artículo no publicado

Paul Simon: El tercer hombre

La discutida concesión del Premio Nobel de Literatura a Ya-Saben-Quién y la muerte del poeta cantarín y bon vivant Leonard Cohen ha vuelto a poner sobre la mesa la figura de quien puede ser considerado histórica y talentosamente el tercer hombre –pero no necesariamente en última posición– junto a los dos anteriores: Paul Simon.

Paul Simon, quien –a pesar de estar girando por estos días presentando su magnífico y muy exitoso tanto en lo crítico como en lo comercial Stranger to stranger– para muchos siempre será Simonnandgarfunkel.

Lo que a Simon, está claro, nunca le causó mucha gracia. De acuerdo: su carrera primera y arrancando en la adolescencia (el efímero dúo Tom & Jerry y el modesto hit “Hey, Schoolgirl”) está marcada a fuego por su emparejamiento disparejo junto a Arthur Garfunkel, por las canciones en la pantalla de El graduado y por catedrales como Bridge over troubled water que, en su momento, se batieron a duelo y le ganaron al final de The Beatles. Pero mientras que The Beatles inventaron el separarse –y The Rolling Stones el no separarse nunca– Simon y Garfunkel patentaron algo más raro y que, de algún modo, los acerca más a ese aire burgués y judeoneoyorquino que supieron musicalizar como pocos: el separarse para volver a juntarse para volver a separarse para volver a juntarse para volver a separarse y encontrarse más o menos amigablemente con la excusa de algún premio o bautismo o boda o funeral donde, enseguida, se oyen gritos y reproches.

De todo esto y mucho más habla y revela Homeward bound: The life of Paul Simon (Henry Holt), adictiva biografía de Peter Ames Carlin (quien ya había investigado al ahora autobiógrafo Bruce Springsteen) y que acaba contando y cantando algo más bien íntimo pero apasionante: la vida y obra de un tipo complicado y, también, digámoslo, bastante desagradable. Alguien que empieza a escribir canciones para hacer dinero (“Si no soy millonario antes de los treinta voy a ser una persona muy desilusionada”, le confía a alguien a sus veinte años), y que lo que en realidad desea es escribir la Gran Novela Americana. Alguien quien pudiendo descansar en sus laureles lo apuesta todo a una carrera actoral o a un musical en Broadway y pierde millones en One-trick pony y The capeman. Alguien al que nadie le reconoce en su momento una obra maestra como Hearts and bones. Alguien atormentado por un padre que nunca le perdonó el no haber sido un maestro de escuela, por una calvicie temprana, por una bajísima estatura y una voz agradable pero de lo más común, y por ese rubio altísimo y con garganta profunda de etéreo ángel y aire de sex-symbol para intelectuales al que se ve obligado a ponerle letra y música. Alguien que comienza leyéndose como si fuese un picaresco y astuto personaje del Philip Roth de Goodbye, Columbus y acaba honrado y laureado pero tan deprimido y bloqueado creativamente como el misántropo Nathan Zuckerman de Sale el espectro, declarando a la revista Uncut cosas como “Ser una leyenda no significa otra cosa que ser viejo.”

Entre un extremo y otro, Carlin investiga las idas y vueltas de un hombre solitario poco querido por su gremio (se lo acusa tanto de no reconocer aportes ajenos a lo suyo como de moverse como un agente libre que no respeta dictados gremiales o políticos); pero a la vez admirado por ser uno de los primeros en descubrir eso de la world music (“El cóndor pasa”) y por haber pasado del rigor melódico (pero conservando en lo lírico una pasmosa capacidad para fundir lo cotidiano con lo epifánico en himnos como “The sounds of silence” o “Mrs. Robinson” o “The boy in the bubble” o “The obvious child” o la reciente “Wristband” comenzando con un percance íntimo y terminando en una suerte de apocalipsis público) a la aventura rítmica-étnica exploradora en hitos como Graceland o The rhythm of the saints, o de no resignarse a la casi obviedad de componer, como tantos, su propio álbum divorcista sino algo mucho más interesante: el álbum de separado feliz con el ya clásico Still crazy after all these years, frase/título/mantra que hoy es parte de la lengua popular y del frente de camisetas y de paredes. Así, hasta llegar a crepusculares obras maestras de aire casi casual como el ya mencionado Stranger to stranger o el inmediatamente anterior So beautiful so what o la sorpresiva aventura sónica junto a Brian Eno que fue Surprise o ese poco advertido en su momento You’re the one donde en canciones como “Darling Lorraine” parece cabe todo lo que escribió Richard Yates en apenas un puñado de estrofas.

Y, en el terreno de lo íntimo, Homeward bound barre bajo muebles y alfombras e ilumina rincones oscuros en la vida sentimental de Simon (además de la casi protagónica folie à deux con Garfunkel, en especial su sísmico matrimonio con la actriz Carrie “Star Wars” Fisher o sus recientes grescas con la también cantante Edie Brickell obligándolo a él a llamar al 911 para denunciar malos tratos) así como su arrogancia con músicos de sesión a los que les paga muy bien a cambio de que obedezcan sus napoleónicos dictados. También revela su generosidad para con jóvenes songwriters o su compromiso político “donando” el uso de su “America” para la campaña de Bernie Sanders. Pero lo que acaba imponiéndose es el retrato acabado de un hombre infeliz cuya existencia podría resumirse en uno de sus versos más logrados y sabios: “Las negociaciones y las canciones de amor a menudo son confundidas las unas con las otras”. Así, Paul Simon como una especie de robótico oficial científico en las películas de la saga Alien: ese que sabe más que ningún otro de la tripulación, pero que no puede sentir aquello que sienten los organismos más frágiles y menos inteligentes.

Sobre el final del libro de Carlin –en el que Simon se negó a participar– tiene lugar un momento escalofriante en el que biógrafo y biografiado cruzan miradas en una prueba de sonido. Cuenta Carlin que Simon –sabiéndose de quién se trata y en qué anda– le clava a Carlin sus ojos sin pestañear y sin aparente enojo pero, de pronto, haciendo un gesto con una mano como diciéndole: “Ahora voy a dejar de mirarte. Voy a mirar en una dirección completamente diferente. Así que hemos terminado aquí. Así que deja de mirarme.”

Por suerte para nosotros, Carlin le sostuvo la mirada.

Y después la puso por escrito. ~


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