Una historia política de las pasiones | Letras Libres
artículo no publicado

Una historia política de las pasiones

Javier Moscoso

Promesas incumplidas. Una historia política de las pasiones

Barcelona, Taurus, 2017, 360 pp.

Leemos en Rojo y negro que la primera preocupación de Julien Sorel, tras haber sido contratado como preceptor de los hijos de monsieur de Rênal, es saber en qué mesa le servirán el almuerzo; el protagonista de la célebre novela de Stendhal había leído en las Confesiones que Rousseau protestó con vehemencia cuando lo sentaron con los criados. He aquí una muestra de la contagiosa pulsión igualitaria que precedió a la Revolución francesa y estalló con ella, sentando así las bases del mundo contemporáneo. Y que, como señala Javier Moscoso al hilo de estos ejemplos literarios, se expresa tanto en lo tangible como en lo simbólico: en el estatuto de ciudadano y en las costumbres sociales, en la distribución de la renta y en los usos amorosos. Sus repercusiones serán vastas: el niño negro de ¡Absalón, Absalón! encontrará motivos para rebelarse en la edad adulta contra los esclavistas sureños tras haber sido amonestado por usar la puerta principal de la casa a la que le enviaron a hacer un recado. En fin, si la Revolución francesa puede tomarse como mito fundacional de la modernidad política, al consagrar una forma de organización social que prima el mérito frente a la fortuna y antepone el mérito a la arbitrariedad, ella misma es resultado de una pasión igualitaria cuyas manifestaciones y ramificaciones merecen ser debidamente exploradas.

Javier Moscoso, historiador cultural de brillante trayectoria, busca en Promesas incumplidas esclarecer el papel de las pasiones humanas en la configuración de la historia contemporánea. Se trata, en definitiva, de averiguar cómo influye la experiencia subjetiva privada sobre la vida pública y viceversa. A tal fin, rastrea los cambios acontecidos en los regímenes pasionales en una época decisiva para la conformación de la mentalidad moderna: la que va de la segunda mitad del siglo XVIII a la Revolución de 1848. Desde Tocqueville a Mishra son muchos los pensadores que han visto en la igualdad el principio motor de la política moderna, y no puede decirse que el malestar contemporáneo con la desigualdad económica les quite la razón. No obstante, Moscoso está menos interesado en explicar las condiciones –políticas, económicas, sociales– que hacen posible la aparición de “emociones culturalmente significativas” que en preguntarse por el relato de esas emociones y por su tratamiento público. De esta forma, los cambios sociopolíticos se explican mediante las pasiones dominantes. Volviendo a Julien Sorel: su actitud es el reflejo literario de una actitud real, que a su vez constituye la expresión emocional del principio político de la igualdad.

Se plantea aquí, como es evidente, un problema metodológico. Si el giro afectivo en las ciencias sociales de nuestros días se ha visto impulsado –sin reducirse a él– por los avances neurocientíficos, ¿de qué modo puede el historiador de las emociones acceder al depósito afectivo del pasado? Moscoso presta especial atención a los informes clínicos y los tratados de medicina moral, cuya profusión en aquellos años muestra el creciente protagonismo de la psiquiatría y la progresiva “medicalización” de los trastornos del alma. Pero también se vale de la literatura, la filosofía o la ciencia económica, así como de sus intersecciones. Siendo la premisa de la historia cultural que cada época fija las condiciones por las cuales algunas pasiones son aceptables y otras no, solo podemos acceder a los estados de conciencia del pasado a través de sus autodescripciones. Por ejemplo, leyendo tratados morales o filosóficos y consultando la legislación vigente descubriremos cómo la ambición es encomiada durante los años revolucionarios y desaconsejada a partir de la Restauración. Sin embargo, advierte Moscoso, el historiador de las emociones debe dar también cuenta de la influencia de los afectos en los cambios sociopolíticos. Y, aunque las dificultades demostrativas son evidentes, no difieren de las que aquejan a las humanidades y buena parte de las ciencias sociales en su conjunto. No se trata de reducir la historia a las emociones, sino de incorporar las emociones al estudio de la historia.

Nos recuerda el autor que la propia Ilustración fue menos cartesiana de lo que solemos creer. Muchos de sus pensadores reivindicaron las pasiones como parte de la fisiología del cuerpo y como un resorte imprescindible –a través de la indignación– para derribar el Antiguo Régimen; la teoría económica, por su parte, vio en la ambición egoísta un factor esencial para el buen funcionamiento del mercado. Sin embargo, la ambición no es la única de las pasiones que atraviesan las páginas de este libro. A su alrededor se dibujan muchas otras, que Moscoso va desgranando a golpe de erudición y con exquisita atención al detalle: una indignación que adquiere proporciones epidémicas en la Francia prerrevolucionaria y se expresa encendidamente a través de la retórica; las pasiones de la rivalidad, que van desde la cólera y la envidia a los celos y el resentimiento; la desesperanza, nacida de la miseria o la decepción posrevolucionaria, reflejada en el aumento de los suicidios; o el amor, ligado a la amistad antes que a la sexualidad y cada vez menos constreñido por la pertenencia de clase. Al hilo de esta cuidadosa disección, surgen temas anejos de tanto interés como la discriminación de la mujer (así como la violencia de las mujeres contra las mujeres en el marco del Terror) o la pregunta sobre si la violencia de la guillotina es accidental o inherente a la Revolución. Para terminar, se aborda el tratamiento moral de las pasiones descontroladas, una regulación pública de la salud que va de la mano del nacimiento de los Estados nacionales y perseguía atenuar los trastornos psíquicos por medios tan variopintos como el retorno al sosiego de la vida rural, la práctica de la gimnasia o el consumo de fruta y verdura fresca para vencer la envidia.

Javier Moscoso nos ha entregado un libro imprescindible para cualquier aficionado al estudio de la Revolución y más que recomendable para los interesados en la génesis de la sensibilidad contemporánea. ~


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