Rachel Cusk: Un espejo roto | Letras Libres
artículo no publicado

Rachel Cusk: Un espejo roto

"Despojos", el relato sobre el divorcio de Rachel Cusk, es un libro admirable, doloroso y sabio: una obra devastadora y estimulante, que muestra una imagen resquebrajada e insinúa una reconstrucción.

Rachel Cusk

Despojos. Sobre el matrimonio y la separación

Traducción de Catalina Martínez Muñoz

Barcelona, Libros del Asteroide, 2020, 172 pp.

Rachel Cusk (Toronto, 1967) ha escrito entre otras obras la trilogía formada por A contraluz, Tránsito y Prestigio. Tiene dos libros autobiográficos: A life’s work, sobre la maternidad, y Despojos, que se publicó en inglés en 2012 y trata de su divorcio. Es el relato de un exilio, de una especie de desubicación. La experiencia no solo es traumática por los aspectos previsibles y desagradables del odio entre quienes se quisieron –algo descrito con una combinación eficaz de distancia y elipsis–, por la zozobra emocional y por las reacciones de los demás, sino también por un extraño proceso de autoconocimiento donde lo que descubre de sí misma no es lo que le habría gustado encontrar. El impacto te arroja a una tierra de nadie, con la conciencia de que has causado daño a tu alrededor.

Cusk es a menudo implacable consigo misma, y adopta un estilo frío y analítico, tan ajeno a lo estridente y el narcisismo como a la autocomplacencia. Uno de los temas que articulan el libro es la tensión generada por las expectativas que creamos para nosotros mismos y los papeles que nos asignamos. En su pareja ella es quien trabaja; su marido se encarga de la crianza. “Una condición del acuerdo que me concedía la igualdad era que jamás invocase el primitivismo de la madre, su superioridad innata, el muñeco de vudú con el que se rompe el mecanismo de la igualdad de derechos”, escribe. También explica que “esta secta, la maternidad, no era un ambiente en el que yo pudiera vivir”. “El truco más viejo del libro sexista es la necesidad de la mujer de controlar a sus hijos. En el sentimentalismo y el narcisismo de la maternidad, yo percibía una amenaza a la objetividad que, como escritora, era tan importante para mí.” Pero esta decisión crea problemas dentro de la pareja (aparte de cuestiones de reparto de tareas domésticas: la parte más ingrata le sigue tocando a ella). Aunque ha sido él quien asumió ese papel, cuando se separan ella decide que quiere quedarse con la custodia: “Las niñas son mías”. Y tú te llamas feminista, le reprocha su marido, que considera que lo ha tratado “monstruosamente”.

“A veces hay en el feminismo tantas críticas a los modos de ser de las mujeres que se podría perdonar a quien piensa que una feminista es una mujer que odia a las mujeres, que las odia por ser tan ingenuas. Aunque, por otro lado, se supone que odia a los hombres”, escribe Cusk. El objeto principal de ambivalencia y crítica es ella misma: “Lo que viví como feminismo eran en realidad los valores masculinos que mis padres, entre otras personas, me legaron con buena intención: los valores travestidos de mi padre y los valores antifeministas de mi madre. Por tanto, no soy feminista. Soy una travestida que se odia a sí misma”, escribe. Su reacción la sorprende, como la contradicción de querer a sus hijas y hacerlas sufrir. También descubre que el puzle del matrimonio es frágil, “un espejismo, no una prisión”.

Utiliza varias veces el símil de la guerra: vuelve, como un soldado que regresa de un frente, de una experiencia que la ha silenciado. Se convierte en una exiliada de su vida. Hay un cierto desacompasamiento y reflexiones y comparaciones con amigos. “Una pareja que discute en público es como un cuerpo que se desangra, pero existen otras formas de morir que no se ven desde fuera”, escribe. “A la gente le horroriza el cáncer, tan invisible y silencioso, y la ruptura de algunas parejas que nunca se han mostrado hostilidad públicamente.” De una amiga cuenta: “Antes vivía en Londres con su marido, en una casa grande en la que organizaban cenas de las que uno salía herido, como si una cuchilla escondida le hubiera estado cortando la piel toda la velada sin que se diera cuenta”.

El mundo es más hostil y desapacible. “Tengo la sensación de que he saltado desde un sitio muy alto, pensando que podría volar, y después de girar unos instantes me he dado cuenta de que estoy cayendo”, escribe. Acude a una reunión familiar –dedica tiempo a hacer una tarta cuyo éxito o fracaso, reflexiona, cobra una importancia desmedida– y es la única sin pareja y la primera divorciada; los consejos que recibe son bienintencionados pero inútiles. Describe una gama desasosegante de sentimientos hacia sus hijas, entre los que está el temor a que algunas dificultades sociales –nimias pero crueles, y descritas con una gran habilidad– sean resultado del divorcio. Como en muchos relatos de la separación, aparece cierta inseguridad o sensación de inadecuación en la crianza: al dudar sobre si compra un regalo o no, al pensar que sus hijas llevan una especie de máscara, al buscar un dentista. Alquila una habitación de su casa a un tipo: empieza siendo una presencia incómoda y triste y acaba deslizándose hacia lo inquietante. Unas vacaciones en el campo se convierten en un breve infierno de timo y fealdad. Como en su trilogía, hay una combinación de ligereza, economía narrativa y perspicacia. A veces es muy incisiva y al mismo tiempo cuenta a menudo en escorzo. Lo hace desde el punto de vista que corresponde a la protagonista, pero también en la parte final, narrada desde una distancia un poco aturdida de una au pair que ve justo lo que no mostraba el resto del libro: el desmoronamiento del matrimonio, la crisis del personaje desde fuera.

El relato más íntimo narra las experiencias de la autora e incluye la extracción de una muela o la pérdida de apetito. La interpretación combina el enfoque individual con aspectos más amplios: el feminismo, la maternidad, la soledad, los modelos. La tragedia griega es una especie de contrapunto. Las relaciones de sus personajes, los crímenes familiares, el papel de cada uno ayudan a Cusk a entender su posición o aspectos de familias contemporáneas. Sostiene que parte de la disfuncionalidad tiene que ver con la familia cristiana, que es esencialmente falsa, reinventada como “culto al sentimentalismo y lo superficial”. Las páginas que dedica a la exégesis de obras y relatos griegos son hermosas y aportan claves para entender el tema principal del libro: “Siento cierta simpatía por Edipo”, escribe. “Su historia expresa la que a mi modo de ver es la principal tragedia humana: que desconocemos las cosas que nos empujan a nuestro destino. No somos plenamente conscientes de lo que hacemos ni de por qué lo hacemos.” Es un libro admirable, doloroso y sabio: una obra devastadora y estimulante, que muestra una imagen resquebrajada e insinúa una reconstrucción. ~


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