María Moliner: Historia de una vida ordenada | Letras Libres
artículo no publicado

María Moliner: Historia de una vida ordenada

Inmaculada de la Fuente

El exilio interior. La vida de María Moliner

Madrid, Editorial Turner Noema, 2018, 368 pp.

De la necesidad de rescatar a las mujeres cuyos aportes a la ciencia y las artes fueron esenciales pero poco reconocidos en su momento, la industria editorial ya ha hecho eco. Un ejemplo pertinente es esta biografía de María Moliner, a cargo de la periodista y escritora Inmaculada de la Fuente. El exilio interior apareció en 2011 pero se reeditó recientemente, tras cumplirse los cincuenta años de la publicación de la obra que ocupó gran parte de la vida de la bibliotecaria y lexicógrafa panicense: su Diccionario de uso del español (DUE), elogiado con entusiasmo por Gabriel García Márquez.

A María Moliner se le han rendido varios homenajes artísticos: el del dramaturgo Manuel Calzada Pérez en su obra teatral El diccionario, dirigida por José Carlos Plaza y estrenada en el teatro de la Abadía de Madrid en 2012, o el de la cineasta Vicky Calavia en su premiado documental María Moliner: tendiendo palabras; pero faltaba una biografía de la filóloga panicense, y para colmar esa laguna aquí tenemos esta obra, a medio camino entre la historia y la novela, como es propio de este género.

Es oportuno recordar que las biografías no solo hablan de la persona cuya vida relatan, sino también de la sociedad en la que vivió su protagonista. En el caso que nos ocupa, tener esto presente durante la lectura de El exilio interior resulta particularmente fructífero para comprender en profundidad los aspectos socioculturales de la España de las décadas anteriores a la democracia. No hay que engañarse: la vida de María Moliner fue dura, sacrificada y carente de glamur. Nada de viajes al extranjero ni tórridas aventuras amorosas, pues se casó en 1925 con Fernando Ramón y Ferrando y permaneció junto a él hasta el fallecimiento de este en 1974. María Moliner fue una mujer de perfil bajo en una realidad en la que lo normal –y exigible– era que las mujeres se limitaran a ser amas de casa, madres y, si acaso, desarrollaran una profesión que no las distrajese demasiado de estos otros deberes. De ahí que el académico de la RAE Alonso Zamora Vicente, si bien no apoyó la candidatura de María Moliner de ingreso en la Academia, elogiase después su “modestia y recato ejemplares”.

Moliner vivió su juventud durante la República y a los treinta y nueve años fue testigo, desde el balcón de su casa de Valencia, del fin de la Guerra Civil –es decir, de la entrada de las tropas franquistas en la ciudad–, cuando ya era madre de sus cuatro hijos. A partir de ahí, según narra De la Fuente, comenzó su exilio interior: fruto de la depuración franquista descendió varios puestos en su escalafón profesional y tuvo que dejar su cargo en la biblioteca de la Universidad de Valencia para volver a su tedioso trabajo en el Archivo de Hacienda. En 1946, ya en Madrid e instalada en su nuevo puesto como directora de la biblioteca de la Escuela de Ingenieros Industriales, comenzó su meticulosa labor de redacción del DUE.

Solo en el último tercio de esta biografía el relato de Inmaculada de la Fuente se centra en las vicisitudes de elaboración de la obra por la que María Moliner ha pasado a la historia de la cultura. Previamente asistimos a su recorrido intelectual y profesional, y para crear interés sobre la trayectoria vital de la autora del DUE, De la Fuente se ha documentado acudiendo a todas las fuentes posibles: declaraciones de la propia Moliner, de sus familiares y amigos, así como cartas y material burocrático de archivo que nos informan de sus traslados, pérdidas de puestos en el escalafón de funcionarios y reincorporaciones laborales. Impresiona el pliego de cargos contra ella que se reproduce en el libro y que sirve como inicio para la segunda de las dos partes de la biografía, enfocada en la vida de Moliner a partir del fin de la Guerra Civil. De manera indirecta, el texto rinde también homenaje a todas esas figuras de la resistencia intelectual que no tuvieron la oportunidad de exiliarse y que, durante el franquismo, trataron de contribuir a la educación y cultura españolas en la sombra. Algunos nombres que desfilan por el texto son los de Teresa Andrés, Tomás Navarro Tomás o María Sánchez Arbós, vinculada a la Institución Libre de Enseñanza y encarcelada durante la dictadura.

La parte final, centrada en la elaboración y publicación del DUE, nos presenta a una María Moliner sin habitación propia en la que trabajar con sus fichas, aunque resignada a dicha situación. También nos muestra la difícil situación de las mujeres intelectuales de la época, como denunció Josefina Carabias en su columna del diario Ya al anunciarse que Moliner era una de las candidatas para ingresar en la RAE en 1972.

Son particularmente expresivos los informes de María Moliner a sus superiores cuando en 1935 se encargó de visitar las bibliotecas de las escuelas de toda la provincia de Valencia. Así describe la biblioteca de la escuela de la localidad de Albal y su ambiente: “Director, viejo; maestro encargado de la biblioteca, viejo. Todo en la escuela huele a ranciedad. Cobran diez céntimos por cada libro que prestan. Dicen que si no lo hicieran mucha gente pediría por pedir, y eso da mucho trabajo... Para trabajo el que cuesta convencerles de que no deben hacerlo.”

Si bien Moliner era consciente de su perfil bajo, y así lo deja caer ella misma en la carta a su hijo Fernando el 20 de noviembre de 1972, donde le cuenta el alivio que siente al no haber sido elegida académica y le hace ver por qué ha estado tan mediáticamente expuesta durante el proceso de selección (“Naturalmente, la explicación está en que, en el aburrimiento general de la gente de pluma en esta nuestra bendita España, se agarraban como un clavo ardiendo al bonito tema de la señora recoleta que había hecho un diccionario que es el que usan los académicos”), a lo largo de esta biografía nos queda también claro que la “señora recoleta” mostraba su desparpajo y agudeza siempre que la sociedad de su tiempo se lo permitía. ~


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