Secretos de familia y amores imposibles | Letras Libres
artículo no publicado

Secretos de familia y amores imposibles

Llucia Ramis

Las posesiones

Barcelona, Libros del Asteroide, 2018, 262 pp.

A lo que en Cataluña se llama masía, en Euskadi caserío y en Andalucía cortijo, se llama possesió en Mallorca. De ahí el título de la cuarta novela de Llucia Ramis (Palma de Mallorca, 1977), Las posesiones, cuya versión en catalán obtuvo el premio de novela en catalán de Anagrama, un libro en el que los lugares y las casas son importantes no tanto en sí mismos como por lo que significan para algunos de los personajes. Para la narradora, trasunto de la escritora, por ejemplo, la casa de sus abuelos encierra su infancia y su paraíso perdido; para su padre, otra posesión en la que nunca vivió será el desencadenante de su alteración mental.

Las posesiones es una novela ambiciosa en cuanto a los temas que abarca: están las relaciones familiares y amorosas, los secretos, la memoria íntima y cómo construimos quiénes somos, pero también la inestabilidad laboral de los que empezaron siendo “hijos de la Transición” para descubrirse “hijos de la corrupción”, la pasión por el periodismo y las vicisitudes del oficio, la literatura, internet y las redes sociales. Es una novela abarcadora pero no abrumadora: todo eso está en el cerebro de la narradora en un contínuum, como si Ramis estuviera diciendo que nadie es una sola cosa sino la suma de muchas. El logro está en la voz, reconocible en otros libros de la escritora y periodista mallorquina, sobre todo en el anterior, Todo lo que una tarde murió con las bicicletas (Libros del Asteroide, 2013). Es esa voz la que permite los saltos temporales que van de su adolescencia hasta el presente, con alguna estampa de la infancia.

La novela, situada en 2007, justo antes de que todo estallara, se abre en 1993 con una estampa familiar perturbada por la noticia que da la televisión: en Madrid un hombre ha matado a su mujer y a su hijo y después se ha suicidado. Ese hombre era el exsocio del abuelo de la narradora. Como en El adversario, de Carrère, cuya sombra planea por esta novela, el asesino lo ha hecho para encubrir una vergüenza: en este caso, la estafa y la malversación. El libro está dividido en tres partes. La primera está centrada en el padre de la narradora, que está pasando una mala racha y tiene tan preocupada a su hija que viaja a Mallorca desde Barcelona para comprobar que todo está bien. En la segunda parte se desarrolla la historia del abuelo y del socio. La sombra del delito persiguió durante años al abuelo belga de la narradora –al que los lectores de Ramis recordarán de su anterior novela–: ¿cómo es posible que él, que era el presidente de la empresa, no supiera nada de los chanchullos de su socio? Pero al mismo tiempo ¿cómo es posible que su abuelo, el padre de su madre, malversara? En la tercera se dispara la acción a través de la aparición de un anónimo que envía correos electrónicos a la narradora y le recuerda el secreto que oculta su familia: ella decide investigar y hacer algo así como un retrato del chico asesinado por el socio de su abuelo, que tenía su edad. Hay un añadido a modo de epílogo, “El olvido”, donde cierra algunas de las tramas, pero sobre todo explica la necesidad de saber qué fue de lo que fue nuestro. Además, hay dos temas que atraviesan toda la novela: el amor y el periodismo (a veces, la escritura). La narradora habla de dos amores con dos periodistas: uno mayor, consagrado y al que admira, uno joven, compañero suyo de periódico, con el que vive. El primero es una aventura apasionada condenada al fracaso, el segundo la salva del primero y pretende ser un amor calmado, basado en la complicidad. Quizá sea el periodismo, esa curiosidad por todo, lo que sirve de argamasa en esta novela en la que pasan tantas cosas y en la que también se piensa sobre el mundo de hoy. Ramis, como buena periodista, tiene un talento especial para dar con algunos de los temas que importan y nos definen. Cuando escribe una carta imaginaria en respuesta a quienes mandan mensajes a escritores y dice: “[...] creen merecer más de lo que tienen, se convencen de que tampoco piden tanto, cuando en realidad lo quieren todo menos problemas. Y si no lo consiguen, la culpa es siempre de los demás: banderas, políticos, el heteropatriarcado, el capitalismo, el pasado, el sistema. Hay que posicionarse, luchar por la libertad, sea cual sea. Pero sin cansarse. Somos testigos del fin del mundo sin darnos cuenta”. Está hablando de su generación. ~


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