Tres revolucionarios casi profesionales: A finales de enero, de Javier Padilla | Letras Libres
artículo no publicado

Tres revolucionarios casi profesionales: A finales de enero, de Javier Padilla

Javier Padilla

A finales de enero. la historia de amor más trágica de la transición

Barcelona, Tusquets, 2019, 412 pp.

Hay algo que se repite una y otra vez en la historia: el momento en que la generación que fue protagonista de un acontecimiento pierde el monopolio de la narración de ese hecho y la generación posterior, que no lo vivió, se interesa por contarlo desde su punto de vista. El caso de la Transición española ha sido un ejemplo notable de ello: durante décadas, los protagonistas de la resistencia antifranquista y los franquistas predispuestos a la reforma contaron su versión razonablemente positiva del proceso de democratización del país, pero vieron con perplejidad cómo, hace alrededor de una década, gente de mi generación (nacida entre la muerte de Franco y el triunfo del PSOE) empezaba a hacer valoraciones que no eran personales, sino históricas, y tenían motivaciones políticas distintas.

Ya es la generación siguiente a la mía, a la que pertenece Javier Padilla (Málaga, 1992), la que se interesa por la Transición. Padilla lo ha hecho patente con A finales de enero, una historia de las vidas cruzadas de tres personajes clave del antifranquismo durante los últimos años de la dictadura y los primeros de la Transición: Enrique Ruano, que murió en circunstancias trágicas en 1969; Javier Sauquillo, que fue asesinado en 1977 en la matanza de Atocha, y Dolores González, que fue novia del primero, esposa del segundo y cuya vida quedó destrozada por el lado oscuro de unos años que muchas veces se han idealizado.

Los tres compartían rasgos, como explica bien Padilla. Formaban parte de una clase acomodada que no podía considerarse exactamente perdedora de la Guerra Civil, asumieron el catolicismo como brújula moral, iniciaron los estudios de derecho, sustituyeron el catolicismo por el marxismo con traumas de distinta intensidad, formaron parte del Frente de Liberación Popular (FLP) y se convirtieron en revolucionarios casi profesionales. Una de las muchas virtudes del libro es que, al no tener vínculos directos con los personajes, es perfectamente capaz de ver y transmitir al mismo tiempo su idealismo político, su heroísmo personal y, al menos durante los años sesenta, lo disparatado de su ideología y sus inmensas contradicciones. “A pesar de la retórica encendida a favor del hermanamiento de clases y de la superioridad del obrero que practicaban nuestros protagonistas, es difícil creer que ellos no vieran lo contradictorio que era conciliar este discurso transgresor con la prosaica realidad de unos homogéneos militantes universitarios de clase alta o media alta que en su mayoría no habían tratado con más personas de la clase trabajadora que las que hacían las labores domésticas en sus casas”, escribe para explicar el ambiente en la universidad madrileña de finales de los años sesenta. Esta estaba inflamada por la influencia del 68, pero los estudiantes españoles corrían un riesgo infinitamente mayor que los jóvenes franceses o estadounidenses. A fin de cuentas, como cuenta Padilla, el grado de represión, tosquedad y paranoia del régimen franquista era extraordinario.

Otro acierto del libro, además del desapego que muestra por la ideología maximalista que asumió buena parte de esa generación en su juventud, es el énfasis en la relación de los tres protagonistas, que vivieron una especie de triángulo amoroso marcado por la militancia y sus caracteres conflictivos. Enrique y Javier estuvieron enamorados de Lola. El primero salió con ella, pero mantuvieron una relación compleja: Carlos Castilla del Pino, psiquiatra que trató a Enrique, recordaba que este “se expresaba de una manera típicamente estructuralista, lo que complicaba entender sus palabras”. Además, sentía celos de Javier, “discutían con cierta agresividad y Enrique solía sentirse posteriormente derrotado” y pensaba que Javier pretendía ridiculizarle en público cuando discutían sobre cine o marxismo. La trágica muerte de Enrique, que según las fuentes de Padilla fue muy probablemente un asesinato a manos de la policía y no un suicidio, marcó a los dos supervivientes para el resto de su vida, pero no impidió que Lola y Javier iniciaran una relación seria.

La entrada en la edad adulta de Lola y Javier pasó por la fundación de un despacho de abogados laboralistas, la afiliación al PCE (del que fueron disidentes casi desde el principio por considerar que, bajo la dirección de Carrillo, este renunciaba a la lucha de clases y abrazaba la democracia burguesa) y el matrimonio. Esta época de relativa estabilidad personal, mucho trabajo y actividad política en los años más duros de la Transición –entre 1975 y 1982 hubo alrededor de quinientos muertos por violencia política– terminó a finales de enero de 1977. En mitad de una gran tensión política debida a una huelga de transportes y el miedo a un contrataque de la derecha extremista contra la democratización, que efectivamente se produjo, cinco personas murieron asesinadas en el atentado contra el despacho de abogados laboralistas de Atocha, entre ellas Javier. Lola quedó gravemente herida. En los días siguientes, se llevaron a cabo paros masivos en fábricas y universidades y se temió que se produjeran nuevas matanzas. El funeral, como es sabido, fue una demostración de la capacidad de movilización y continencia del Partido Comunista, lo cual pudo influir en la decisión de Adolfo Suárez de legalizarlo. Padilla recoge varias opiniones que afirman que la violencia en la Transición tuvo el efecto contrario del buscado y, de hecho, empujó hacia la democratización y una relativa estabilidad política. Pero la vida de Lola en los años ochenta y en gran medida hasta su muerte en 2015, tal como la cuenta Padilla, resulta desoladora y un ejemplo extraordinario de cómo la historia impacta en la vida privada de las personas. Y de cómo los luchadores pueden llegar a pensar que su batalla no mereció la pena, aunque fuera parcialmente victoriosa.

A finales de enero es un buen libro y una buena noticia: un retrato sólido, efectivo y desapasionado de tres personajes que sirven para explicar una época trascendental, y la muestra explícita de que la siguiente generación de escritores y periodistas es plenamente consciente de que lo fue. ~


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