Paul Auster: siempre hay tiempo | Letras Libres
artículo no publicado

Paul Auster: siempre hay tiempo

Paul Auster

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Traducción de Benito Gómez Ibáñez

Barcelona, Seix Barral, 2017, 960 pp.

Como si el propio Paul Auster se hubiera propuesto mediar entre los cientos de miles de lectores que lo consideran un genio y aquellos otros –no menos numerosos– que lo tienen por uno de los más monumentales blufs de la literatura contemporánea, acaba de ofrecer en 4 3 2 1 una novela estupenda y diferente, que puede contribuir a aclarar las cosas y hacerlas menos extremas, es decir, más ajustadas a la realidad. Se trata de una novela colosal, tanto en volumen como en ambición, pero no estamos ante una novela “iluminada” en el sentido en que pudo serlo la deslumbrante La trilogía de Nueva York (especialmente su fascinante y misteriosa primera parte, Ciudad de cristal, escrita en estado de gracia). Tampoco es tan buena como esas otras novelas suyas realmente inspiradas sobre cuya calidad existe cierta unanimidad, casi un clamor, que serían las efectivamente magistrales Leviatán y El Palacio de la Luna (y yo añadiría La música del azar, una novela que me temo que está un tanto arrinconada en la estima general de los lectores, pero que en mi opinión es perfecta en sus intenciones y sus símbolos, y quitaría la sobrevalorada El libro de las ilusiones, adictiva pero decepcionante, o La noche del oráculo, una novela con fuerza pero mal resuelta). Desde luego no es tan mala como los experimentos que, más o menos arriesgados, más o menos meritorios y generalmente fallidos, ha ensayado Auster a lo largo del tiempo, desde El país de las últimas cosas o Tombuctú hasta ese intento de comedia que fue Brooklyn Follies (y que incluía escenas nítidamente almodovarianas), el supuesto escándalo de Invisible o, especialmente, ese despropósito que fue Viajes por el Scriptorium, tal vez una buena idea pero muy mal ejecutada, no tanto por lo que tenía de homenaje a sí mismo como por simple torpeza narrativa, como si el propio autor advirtiese que lo que estaba escribiendo no tenía ninguna altura.

Pero de repente Auster ha dado un nuevo golpe de volante y se descuelga no solo con la novela más copiosa que ha publicado hasta hoy, sino con un estilo de narrar que en buena medida viene condicionado por esa extensión y que el escritor no había probado nunca. El resultado, con un título extraño y osado pero también sugerente y finalmente certero, no es una novela genial, sino una novela de puro oficio, fruto no tanto del talento momentáneo o de la materialización de una idea luminosa como del puro trabajo, del desarrollo de un personaje a lo largo del tiempo, remontándose a los orígenes europeos de su familia, ensayando casi una saga, dando cuenta de personajes secundarios y eslabones genealógicos casi al modo de una novela decimonónica.

El corte claramente clásico de este planteamiento (que tiene tantos precedentes magníficos entre los escritores norteamericanos de origen judío) se pulveriza en parte cuando advertimos que Auster no ha escrito una novela sino, en puridad, cuatro, pues en efecto ha imaginado cuatro posibles vidas para su criatura, Archibald Ferguson. Las cuatro se nos van apareciendo a través de pequeñas entregas cronológicas, salteadas, con lo cual Auster levanta un considerable catálogo de todas las posibilidades vitales verosímiles en un niño y después adolescente y finalmente adulto de esas características, sobre todo porque, naturalmente, dentro de cada uno de los cuatro bloques, el personaje vive temporadas acomodadas y difíciles, halagüeñas y trágicas, alegres y desdichadas. El afecto y la desesperación, la orfandad y los conflictos con los padres, el amor y el desdén, la miseria y la abundancia, la obsesión por las chicas y la bisexualidad, la desgracia y la buena suerte, las vocaciones de deportista o escritor, la promiscuidad y el matrimonio, o, en fin, la misma vida e incluso la muerte (pues el segundo de los posibles Ferguson muere alcanzado por un rayo en la infancia, y a partir de ese momento todas las páginas que le corresponderían están vacías: el blanco ha sido muchas veces en literatura –especialmente en poesía– metáfora de la nada, pero pocas veces se nos habrá presentado ese vacío fúnebre de un modo tan significativo y locuaz).

Todas las versiones del mismo personaje son chicos sanos y listos, pero cada cual vive circunstancias muy distintas y va saliendo de las dificultades (accidentes de coche, muertes cercanas, temporadas de carencias, rupturas sentimentales...) o aceptando las oportunidades de un modo cabal, muy bien contado por su creador. Probablemente las mejores páginas de la novela sean las primeras, las que dan cuenta de la llegada a América de esa familia amenazada o empobrecida, pero a lo largo de todo el libro abundan los párrafos brillantes, o al menos los apuntes atinados. También se explaya de un modo probablemente innecesario en otros momentos (e incluso llega a parafrasear, a modo de “curioso impertinente”, el primer cuento del joven Ferguson escritor, una historia sobre un par de zapatos que no aporta demasiado a la comprensión del personaje), pero creo que la respiración natural de la novela admite o incluso reclama ese ritmo, esas demoras, esos detalles. De páginas, pues, que nos pueden llegar a recordar a Roth (Henry) se pasa a páginas que nos recuerdan a Roth (Philip), sobre todo en lo que tienen de pormenorizada indagación en lo sexual.

Esto último se alía con todo lo demás en lo que tiene de celebración de la vida, y es aquí a donde me importaba llegar: vivimos tiempos en que se diría que cualquier obra artística que no nazca del presupuesto implícito e indiscutible de que la vida es una mierda no merece la menor consideración, por ingenua o edulcorada o incluso relamida. Y por eso es de agradecer que Auster, desde la misma foto de cubierta de esta edición española, insinúe un camino más optimista, una perspectiva más feliz, pero no por ello candorosa o escapista, de la existencia humana. La última frase del libro no es muy buena, pero es muy expresiva en esto, y certifica que la “filosofía” de Auster es hoy por hoy positiva y vitalista, más cercana, digamos, a Thoreau que a Beckett, por aludir a dos autores de los que se ha ocupado mucho. Y se me acusará de lo mismo, pero eso es algo que yo, como lector, también celebro. ~


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