Sigue siendo el “fin de la Historia”, estúpido | Letras Libres
artículo no publicado

Sigue siendo el “fin de la Historia”, estúpido

Francis Fukuyama

Identidad. La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento

Traducción de Antonio García Maldonado

Barcelona, Deusto, 2019, 208 pp.

Resulta complicado encontrar una entrevista en la que Francis Fukuyama (Chicago, 1952) no tenga que responder a la pregunta por la validez de su célebre tesis sobre el “fin de la Historia”. Publicada originalmente en la revista The National Interest en el verano de 1989, la tesis de Fukuyama servía para diagnosticar que la prolongada crisis sistémica de la URSS no solo anunciaba el final de la Guerra Fría, sino algo de mayor calado filosófico: “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como la forma final de gobierno humano”.

Ciertamente, la caída del Muro de Berlín en el otoño del 89, con la consiguiente desintegración del mundo soviético, otorgó al ensayo de Fukuyama un aire profético que ha acompañado al autor hasta nuestros días. ¡Por fin un teórico político daba en el clavo! Este éxito de Fukuyama ha hecho que cada nuevo suceso político del mundo posterior a la Guerra Fría haya sido utilizado por periodistas y académicos para poner a prueba la convicción del famoso profesor de Stanford, frente a lo cual Fukuyama sigue defendiendo, a capa y espada, la validez de su tesis. Entre otras cosas porque, como ya advirtió en el ensayo, la celebrada victoria del liberalismo pertenece, todavía, al plano de las ideas, mientras que su completa realización en el mundo material se aplaza sine die.

El comentario sobre el “fin de la Historia” puede parecer redundante al lector de esta reseña. Pero quien se haya sumergido en la lectura del último libro de Fukuyama, Identidad. La demanda de dignidad y las políticas de resentimiento, publicado por Deusto, con una elegante traducción de Antonio García Maldonado, habrá caído en la cuenta de que las primeras páginas constituyen una reivindicación de aquella tesis. Una reivindicación que funciona como preludio a su reflexión sobre la irrupción de las políticas de la identidad. En “¿El fin de la Historia?” Francis Fukuyama señalaba, haciendo suyo un argumento de impronta hegeliana, que uno de los motores que permitía a la historia desplegar su racionalidad interna, con la democracia liberal como destino final, era la “lucha por el reconocimiento”. No en vano Fukuyama señala la transición de la “megalotimia” a la “isotimia” –es decir, el desplazamiento de “sociedades que solo reconocían a una élite reducida” hacia “otras que reconocían a todos como inherentemente iguales”– como la clave filosófica que permite entender el surgimiento del mundo moderno.

De hecho, en opinión de Fukuyama, tanto la Primavera Árabe como la Revolución de los Colores, en Georgia y Ucrania, pueden entenderse como movimientos que se inscriben en la lógica de la lucha por el reconocimiento de la dignidad humana que vio florecer en la caída del comunismo. En Identidad, el deseo básico por ser reconocido y respetado, que funcionaba como el núcleo filosófico de la tesis del “fin de la Historia”, aparece como el punto de partida para entender el problema actual que Fukuyama quiere atender: la deriva identitaria que amenaza la viabilidad de las democracias liberales occidentales.

Francis Fukuyama no esconde que el fenómeno que lo empujó a escribir Identidad fue la victoria electoral de Donald Trump en 2016. Sobre todo porque interpreta el fenómeno Trump como la mejor expresión de las llamadas “políticas del resentimiento”, entendidas como aquellas capaces de movilizar al electorado prometiendo el reconocimiento de grupos cuya dignidad se considera que ha sido ofendida, desprestigiada o ignorada. Pero, a pesar de que Trump es el fenómeno político que preocupa a Fukuyama e inspira su reflexión, su alerta también se extiende a las prácticas políticas de la izquierda.

Para el autor, las políticas del resentimiento, tanto de izquierda como de derecha, son las dos caras de una misma moneda: una praxis orientada a activar una dinámica victimista que legitima las reclamaciones de identidades grupales, haciéndolas cada vez más estrechas y autorreferenciales. Estos reclamos están enraizados en valores étnicos, religiosos, históricos o sexuales que comparecen ante la sociedad como innegociables. Y que, por tanto, amenazan con quebrar los cimientos liberales de las democracias occidentales por su pretendido carácter inconmensurable. Lo interesante en la explicación de Fukuyama es que las políticas de la identidad no constituyen un capítulo ajeno a la lógica de la modernización occidental. Muy al contrario, según el autor, el auge del identitarismo se explica como el desbordamiento del núcleo moral y filosófico de la democracia liberal: el principio de la lucha por el reconocimiento de nuestra dignidad.

En todo caso, para Fukuyama la solución a la deriva identitaria que generan las políticas del resentimiento no es abandonar la idea misma de identidad, sino limitar el efecto corrosivo que tiene para las democracias liberales el tipo de compresión de la identidad que carga sobre la sociedad la necesidad de adaptarse a cada individuo reconociendo su singularidad. Dicho de otro modo, el objetivo tendría que ser neutralizar la idea en virtud de la cual “no es el ser interior el que debe ajustarse a las reglas de la sociedad, sino que es la sociedad la que debe cambiar”. Esto último hace que para muchos ciudadanos no sea suficiente el reconocimiento como ciudadanos libres e iguales de una comunidad política, y exigen, en definitiva, convertir la tarea de definición del yo en una empresa pública y colectiva, luego política, en vez de privada.

¿Cómo frenar la fuerza disgregadora de las políticas de la identidad? ¿Cómo poner fin a la lógica identitaria que tiende a dividir a las sociedades en grupos de referencia cada vez más pequeños? Fukuyama no ofrece recetas mágicas ni originales. Recogiendo el pensamiento que va de Tocqueville a Huntington, propone reforzar una cultura cívica compartida que funcione como cemento cohesionador de las comunidades nacionales. Dicho con sus palabras, “la solución pasa por definir identidades nacionales más amplias e integradoras que tengan en cuenta la diversidad de facto de las sociedades democráticas liberales”. Es decir, pasa por volver al carril de la modernización que debe llevar al mundo al “fin de la Historia”. ~


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