Mario Vargas Llosa, el hombre que fabula sobre el escenario | Letras Libres
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Mario Vargas Llosa, el hombre que fabula sobre el escenario

El estreno, el pasado 3 de agosto en el Festival de Teatro Clásico de Mérida, de Odiseo y Penélope nos ha devuelto al hombre de teatro que siempre ha sido Mario Vargas Llosa. Dramaturgo incipiente ya a los quince años, cuando escribió su primeriza La huida del inca, Vargas Llosa ha regresado con fuerza a la escena en el último año. A La verdad de las mentiras se le suma la publicación por primera vez en España de su obra dramática, reunida en un solo volumen por Alfaguara, y el estreno de Odiseo y Penélope, acontecimientos que nos han descubierto al artista imaginado por aquel estudiante que en 1951 esbozó en la máquina Underwood de su abuelo su destino como dramaturgo.

“Si en la Lima de los años cincuenta, cuando empecé a escribir, hubiera habido un movimiento teatral, es probable que, en vez de novelista, hubiera sido dramaturgo” confiesa Mario Vargas Llosa en el prólogo a su obra dramática reunida. A pesar de que ante estas palabras los seguidores del narrador seguramente celebrarán que la escena limeña no levantara entonces el telón, el amor a la escena permaneció intacto en aquel incipiente fabulador.

Seis son los textos dramáticos que atesoran su amor por las tablas y a través de los cuales ha renovado el concepto de la realidad rompiendo la racionalidad de lo que se ha venido a llamar “carpintería teatral”: La señorita de Tacna, Kathie y el hipopótamo, La Chunga, El loco de los balcones, Ojos bonitos, cuadros feos y la reciente Odiseo y Penélope.

Escrita en 1981, La señorita de Tacna encierra los temas y las obsesiones que se dan cobijo en el teatro de Vargas Llosa: la invención, la biografía convertida en ficción, el juego metateatral y el origen y necesidad de las historias. Los personajes teatrales de Mario Vargas Llosa encarnan al hombre que vive y al que sueña, el de la realidad y el de los deseos, y las acciones dramáticas existen en tanto que sirven para desarrollar la pregunta que origina el propio hecho de la creación: ¿Por qué necesita el hombre inventar?

En Kathie y el hipopótamo (1983) volvemos a encontrarnos con la que se ha convertido en la preocupación vertebradora de su obra teatral: la historia de una historia. De nuevo la alquimia que une vida y ficción impregna de irrealidad lo cotidiano.

La Chunga (1986) es, hasta la fecha, la obra más representada del autor. En ella, la incertidumbre sobre la naturaleza de lo real multiplica una misma acción que es realizada, o soñada, por unos personajes que ya aparecían en su novela La casa verde. En El loco de los balcones (1993) la irrealidad la aporta su quijotesco protagonista, que empeña su vida en una empresa tan “imposible, irreal y absurda” como la de rescatar los balcones de Lima. Quizás la obra más “realista” en la producción teatral de Vargas Llosa sea Ojos bonitos, cuadros feos, escrita para la radio y en la que reflexiona sobre la condición del artista y la naturaleza del arte. En la reciente Odiseo y Penélope, que pudimos ver representada en Mérida, el autor vuelve a jugar con la confusión entre lo soñado y lo vivido, entre lo fabulado y lo real. El de Vargas Llosa es un teatro fronterizo entre la realidad y la ficción y esa ambigüedad ha sido, sin duda, su gran aportación: investigar en la naturaleza del imaginario, darle la vuelta al concepto de “objetividad”.

¿Cómo ha vivido la experiencia de convertirse en Ulises ante las piedras milenarias del Teatro Romano de Mérida?

Ha sido muy emocionante. El escenario del Teatro Romano es sobrecogedor y esas piedras tienen una gran fuerza evocativa. El auditorio es enorme. Ya sólo por eso impresiona y, a diferencia de La verdad de las mentiras, yo tenía que actuar. Era un desafío, una temeridad y una experiencia fascinante. Fue un trabajo de equipo, de compenetración y amistad, compartido con Joan Ollé, Aitana Sánchez Gijón y Frederic Amat. Con la puesta en escena de Odiseo y Penélope he podido vivir la ficción y dar un paso más adentro, encarnándola, gracias al teatro. Tenía ciertos temores porque la versión mía es minimalista pero Joan Ollé subsanó el problema diseñando una geometría de movimientos que abarcaba todo el espacio.

Supongo que a los nervios propios del autor se añadieron los nervios de la interpretación. ¿Quién ha sufrido más, el autor o el actor?

Ahora puedo asegurar que no hay nada comparable al “pánico escénico”, una sensación de inseguridad, ansiedad y felicidad para la que no te preparan las conferencias ante auditorios grandes. Tú pasas a ser un personaje de ficción y a establecer una comunicación muy estrecha. El teatro es la forma de ficción que más se parece a la vida por su fugacidad y porque ninguna representación es igual a otra. Es el único género que te permite tener una vida en la ficción y una vida real al mismo tiempo.

¿Cómo se ha sentido como actor de su propio texto, a las órdenes del director Joan Ollé?

Entendí que debía olvidarme de ser el autor del texto y fui muy disciplinado. Tanto Aitana como Joan Ollé me pidieron que sacrificara algunas partes del texto. Al principio yo lo defendí con uñas y dientes pero me di cuenta de que ellos tenían más experiencia que yo en ese campo y además me lo pedían con argumentos de gente que tiene conocimiento del teatro. El tiempo de la novela y el tiempo del teatro son muy distintos. El teatro exige una medida del transcurrir de la historia que no es la de la novela porque éste no tiene la limitación del tiempo. En la escena la atención del público se eclipsa fácilmente. En la edición que se va a publicar del texto, algunos de esos cortes se mantendrán y otros no.

¿Qué ha resultado más placentero, convertir a Ulises en Mario Vargas Llosa o a Mario Vargas Llosa en Ulises?

Lo maravilloso de Ulises es que está para ser interpretado por los lectores. Componemos el personaje en función de nosotros mismos. Éste es un Ulises concebido por Mario Vargas Llosa. He utilizado La Odisea como materia prima para hacer una recreación personal, así que Odiseo tiene algo de Homero, algo de mí...

Ulises es un gran contador de historias, como Sherezade, como Mario Vargas Llosa....

Sí, Ulises es el personaje que mejor encarna al contador de cuentos. Él puede ser un gran aventurero, pero también un gran fabulador. La Odisea está tan bien escrita que no se sabe si Ulises vivió todo lo que cuenta o lo inventó. Ese aspecto de Ulises como gran fabulador es el que yo he querido subrayar.

Ha escrito que “Inventar es tomarse ciertos desquites contra la vida que nos cuesta vivir”. ¿Cómo sería su vida sin la ficción?

Sería más triste y más sórdida. Como a la mayor parte de las personas, las mejores cosas que me han pasado las he vivido en la ficción, las he fantaseado. Y eso enriquece la vida real, que no sería igual.

¿Y qué mentira o ficción es la que mejor define al hombre Mario Vargas Llosa?

No lo sé, porque uno mismo no conoce su cara cuando se mira al espejo. Sé que a través de la literatura he tratado de vivir más que en la realidad.

¿Qué lección de escritura ha aprendido en el teatro y cómo condicionan a su trabajo dramático los restantes elementos del proceso teatral: actor, director, puesta en escena...?

El teatro está hecho para ser visto en un escenario, no para ser sólo leído. Por eso, exige más modestia y espíritu de equipo. En la novela los límites son tu propio talento, mientras que en el teatro tienes que saber que eres parte de una maquinaria en la que intervienen los actores, los directores, los escenógrafos... Además su escritura es mucho más esencial que la narrativa, por eso está más cerca de la poesía y del cuento.

Usted asegura que se enamoró del teatro cuando vio representada La muerte de un viajante de Arthur Miller. ¿Qué le cautivó?

Me impresionó mucho la historia de ese pobre viajero que acaba perdiendo la fe en el sistema en el que ha vivido y crecido, y esa pérdida de ilusiones le lleva a suicidarse. Me fascinó la libertad con la que estaba escrita, una libertad que yo sólo había visto en las novelas modernas.

¿Ha influido en su evolución como dramaturgo su evolución como novelista?

No lo sé, no tengo la perspectiva suficiente, pero siempre he sabido cuándo una historia era para una novela y cuándo para el teatro. Las historias que yo siento como teatrales son más intimistas, familiares y están centradas en muy pocos personajes, y siempre han estado inspiradas por alguna cosa que yo veía, tienen un factor muy visual.

¿Tendremos noticias del dramaturgo pronto?

Sí, claro. Ahora estoy embarcado en un proyecto como el de Odiseo y Penélope: Las mil y una noches. ~