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artículo no publicado

Río arriba

José Andrés Rojo

Camino a Trinidad

Valencia, Pre-textos, 2016, 212 pp.

Camino a Trinidad, la primera obra de ficción de José Andrés Rojo (La Paz, Bolivia, 1958), periodista de El País y autor de la biografía de su abuelo el general republicano Vicente Rojo, es una novela sobre la memoria, la utopía y el paso del tiempo. Por una parte es un relato de iniciación; por otra tiene algo de búsqueda o casi de rescate.

El narrador, que abandonó Bolivia en 1971, recuerda su primer regreso, en 1977, durante la dictadura de Hugo Banzer, y un viaje que hizo por un río amazónico junto a un amigo que desaparecería poco después en circunstancias nunca totalmente aclaradas. Estaban decididos a “vivir peligrosamente” y a ayudar a derribar la dictadura. Treinta años después vuelve e intenta comprender qué pensaban entonces: quizá sea una forma de saber quiénes eran y qué queda de ellos. La mirada lejana y discontinua del narrador hace que no siga con precisión la evolución de sus viejos amigos: existen en recuerdos, congelados en momentos, “en una especie de presente eterno”, en rumores y fragmentos algo enigmáticos. “Ahora que volvía a Bolivia, me había propuesto reconstruir lo que le había pasado antes de que un buen día se perdiera y ya nunca más se supiera de él. Pero dudaba al mismo tiempo del sentido de semejante tarea: ¿para qué remover los recuerdos a estas alturas, para qué tocar ese dolor que quizá se hubiera ido diluyendo con el tiempo, para qué despertarlo?”

Camino a Trinidad trata sobre nuestra relación con las ideas y sobre sus efectos en nuestra experiencia concreta. En algunos momentos su atmósfera recuerda a narraciones de Vargas Llosa, de Conrad o de Naipaul: tiene algo de relato de aventuras y de encuentro entre varios libros. Uno de ellos es Los condenados de la tierra, donde Frantz Fanon defendía la violencia, criticaba el colonialismo y la influencia de una Europa decadente. “Toda esa retórica me iba inflamando mientras nos deslizábamos por el río”, dice el narrador. La trayectoria de Fanon y de las guerrillas que siguen las instrucciones de Régis Debray muestran el componente occidental de esa ideología antioccidental.

Otra referencia decisiva es Nietzsche. Rojo utiliza episodios de la vida del filósofo alemán a manera de contrapunto y uno de los epígrafes de la novela es una cita de Robert Musil: “El destino: que Nietzsche cayera por primera vez en mis manos a los dieciocho años.” En el viaje por el río el narrador lee Así habló Zaratustra, que encontró entre los libros de su tío Pepe, uno de los personajes más inolvidables de la novela: un periodista que se levanta a las cinco de la mañana para leer antes de ir a trabajar, que critica duramente en un medio de provincias las políticas de George Kennan por considerarlas complacientes con el comunismo (y que no goza de mucho respeto entre los suyos: la familia compra el periódico de la competencia). También es importante la obra de Rodríguez Ostria, que reconstruye la historia de la guerrilla de Teoponte, una expedición fracasada de 1970 donde 67 milicianos con poca experiencia, mal armados e inspirados por el ejemplo del Che Guevara fueron derrotados por más de mil soldados bien entrenados y armados.

Camino a Trinidad tiene un aire periférico, donde acontecimientos aparentemente marginales iluminan cuestiones más amplias. Es un libro lleno de viajes en el que los personajes, que a menudo han nacido demasiado tarde, aparecen siempre un tanto desubicados: están los desplazamientos de Nietzsche, pero también los del narrador y de sus conocidos, los que huyen del gobierno, los que viajan al extranjero a estudiar, la búsqueda de una pistola o del hijo desaparecido, o los traslados forzosos de la familia del narrador provocados por las tensiones nacionalistas y racistas entre Bolivia, Perú y Chile. Se superponen las historias y los planos temporales: al reconstruir la historia de su juventud, el narrador también encuentra la de su propia familia.

El narrador cita una frase de Nietzsche: “lo poco constituye la especie de la mejor felicidad”. Añade: “Cuando se sabe que no hay remedio para algunas cosas, entonces quizá se entiende que todo es provisional. Estar ahí, en un punto, tener unos afectos, y al mismo tiempo no librarse de esa impresión de que todas las posibilidades están abiertas: se trata simplemente de alargar la mano y coger lo que quieras. Pasa un tiempo, y eso se transforma y cambia drásticamente. Ya no hay nada que pueda tomarse alegremente, alguien ha roto la conexión con el mundo.” Aunque es una obra reflexiva, Camino a Trinidad no cae en la indulgencia del autoexamen ni en la monserga: es sobria y pulcra, y son su inteligencia y contención las que la hacen emocionante. ~


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