Pasiones catalanas | Letras Libres
artículo no publicado

Pasiones catalanas

¿Qué nos ha ocurrido a los catalanes? ¿Cómo hemos podido pasar en poco tiempo de un 30% de separatistas irredentos a casi la mitad de los votantes, arriesgando la unidad de España, y quién sabe si la de Europa? Esta erupción abrupta ha provocado muchas conjeturas. Ninguna ha sido satisfactoria, quizás porque no tenían suficientemente en cuenta el estudio científico de la naturaleza humana.

Algo que sí hace Adolf Tobeña en su libro La pasión secesionista (publicado por ED Libros), que se caracteriza por un gran descaro intelectual. Descaro por abordar problemas sociales desde la neurociencia y por estar escrito por un miembro del establishment académico y cultural de Cataluña.

Además de catedrático en la Universidad Autónoma de Barcelona, Tobeña ha sido Premi Avui, subdirector de la Universidad Catalana d’Estiu y es un habitual en programas de radio y televisión en Cataluña. Tratar desde la psicobiología un tema que parece territorio exclusivo de politólogos y juristas es difícil, y llevar este debate a foros políticos como sucedió más tarde tampoco sale gratis.

En la campaña electoral europea del 2014 participé dentro de la lista de UPYD y tuve ocasión de organizar actos con diversos científicos discutiendo sobre cuestiones políticas candentes. Uno de ellos cobijó la conferencia de Adolf Tobeña “La comunión independentista. Neuropsicología del gregarismo nacional”, fruto de un estudio dedicado a demostrar que el proceso secesionista catalán está del todo alejado de cualquier emoción patológica, como insisten a veces determinados opinadores. La resaca posterior fue enloquecida. Aún hoy se refieren a nuestro autor como el “neurocientífico de upyd” pese a que solo apareció una vez por allí y nunca fue militante del partido.

Al día siguiente de la conferencia, Catalunya Ràdio preguntaba qué estudios avalaban que el secesionismo catalán estuviera “vinculado a una anomalía de orden biológico”, a pesar de que su tesis era la contraria.

La siguiente parte de la historia tuvo lugar en Bruselas, donde actualmente soy diputada, coincidiendo con el ciclo de conferencias que impulso, Euromind, que intenta acercar la ciencia a la política. Su segunda edición, en abril de 2016, titulada “¿Nacionalismos perpetuos?”, contó, entre otros ponentes, con Adolf Tobeña y una versión de la misma conferencia que denominó “¿Una sociedad enajenada? Una disección psicobiológica del secesionismo catalán”. Días antes, algunos diputados independentistas y afines me acusaron en la prensa de estigmatizar el proceso y presentarlo como una enfermedad mental.

Los independentistas promueven la idea de que su auge no es sino el resultado previsible de una ciudadanía harta de seguir bajo la bota de un país opresor. La realidad es que ni hay colonización, ni la Guerra Civil fue una guerra entre españoles y catalanes, ni el idioma catalán está oprimido, ni nunca existió algo como un “expolio fiscal”. Esto ha sido reconocido incluso por los independentistas. Entonces, si no hay fracturas sociales irreparables o abusos de poder intolerables, y si esta reacción no se debe, como insiste Tobeña, a enajenaciones o delirios de la mente, ¿qué tenemos delante? La respuesta no es otra que un conflicto crudamente etnocultural, un litigio típicamente humano arraigado en predisposiciones biológicas que no han desaparecido en la modernidad.

La pasión secesionista analiza el conflicto desde la psicología y la neurociencia social, y aborda la genética de las disposiciones etnocéntricas y los atributos vinculados a esas barreras entre poblaciones. Según Tobeña, es un error ver el nacionalismo moderno como un artefacto ideológico plenamente maleable. Las identidades no son un invento ex novo, tienen raíces profundas y de ahí que sean tan difíciles de erradicar. Como explicaba el estudioso del fenómeno étnico Pierre Van der Berghe, pionero en la sociobiología del nacionalismo, las identidades étnicas se fundamentan en relatos sobre ascendencia común, pero estos relatos tienen que ser creíbles para ser funcionales.

La propensión humana a formar grupos excluyentes es bien conocida, pero ahora los estudios con neuroimagen pueden señalar qué circuitos neuronales están implicados en los rasgos que fomentan el comportamiento favoritista: ayudar a los propios y abominar de los ajenos. El estudio del conformismo grupal es otra área significativa a la luz del poder de adoctrinamiento de los medios de comunicación y las redes sociales. Muchas veces las ideas tienen éxito no por su poder de persuasión intrínseco, sino porque han traspasado el umbral del contagio social.

Y no son menores los hallazgos de la psicología social subrayando el poder de los símbolos en el espacio público. Entre ellos, banderas como la estelada, usada sistemáticamente para vestir las calles de ideología.

En cualquier caso, el independentismo no es una “enfermedad”. Aunque tentadoras para una parte de la opinión española desafecta, las explicaciones del secesionismo basadas en psicopatologías son erróneas. El brote secesionista arraigaría más bien en un arrastre gregario, pero natural, que no necesita de mentes enfermas para evolucionar.

La Constitución de 1978 pretendió zanjar los litigios históricos definiendo unas “nacionalidades” más o menos históricas. No lo logró. El monopolio nacionalista de los gobiernos autonómicos en Cataluña continuó alimentando el conflicto y las reclamaciones de más competencias, hasta el punto de demandar al fin la plena soberanía. Este proceso se sustentó básicamente, según el autor, en “las clases medias de las comarcas, en ese semillero foral, devoto y de ascendencia carlista”. Para Tobeña, la explosión secesionista catalana es un fenómeno corriente, típico de litigios con vecinos. Siempre hay etnocentrismo y gregarismo larvado en las sociedades con tradiciones etnoculturales. Si a esto se añaden medios de persuasión masivos, adoctrinamiento, hazañas deportivas y un activismo subvencionado, de fingida espontaneidad, por parte de élites locales, obtenemos este resultado. Élites que necesitan avivar la llama de un agravio perpetuo para seguir ampliando sus apoyos y que han tenido enfrente a gobiernos quietistas y una oposición silenciada, coaccionada o comprada, o quizás simplemente incompetente.

La Unión Europea, ese sueño reciente de terminar con las divisiones históricas y domesticar las fronteras etnoculturales, no tiene un camino fácil. El fantasma de la desunión puede volver a aparecer si sus valores fundacionales son diluidos en una tolerancia blanda y un relativismo complaciente. La existencia de movimientos confesionales y patrióticos, a veces envueltos en banderas religiosas de pasados que creíamos extintos, son buena prueba de ello.

Todas estas reacciones comparten la aspiración de estrechar el círculo de la cooperación, de hacer a Europa más pequeña e insignificante en un orden internacional más beligerante. Si queremos evitar este escenario, que arriesga la seguridad, la paz y el bienestar de nuestros hijos, necesitamos un mejor diagnóstico de la situación. Y este libro de Adolf Tobeña, ágil, vivo y sin complejos, es de una ayuda inestimable. ~


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