María Gainza: Más verdadero que lo auténtico | Letras Libres
artículo no publicado

María Gainza: Más verdadero que lo auténtico

María Gainza

La luz negra

Barcelona, Anagrama, 2018, 144 pp.

A William Hogarth (es decir, a Moses Mendelssohn) le debemos la idea de que todo lo que había de “shakesperiano” en el mundo ya fue hecho por William Shakespeare. ¿Qué sucede, sin embargo, con el deseo de “continuar leyendo” al bardo? ¿Y con los que aspiran a escribir tragedias que desmientan la afirmación del pintor inglés (es decir, del coautor de “El papa, un metafísico”)? A menudo considerada una actividad espuria y perseguida judicialmente, pero promovida (o al menos tolerada) por el negocio del arte, la falsificación puede ser vista también como una manera de perpetuar y ampliar la obra de ciertos artistas; la demostración de que (digámoslo así) no todo lo shakesperiano fue escrito por William Shakespeare, como parecen haber creído William Henry Ireland, Samuel Rowley y Robert Greene, entre otros.

Una parte considerable de los problemas que hacen a la valoración de la obra de arte confluyen en la falsificación: el de qué es un autor, el de a quién le “pertenece” esa obra, el de qué es la “originalidad” y cómo puede ser evaluada si no es en relación con otros elementos (que ponen su pretensión de exclusividad en entredicho), el de cómo se cierra una obra artística y quién lo determina; por último, el de los vínculos siempre problemáticos entre arte y verdad, entre arte y moral dominante, entre arte y dinero.

La nueva novela de María Gainza aborda todas estas cuestiones a través del relato de una narradora que se instala en un hotel parisino para escribir acerca de su “crimen” o (más bien) “crímenes”: contribuir a hacer pasar por auténticas obras falsas cuando trabajaba en la oficina de tasación de un banco, producir un catálogo espurio para una subasta, reseñar exhibiciones para otro crítico, convertir el intento de biografía de una artista marginal y sin obra en algo mucho más importante y personal pero inacabado; negarse, por último, a creer en exceso en una inmanencia del arte cuya estela se disipa en cuanto se la observa detenidamente. Gainza tiene un estilo a primera vista ligero que sirve bien a la historia que desea contar y un especial talento para escoger aquellos detalles que mejor caracterizan una situación y a un personaje. (Como esa “bañadera de mármol italiano”, “el escritorio Louis XVI [y] una cama ancha como una balsa y bombones envueltos en papel dorado incrustados sobre las almohadas como diamantes falsos en la nieve” que la narradora enumera para describir su habitación de hotel, pero también para fundar una mirada sensible y no ajena a las inflexiones de clase, al comienzo de la novela.) Pero la ligereza del relato es solo aparente (de hecho, es una falsificación más de las que se presentan bajo La luz negra) y aquí y allá el relato permite atisbar la presencia de una carga mayor, expresada en epigramas que invitan a la práctica del commonplace book: “Rara vez un hombre le propone algo a una mujer sin que ella, minutos antes, no lo haya intuido”, “Tal vez la realidad sea siempre demasiado ruin para que quede constancia de ella”, “¿No son nuestras debilidades más hermosas que nuestras fortalezas?”.

Algo en La luz negra evoca la felicidad y la melancolía de las “novelitas” de Adolfo Bioy Casares, pero su interés por la falsificación y el registro documental de un juicio por estafa (en el capítulo “Un tal señor Ramos”) remiten a la obra de ficción de Ricardo Piglia, y personajes como la pintora Mariette Lydis, Enriqueta Macedo (“la recta e inabordable Enriqueta Macedo” que durante cuarenta años hace pasar por auténticas obras de arte falsas si son buenas, y por una comisión), el impenetrable pero fiel Lozinski (que nunca se desprende de su uniforme militar) y muchos de los que la narradora entrevista para reconstruir la vida de La Negra (y con ella, cierta escena artística porteña de la segunda mitad de la década de 1960) vinculan a su autora con las máquinas célibes que retrató Juan Rodolfo Wilcock. “¿Una buena falsificación no puede dar tanto placer como un original? ¿En un punto no es lo falso más verdadero que lo auténtico? ¿Y en el fondo no es el mercado el verdadero escándalo?” Las preguntas hechas en este libro son (en un punto) muy simples de responder; por otra parte, hacerlo es complicadísimo. Gainza lo consigue en esta muy buena novela, que ratifica las numerosas insinuaciones de El nervio óptico (la obra anterior de su autora) y es uno de los libros más disfrutables de este año. ~


Tags: