Sara Mesa: Celos, perros y el monte que los mira | Letras Libres
artículo no publicado

Sara Mesa: Celos, perros y el monte que los mira

Es una novela compleja y complicada de definir: a ratos el clima recuerda a Dogville, de Lars von Trier; la presencia de los perros que ladran cada noche hace pensar en Desgracia, de Coetzee, y cuando se desmelena un poco se parece al thriller Elle de Paul Verhoeven.

Sara Mesa

Un amor

Barcelona, Anagrama, 2020, 192 pp.

Nat, la protagonista de Un amor, ha dejado atrás su vida urbana y se ha trasladado a un pueblo, La Escapa, porque vivir allí es más barato. La casa está sucia, un grifo pierde agua, hay mosquitos y es pequeña. El casero, por supuesto, es zafio, y a Nat le da un poco de miedo. Aun así, Nat trata de centrarse en el nuevo trabajo que ha conseguido, traductora literaria, y encontrar lo que sea que ha ido a buscar allí: una especie de reencuentro consigo misma. Un amor es la novela más reciente de Sara Mesa (Madrid, 1976). Y como en la anterior, Cara de pan, la escritora explora los prejuicios y juega con las expectativas que genera en el lector sobre la historia que va construyendo.

Nat es una extraña en el pueblo al que llega, presidido por el omnipresente monte de El Glauco. Se pelea con las palabras de su traducción, una obra de teatro de una escritora que cambió su lengua materna por el francés (¿Agota Kristof?). La traducción sirve como pretexto, deliberadamente desaprovechado, para hablar de la importancia de la precisión en las palabras para nombrar las cosas. Pero ese asunto aparece de manera fugaz, porque Nat abandona la traducción, o al menos la aparta. Al mismo tiempo, la protagonista se afana en adecentar la casa y el terreno que la rodea, va a la tienda y a veces al bar del Gordo, pero solo cuando lo hace en compañía de Píter, su vecino, al que conocen en el pueblo como el hippie. Adopta un perro, Sieso, que le cede su casero, con quien la relación es cada vez más tirante. Lo que empieza como el relato de un nuevo comienzo en el mundo rural va basculando hacia una atmósfera cada vez más desasosegante en la que parece que algo malo va a ocurrirle a Nat. Esa sensación crece cuando descubre las palabras que alguien ha pintado en una casa abandonada. Píter le cuenta que ahí vivía una pareja de hermanos, de quienes se decía que mantenían una relación incestuosa, y la casa fue desvalijada por la gente del pueblo. Puede ser el vecino, tan majo y servil y condescendiente y voluntarioso hasta la incomodidad. O ese casero brusco que la intimida y le ha ocultado algunos desperfectos de la casa. O el Gordo. O Joaquín, el anciano cuya mujer requiere cuidados constantes. O el alemán, que no es alemán pero da igual porque en el pueblo es el alemán. O el gitano. U otro vecino, que acude los fines de semana con su mujer y sus dos hijos y hace fiestas para celebrar la llegada del otoño.

La novela juega a crear un clima inhóspito hacia Nat, pero que quizá está solo en la imaginación de Nat. La historia está contada desde su punto de vista, el de una mujer que percibe el mundo con suspicacia y cierta desconfianza, tiende a sospechar y a sentirse amenazada. Por ejemplo, en su anterior trabajo, Nat cometió un error, que le fue perdonado, pero ella creyó que eso la dejaba en una situación de vulnerabilidad permanente y se fue. Una tormenta de verano descubre algo más que goteras: varias tejas están rotas y la reparación no es cosa fácil. Es ese incidente el que propiciará un punto de inflexión en la estancia de Nat en el pueblo: el alemán puede arreglarlo, sabe cómo hacerlo, pero ella no sabe si se lo puede permitir. Él le ofrece con pulcritud y, casi asepsia, un trueque peculiar.

El libro tiene tres partes, y en la central sucede la historia de amor a la que alude el título. Antes y después está Nat sola, tratando de buscarse sin saber que tiene que hacerlo. En Un amor hay muchos fantasmas: del pasado que vuelven, con mayor o menor acierto narrativo; o interiores, como los celos, de los que se hace aquí un retrato certero. Hay violencia, hay tragedia, hay repudio y hay una invitación, como sucedía en Cara de pan, a abandonar los prejuicios y a prestar atención a las cosas antes de juzgarlas. Hay también una voluntad de señalar los vicios de la tribu, que refuerza su sentimiento de pertenencia señalando enemigos comunes ajenos a ella. Todo eso está, y también se adivina la voluntad de comprender cómo funciona una mente que se deja llevar por la paranoia.

Es una novela compleja y complicada de definir: a ratos el clima recuerda a Dogville, de Lars von Trier; la presencia de los perros que ladran cada noche hace pensar en Desgracia, de Coetzee, y cuando se desmelena un poco se parece al thriller Elle de Paul Verhoeven. También pueden verse paralelismos con dos libros de Annie Ernaux, Pura pasión y La ocupación (el primero es el relato de un deseo; el segundo, de los celos). Tiene elementos que la hacen cinematográfica por la potencia de las imágenes: el paisaje, la descripción de los espacios o la tensión que se palpa.

Subyace también una reflexión, o un cuestionamiento, sobre el papel que desempeña el poder en las relaciones y en el deseo. La duda que queda en el ambiente una vez terminado el libro es si, aun sin verse las costuras, el resultado no es demasiado cerebral. A esa sensación contribuye que quizás algunas cosas suceden de manera demasiado abrupta y eso no siempre funciona. Pero quizás en realidad la estructura de la novela sea un reflejo de lo que descubre la protagonista al final, en la cima de El Glauco: “Comprende que no se llega al blanco apuntando, sino descuidadamente, mediante oscilaciones y rodeos, casi por casualidad. Ve con claridad que todo conducía a ese momento. Incluso lo que parecía no conducir a ninguna parte.” ~