Testimonios. “¿Chico, tú crees que el pueblo pueda entenderme?” | Letras Libres
artículo no publicado

Testimonios. “¿Chico, tú crees que el pueblo pueda entenderme?”

El culto a la personalidad fue una marca esencial del gobierno de Fidel Castro. Dos escritores realizan un retrato de su figura que dibuja también a sus propias generaciones.

Fidel entraba y salía a todas partes y su presencia significaba el alma pater, la autoridad familiar poderosa que nunca tuve, por eso más que admiración me producía ansiedad. No me impresionaba su presencia, pero su voz y sus palabras conforman el monólogo cotidiano que aún me persigue.

La primera vez que lo vi fuera de las vallas y la televisión en blanco y negro fue durante la inauguración del Campamento de Pioneros “Ismaelillo” (la agrupación juvenil que reúne a niños y adolescentes). Corría el invierno de 1976 y ahí estábamos los pioneros del centro de la isla, esperándolo, agitando la pañoleta bajo el sol invernal. Fuimos debidamente prevenidos: él puede acercarse y preguntar, y para eso nos prepararon semanas antes. Por fin llegó, detuvo la caravana, bajó ágilmente de su carro y fue a preguntarle a Kachita, quien como todos también sabía el número de pioneros allí presentes y que nuestra escuela había alcanzado el 100% de promoción. Pues bien, Fidel atravesó el cordón y le preguntó su nombre:

–Me llamo Karina de la Caridad Suárez, pero me dicen Kachita con ka.

–Karina –preguntó el Comandante, examinando contrariado sus monumentales lazos azules–, ¿cuántas pioneras hembras y cuántos pioneros varones hay en este acto de inauguración?

Kachita con ka era negra como el café pero se puso blanca del miedo, me miró aterrada. Entonces yo, la peor alumna de matemática de Cuba, intenté mal dividir aquello y solté: 7,733 hembras y 5,958 varones.

Y ahí fue cuando Fidel me abrazó y nos condujo camino a los barquitos de La Tatagua mientras le contaba a la prensa y a los visitantes extranjeros que en Cuba había un alto índice de natalidad infantil, que en estas décadas nacieron más hembras que varones y que estábamos orgullosos de eso porque en el futuro seríamos una revolución hecha por y para las mujeres. Habló de Mariana Grajales, de Vilma Espín, de Haydée Santamaría, pero nunca mencionó a Celia Sánchez. Ese día la pasamos navegando y conversando con otros niños del centro de la isla.

La segunda vez que lo vi fue en el Escambray. Mi madre había sido enviada por la emisora a cubrir la apertura de una enorme represa que alimentaría la zona. Mami era pequeña y delgada y aquella grabadora marca Nagra le pesaba muchísimo, así que la acompañé para llevarle las cintas Orwo de repuesto pues se esperaba la visita de Fidel y eso, ya lo sabíamos, no tenía para cuándo acabar.

Él llegó temprano, sin mucha gente al retortero. Nosotras estábamos tumbadas sobre la hierba medio dormidas. El Comandante en Jefe apareció de la nada, caminaba impaciente de un lado al otro. La actividad duró toda la mañana, cuando ya estaba por abandonar el sitio luego de conversar sobre los diques en Holanda, los desastres naturales en el Amazonas y la impagable deuda externa, avanzó hasta alcanzar el hombro de mi madre:

–Compañera periodista, ¿usted es nueva en el noticiero?

–Albis Torres, Radio Ciudad del Mar –contestó mami.

–Ah, usted es cienfueguera –aseveró Fidel.

–No, Comandante, yo soy de la Costa Norte de Oriente, como usted.

–¿No me diga? ¿De dónde exactamente?

–Bueno, nací en la Base Naval de Guantánamo, pero soy de Banes.

–Sí, somos de la misma zona, pero quiero que me responda: ¿cuántos litros de agua hay en esta presa?

Mi madre sabía que no tenía la respuesta, entonces soltó algo que nunca olvidaré:

–Si el litro es del tamaño de la presa, uno solo.

Todo el mundo se rio, menos él, que salió caminando serio y aprisa en contra de la multitud, montó en su jeep y desapareció escoltado en la espesa cordillera.

Ya de adulta lo vi muchas veces, la primera fue regresando con Gabo de la Escuela Internacional de Cine. El chofer tomó la carretera de San Antonio rumbo a La Habana; a punto de llegar a El Laguito, tres carros se atravesaron en nuestro camino.

–Ahí está Fidel –dijo Gabo tendiéndome una mano para salir a su encuentro.

Nos bajamos en la pequeña rotonda del Polo Científico y, en plena calle, Fidel empezó a consultarle a Gabo asuntos relacionados con la inminente visita del papa Juan Pablo II. Recostados desde uno de los carros escuchábamos al Comandante explicar que el pueblo estaba un poco molesto con él por haber autorizado la visita, pues “el pueblo cubano no es fanático religioso”.

Gabo solo lo escuchaba, era como si no estuviera muy seguro acerca de qué lo quería convencer. Fidel ponía ejemplos y hablaba de su escuela jesuita, del complejo diálogo con la Iglesia. Cuando el Comandante hacía pausas Gabo no intentaba meter la cuchareta, hacía silencio, lo atendía pero no lo apoyaba en su idea.

–¿Qué piensas de la visita? –Gabo miraba al infinito–. ¿Chico, tú crees que el pueblo pueda entenderme? –preguntó Fidel dándole unos golpecitos en el pecho.

Gabo se viró hacia mí y le dijo:

–Ella es el pueblo, pregúntale.

Miré a Gabo, él asintió con la cabeza y fue entonces cuando dije:

–Estamos encantados, mañana vamos pa’ la plaza, pero a ver al papa.

Al día siguiente, bajo una fina lluvia y un inusual cielo gris, Fidel, Gabo y el pueblo de Cuba escuchamos juntos, por primera vez en varias décadas, retumbar otra voz sobre la Plaza de la Revolución.

El recuerdo más triste que tengo de Fidel fue el 12 de marzo de 1988. Se celebraba el Consejo Nacional de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), organización que hasta hoy pretende agrupar a los jóvenes artistas e intelectuales cubanos.

Muchos de los más conocidos y connotados creadores acudimos con ilusión al Palacio de las Convenciones para hacer recuento y explicarle al Comandante los agudos problemas creados por nuestra sociedad en detrimento de la cultura: la libertad de expresión, la escasez, la corrupción, la delación, la política cultural, el culto a su personalidad, entre otras epidemias sociales, se le pusieron sin tapujos sobre la mesa. Intentamos contarle que Carlos Aldana, dirigente encargado del Departamento de Orientación Revolucionaria, la persona a su izquierda encargada de diseñar la ideología, estaba deshaciendo –en su nombre y en el de la Revolución– el proyecto cultural de tres generaciones de artistas cubanos. Todo lo que ahí se vivió quedó filmado por los directores Juan Pin Vilar, parte del ejecutivo de la AHS, y Orlando Cruzata, también miembro de la asociación. Algún día se abrirá el archivo histórico y entonces será posible revisar la memoria asentada.

Fidel prefirió proteger a su funcionario, preservar esta política castrante y no menear la cuestión, y aunque presenció el combate verbal ideológico y conceptual de los cientos de hacedores allí congregados, aunque escuchó cada uno de nuestros planteamientos, la urgencia de los asuntos que hacían peligrar la fertilidad y libertad intelectual, pasó la página ignorando nuestro llamado de atención.

En ese punto la mayoría de nosotros intentaba arreglar las diferencias con el Estado para seguir haciendo una obra dentro de Cuba. Era el momento, Fidel debía cambiar la política cultural, el bloque socialista se desplomaba. ¿No era entonces nuestra oportunidad para que negociáramos desde adentro una apertura? ¿No éramos acaso ya una sociedad madura, capaz de reformarse y crecer? Era justo la hora de revolucionarnos.

Fidel intentó calmar la catarsis bajando del estrado, avanzó entre nosotros como quien procura no pisar una mina y por primera vez caminó entre las sillas de Palacio. Hizo contacto con nuestros ojos, tocó nuestros hombros, buscó auxilio en el acercamiento físico. Recuerdo la sensación de su uniforme verde olivo rozando mi brazo, recuerdo la textura de la tela y ese profundo olor cercano al vetiver. Recuerdo su intento de convencernos, con la voz ronca y su estilo reiterativo, de que todos estos sacrificios se hacían en nombre de la estabilidad revolucionaria. Dejó en claro que el destino de la cultura no estaba en nuestras manos, nuestro papel era crear dentro de los parámetros ya dictados por él en 1961 en sus “Palabras a los intelectuales”.

Su discurso se prolongó hasta la madrugada. Al concluir el evento nos repartieron en guagua por las principales calles de la ciudad. Tenía entonces diecisiete años, aún era menor de edad, mi madre me esperaba preocupada en la casa. Me bajé en Marina y Malecón, tomé la calle Jovellar y subí temblando de frío las tres cuadras que me separaban del número 111. Al llegar supe que me aguardaban insomnes varios amigos que deseaban saber el desenlace. No pude explicar lo sucedido, tenía miedo.

Este suceso marcó el principio del fin. No habría cambio alguno, nos esperaba el inxilio o el exilio, ese fue el día en que Fidel nos cerró el diálogo para siempre, su monólogo nos despedía del papel coral de la intelectualidad y daba el portazo a quienes no deseaban obedecer para siempre su liturgia de conservación para un férreo dogma ideológico.

Fidel exhibió su “ritual para un viejo lenguaje” desligándose así, para siempre, de nuestras preocupaciones, inquietudes y problemáticas. Disparó al aire y todo lo que hicimos fue huir hacia delante.

Esa madrugada lo supe, tenía que comenzar mi proyecto individual porque yo no pertenecía al único proyecto que existió en Cuba desde el 1959: el proyecto personal de Fidel Castro. ~


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