Novelar el futuro: la revolución de Juan Francisco Ferré | Letras Libres
artículo no publicado

Novelar el futuro: la revolución de Juan Francisco Ferré

Juan Francisco Ferré

Revolución

Barcelona, Anagrama, 2019, 368 pp.

Juan Francisco Ferré ha escrito una novela original. El propósito no era fácil: uno puede fracasar de manera escandalosa en pos de la originalidad. Pero no es el caso de Revolución, que es el intento logrado por hacer algo diferente con la novelística en español, aceptando la influencia del cine y la televisión y los conceptos de vanguardia con los que tratamos de poner nombre al porvenir o a nuestra imaginación del porvenir. Es, como suelen ser las suyas pero aquí acaso de manera más palpable, una obra abierta: a distintas lecturas, a diferentes interpretaciones. Y lo es hasta el punto de que esa apertura semántica constituye, a mi juicio, su rasgo dominante y más valioso.

Ferré, autor de fuerte carga intelectual inclinado sin embargo al disfrute desacomplejado de la cultura popular de masas, es un novelista del futuro. Su atención no se centra en el presente, mediocre por definición, sino en un horizonte venidero lleno de posibilidades humanas y tecnológicas. En ese sentido, Revolución nos habla desde el futuro: la acción que narra su narrador dice situarse –y digo “dice” porque ninguna primera persona está libre de sospecha– dentro de algunas décadas. Se trata de un paisaje similar al nuestro, apenas salpimentado por algunas novedades técnicas. Todavía hay institutos, coches, adulterios. Su estrategia de representación no es sin embargo la de Godard en Alphaville, algo así como una versión povera del futuro, sino que se aproxima a la de Spike Jonze en Her: el futuro como un presente refinado y reconocible, prolongación natural de lo que hoy nos rodea. Es un futuro inmediato y plausible. Si se me apura, el elemento más fantasioso de la obra está en esa pareja que, con tres hijos a cuestas y tras catorce años de relación institucionalizada, practica el sexo conyugal varias veces al día: una suerte de utopía doméstica que de momento parece tener ciertamente su lugar en otro espacio-tiempo.

Ha dicho el autor en alguna de las presentaciones de su obra que su intención era proyectar hacia el futuro a quienes hoy son adolescentes: los miembros de la llamada Generación Z o nacidos entre mitad de la década de los noventa y finales de la primera del nuevo siglo. La obra es un largo relato en primera persona a cargo de Gabriel Espinosa, casado más o menos felizmente con Adriana en el marco de una relación abierta y padre de dos hijos biológicos y uno –de rasgos genialoides– adoptado. Espinosa, que se aburre como profesor de instituto a pesar de su aparente talento como pensador de la inteligencia, acepta la oferta de una sofisticada universidad privada situada en un campus ultramoderno donde se investiga sobre Inteligencia Artificial. Allí se verá envuelto en una sucesión de episodios que trastocarán su equilibrio familiar e incluso su sentido de la realidad. Y al igual que sucede en la novela de terror o en la novela de detectives, el lector no tiene más información que la que el narrador le transmite a partir de lo que él mismo va experimentando. Su peripecia, entretenidísima, es también la nuestra.

Sin embargo, y aquí juegan su papel las convenciones narrativas que Ferré sabe manejar para confundir nuestras expectativas, sentimos en todo momento –¿cómo podría ser de otra manera?– que algo se oculta a nuestra mirada: un complot, una conspiración, un plan urdido con vistas a algún gran objetivo siniestro. Es el gran tema del cine de Jacques Rivette, así como de la literatura de Thomas Pynchon y, de otra manera, de Don Delillo. Son referencias justificadas a la hora de hablar de Revolución, cuya aproximación al problema de la interpretación de la realidad me recuerda a La subasta del lote 49, mientras que el uso de los diálogos y el papel de la tecnología remiten a Delillo o incluso a Ballard. Aquí, claro, los nombres de protagonistas y lugares son españoles: el futuro tecnológico ha alcanzado a España, o a lo que parece España dentro de una Europa federalizada, y eso crea un efecto adicional de extrañamiento respecto del modo habitual en que consumimos este tipo de ficciones.

Pero vuelvo a donde estaba: al igual que sucedía en Homecoming, la serie de televisión de Sam Esmail, sentimos que algo extraño debe de estar sucediendo en ese campus donde han ido a parar Gabriel Espinosa y su familia. Algo pasa; pasan cosas. Nos encontraremos con cultos paganos de inspiración tecnológica, con un trasunto de Hal 9000, con un Aleph mediado tecnológicamente: los vértigos de una humanidad que oscila entre la singularidad y la extinción. Pero todo eso que va sucediendo es sometido a un proceso de interpretación por parte del protagonista y del lector, que trata de mirar por encima de Espinosa, dando un significado a los extraños hechos que se nos van encadenando y preguntándose cuánto de lo que Espinosa le cuenta es real y cuánto es inventado o sentido como real sin serlo. No hay motivos para dudar de su honestidad, a diferencia de lo que sucede con los narradores de Nabokov, pero el lector puede dudar de la exactitud de las conclusiones de Espinosa.

Ahora bien: no está claro que la información que vamos recibiendo pueda tener un sentido. En ese aspecto, Revolución tiene algo de hipnótico: funciona como metáfora de nuestra sobrecarga informativa y nos pone delante de un conjunto de símbolos opacos que, incluso, podrían leerse como una parodia de la saturación contemporánea. Buscamos significados, pero buscamos a tientas. Abundan así las referencias a problemas filosóficos y tecnológicos que empiezan a obsesionarnos: la Inteligencia Artificial, la hibridación sociotécnica, el fin de los combustibles fósiles, así como a los credos que aspiran a ordenar o impugnar esa realidad desconcertante. En este último aspecto, el personaje del Gran Freddy, un exejecutivo que vive ahora en las lindes del campus empeñado en anunciar a sus habitantes un futuro ominoso, es especialmente afortunado.

Y existe, por fin, un elemento atávico que descompone cualquier intento de organizar racionalmente esa realidad. A saber: el Eros, ese deseo que coprotagoniza la novela en un libérrimo ejercicio de emancipación verbal frente a quienes intentan ahormar ideológicamente nuestra mirada sancionando lo que puede y no puede mirarse o enunciarse. Ferré nos muestra un ser humano deseante sin distinción de sexos ni géneros. Acaso con ello el autor esté proponiendo una feliz resolución para las guerras del sexo de nuestros días: una promiscuidad sin culpa que no está reñida con la lealtad familiar o personal.

Pero la novela también contiene, al mismo tiempo, una mirada sobre el mundo animal cuya pertinencia es mayor que nunca. El animal universal está aquí simbolizado por la figura del erizo, que primero es nombrado como objeto de un ejercicio de tortura retransmitido por internet y aparece después, como criatura de carne y hueso, en el jardín de Espinosa. Pero lo que se dice del erizo vale para todos los animales, desvalidos como están ya a manos del depredador humano: “El animal no es solo instinto primordial, pulsión salvaje, atavismo depredador. El animal es también instinto de supervivencia, necesidad de protección y cuidado, búsqueda de refugio.” Así que Revolución es, sin pronunciar su nombre, una novela para el Antropoceno.

En el desenlace, todos los sucesos vividos por Gabriel Espinosa se revelan –o así lo ve quien esto escribe– como el pretexto que hace posible su peripecia moral: la redención de un potencial loser que podría haber terminado su vida como un antihéroe de Houellebecq (su manuscrito empieza con la palabra aburrimiento) y en cambio proclama su voluntad de tomarse la vida en serio: “Hay que detener el futuro.” Así que la novela que Espinosa escribe es el vehículo para la toma de conciencia de Espinosa, que reivindica el poder de la palabra escrita más allá del lugar común y asume un compromiso que resuena en la memoria del lector después de terminadas sus páginas: “Revolución es un acto de escritura.” Y con ello Ferré, el novelista del futuro, termina por serlo también del presente. ~


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