Una distopía real: Corea del Norte y sus cuentos prohibidos | Letras Libres
artículo no publicado

Una distopía real: Corea del Norte y sus cuentos prohibidos

Bandi

La acusación. Cuentos prohibidos de Corea del Norte

Traducción de Hye Young Yu y Héctor Bofill

Barcelona, Libros del Asteroide, 256 pp.

 

En un régimen totalitario como el de Corea del Norte, ser escritor supone estar al servicio del gobierno. Para publicar hay dos opciones: asociarse a la Federación General de Literatura y de las Artes, bajo vigilancia del Departamento de Propaganda, o escribir desde el exilio. Hay una vía intermedia, muy peligrosa, tanto que desde la instauración del Estado socialista solo un autor se ha atrevido a abordarla: hacer la disidencia estando dentro del país. Bajo un pseudónimo, claro.

Bandi es el sobrenombre de un autor nacido en 1950 que, tras refugiarse en China durante la guerra, regresó a Corea del Norte para destacar desde joven con textos publicados en una revista. Durante la tiranía de Kim Il-sung, la novela era el medio propagandístico preferido del líder supremo. Ser escritor suponía gozar de un estatus privilegiado. Tras pasar un tiempo trabajando como obrero, Bandi retomó su carrera literaria y publicó textos en la revista del comité central de la Federación de Autores de Choseon. Hasta que, entre finales de los años ochenta y principios de los noventa, llegaron las grandes hambrunas.

Familiares y amigos del autor murieron. Otros, tras fallecer en 1994 el líder supremo Kim Il-sung, optaron por el exilio. Desencantado con el régimen comunista, Bandi se dedicó a escribir. Escribir no como una vía para publicar, sino como una forma de resistencia, pues de ninguna manera aquello vería la luz allí. Cualquier crítica al Estado socialista significaba –y significa– la ejecución inmediata.

Aquellos relatos contaban el sufrimiento ante un Gobierno tan despótico como delirante, cuyas imposiciones afectan a la vida más íntima de los norcoreanos, hasta el punto de no ser libres ni para colocar las cortinas del salón a su gusto. De algún modo, Bandi se convirtió en el portavoz silencioso de los norcoreanos, víctimas de un espantoso gran hermano.

Sacar aquellos manuscritos del país no fue nada fácil. El autor hubo de esperar veinte años, a que una familiar decidiera huir de allí. Tras atravesar la frontera con China, ella informó del caso a Do Huy-yun, de una ong dispuesta a ayudar. Fue en un viaje de un amigo chino de Do donde ejecutaron el plan para sacar los cuentos de Bandi del escondite.

“Siento que haya pasado tanto tiempo sin que tuvieses noticias mías –decía la carta que le entregaron al escritor–. La persona que me ha ayudado te envía a otra persona con mi carta. Cuando la recibas, entrégale lo que me querías dar a mí. Puedes confiar en él plenamente. De lo que se trata lo sabemos solo tú y yo. Había dos cosas que querías entregarme, ¿no es cierto?”

Cuentan que Bandi dudó, pero finalmente entregó sus textos. Los manuscritos, escritos con lápiz, salieron de Corea de forma clandestina, escondidos entre la Antología de textos de Kim Il-sung y otras publicaciones propagandísticas.

Publicada primero en Corea del Sur en 2014, la obra de Bandi llega a España con la traducción de Héctor Bofill y Hye Young You, bajo el título La acusación. Es un volumen que recoge siete relatos escritos entre 1989 y 1995. Aunque pudieran parecer distopías, son historias asombrosamente reales. Ese es el verdadero valor del libro: incluso los propios pensamientos son una cárcel para los norcoreanos, y el autor lo transmite con un alto grado de convicción.

“Myeong-cheol quería llorar con toda su rabia, quería golpear el suelo y agitar sus puños contra el cielo. Pero en este país incluso llorar está considerado un acto de sedición y podía suponer una condena a muerte. La ley exige que la gente sonría pese a sus sufrimientos y cada uno debe tragarse solo su amargura”, escribe Bandi en “Tan cerca, tan lejos”, uno de los relatos de La acusación. “Semejante pensamiento, naturalmente, no podía pronunciarse”, señala el autor en “La capital del infierno”. En Corea del Norte la gente vive “como el conejo que siempre cuenta con tres túneles para huir”, dice en “La ciudad del fantasma”. “La moraleja es que nunca se es lo suficientemente precavido, y esa es la regla para sobrevivir en Pyongyang.”

El tono de las historias es pesimista, y refleja un modo de vida resignado. Solo hay dos formas de escapar en los relatos de Bandi: el exilio o la muerte. La prosa del autor norcoreano es lírica, repleta de preguntas retóricas y exclamaciones, una fórmula para reclamar la atención del lector. Pero la de Bandi no es una escritura de gran calidad, y él mismo lo admite en nota al final del libro: “Cincuenta años en esta tierra del Norte / viviendo como un autómata / como un humano sometido al yugo / he escrito estas historias / no animado por el talento / sino por la pura indignación / no con tinta y pluma / sino con los huesos calados de sangre y de lágrimas. / Mis historias son áridas como un desierto / rudas como una pradera salvaje / dañadas como un inválido / toscas como utillajes de piedra. / Lector, / ¡te ruego que leas mis palabras!”

Los editores garantizan la veracidad de la historia de Bandi, aunque su condición de escritor fantasma provocó problemas. ¿Quién daría el visto bueno a las galeradas? ¿Cómo gestionar los ingresos de la obra? La ong de Do controla el 50 por ciento de los derechos de autor. ¿Realmente existe el escritor? En el apéndice de La acusación se asegura que sí. Que estos cuentos puedan leerse en los idiomas más hablados es sin duda algo excepcional. Bandi se daba por satisfecho con que lo publicaran en Corea del Sur. ~


Tags: