; me da miedo haber hecho algo mal y haberle destrozado la vida sin ni siquiera darme cuenta. Entonces no sabían si sería chico o chica, ni que en la ecografía de la semana veinte verían algo anómalo y les dirían que lo mejor era hacerse la amniocentesis para quedarse tranquilos.

¿Te imaginas que nace con tres brazos?

Lo verían en las ecografías.

¿Y si es negro?

¿Te da miedo que sea negro porque eres racista o porque eres celoso? ¿Y si es feo?

Sería una prueba aún más decisiva de que no es mío.

Si es tonto no hará falta test de paternidad.

Si le gusta Battiato es que no lo han cambiado.

Siguieron un rato diciendo disparates. Luego se besaron y follaron. La madre ahora pensaba que habían hecho la caja de miedos y no habían comprobado si habían desaparecido a la mañana siguiente, y ella sabía que seguirían ahí porque tampoco se había acordado de sacarlos mientras la niña dormía. Pensó que tenía que avisar al padre.

La madre sigue tumbada en la cama con su hija, que acaba de quedarse, por fin, dormida, después del cuento del ratón dos veces, la historia de miedo inventada a medias, la canción y un gran trago de agua. Tendré que llevarla a hacer pis antes de acostarme, ha pensado la madre. Está tumbada, inmóvil, con los ojos abiertos, mirando al techo y con el brazo sobre la frente. Puede parecer preocupada, o absolutamente indiferente. No sabe por qué adopta esa postura que ni siquiera le resulta especialmente cómoda. Pero es la que su cuerpo toma de manera inconsciente. Sabe que la memoria de los cuerpos es mucho más poderosa de lo que se cree. Se lo dijo su profesora de guitarra, aunque solo fue a dos clases. Se lo dijo un osteópata al que solo fue una vez –no le gustó el tono– y que también le dijo que tenía una vértebra girada y que por eso le dolía la espalda. Se lo dijo la matrona en la revisión del año después del parto. Está tumbada así, en la que es la posición de pensar.

Si quisiera quedarse dormida al calor del cuerpo de su hija, estaría de lado, en posición fetal, y con el brazo sobre la niña. No se quiere dormir. Aún no. Quería leer un rato, o volver con todos y tomarse un café antes de acostarse, como es tradición entre las mujeres de su familia ante la incredulidad de otros. Quería haber avanzado un poco en su trabajo: ahora estaba traduciendo una serie, Le bureau des légendes. No se ha levantado en seguida porque en los segundos inmediatamente posteriores a que la niña se duerma le invade la felicidad, por cursi que suene, es eso lo que le pasa. No sabe cuánto dura esa sensación, puede que dos segundos, una milésima o dos horas. Casi sin darse cuenta, se le han cerrado los ojos. Y de pronto, lo nota. Sabe lo que viene. Lo sabe un segundo antes de que suceda. Y no puede hacer nada. Primero oye la respiración, la siente en su nuca y en el cuello, muy cerca del oído. Está inmóvil. La respiración se va haciendo más ruidosa. Ella no puede moverse. Lo intenta, pero no consigue ni abrir los ojos. Y aun así las ve: ve las sombras de colores oscuros que se acercan hacia ella y sabe que por mucho que lo intente todo será inútil. Se quedará inmóvil. Está ya inmóvil, paralizada. Su esfuerzo no va a servir de nada. Ahora ella también respira ruidosamente: cada vez más profundo y con un estridor al final. Así, tal vez, consiga mover algo. No lo logra. Pero no puede hacer otra cosa que concentrar toda su energía en mover aunque sea el dedo meñique de la mano izquierda. Si lo lograra… ~


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