Todo lo que pasa parece necesario | Letras Libres
artículo no publicado

Todo lo que pasa parece necesario

Melchor López

NIÑO

Madrid, Ediciones Franz, 2020, 72 pp.

Melchor López nació en Tenerife en 1965. Ahora vive en Lanzarote. En 1994, cuando era miembro del grupo poético Nadie parecía junto a Juan Fuentes y Régulo Hernández, formó parte de una antología editada por Andrés Sánchez Robayna y que también recogía a los poetas Francisco-Javier Hernández Adrián, Francisco León, Alejandro Krawietz, Rafael-José Díaz, Goretti Ramírez y Víctor Ruiz. Aquellos estudiantes de la Universidad de La Laguna, quizá como manera de continuar la labor de la entonces recién desaparecida Syntaxis, habían fundado en 1993 la revista Paradiso, como la novela de Lezama Lima, que se presentaba como “pliego de literatura” y que dio nombre a la antología. La revista aguantó hasta 1995, lo que es un logro para una publicación de poesía universitaria.

El primer libro de López se tituló Altos del sol (Paradiso, 1995) y consistió en una colección de tankas, haikus y poemas en prosa. A partir de entonces ha publicado El estilita (Ediciones La Palma, 1997), Oriental (Ayuntamiento de Guía de Isora, 2003), el volumen compuesto por Fama del día y Escrito en Arrieta (Artemisa, 2006), De la tiniebla (con Stipo Pranyko, Asphodel, 2013), Dos danzas (2007) y Según la luz (Trea, 2018). Con la publicación de Niño en Ediciones Franz, López ha anunciado que se retira de la poesía, aunque tiene pendientes de publicación los libros Cuaderno de Cabo Verde y Para llegar a Samarín.

Niño es un conjunto de treinta poemas en prosa que se detiene en el desarrollo de un niño que queda huérfano. Se omiten los hechos pelados de la historia, que se intuyen a partir del registro de las percepciones (“Los monstruos y las alimañas de los cuentos y las pesadillas acechan en las esquinas o se encaraman a las alacenas con sus zarpas y hocicos intimidantes”, o “Es una mano que viene del fondo de los pozos, y en cada círculo renueva su escamosa piel para hacerse más imperceptible, más poderosa, a medida que se acerca, ávida, al inocente”). El libro comienza escrito en segunda persona; de esta manera se consigue el efecto de una investigación que ha dado frutos al cabo de los años, de un desvelamiento del sentido profundo de lo que le pasó al niño al principio de su vida. La voz se dirige al “tú” para explicarle una clave de su vida, como se hace en el psicoanálisis pero como hacían también los oráculos o los animales encantados en los cuentos. Y sin embargo, nadie más que el propio niño podría conocer esos detalles, el color y los personajes de la vida íntima que corría paralela al mundo exterior y compartido con los adultos –y aparentemente dominado por ellos–. El niño se está hablando a sí mismo. Aquello que ha permanecido intacto en él es capaz de comunicarse ahora con alguien, el adulto idéntico y sin embargo marcado por la calamidad. El establecimiento de esa comunicación define la distancia y el tiempo transcurrido.

El mundo en que sucede Niño es el de la primera infancia. Quizá hace muy poco que sabemos hablar. Sorprendentemente, nos escuchan y nos entienden aquellos adultos que parecen estar en el secreto de algo que no nos cuentan. Nos vemos incrustados en un ambiente que ya estaba organizado, con una extraña sensación de conjura colectiva que conducía a nuestra llegada a un mundo en el que todo lo que pasa parece necesario, como la recreación de hechos eternos que están pasando siempre.

Como el libro va recordándole al antiguo niño los lugares por donde pasó, los recodos del camino recorrido, esos hechos eternos transcurrirán al menos dos veces: “Te ves otra vez caminar entre las huertas y las atarjeas abandonadas, donde te detenías a cantar ‘en la noche azul tejana’; ves el paso lento de los camellos buscándose sombra adentro y las vacas en la penumbra silenciosa de las cuadras; recuerdas la jovialidad de las primas mayores y la ternura sencilla de la tía Fausta ofreciéndote agua de la talla”. Las primas mayores aún joviales y la tía Fausta repitiendo una y otra vez su ofrenda de agua. Y “el mundo giraba y tú te encontrabas en su centro”.

Es un mundo bellísimo a la manera decadentista, mítico, exuberante, desapegado e incomprensible. Solo cabe mirarlo y maravillarse. Al tono alucinado, de sueño o de fiebre o de revelación repentina en que alguien comprende en un instante su vida, contribuye la influencia de la isla, un territorio aparte con leyes propias, donde es posible que los habitantes del mundo fronterizo (lo real y lo irreal, vigilia y sueño) hagan acto de presencia. Donde hay que entornar los ojos debido al sol y los vientos y eso determina una manera de escrutar nuestros recuerdos.

A medida que avanza el libro, las sensaciones del niño huérfano, rescatadas con cuidadosa morosidad, van transformándose en sentimientos, adquieren una dirección, como el echar de menos a la madre, que aparece cada vez más corpórea en un mundo más hostil para su hijo. De la jungla de la sensación por la que hay que abrirse paso salimos a un terreno más cultivado, el de los sentimientos, más a nuestra medida de persona que se hace adulta y que lleva más tiempo en el mundo (sofistica el intercambio). Pero nunca pierde el libro el fondo de himno, que ha estado preparándose a lo largo de las páginas para desembocar en una imagen sencilla, crucial y universal.

Cada fragmento de Niño es una cuidadosa observación de un instante, una imagen, para que revele el secreto que llevaba dentro. Todos podemos adentrarnos en la parte de nuestras vidas que transcurre subterránea (o supraceleste), siempre que pongamos la atención con que López afronta la misión. El prodigio no es que existan esos mundos. El prodigio es que podamos, de vez en cuando, alcanzarlos. ~


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