Todas las familias disfuncionales | Letras Libres
artículo no publicado

Todas las familias disfuncionales

A. M. Homes

Días temibles

Traducción de Andrés Barba

Barcelona, Anagrama, 2019, 302 pp.

En una entrevista con Laura Fernández, la escritora A. M. Homes (Washington, 1961) decía que Estados Unidos se resiste a dejar de ser un adolescente y por eso envejece mal. Su libro más reciente, Días temibles, una colección de cuentos escrita a lo largo de más de una década, parece por momentos un catálogo de todas las maneras en que se puede entrar en la madurez de forma patética o afrontar la vejez de manera torpe y superficial. Es el tercer libro de cuentos de Homes, de los otros dos solo uno se tradujo, Cosas que deberías saber; el primero, The safety of objects, se adaptó al cine. Días temibles llega tras Ojalá nos perdonen (2014), la incursión de Homes en el subgénero de la gran novela americana, que era también su vuelta a la ficción después de explorar sus orígenes en La hija de la amante.

Una de las constantes de los libros de Homes es su interés por la familia, en su sentido más amplio. Tira de todos los hilos que salen de ese cúmulo de relaciones y malentendidos, y aunque a veces las felices resultan de lo más exótico, Homes parece darle una vuelta a la idea de Tolstói: las familias disfuncionales (¿pleonasmo?) lo son cada una a su manera. En este volumen de cuentos lo que se descubre es que todas las familias tienen una tara, y que lo perfecto es sobre todo artificial, como esos personajes retocados con cirugía estética que aparecen en estos relatos ácidos e inteligentes.

En muchos de estos cuentos no pasa realmente nada, o al menos el foco no está puesto tanto en un presunto conflicto sino en contar a unos personajes y sus circunstancias. Los diálogos son importantes, Homes usa el ritmo de las réplicas, la lucidez de las respuestas o la repetición de manera hábil, especialmente en los relatos “Todo genial menos por la lluvia” y “Sé mía”.

Muchos personajes de Días temibles están en una encrucijada y afrontan situaciones desagradables o trágicas; otros se enfrentan a un hecho inesperado, y otros tratan de encontrarse a sí mismos. El origen de todos los males suele estar en la familia, eso sí: un hermano impertinente, una hermana anoréxica, unos padres superficiales, un hijo abandonado… Algo de cada relato resuena en el siguiente, como si cada texto ampliara un aspecto del anterior. Además, hay personajes que reaparecen, la familia de “Hola a todos” se retoma en “Ella se escapó”, que cierra el volumen. El díptico que protagoniza Cheryl, que aparecía ya en The safety of objects, es el relato de una tragedia familiar en dos tiempos, pero no hay sentimentalismo ni condescendencia. Es también un retrato de la superficialidad y la obsesión por la apariencia y por el deseo de encajar. En eso comparte algunos detalles con “Hermano dominical”, un cuento malvado sobre una élite esnob obsesionada por ocultar su propio envejecimiento.

En “Muestra Nacional de Pájaros” se cuentan dos historias de adolescentes abandonados o semiabandonados: uno se ha alistado en el ejército; la otra sufre una agresión sexual a manos del hermano de una amiga. El relato está construido a través de las conversaciones que mantienen los dos personajes en un foro sobre pájaros, en el que se mezclan dudas sobre periquitos y comportamientos erráticos de aves. La acidez es una de las características de la escritura de Homes. Cuando la chica cuenta en el foro lo que le ha sucedido, el soldado trata de animarla: “Niña pájaro, crecer es la tarea de toda una vida. Cuando tus padres te llamaron Grace, no era sin motivo. Deja que eso te guíe.” Y ella responde: “Me llamaron así por el perro.”

“Un premio para cada jugador” pone al descubierto la rapidez con la que sucede todo lo que sucede hoy: una familia aparentemente normal entra en el supermercado y cuando sale lleva un nuevo miembro y el padre se ha convertido en candidato a la presidencia por aclamación popular. Es un relato donde consumismo y populismo quedan expuestos, retratados y ridiculizados. “Punto Omega” parte de la historia real de Lue Gim Gong, el mago de los cítricos, y el descubrimiento de los huesos del Hombre de Pekín para construir una ficción tierna e inteligente sobre una familia en parte disfuncional que sin saberlo cierra el círculo con la adopción de una niña china. En “La última vez que lo pasó bien” un padre reciente deja a su bebé para viajar a Disneylandia, California, donde estuvo con sus padres antes de que todo se rompiera para tratar de descubrir qué se estropeó y también para volver a ser feliz donde lo fue por última vez. Y hay otros cuentos, como “Tu madre era un pez”, que abordan la familia desde un enfoque más fantástico.

“Días de ira”, que en el original daba título a la colección (Days of awe) escapa del tema familiar. Un corresponsal de guerra y una “novelista transgresora” y lesbiana coinciden en un congreso sobre “Genocidio(s)”. Suceden dos cosas: en primer lugar, a ella le reprochan haber escrito una novela sobre el Holocausto, haberse atrevido a ficcionalizar sobre el horror sin ser superviviente, como si las historias tuvieran dueño, como si de ciertas cosas no se pudiera hablar. Otra cosa que sucede es que el corresponsal y la novelista, conocidos desde sus veinte años, se acuestan. Pero también se pelean por quién tiene más derecho sobre las historias, los hechos y la verdad: “La verdad no es sinónimo de historia. El motivo de la ficción es crear un mundo que los otros puedan habitar, iluminar y contar una historia que genere empatía y compasión. La ficción nos ayuda a comprender lo incomprensible, gilipollas”, le dice en medio de la discusión la novelista. Acabar este complejo cuento, en el que se mezclan la religión, la lealtad, el amor, el sexo y un profundo debate sobre la memoria y la historia, le llevó doce años. Y también hay una madre cuyo mantra a veces la novelista querría repetir: “A lo único a lo que tienes derecho es a tener tu opinión.”

Los doce cuentos agrupados en Días temibles componen un cuadro paródico y cruel, por implacable, de la costa este estadounidense, y al mismo tiempo funcionan como una especie de oda a la imperfección, a los secretos guardados y a los errores, siempre preferibles a la falsa perfección: en el fallo está la esencia del ser humano. ~


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