Richard Holbrooke según George Packer: Casi un gran hombre | Letras Libres
artículo no publicado

Richard Holbrooke según George Packer: Casi un gran hombre

George Packer

Nuestro hombre: Richard Holbrooke y el fin del siglo americano

Traducción de Inga Pellisa y Miguel Marqués

Barcelona, Debate, 2020, 664 pp.

Tras el éxito de El desmoronamiento. Treinta años de declive americano (2013), el ensayista y novelista George Packer regresa con una imponente biografía de Richard Holbrooke, uno de los diplomáticos más influyentes de la historia reciente de Estados Unidos. A lo largo de más de seiscientas páginas, Packer traza el retrato en movimiento de un hombre singular, y guía al lector en un viaje fascinante por cincuenta años de diplomacia americana (1960-2010). Packer despliega un gran talento narrativo para articular una obra que funciona al tiempo como una semblanza personal –que se adentra en los rincones íntimos de un hombre ambicioso y excesivo–, una disección del poder político y una detallada crónica de los conflictos diplomáticos que marcaron a varias generaciones.

Nacido en Nueva York, hijo de refugiados judíos, Richard Charles Albert Holbrooke aspiró desde muy joven a adquirir notoriedad y a consolidarse en el establishment WASP. No obstante, su historia no es la de un héroe, sino la de un hombre que casi llegó a serlo. En palabras de Packer, Holbrooke fue “casi un gran hombre”: nunca alcanzó el puesto de secretario de Estado –máximo responsable de la política exterior– que anheló desde que ingresó en el servicio exterior con poco más de veinte años. La tesis de Packer es que Holbrooke fue víctima de su difícil personalidad, la misma que, por otra parte, lo dotó del arrojo y ambición que le hicieron llegar hasta donde llegó.

Packer mantuvo una relación cercana con Holbrooke hasta su fallecimiento en 2010, cuando este trabajaba a las órdenes de la secretaria de Estado Hillary Clinton, como representante para Afganistán y Pakistán, y ha tenido acceso a los diarios íntimos y correspondencia personal de Holbrooke, así como a centenares de entrevistas concedidas a lo largo de varias décadas. Sin embargo, su cercanía con Holbrooke no le impide ofrecer un retrato honesto y descarnado ni convertirlo en el epítome de la hegemonía decadente de su país: “No fue una edad de oro, pues se cometieron estupideces y se hicieron cosas mal, pero la echo de menos: lo mejor de nosotros fue inseparable de lo peor.” El lector advierte pronto que Packer no aspira a la neutralidad: añora la época que ha quedado atrás, y el libro desprende ese aroma anglonacionalista, tibio y nostálgico, que ya es una seña inequívoca de nuestro tiempo. Packer entona un canto insigne para despedir (y redimir) una era y a sus protagonistas.

La estructura de Nuestro hombre sigue la trayectoria profesional de Holbrooke: Vietnam, Bosnia, Afganistán. Es de agradecer que al comienzo de cada apartado el autor ofrezca una introducción histórica, precisa y clarificadora, de cada conflicto. Y no es casualidad que en todos ellos, pese a sus evidentes diferencias, esté presente el mismo dilema moral: el interés nacional frente a los derechos humanos; una dicotomía, todavía irresuelta, que inquietó a Holbrooke. La obra comienza con su llegada como oficial del servicio exterior a Saigón en 1963 y concluye con su súbita muerte en 2010 en un hospital de Washington D. C. Entre Vietnam y Afganistán hallamos la cima de su éxito diplomático: los acuerdos de Dayton de 1995, que orientaron el fin de la guerra de Bosnia, y en los que Holbrooke tuvo gran protagonismo. Packer ve en su mediación en los Balcanes su mayor momento de gloria. A su juicio, Estados Unidos interviene, ante el silencio de Europa, para ejercer un liderazgo que algunos consideraban perdido. Corrían los años noventa, momento en que Holbrooke y Estados Unidos tocaron techo antes de empezar a decaer.

Algunas de las páginas más fascinantes del libro son las que diseccionan la personalidad de Holbrooke, sus conflictos como amante, como marido –se casó tres veces– y como padre. Una vez más, en su temperamento encontramos la causa tanto de sus éxitos como de sus frustraciones, y Packer retrata inmisericordemente esta personalidad, enfatizando su voracidad política, sexual y hasta gastronómica. Fue un padre ausente y un marido desatento, incluso para los estándares de su época. Muchos de sus amigos y compañeros se distanciaron de él, tal es el caso de Anthony Lake –a quien conoció en Vietnam y fue después asesor de seguridad nacional– o de Warren Christopher, secretario de Estado con Bill Clinton. Holbrooke nunca fue capaz de mantener una relación de amistad desinteresada y, sin embargo, su funeral congregó a miles de personas.

Nuestro hombre debe leerse como una novela: sin miedo y dejándose guiar por la embaucadora prosa de Packer a través las complejas guerras de poder estadounidense y los rincones más personales de un hombre perturbador. Es una precisa disección de la ambición política, pero también el testimonio vivo de cómo la autoestima de una nación se erosiona lentamente al sentirse cada vez más prescindible. La historia de Holbrooke es una manera excelente de adentrarse en la enmarañada política exterior de Estados Unidos de las últimas décadas porque, como dice Packer, era “nuestro hombre”: todas sus contradicciones, su idealismo y egolatría, definían también a los Estados Unidos. ~


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