Trump necesitará un enemigo. Entrevista Moshe Halbertal | Letras Libres
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Trump necesitará un enemigo. Entrevista Moshe Halbertal

Moshe Halbertal (Montevideo, 1958) es uno de los especialistas en ética más reconocidos del mundo. Se ha enfocado en la estricta aplicación de principios éticos en la guerra y en la protección de la población civil. Es profesor de pensamiento judío y filosofía en la Universidad Hebrea de Jerusalén y de derecho en la Universidad de Nueva York. Ha publicado diversos libros, entre ellos On sacrifice (2012) –un ensayo en el que explora las implicaciones del sacrificio en la ética, la religión y la política– y Maimonides. Life and thought (2013) –su biografía del filósofo medieval–, ambos aparecidos bajo el sello de Princeton University Press.

¿Cuáles son los peligros inherentes de la llegada al poder de un líder como Donald Trump, que se sustenta en el carisma y carece de fundamentos ideológicos?

El carisma no es el problema, así es como funciona la política. También Barack Obama tenía un carisma cool que lo llevó a ser uno de los presidentes salientes más populares. El problema con Trump reside en otro lado: en la habilidad de recoger preocupaciones sociales genuinas e imprimirles una interpretación siniestra. Me refiero, principalmente, a las inquietudes de quienes pertenecen al cinturón industrial de Estados Unidos y que fueron descuidadas por el Partido Demócrata. Trump dice: “Lo que los está matando es la inmigración y los acuerdos comerciales globales, y yo voy a erradicarlos.” No es casualidad que estos fueran los únicos dos aspectos que planteó durante su campaña. El mensaje que surge es que Estados Unidos, como entidad unitaria, ya no existe: está en peligro, y ya no tiene fronteras. Y los causantes de esta situación son personas que no tienen lealtad al país, ya sean inmigrantes o miembros de una clase elitista, como los banqueros judíos.

Durante la campaña electoral Trump prometió replantear tratados comerciales y crear empleos, y en buena medida ese fue el motivo por el que la clase trabajadora votó por él. ¿Cumplirá sus promesas?

Creo que les fallará a las personas que lo llevaron al poder, los estadounidenses blancos de clase trabajadora, cuyos trabajos prometió recuperar. Se trata de empleos industriales, muchos de los cuales ya no existen debido a los procesos de automatización –el desarrollo de tecnología que vuelve innecesaria la intervención humana– y porque el intento por reformar las políticas de comercio y aduana impondrá un precio muy alto a la economía de Estados Unidos, incluyendo a los que votaron por Trump. Después de todo, parte del propósito del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que trasladó grandes sectores de manufactura e industria a México, es el de detener la migración de mexicanos a Estados Unidos. Gracias a las formalidades necesarias que adquieren los acuerdos comerciales, cancelando el TLCAN Trump será incapaz de llevar empleos al cinturón industrial. Lo que hará, y con posible éxito, será saturar el mercado con obras públicas.

¿Una especie de New Deal de proyectos planeados?

Exactamente. Tenemos que recordar que cuando la derecha extrema llega al poder adopta una política socialista, pero solo al principio. Así que habrá una inversión en infraestructura que restaurará unos cuantos empleos por un cierto tiempo, reactivará la economía y creará, en apariencia, afluencia de dinero. Pero no tendrá éxito en aliviar la ansiedad básica de esa clase social, que tenía entre sus apoyos más significativos el poder de sus sindicatos. Esta protección se perdió y Trump no podrá hacer nada para restaurarla.

¿Por haber sido elegido como el candidato del Partido Republicano?

Sí, y porque quiere seguir aplastando a los sindicatos, que de por sí están oprimidos. Esa clase social también se verá afectada por los cambios que Trump pueda iniciar en el sistema de salud pública, en un intento por revertir el Obamacare. Me parece que dentro de un año y medio o dos, cuando comiencen a aparecer los primeros signos de fracaso de sus políticas, su lado oscuro saldrá a relucir. Necesitará un enemigo, doméstico o externo, alrededor del cual pueda crear y enfocar ese sentimiento. Podrían ser el islam radical, los mexicanos o los afroamericanos. Siempre podrá encontrar un chivo expiatorio. No es difícil imaginar un escenario en el que estallen disturbios raciales en centros urbanos, con Trump atizando las llamas.

Al mismo tiempo, Trump reiterará constantemente que no es él quien está gobernando porque el sistema sigue podrido. Dirá que existen otras élites –económicas o culturales– que, en la práctica, son el verdadero poder gobernante. Esa es la paradoja de los candidatos que se promueven como “antisistema” y, al ser elegidos, se convierten en parte del sistema.

¿Cómo ha respondido Trump a esa paradoja?

Trump ha combatido esa contradicción desde el principio –con una estrategia que recuerda a ciertos modelos de la extrema derecha, pero sin precedentes en la política estadounidense–, a través de un discurso sobre el sistema de gobierno corrompido e ilegítimo: “Obama corrompió la elección pasada porque no nació en Estados Unidos” y “no pienso aceptar los resultados de la elección si la pierdo”. El mensaje que envía a sus seguidores es que el proceso democrático es una farsa. Por lo mismo, no se considera el líder de un partido, sino la cabeza de un movimiento que, cada vez que surjan los problemas, pueda usar a su favor.

Steve Bannon, su jefe de estrategia, dijo que la administración de Trump es el comienzo de un “movimiento político completamente nuevo” y predijo que estará en el poder por cincuenta años.

Exactamente. De ahí seguirán con que no es que nuestro rival esté equivocado, es que no es legítimo. En otras palabras, el enfoque recursivo de Trump es que la estructura democrática –por medio de la cual el malestar se canaliza en un proceso electoral que pueda fomentar el cambio– está vacía de contenido para todo efecto práctico. Las políticas de partido pueden ser vencidas por ese movimiento “completamente nuevo”. Esto es delirante: cuando Trump dijo que no había perdido realmente el voto popular –el margen final a favor de Hillary Clinton excedió los 2.8 millones de votos–, sino que hubo fraude electoral, está confirmando a Bannon –y todo lo que representa– como una opción válida.

Se creía que los líderes evangélicos no iban a apoyar a un candidato adúltero, implicado en casos de acoso sexual y con dos divorcios.

Los líderes evangélicos harán todo lo que esté en su poder para rechazar la oleada democrática que apoya el matrimonio homosexual, los derechos de los transexuales y el aborto, aunque esto signifique votar por peores estafadores que Trump.

Trump no viene de la tradición política conservadora. Durante su presidencia, ¿complacerá a esos votantes, quizás adoptando medidas provida o antigay?

Desde su punto de vista, la cuestión del aborto es más importante y le va a servir esa libra de carne a ese público. Lo vimos cuando nominó a un juez conservador en la Suprema Corte. No creo que vaya a tomar medidas que perjudiquen a la comunidad homosexual.

¿Cómo es posible resolver la contradicción entre el lema de su campaña –“Hagamos que Estados Unidos vuelva a ser grande”–, que enfatiza un sentimiento nacionalista, y la promesa de concentrarse en política interior y dejar que los demás países, incluso sus aliados, resuelvan sus propios problemas?

Este es un punto de tensión inquietante. Una posible solución es que el aislacionismo de Trump no está sustentado en un enfoque de “no queremos dirigir el mundo”, sino en un sentimiento de “estamos hartos de que el mundo se aproveche de nosotros”. En otras palabras, no se trata de una política aislacionista que reconozca el hecho de que Estados Unidos no es un imperio y que, por lo tanto, debe cuidar de sí mismo en vez de dar órdenes a los demás. Al contrario: es una actitud de superpotencia que tomará menos en cuenta los acuerdos de vinculación y cooperación internacional, basándose en la idea de que, hasta ahora, los países se han aprovechado de Estados Unidos.

El secretario de Estado de Trump, Rex Tillerson, fue el director general de una compañía que firmó acuerdos de colaboración con Rusia y es de esperar que se oponga a imponer sanciones contra Moscú. Incluso algunas sanciones ya se han eliminado en estos primeros días de la administración de Trump. ¿Existen conflictos de interés?

Asumo que se andarán con mucho cuidado en esas cuestiones, aunque constantemente estarán probando sus límites. Esto no está necesariamente relacionado con las inquietudes empresariales de un individuo específico, pero podemos esperar el regreso a un cierto tipo de realpolitik que no esté circunscrito por cuestiones de derechos humanos. Por ejemplo, Tillerson puede emprender una filosofía política del tipo “si podemos vender petróleo y cerrar todo tipo de tratos, no me molesten ahora con que Putin está invadiendo Ucrania”. Por cierto, esto puede resultar en el sacrificio de partes de Europa del Este, países que anteriormente eran controlados por los soviéticos, como Estonia, Georgia, Letonia y Lituania. Ese tipo de política que no toma en cuenta cuestiones de derechos humanos puede aplicarse también al conflicto entre Israel y Palestina.

¿En nombre de qué intereses?

Intereses domésticos de Estados Unidos o de Medio Oriente que no somos capaces de identificar ahora. Puedo suponer, con un alto grado de probabilidad, que, en el caso de que apareciera una legislación en contra de alguna organización de derechos humanos en Israel, el embajador estadounidense no llamará al primer ministro, Benjamin Netanyahu, para decirle que el Departamento de Estado mira con recelo tal acción. La derecha nacionalista israelí tendrá mayor libertad para iniciar este tipo de maniobras.

Inspirada en Trump, la palabra del año 2016 fue “posverdad”. ¿Es posible dirigir un país desde una posición de posverdad o es una postura que solo es efectiva para reaccionarios y figuras de oposición?

La devaluación del concepto de “verdad” es el resultado de una interacción muy compleja entre la derecha radical y la izquierda. La idea de que pensar que la verdad existe es una acción opresiva destinada a imponer un poder hegemónico tiene su raíz en el posmodernismo. Cuando el “mundo de relatos” se enfrenta con el carisma seductor de la mentira, la sociedad, como un todo, paga el precio por ello. En el caso de Trump, que carece de todos los valores básicos y cuyo único principio es el de ser un ganador –nunca perder–, todo lo que existe es voluntad. Y hay algo verdaderamente mágico en esta imagen: una voluntad tan pura que hasta los hechos se distorsionan frente a ella. De modo que sí: la idea de posverdad está cargada de un considerable peso cultural, pero la verdad también cuenta con una cualidad admirable: tarde o temprano, sale a la luz. ~

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Traducción del inglés de Laura Guevara Pereda.

Publicado en Haaretz.


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