No mueras posibilidad: sobre Ciudad Princesa de Marina Garcés | Letras Libres
artículo no publicado

No mueras posibilidad: sobre Ciudad Princesa de Marina Garcés

Marina Garcés

Ciudad Princesa

Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2018, 256 pp.

 

Filósofa de renombre público y éxito editorial, Marina Garcés ha entregado con Ciudad Princesa un libro valioso que habrá de leer todo aquel que se interese por el activismo político teóricamente fundamentado. O, viceversa, por una teoría cuya vocación sea la de transformar la vida pública y privada. Es mérito de Garcés haber incorporado esta última dimensión, en forma autobiográfica, para componer una obra singular que retrata las distintas facetas de su existencia: la activista política, la pensadora pública, el sujeto privado. No es así casual que el libro comience con el desalojo del Cinema Princesa de Barcelona allá por octubre de 1996, en cuya ocupación había participado la joven Garcés, ni que termine con el referéndum ilegal del 1-O, que contó con su adhesión entusiasta. Memorias políticas y personales, pues, cuya finalidad no es tanto hacer un trabajo conceptual como “revisitar lo vivido para recoger su sentido”. Asunto distinto es que ese sentido tenga sentido fuera del marco de percepción que la autora se esfuerza en defender.

Se da la paradoja de que Garcés, cuya politización tuvo lugar a finales de los años noventa en el marco del movimiento antiglobalización, quiere contarnos un aprendizaje que no tiene lugar. O, mejor dicho, que no se hace evidente al lector. Es verdad que la pensadora catalana va cambiando de temas o lecturas, experimentando por el camino vivencias tan potentes como la maternidad, pero nunca abandona la posición política que queda fijada ya con sus primeras okupaciones. Y tampoco modifica su compromiso con unas ideas y formas de vida que –a su juicio– no están perdidas pese a ser minoritarias. En otras palabras, Garcés termina donde empezó. De acuerdo con sus propias formulaciones: en la defensa de lo común, en la lucha contra la privatización de la existencia, en el esfuerzo por construir un “nosotros” sustraído a todo poder. Algunos de sus compañeros de viaje “pactaron con el sistema de partidos, con el conformismo privado, con el oportunismo económico y mediático”. Frente a ese pacto con la realidad, Garcés no deja de agitar la bandera de lo posible, de aquello que podría ser frente a la tiranía de lo que es. Se hace aquí explícita la influencia de Deleuze y del Spinoza de Deleuze, aunque también de Rancière o Negri. Escribe:

Si a algo hemos aspirado siempre quienes nos politizamos en ese momento es a no ser gobernados. No se trataba de la aspiración individualista a poder vivir cada uno por su cuenta, desde la ficción autosuficiente de la sociedad de mercado. Se trataba, por el contrario, de la aspiración a la autodeterminación plena de las colectividades, construida desde la reciprocidad de los vínculos entre personas anónimas.

Según el autorretrato colectivo pergeñado por Garcés, estamos ante activistas inspirados por el anarquismo sin ser anarquistas, que se muestran suspicaces ante la promesa contracultural por entender que las drogas y el sexo han pasado a formar parte del “consumismo festivo”, que poseen orgullosamente una identidad basada en el “rechazo a toda identidad”. Aunque sí hay una identidad: una organizada alrededor del compromiso con la transformación del mundo, en el sentido prescrito por la ideología antisistema o de resistencia. Es una forma de vida cuyo romanticismo épico asoma en el texto:

¿Cómo sostener, pues, una vida comprometida? […] En mi caso, durante muchos años he ido cada semana a dar clase con una maleta en la mano. Una maleta donde hay todo lo que necesito para sobrevivir dos o tres días fuera de casa: pijama, ropa, un montón de libros, algo de comida…

Se suceden así, a lo largo del volumen, los objetos de atención de esta praxis política: el Fórum de las Culturas, la inmigración, el turismo de masas, el “disparador de posibles” del 15-M, la independencia de “Catalunya”, las movilizaciones feministas. Y se suceden o solapan, también, los instrumentos de combate: las okupaciones, iniciativas como Espai en Blanc o la campaña Dinero Gratis (apoyada por Las Agencias del Macba), el largometraje El taxista ful, los libros dirigidos al público no especializado, el controvertido pregón de las fiestas de la Mercé de 2017 (incorporado aquí a modo de epílogo). Firme pero grácil, la escritura de Garcés se mueve con soltura a través de estos meandros, desdibujando la línea que separa lo público de lo privado y ofreciendo una crónica rica en matices del mundo del activismo político-académico, sin olvidarse de presentar las ideas de los pensadores que más han contribuido a su visión del mundo.

Se echa de menos, por desgracia, un esfuerzo de clarificación que permita al lector comprender cuál es el contenido de la alternativa que propone la autora. Con demasiada frecuencia, la invocación de “lo posible” o de las formas de vida “no convencionales” se agota en sí misma o se desliza hacia fórmulas que desesperarían a un filósofo analítico: de la “mirada insumisa que reaprende a ver este mundo como un mundo común” al “pensar más allá de lo que uno ya sabe”, pasando por la idea de que “entrar y salir es aprender también a atravesar lenguajes sin neutralizar sus diferencias y sin estandarizar su funcionamiento”. Aunque el rechazo de la realidad vigente queda claro, detrás del mismo no parece existir el boceto de un orden social universalizable; uno, en fin, que pueda extenderse más allá del experimento a pequeña escala. Lo que interesa a Garcés de la victoria de Colau, por ejemplo, es ese momento inicial en que “no se sabe qué pasará”. Pero luego no pasa nada, o casi nada. Y eso es, en la Barcelona de Colau o la Grecia de Tsipras, lo que pasa.

Hay, también, un problema de diagnóstico. Sostiene Garcés que la sociedad española posterior a 1975 es “la obra póstuma de un dictador que murió en la cama”, negando de un plumazo el desarrollo democrático y económico de los últimos cuarenta años. También nos informa de que en Barcelona ya no quedan “espacios de vida”, nos habla con elocuencia de la depredación capitalista del mundo. Sin embargo, las estadísticas sobre el desarrollo socioeconómico global y las encuestas que interrogan a los españoles sobre su felicidad ofrecen un panorama muy distinto al presentado por la autora. En ese sentido, es desafortunado que quien se dice tan atenta a los abusos de poder vea en el procés una aventura emancipadora, suerte de continuación del “reprimido” 15-M. Para Garcés, la bandera de la proclamada República de Cataluña es más defendible que la del “Estado español” y las “palizas en los colegios electorales” del 1-o serían la mejor prueba de la impotencia del Estado. Se nos dice que el 1-o representa un acto de “autodeterminación colectiva” que enfrenta dos sentidos distintos de soberanía: la estatal y la que se sustrae a lo estatal. Este último, que ella prefiere, persigue “construir espacios políticos no despóticos”. Pero no hay una sola mención a la violación de la legalidad estatutaria que tuvo lugar en el Parlament los días 6 y 7 de septiembre, ni al régimen iliberal dibujado en la Ley de Transitoriedad, ni a las políticas nacionalizadoras de los gobiernos catalanes. La sensibilidad hacia la “parte sin parte” de la que habla su admirado Rancière está ausente cuando más se la necesita: Garcés no parece “ver” a los ciudadanos contrarios a la independencia, cuyos derechos trataba de conculcar el independentismo.

Hay aquí, en última instancia, una contradicción no resuelta. Garcés alude en algún momento, citando a Walser, a las bandas de santos que huían del mundo para realizar su ideal de vida en solitario. Pero si el utopista contemporáneo está lejos de disfrutar del apoyo social necesario para universalizar su programa político, ¿por qué no realizar privadamente esa forma de vida alternativa, dejando que los demás vivan a su vez como mejor les parece? A fin de cuentas, el sistema liberal-democrático deja sitio al activista antisistema, cosa que no puede decirse de otros regímenes políticos. Ciudad Princesa no discute este problema y habría sido interesante que lo hiciera. Por fortuna, ofrece muchas otras cosas: nadie saldrá de su lectura con la sensación de haber perdido el tiempo. ~


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