Teresa Wilms Montt No apta para señoritas | Letras Libres
artículo no publicado
Retrato: Jonathan López

Teresa Wilms Montt No apta para señoritas

Es posible resumir los intensísimos veintiocho años de vida de Teresa Wilms Montt en menos de diez líneas. Niña de alcurnia, nace en Viña del Mar a fines del siglo XIX. Lectora prematura, trilingüe, se casa a los diecisiete años sin consentimiento de sus padres, simpatiza con el anarquismo, es acusada de adulterio por su marido e internada en un convento y alejada de sus hijas. Huye a Buenos Aires con el poeta Vicente Huidobro, publica cinco libros –cuatro de prosa poética y uno de cuentos–, recibe aplausos de los círculos intelectuales, coquetea con la vanguardia europea, es adicta a los somníferos y al opio, busca la muerte y la encuentra al tercer intento, en un frasquito de Veronal, en París.

Menos de diez líneas de existencia y un correlato preciso en las páginas que dejó escritas. No solo en los libros publicados, sino también en sus diarios, donde fue registrando sus experiencias vitales y los primeros balbuceos en la poesía. Aunque la producción literaria de Wilms Montt no pueda ser leída al pie de la letra como el depósito de un sino trágico, su escritura confesional da cuenta de una visión del mundo muy propia, muy consciente de las adversidades, y entrega claves que permiten dibujar un mapa del tiempo y de la escritora inserta con dificultad en aquellas coordenadas. Ahí podemos ver a una mujer insumisa, desfasada de su época, bicho raro, incomprendida por el medio, que enfrenta a una sociedad en extremo conservadora. A la prisionera de un sistema sexista, que la castiga una y otra vez. A una muchacha de alcurnia, que parte rebelándose precozmente contra su clase y su familia.

Y no es cualquier familia, la suya. El matrimonio Wilms Montt, que echa raíces en una mansión de Viña del Mar, está integrado por Federico Guillermo Wilms Brieba, descendiente de la realeza prusiana, y Luz Victoria Montt Montt, emparentada con cuatro presidentes de la República. Siete hijas, además de una tropa de institutrices, cocineros, matronas y choferes, llenan la casa. Y aunque cada parto desaira los ánimos del patriarca Wilms, que espera al retoño continuador del apellido, el hombre termina por traspasar sus aspiraciones a María Teresa de las Mercedes, la segunda del tropel, nacida el 8 de septiembre de 1893. Y la llama, a falta de herederos varones, mi Tereso.

Mientras sus hermanas, auténticas criaturas de salón, juegan a las muñecas o se alisan el pelo con brillantina, Teresa pasa horas leyendo a Flaubert, Baudelaire o Verlaine y sueña con ser Floria Tosca, Madama Butterfly o cualquier otra heroína de Puccini. Especialmente desabrida es la relación con su hermana Luz, la primogénita, con quien comparte institutrices. La dinámica es siempre igual: aplausos para Luz, reproches para Teresa. Una de estas tutoras le hace escribir cien veces el verbo obedecer. “Se pasa la vida copiando el verbo obedecer y se lo sabe de sobra gramaticalmente sin haber pensado nunca en practicarlo”, escribirá en sus primeros diarios, sin fechar, hablando de sí misma en tercera persona. La señora Montt también la castiga. Así recreará Teresa una escena de su infancia: “¡No quiero que leas!, le grita su madre cuando la sorprende en sus escondites, haciéndole daño con los brazos y pinchándola para arrancarle el libro que hace pedazos.”

Excepto en los sueños, leyendo o sentada al piano, Teresa no la pasa bien en aquellos años. Sus cercanos le parecen odiosos: “Entiende que su madre no dice siempre la verdad, que su padre no tiene voluntad, que su abuela es maniática y que los amigos que frecuentan su casa no son sinceros”, apuntará en sus diarios. Y la conclusión cabrá en una línea: “Teresa no es feliz.” Pero más tarde, ya lejos del palacete de Viña, con veintidós años, marido, dos hijas y la ilusión de que su infancia es una historia cerrada, escribirá: “Hay dos seres en mí, eso solo yo lo sé... Para vivir en este mundo conviene mostrar solo el que me conocen.”

Hay alguien, sin embargo, que se asomará a conocer a esos dos seres que la habitan: Gustavo Balmaceda Valdés, su marido. La historia de la escritora es también, necesariamente, la de Gustavo. Niño de familia aristocrática, nacido en 1885, huérfano de madre, que murió al darlo a luz, denostado por su padre, incomprendido por su madrastra. Sobrino de un presidente suicida (José Manuel Balmaceda), consanguíneo de dipu- tados, políticos, diplomáticos. Jovencito rebelde, internado en colegio de curas, visto por su familia como un inepto por su incapacidad de conseguir algo más que un empleo administrativo. Cazador de zorros, fanático de la ópera, lector tardío. Marido obsesionado con el qué dirán, celoso, impulsivo. Autor y protagonista de una novela en clave (Desde lo alto): Mariano Echagüe, casado con Ester Krause, en su martirológica ficción.

Cosas así escribe Gustavo-Mariano sobre Teresa-Ester en Desde lo alto: “En aquella alma desconcertada, pervertida por lecturas absorbidas sin disciplina y a destajo, se había producido una aridez muy poco femenina, un ateísmo de esos desoladores y aplastantes.” Tal como la señora Montt castigaba a su hija al verla leyendo, Balmaceda le prohíbe a Teresa Wilms ciertas lecturas. Una tarde la encuentra hojeando Los civilizados de Claude Farrère, novela de moda por aquellos días, donde figuran frases como: “Hay que parecer sabios de día y locos de noche.” Y esta es su reacción: “Mariano, en cualquiera otra ocasión, se habría detenido a observar a su mujer que no eran las obras de ese novelista las que, con mayor propiedad, debían estar en sus manos. Pero [...] harto de grescas domésticas, tomó su sombrero, se caló el sobretodo y salió, ansioso como nunca de respirar el aire de la calle.”

Luego de esta escena, el narrador detalla las aventuras con Nubia, su amante, “una criatura divina, inteligente y sensitiva”. El hombre dice sentirse “en la necesidad de buscar y saborear emociones violentas”. Pero sigue vigilando a su esposa, cada vez más indignado: “Ester, que poco a poco iba abandonando su actitud pasiva para volver a las volubilidades imperiosas que eran el fondo de su naturaleza femenina, había vuelto también a sus devaneos literarios. Tornaba a devorarse sin selección alguna cuanto volumen pillaba a mano. Pero ya no se contentaba con leer, sino que ahora escribía.”

Es 1917 cuando Balmaceda publica Desde lo alto. Pero antes hubo días felices para la joven pareja. Retrocedamos al origen: una noche de 1909, en la mansión de Viña del Mar. José Ramón Balmaceda y Sara Valdés Eastman, padre y madrastra de Gustavo, son invitados a una recepción de los Wilms-Montt. El muchacho, de veintitrés años, suele compartir trasnoches con su primo Vicente Balmaceda Zañartu y está desilusionado de la vida. Ese día, para salir de la rutina, decide acompañar a su familia. Y entonces ocurre: “Llegó de lo alto el gorjeo de una voz femenina que insinuaba una romanza sentimental. Mariano, lírico empedernido, se quedó escuchando con secreto interés”, escribirá Balmaceda en su novela. Quien canta es la niña Teresa y lo que entona es La bohème de Puccini. Al rato, Gustavo y la muchacha hablan como si se conocieran de toda la vida. Ambos son conscientes de su pertenencia a una misma casta: saben que la sangre y la alcurnia así lo indican. Pero comprenden también que sobre ellos se impone la desconfianza de sus familias. A los ojos del resto son conflictivos, un poco raros, atípicos, porque no acatan al cien por ciento los credos de su clase. Aunque la situación de cada uno sea distinta (sobre ella pesan, además, los prejuicios de género), el rechazo los une. Lo demás viene solo: el noviazgo, las promesas, soy tuya, soy tuyo, la idea de casarse, la oposición de los clanes.

Para los Balmaceda-Valdés la muchachita es hija de un extranjero arribista, por más que la madre sea sobrina del mismísimo presidente de la República. Y para los Wilms-Montt este tipo es un simple funcionario público; sobrino, para más remate, de un hombre suicida. Pero los enamorados se rebelan: el 12 de diciembre de 1910, en Viña del Mar, Gustavo Balmaceda y Teresa Wilms son declarados marido y mujer. A la ceremonia asisten solo los parientes del novio. El señor Wilms y la señora Montt han advertido a la niña que una vez casada se olvide de ellos. Que no entra más a la casa de su infancia. Y así será. Esa misma tarde la pareja toma el tren a Santiago, de luna de miel. Pero el encanto dura poquísimo. La desenvoltura social de Teresa –que baila, canta, recita, no tiene un pelo de tímida y se sabe hermosa– choca con los celos de Gustavo. Él tiene algunas ideas liberales, pero las del matrimonio siguen siendo implacablemente conservadoras. ¿Qué es esto?, se pregunta.

Esto es, por ejemplo, lo que ocurre la noche de Año Nuevo de 1911: el matrimonio Balmaceda Wilms es invitado a una cena en el Club Santiago, y cuando los ánimos están encendidos Teresa decide cantar una romanza de Puccini al piano. Aplausos, piropos: es la reina de la noche. Amparado en su alter ego, Gustavo escribirá: “Mariano había sufrido. Se hubiera dicho que presentía ya las amarguras que, como frutos malsanos, iba a serle dado recoger de esa hora en adelante en los estrados sociales.” Muy pronto el conflicto se transforma en crisis: el esposo sale de madrugada, tiene aventuras sexuales que define como “pecadillos”, intenta dominar a la esposa. La esposa recibe sermones, alza la voz, no piensa obedecer. El esposo piensa que la esposa cualquier día lo engañará con un amante. O con más de uno, Dios mío. Los celos se disparan pocos meses más tarde, cuando el matrimonio visita a Vicente Balmaceda Zañartu en su hacienda de la costa central. Es ahí donde Gustavo cree ver señales peligrosas entre su mujer y su primo, que se miran mucho, se ríen, coquetean. Tanto así que adelanta el regreso y viaja a Viña para entrevistarse con su suegro. Guillermo Wilms, que hace rato ha olvidado a mi Tereso, apenas escucha los alegatos del yerno: “No me ofrece ya garantía alguna de fidelidad”, se queja Gustavo. La respuesta del patriarca Wilms es redonda: “Bótela usted a la calle si no puede hacer otra cosa.”

Gustavo no la bota a la calle, pero lo piensa. “Él la encerraría, la recluiría para siempre”, escribe. Ni el nacimiento de su hija Elisa, el 25 de septiembre de 1911, apacigua sus celos. El sueldo que recibe como empleado del Servicio de Impuestos del Estado se vuelve insuficiente, y entonces pide un traslado a alguna ciudad más llevadera. A ver si ahora, con menos estímulos sociales, logra domesticar a Teresa. El destino es Iquique, mil ochocientos kilómetros al norte de la capital. A mediados de 1912 viajan con Elisa y la criada Rosa Montes, la mama Rosa. Y tal como lo fue en Santiago –tal como lo será en todas partes– la mujer es la estrella de las tertulias y las reuniones sociales iquiqueñas. El 2 de noviembre de 1913 nace la segunda hija del matrimonio: Sylvia. Pero eso no altera la rutina de la escritora que, a los diecinueve años, cree haber encontrado un equilibrio perfecto: “Vivíamos en un hotel de mala muerte, pero el mejor del puerto, rodeados de toda clase de hombres extranjeros y chilenos, comerciantes, médicos, periodistas, literatos, poetas, etc. Una vie de bohème, más o menos. La noche era para charlar, el día para dormir, la tarde para escribir”, anotará en sus diarios. “Yo era la única de sexo femenino en aquellas reuniones [...], abusaba del licor, de los cigarrillos, del éter [...] Me gastaba ideas anarquistas y hablaba con el mayor desparpajo de la religión –en contra– y participaba de las ideas de la masonería.”

Esa satisfacción, sin embargo, es una cuenta regresiva. Gustavo también participa en política y se adhiere a la campaña senatorial de Arturo Alessandri Palma, futuro presidente del país. Y, contra toda lógica, invita a su primo a trabajar por el candidato en la zona. Vicente Balmaceda Zañartu atraca en Iquique con la comitiva alessandrista el 28 de febrero de 1915. Teresa lo ve radiante: entonces empieza el romance. Gustavo no tiene cómo saber lo que ocurre entre su primo y su esposa, pero sospecha. Y en mayo de ese mismo año envía a Teresa con sus hijas y la mama Rosa a Santiago. Piensa que el desenlace está cerca; solo le falta el remate. Deja pasar unos meses, vuelve a la capital y así lo hace: “Entró al escritorio y encendió la luz. Destacóse ante sus ojos la caja de fierro que tantos días atrás había observado con la misma angustia del que está frente a su tumba [...] Lo que estaba haciendo era, sin duda, una violación, y eso era horrible, indigno [...] ¿Violación? Y lo que había allí dentro, ¿qué era entonces?” Lo que hay allí dentro son las cartas entre su primo y su mujer: “mi Jean”, “mi amor”, “mi Tejita”. Lo que hay allí dentro es la prueba que necesita el hombre rabioso, caliente, deshonrado para convocar de urgencia al tribunal familiar y encerrar a la esposa adúltera.

El lunes 18 de octubre de 1915 Teresa Wilms ingresa al convento de la Preciosa Sangre, ubicado en el aristocrático barrio Brasil de Santiago. El recinto cuenta con una sección para mujeres locas y otra para recluidas por castigos morales. Teresa habría preferido estar loca, pero a sus veintidós años está más cuerda que nunca. A veces recibe las visitas de algún pariente lejano o de sus amigos Paul Garnery, Sara Hübner o Vicente Huidobro. Durante los primeros meses de reclusión intenta gestionar el divorcio, ver a sus hijas que ahora viven con los abuelos Balmaceda y la mama Rosa, hablar con sus padres o sus hermanas, suicidarse con morfina. Todo fallido. Solo logra escribir hasta el desgarro. Los diarios de esta etapa están dedicados casi por completo, con apodos y licencias poéticas, a Vicente Balmaceda Zañartu: “Tengo miedo, Jean, que esta nueva felicidad sea también muy corta”, escribe al inicio. Y al final: “Toda el alma, toda, toda te entrega en un beso tu quiltrilla huacha.” Pero deja ver que el amante no es tan distinto al marido. Que el amante tampoco tolera sus lirismos. Ella trata de no tomárselo en serio. Le dice: “Creo, Vichito mío, que si no fuera por mis rarezas, tú no te habrías enamorado de mí.” Y luego: “La Thérèse será Tejita hasta que se muera y tú serás un Tejo leso si no me quieres así.”

Está claro que Balmaceda Zañartu, Tejo leso, no la quiere así. Y Tejita finalmente renuncia. “Mi cerebro antes inagotable de ideas salvadoras, hoy se niega a discurrir; parece un cerebro ebrio, dormido, enfermo”, deja registrado en sus cuadernos del convento. Al octavo mes de reclusión acepta una idea de Vicente Huidobro –que adora sus lirismos– y huye del convento disfrazada de viuda. En junio de 1916 toman el tren en la estación Mapocho y desembarcan en Retiro, Buenos Aires. El poeta dictará una charla en el Ateneo Hispano el primero de julio, y en agosto regresará a Chile para embarcarse hacia Europa con su esposa, Manuela Portales Bello. Teresa, en cambio, nunca más pisará tierra chilena. La última mención que hace Gustavo Balmaceda de su mujer en Desde lo alto alude precisamente a este acontecimiento: “Su primera salida fue para escapar al extranjero. Un pobre diablo de poeta que debió encontrar en el camino de su desesperada fuga, quedó prendido entre sus redes y abandonó también su hogar, donde gemía una madre y una santa esposa.”

Si antes fue un convento en Santiago, ahora será el Plaza Hotel en Buenos Aires. Si antes fue cien veces obedecer, ahora serán tertulias en el café Tortoni, libros en El Ateneo, ópera en el Teatro Colón. “Soy Teresa Wilms Montt, y no soy apta para señoritas”, ha escrito en algún momento y ahora está decidida a romper con todas las amarras. Camina por calle Florida, con su sombrerito y su bastón de caña, hasta el edificio de la revista Nosotros, donde escriben Huidobro, Unamuno, Azorín, Valle-Inclán y otros consagrados. A la semana siguiente ya es colaboradora remunerada de Nosotros, y hace amistad con intelectuales y artistas, y da clases de idiomas, y canta arias de Puccini y recita sus poemas, y ahora más que nunca la noche es para charlar, el día para dormir, la tarde para escribir.

El debut literario de Wilms Montt ocurre en otoño de 1917 y se llama Inquietudes sentimentales. Muy pronto, en primavera, aparece Los tres cantos. La autora, que ha firmado estos dos libros de prosa poética como Thérèse Wilms Montt, ve cómo las ediciones se agotan de inmediato y la crítica aplaude: “Prosa armónica, rotunda, sonora, coloreada, de bien cortados períodos”, “mezcla de erotismo y espiritualismo”, “muestra de temperamento excepcional”. Uno de sus lectores y admiradores más apasionados será Horacio Ramos Mejía, poeta argentino de veinte años, hijo de familia aristocrática, ultrasensible. El muchacho muere por esta chilena que rehúsa el compromiso. Que lo aprecia, sí, pero solo como amante. Que rechaza sus sueños de matrimonio, de hacer una familia con ella. Que le pide que la entienda, por favor, que tiene un pasado deshonroso. Que las hijas, que la edad, que imposible. Que lo apoda Anuarí. Mi Anuarí, mi adorado Anuarí, pero sin compromisos. El enamorado no entiende las razones de Wilms Montt, el rechazo. Y al mediodía del 26 de agosto de 1917, frente a Teresa, se corta las venas. Muere literalmente por ella, que no puede hacer nada, que lo ve morir en sus brazos, desangrado.

No son días los que siguen a la muerte del amante. Son, para Wilms Montt, manchones de invierno en el Cementerio de la Recoleta. Son pasar las horas entre lápidas y escritura: “De la vida a tu tumba, de tu tumba a la vida, ese es mi destino.” Son páginas borroneadas que luego cuajarán como ofrendas. Son, por ahora, frustrar un segundo intento de suicidio, huir del luto, abandonar Argentina y partir a Europa. “Mi destino es errar”, escribe por esos días. A comienzos de 1918 se instala en una pensión madrileña. En la mesa de noche guarda una foto de sus hijas Elisa y Sylvia, como un amuleto. De a poco, con otros aires, la noche vuelve a ser para charlar, el día para dormir, la tarde para escribir. Entre tertulias y cafés literarios, se reencuentra con Vicente Huidobro y hace amistad con escritores, dramaturgos y pintores españoles. Entre los más cercanos están Ramón Gómez de la Serna, Jacinto Benavente y Ramón del Valle-Inclán. En mayo de 1918 publica En la quietud del mármol, su tercer libro, con un prólogo de Enrique Gómez Carrillo. Y pocos meses más tarde viene Anuarí, prologado por Valle-Inclán, quien se pregunta “de qué mundo remoto nos llega esta voz extraña, cargada de siglos y de juventud”.

Esta voz extraña de Wilms Montt llega, quizá, del mundo remoto del amante inmolado. Con él habla en estas páginas: “Viniste a mí; yo no te esperaba”, dice. Y luego: “Insulto al miserable destino que ha arrancado todos mis amores en capullo.” Y al final: “Soy una niña vieja, Anuarí.” Y la herida, esa al menos, se va cerrando. A pesar del luto, a pesar del tormento de no ver a sus hijas, a pesar de los recuerdos del claustro, de la indiferencia de sus padres, de la hondura de sus escritos, es posible que estos sean los mejores años de la escritora. Los más libres al menos.

En 1919 Wilms Montt vuelve a Argentina para publicar su quinto y último libro, Cuentos para los hombres que son todavía niños. Es un volumen de relatos que firma como Teresa de la †, quizás haciéndose cargo de una cruz imaginaria. Una rúbrica que será también su último seudónimo. La obra recibe buenas críticas y Teresa tiene la posibilidad de quedarse en Buenos Aires. Pero la ausencia de Anuarí le pesa demasiado y regresa a Madrid. Y algo cambia su rutina de golpe: Rosa Montes, la criada de Iquique, le hace saber que José Ramón Balmaceda, para quien aún trabaja, asumirá una misión diplomática y se trasladará a Francia con toda la familia. Y toda la familia para Teresa tiene dos nombres: Elisa y Sylvia, sus hijas. Sin dudarlo, arma el baúl y toma el tren a París.

Antes de la llegada de las niñas, establece vínculos con André Breton, Paul Éluard, Max Ernst. Ella sigue el pulso de la noche parisina, pero su cabeza está anclada en la reunión con sus hijas. Han pasado cinco años desde el último encuentro. Después de varias gestiones diplomáticas, las visitas son oficializadas y Teresa puede ver a sus hijas jueves y do- mingos. Las recibe en su pequeño departamento de la avenida Montaigne, en el barrio de Champs-Élysées. Wilms Montt, que se ha teñido el pelo de negro y se siente vieja a los veintisiete años, hace planes. Confía en que saldrá el divorcio y se irá con las niñas y la mama Rosa a Suiza, a empezar de nuevo. Por momentos piensa que esto es el cielo. Vive todo ese año dedicada a Elisa y Sylvia. Las llena de regalos: desde flores y muñecas hasta una tortuga, que las niñas bautizan Teresina. Pero esto no es el cielo; nunca lo fue.

En octubre de 1921 la familia Balmaceda regresa a Chile y Teresa pierde a sus hijas, por segunda vez y para siempre. Aunque tiene algunos proyectos, como reeditar la revista La Guirlande bajo su dirección y publicar en francés, todo ahora le parece vacío. En noviembre apenas tiene ánimo para escribir en su diario: “Quiero reposar en la tierra solamente envuelta en una sábana o si es posible en un pedazo de tierra de la fosa común.” En diciembre deja de escribir, se borra. Fuma como bestia, consume opio, morfina y otros sedantes para disfrazar la tristeza, no sale de la cama, se enclaustra en la avenida Montaigne. “En la cabeza de la Nada se ha suicidado una idea”, ha escrito alguna vez. “Solo existe una verdad tan grande como el sol: la muerte”, insiste. “Así desearía yo morir, como la luz de la lámpara sobre las cosas, esparcida en sombras suaves y temblorosas”, remata. Y el jueves 21 de diciembre de 1921 lo hace: se apaga sola, gota a gota, mientras el narcótico fluye suave y tembloroso por su sangre. La portera del edificio la encuentra al otro día en la cama, inconsciente, y la lleva de urgencia al hospital Laennec de la calle Sèvres. Dos días agoniza en la sala 18 del sanatorio, hasta que el sábado 24 de diciembre deja de respirar.

Se acaban Tejita, Thérèse, Teresa de la †, Teresa Wilms Montt.

Hoy su estado anímico acaso tendría un nombre: depresión. Y, en vez de los sedantes tomados sin control médico, es probable que consumiera Rivotril, Diazepam, Fluoxetina. Pero, aunque la escritora parece haber vivido adelantada a su tiempo, no pudo escapar de la época que le correspondió. Contra ella, contra esa realidad opresora, dio una batalla que se expresó con la intensidad de una mente ebria y una agitadísima sangre en las páginas que dejó escritas. ~


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