No se puede creer seriamente en nada | Letras Libres
artículo no publicado

No se puede creer seriamente en nada

Daniel Utrilla

Mi ovni de la Perestroika

Madrid, Libros del k.o., 2021, 664 pp

Quizás la imagen más representativa de los creyentes del fenómeno ovni sea la del icónico póster que reza I want to believe junto a un platillo volante. Aparecía ya en el piloto de la serie Expediente x, y es toda una declaración de principios: para militar en la ufología lo esencial no son las supuestas evidencias extraterrestres (siempre controvertibles) sino la voluntad de creer. En la veracidad de las pruebas, en los marcianos o en los testigos. Creer. Esforzarse en ello.

Eso es lo que hace el periodista Daniel Utrilla en Mi ovni de la Perestroika: esforzarse en encontrar algo. No es que se ponga a mapear el cosmos o a escrutar con lupa las borrosas fotos de naves alienígenas, sino que centra su obsesión en un suceso concreto, ocurrido el 9 de octubre de 1989, un mes antes de la caída del Muro de Berlín: “Científicos del laboratorio de geofísica de Voronezh, a 500 kilómetros al sureste de Moscú, han confirmado el reciente aterrizaje de un objeto volante no identificado, y han hallado pisadas de alienígenas que dieron un pequeño paseo por el parque”, decía el teletipo que inició la historia del platillo volante que más ruido iba a hacer en la historia del periodismo.

La fascinación con el Roswell soviético no necesita de demasiada justificación: tres niños rusos, no contaminados por las fantasías visuales de Hollywood, que no sabían quién era Alf, ni e.t., ni la Diana de V; ni jamás habían visto un periodista o un extranjero, vieron algo. Utrilla nos miente un poco y dice que se propone reconstruir lo ocurrido, desentrañar cómo acabó dando la vuelta al mundo ese suceso rocambolesco de hombrecillos espaciales de tres metros y cabezas diminutas. “Este tema me remueve tanto las tripas que hasta que no tire del hilo no sabré realmente por qué”, dice.

Pero en cuanto empieza a desmadejar, nos olemos el pastel: no es un libro de extraterrestres, pero sí un libro de lo extraterrestre. De cómo Rusia nos sigue resultando de otro planeta; de cómo el propio Utrilla, que lleva ya veinte años radicado en la terra incognita, sigue habitando el desconcierto de alien rusófilo. El ovni es un pretexto que vertebra su peripecia, desde que localiza al traductor del teletipo que originó todo (con mucho, la biografía más apasionante, la de Miguel Bas) hasta que, tras cinco expediciones a Voronezh, da con uno de aquellos niños que lo presenciaron.

El resultado es una crónica desaliñada, un ensayo hiperbólico y macizo (más de seiscientas páginas) que coquetea con un reporterismo en desuso, pausado y chiflado a partes iguales. Aunque, siendo honestos, leer Mi ovni de la Perestroika implica, sencillamente, que Utrilla nos haga hueco en su mochila para que viajemos con él. Ahí dentro, ya lo verá, lleva de todo: Gógol, Iker Jiménez, Star Wars, Jiménez del Oso, Umbral, Mortadelo y Filemón, Jung, Sánchez Ferlosio, Johnny Tornillo, sus citas de Tinder y el Real Madrid. En su caza y captura del recuerdo mitológico de hace treinta años, Utrilla va adelante y atrás en la historia de Rusia, un vaivén desde los fogones del estalinismo hasta la extinción del Homo sovieticus de Aleksiévich, posiblemente fechada el día que Mickey Mouse se abrazó al oso Misha en la plaza Roja ante los últimos niños bolcheviques. Entre medias, la vida y miserias del propio autor, falsificando pruebas para demostrar que el ovni de su infancia –el que aterrizó en San José de Valderas en 1967– era real, penando por un desamor tolstoiano o visitando a Sánchez Dragó.

Todo lo cuenta, todo lo escruta, en un tira y afloja con su propia credulidad. Porque, a ratos, Utrilla parece el protagonista de Encuentros en la tercera fase, que ve señales de platillos volantes hasta en las formas ovaladas del agujero de su calcetín. No es descabellado que alguien que creyó hasta demasiado tarde en los Reyes Magos sopese seriamente la posibilidad de que la luna sea en realidad una Estrella de la Muerte puesta ahí de forma artificial, y justo después, haga gala de un empirismo radical con todo lo que huela a sobrenatural. Aséptico no es. Les da carrete a todos los hilos: al de los que se toman los ovnis como chirigotas y a los que han entregado su vida al estudio ufológico. A todos (charlatanes, descreídos o estudiosos) les pregunta lo mismo al acabar: “¿Cree en dios?”

El afán casi quijotesco de encontrar ese algo, a veces, hace que perdamos el hilo. Se aturulla uno como intentando razonar una obra de Dalí. Hasta que, en esa intersección entre lo extraterrestre y lo extravagante, el autor recuerda cómo traernos de vuelta: a carcajadas. Él sostiene que la risa es el atajo más corto entre dos universos, pero Javier Pérez Andújar lo remata aún mejor en La noche fenomenal: “Yo llegué a lo paranormal por la risa. Para creer se necesita sentido del humor. No se puede creer seriamente en nada.”

No desvelaremos si Utrilla acaba o no entonando el veriu, la traslación rusa del I want to believe. Los platillos volantes del póster, por cierto, los fotografió el suizo Billy Meier en uno de sus muchos contactos extraterrestres. Cuando se divorció de su esposa, ella acabó confesando que eran maquetas hechas con cubos de basura. ~


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