Neruda lee a Proust y ama a Josie Bliss | Letras Libres
artículo no publicado
Ilustración: Daniel Bolivar

Neruda lee a Proust y ama a Josie Bliss

Proust fue para Neruda “el más grande realista poético” y Bliss representó en su vida “una cicatriz que no se ha borrado”. Esas dos pasiones han sido una clave poco atendida para leer Residencia en la tierra, acaso el mejor de sus libros.

Varios ratos a la semana los dedicaba Sheridan [...] a leerle al poeta enfermo versos de dos poetas

que escogió como su compañía final: Neruda y Quevedo.

Christopher Domínguez Michael, Octavio Paz en su siglo

1. La primera pista sobre la “influencia” de Marcel Proust en Pablo Neruda me la dio el escritor Jaime Valdivieso: una larga, larguísima, conversación del poeta con Alejo Carpentier en la que solo se habló de Proust. Que Los pasos perdidos de Carpentier debe mucho a Proust salta a la vista (la alusión a Genoveva de Brabante ya lo dice), pero que Neruda hubiera leído a Proust con pasión me resultó sorpresivo. Sin embargo, de pronto una frase de El tiempo recobrado me pareció cercana a la intuición central de Residencia en la tierra: “Esta idea de la muerte se instaló definitivamente en mí como un amor [...] No podía ocuparme de una cosa sin que esa cosa atravesara, en primer lugar, la idea de la muerte.” [Traducción de Consuelo Berges Rábago.]Porque el tema de Proust es el transcurrir del tiempo, su estar pasando siempre en las cosas y personas, cambiándolas, deteriorándolas, derrumbándolas para irlas transformando en otras, lo que significa irlas siguiendo como duración y, entonces, como pérdida, lo que es una manera de experimentar nuestra temporalidad radical, nuestro ir muriendo para vivir. Y el tema recurrente de la obra mayor de Neruda, al menos de las dos primeras Residencias, es ese ir pereciendo al interior del ir viviendo. Así fue como me puse a indagar el vínculo de Neruda con Proust.

2. Proust recordando a Albertine: “la ceniza de sus estaciones o de sus horas” (La fugitiva). [Traducción de Consuelo Berges Rábago.] ¿No podría ser una imagen de Neruda? Proust sobre la lluvia: “Un golpecito en el cristal, como si hubieran tirado algo; luego, un caer ligero y amplio, como de granos de arena lanzados desde una ventana de arriba, y por fin, ese caer que se extiende, toma reglas, adopta un ritmo y se hace fluido, sonoro, musical, incontable, universal: llueve” (Por el camino de Swann). [Traducción de Pedro Salinas.] ¿No evoca la adjetivación rítmica de Neruda?: “fluido, sonoro, musical, incontable”. Proust sobre las campanas de San Hilario: “comíamos fruta, pan y chocolate, sentados allí en la hierba, hasta donde venían horizontales, débiles, pero aún densos y metálicos, los toques de la campana de San Hilario, que no se mezclaban con el aire que hacía tanto tiempo que estaban atravesando” (Por el camino de Swann) ¿No resuena Neruda?: “horizontales, débiles, pero aún densos y metálicos”. A veces, hay en Proust algo de celebración, de oda, de “canto material” que busca “el gozo de lo real reencontrado”.

3. Proust, como Neruda, avanza tanteando, avanza por aproximaciones sucesivas. A menudo ensaya varias formas de decir lo mismo y consigue así un ritmo envolvente y sostenido. Neruda absorbió a Proust y lo transformó de acuerdo con su temperamento. Dicho de otra manera: el estilo de Proust fue uno de los ingredientes del personal estilo de Neruda. Como afirma Proust por carta a madame Straus, “cada escritor está obligado a hacerse su propia lengua, como cada violinista está obligado a hacerse su ‘sonido’”. Y Neruda: “Cada escritor tiene el deber de pulverizar de una manera acendrada cuanto recibe y transformarlo perpetuamente.”

4. Cuenta Volodia Teitelboim en su biografía Neruda que “los nombres de Marcel Proust y de James Joyce” surgían en las tertulias del Hércules, El Jote y otros bares en los que se encontraba el joven Neruda con sus amigos antes de viajar a Rangún como cónsul. A los veinte años se veía con Alone, gran lector de Proust, y el crítico que consagraría a Neruda en Chile. En 1928, Alone publica en el diario La Nación ocho magníficos ensayos sobre el francés. ¿Los leyó Neruda? Es muy probable. El 20 de mayo aparece uno de los artículos de Alone, “La inmortalidad en Proust”, y ese mismo día el diario publica “Nombre muerto” de Neruda. Seguro que recibió ese ejemplar y leyó el artículo en Rangún. Al año siguiente, Alone publica su libro Las mejores páginas de Proust.

5. En Birmania, el joven diplomático iba mucho al Strand Hotel, “el lugar más chic de todo el imperio británico de las Indias”, oye decir. Ahí “se juega al desafío del lujo”, afirma Teitelboim. Neruda se viste con elegancia, bebe whisky y juega tenis. Conoce a Josie Bliss: “Especie de pantera birmana”, “la torrencial Josie Bliss”, “una terrorista amorosa”, como la llamará en Confieso que he vivido. Será la gran pasión trágica de su vida, la mujer que aparece en varios poemas de Residencia en la tierra. Según su biógrafo Hernán Loyola, “la fundación de Residencia coincide en el tiempo con el periodo inicial y culminante de la pasión de Neruda por Josie Bliss. Hay entre ambos hechos una intensa relación”.

¿Qué habrá sido de Josie Bliss? Su rastro se pierde en un barco que deja el puerto de Colombo, en Wellawatta, Ceilán, donde queda el cónsul Neruda quien pronto será trasladado a Singapur y Batavia. Nada sabemos de ella, salvo lo que escribió Neruda en Confieso que he vivido y en varios de sus poemas: “tu nariz de animal solitario, de oveja salvaje”, “Qué parecida eres al más largo beso, / su sacudida fija parece nutrirte, / y su empuje de brasa, de bandera revuelta.”

Se conocen en Rangún, ella “se vestía como inglesa”, se hacía llamar “Josie Bliss” y se entendían en inglés. Pero “en la intimidad de su casa, que pronto compartí, se despojaba de tales prendas y de tal nombre para usar su deslumbrante sarong y su recóndito nombre birmano”. La pasión es intensa. Neruda siente “ternura hacia sus pies desnudos, hacia las blancas flores que brillaban sobre su cabellera oscura”. Tal vez, “yo hubiera continuado indefinidamente con ella”, confiesa. Pero su pasión la desborda y llega a “enfermar de celos”. Una noche Neruda despierta y la divisa en la oscuridad, dando vueltas alrededor de su cama armada de “un largo y afilado cuchillo indígena”. La situación se hace insoportable. Por fortuna, un mensaje oficial le comunica a Neruda su traslado a Ceilán. Parte en secreto, “abandonando mi ropa y mis libros”. Apenas “comenzó el barco a sacudirse con las olas del Golfo de Bengala”, Neruda escribió “Tango del viudo”, “trágico trozo de mi poesía destinado a la mujer que perdía y me perdió porque en su sangre crepitaba sin descanso el volcán de la cólera”.

6. Josie Bliss reapareció sorpresivamente en Colombo y arrendó una casa frente a la de Neruda. Volvieron los amores, los celos, los escándalos. Hasta que, “por fin, un día se decidió a partir”. Así cuenta Neruda la despedida: “Me rogó que la acompañara hasta el barco. Cuando este estaba por salir y yo debía abandonarlo, se desprendió de sus acompañantes y, besándome en un arrebato de dolor y amor, me llenó la cara de lágrimas. Como en un rito me besaba los brazos, el traje y, pronto, bajó hasta mis zapatos, sin que yo pudiera evitarlo. Cuando se alzó de nuevo, su rostro estaba enharinado con la tiza de mis zapatos blancos. No podía pedirle que desistiera del viaje, que abandonara conmigo el barco que se la llevaba para siempre. La razón me lo impedía, pero mi corazón adquirió allí una cicatriz que no se ha borrado. Aquel dolor turbulento, aquellas lágrimas terribles rodando sobre el rostro enharinado, continúan en memoria.”

¿Se habrá enterado ella alguna vez de que ese diplomático que ella amó había escrito algunos de los mejores poemas el siglo? ¿Que su amor seguiría viviendo en ellos?

7. El 11 de febrero de 1930, desde Ceilán, Neruda le escribe a su amigo Eandi: “Tengo un gramófono y una dosis de felicidad; la sonata para piano y violín de César Franck (que Proust dice ser su mentada sonata de Vinteuil) es triste y dulce.” El 5 de septiembre de 1931, le escribe también a Eandi: “Leo todo Proust por cuarta vez. Me gusta más que antes.” Neruda, que aprendió francés y leyó a Baudelaire, Rimbaud y Verlaine en el liceo de Temuco con su profesor Eduardo Torrealba, se ha zampado ya cuatro veces a Proust y tiene solo veintisiete años.

En 1968, Jorge Edwards escribirá un artículo sugiriendo que la sonata de Vinteuil podía no ser de Franck sino de Debussy. Neruda le contesta en la revista Ercilla que la sonata es de Franck. “Yo viví con esa sonata”, cuenta Neruda. “Nunca leí con tanto placer y tanta abundancia como en aquel suburbio de Colombo.” Menciona a D. H. Lawrence, Aldous Huxley, T. S. Eliot, al “joven Hemingway”. Recuerda sus lecturas de Proust en Ceilán, “el más grande realista poético”, dice. “La sombra brusca caía como un puño sobre mi casa perdida entre los cocoteros de Wellawatta, pero cada noche la sonata vivía conmigo, conduciéndome y envolviéndome, dándome su perpetua tristeza, su victoriosa melancolía”, cuenta.

Las páginas mismas de Proust que evocan el efecto de la sonata de Vinteuil lo convencen de que solo pueden haber surgido de la sonata para piano y violín de Franck: “No había duda, allí estaba la frase de Vinteuil.” Dice que en esa frase musical encontró “una desesperada medida de la pasión”. Y añade: “Los críticos que tanto han escarmenado mis trabajos no han visto hasta ahora esta secreta influencia que aquí va confesada. Porque allí... escribí yo gran parte de Residencia en la tierra.”

Neruda quiso incorporar todo esto tal cual a Confieso que he vivido. No lo dijo al pasar. La lectura de Proust y el amor de Josie Bliss se entremezclan y están en el trasfondo de las Residencias.

Pienso ahora en esa “secreta influencia confesada” y me parece oír la voz de Neruda, su propia languidez y cadencia, marcando las pausas mientras lee: “Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, / cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, / solos, más frágiles, más vivos, / más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, / el olor y el sabor perduran mucho más, / y recuerdan, y aguantan, y esperan...” (Marcel Proust, Por el camino de Swann). ~


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