Peregrinos sin raíces | Letras Libres
artículo no publicado

Peregrinos sin raíces

Olga Tokarczuk

Los errantes

Traducción de Agata Orzeszek

Barcelona, Anagrama, 2019, 386 pp.

Cuando la Academia Sueca telefoneó a Olga Tokarczuk (Sulechów, Polonia, 1962) para comunicarle que había sido galardonada con el Premio Nobel correspondiente al año 2018, estaba viajando en coche por Alemania, en el tour promocional de su novela Księgi jakubowe [Los libros de Jacob]. Es una curiosa coincidencia, puesto que Los errantes es una oda al viaje, al peregrino, al permanente ir sin regreso: “Lo he intentado muchas veces, pero mis raíces nunca fueron lo suficientemente profundas, y me tumbaba la primera racha de viento. Tampoco he sabido germinar, desprovista de esa capacidad vegetal. [...] Mi energía es generada por el movimiento: el vaivén de los autobuses, el traqueteo de los trenes, el rugido de los motores de avión, el balanceo de los ferrys”, asegura la narradora, que no se corresponde exactamente con la propia autora. En una entrevista publicada en Literary Hub, Tokarczuk reconoce que la construyó a partir de su experiencia personal, que hay muchas coincidencias, pero también fingimiento, el propio de la “libertad del escritor”.

Como Tokarczuk, la narradora principal de Los errantes estudió psicología, pero abandonó ese camino porque se dio cuenta de que en torno a la psique no se pueden esperar certezas, es demasiado escurridiza. Los puntos de vista son infinitos, no es posible dar una única e inmutable explicación al comportamiento del ser humano. Entonces se hizo escritora. Esta es una novela hecha de fragmentos, de pequeñas reflexiones, anécdotas, incluso breves ensayos sobre el espacio y el tiempo o la psicología del viaje. Pero también se insertan otras historias, a veces contadas por otras voces.

Existe un síndrome llamado Síndrome de Desintoxicación Perseverante, que consiste en que el afectado vuelve una y otra vez a ciertas ideas. Es una variante del Síndrome del Mundo Cruel, que hace que el paciente busque obsesivamente noticias sobre catástrofes. Es el que la narradora dice tener: “La historia de mis viajes es solo la historia de mis dolencias. [...] Mi sintomatología se resume en que me atrae todo lo defectuoso, imperfecto, roto. Me interesan las formas amorfas, los errores en la obra de la Creación, los callejones sin salida.” A Tokarczuk le han puesto alto el listón al compararla con W. G. Sebald. Ambos salpican sus textos con imágenes; en Los errantes solo hay mapas, todos extraídos de The agile rabbit book of historical and curious maps. Si en los libros del alemán es patente un interés por la arquitectura, ciertos objetos y la clasificación y el estudio del mundo natural (piénsese en las colecciones de Andromeda Lodge que se describen en Austerlitz), Los errantes está atravesada por la teratología y la fascinación con las Wunderkammern, que visita allá donde va. Esa obsesión por la anatomía tiene su reflejo en los mapas que ilustran algunas páginas, como si se quisieran cartografiar tanto el orbe como el cuerpo: “También creo que el mundo se encuentra en el interior, en un surco del cerebro, en la glándula pineal, en la garganta; ahí está todo el globo terráqueo. En realidad, se podría carraspear y escupirlo.” El paralelismo entre cuerpo y universo estaría marcado por una fecha, 1543, año en el que aparecieron los primeros capítulos de De revolutionibus orbium coelestium, de Copérnico, y De humani corporis fabrica, de Vesalio.

Algunas de las historias intercaladas están cosidas y unidas por ese hilo conductor. Y son fascinantes. Por ejemplo, una, contada con un tono muy borgiano, tiene como protagonista a Philip Verheyen, el anatomista flamenco que bautizó el tendón de Aquiles. Perdió una pierna y, aquejado del entonces desconocido síndrome del dolor fantasma, dedicó casi toda su vida a analizar, estudiar, diseccionar el miembro amputado. Incluso le escribió cartas. El correlato ficcional y contemporáneo de Verheyen está en el doctor Blau: coleccionista de fotos de mujeres desnudas, de pequeño su amigo invisible era el Gläserner Mensch de Franz Tschackert y es un incansable buscador del mejor método de plastinación. Sus alumnos le pusieron el mote de “Formaldehído”. También están las misivas que Joséphine Soliman supuestamente escribió al emperador Francisco I de Austria. El padre de ella, Angelo Soliman, oriundo de África y negro, llegó a ser preceptor de los príncipes de Liechtenstein y, según se dice en Los errantes, a hacerse amigo de Mozart. Cuando murió, sin embargo, fue disecado y expuesto en el Museo de Historia Natural de la capital austriaca. Su hija intentó en vano que el cuerpo le fuera entregado para darle digna sepultura.

Otra de estas historias, titulada igual que el libro, es el clímax de este elogio de la errancia: Ánnushka, madre de un niño enfermo y esposa de un hombre gris y traumatizado, un día no consigue regresar a casa. Hay algo que se lo impide. Cuando ya está casi en el portal, se da la vuelta y se abandona al vaivén de los trenes de Moscú durante varios días. Solo en el movimiento encuentra sosiego. Se junta con una mujer vestida como una cebolla que duerme en un cuarto de calderas, “la bientapada”. Cuando las detienen por un altercado en la calle, esta le dice: “No dejes de moverte.”

Los fragmentos más breves que componen el libro cuentan curiosidades, como que “en una ciudad del Lejano Oriente” los restaurantes vegetarianos están señalados con una esvástica roja, o anécdotas sobre otros viajeros con los que se ha cruzado. Uno le dice que en los hoteles europeos, en lugar de Biblias, debería haber libros de Cioran; otra le habla de su proyecto Informes de la infamia, recopilación de crímenes contra los animales. Estas breves piezas del libro son como pausas en los trayectos más largos, y de ellas se pueden extraer aforismos, por ejemplo que el tiempo es “una regla escolar con escala simplificada de apenas tres puntos: fue, es y será”.

Los errantes es una novela hipnótica. También es un canto al viaje, al nomadismo. Y a la escritura como registro de la experiencia: “nos inmortalizaremos mutuamente en hojas de papel, nos plastinaremos, nos sumergiremos en el formaldehído de frases”. ~


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