Magazines: del rosa al amarillo | Letras Libres
artículo no publicado

Magazines: del rosa al amarillo

 

 

He sido guionista de varios magazines matinales. Uno era un experimento y tenía un enfoque periodístico; duró unos meses. Otro era un espacio sobre una Exposición Internacional. El tercero era el más ortodoxo y, según el director, seguía la estética del infotainment, una mezcla de información y entretenimiento. El formato cambió a lo largo del tiempo, pero era un debate de un par de horas, conducido por un presentador y una presentadora, donde varios contertulios hablaban sobre invitados o vídeos. Había también conexiones en directo, un concurso y secciones con colaboradores que hablaban de celebridades, gimnasia o animales de compañía. Los contertulios eran gente de la comunidad (periodistas, empresarios, psicólogos, la esposa de un futbolista), personas que querían promocionarse (un ganador de Gran Hermano, un escritor, un cirujano plástico que acababa de abrir consulta en la ciudad) y famosos que habían dejado atrás su época dorada y pululaban por las televisiones autonómicas, como los músicos que tocan antiguos éxitos en los casinos indios. Yo era el guionista: los redactores me entregaban los vídeos o la información de los invitados, escribía los pasos a las piezas y añadía información y cuestiones para los debates. Hacía una versión larga para los presentadores y el director, y otra breve para los contertulios.

El magazine se emite a una hora en la que el público es escaso y viejo. Es un contenedor en el que cabe casi todo, con la condición de que se amagazine. Los asuntos de política y cultura encajan peor, porque pueden crear un problema y porque se supone que son veneno para la taquilla, respectivamente; los grandes temas son las noticias de sociedad y los sucesos. Mi programa se nutría sobre todo de los periódicos locales –el sensacionalismo de los gratuitos era muy útil–, pero también se usaban temas de los nacionales, adaptados al contexto autonómico: “Los jóvenes españoles...” se transformaba en “Los jóvenes de la comunidad...”. Había reportajes sobre famosos –Madonna y sus hijos, actrices con adicciones–, pero eran más comunes las preguntas alarmantes sobre costumbres: “¿aumenta la morosidad en tiempos de crisis?”, “¿están solos nuestros mayores?”, “¿las redes sociales son un peligro para los menores?” eran temas recurrentes. Y otra fuente eran las demás cadenas: si un tema había funcionado bien en un programa rival, lo tratábamos a los pocos días. Entre los invitados abundaban lo esotérico –terapias con imanes, opositores a las vacunas, homeópatas– y lo excéntrico –coleccionistas patológicos, proselitistas de la virginidad. Como en la mayoría de los magazines, imperaba un espíritu entre entrañable y pintoresco: era una suerte si entre el público que visitaba el plató había un hombre aficionado a cantar la jota o una septuagenaria dispuesta a bailar un pasodoble con el atlético presentador.
Eso aportaba un elemento tan esencial para el magazine como el sensacionalismo: el clima campechano que también supone una igualación por abajo, la búsqueda del espectador según el mínimo común denominador intelectual.

Los directos compartían el tono folclórico: una de las obsesiones era saber si había un pueblo en fiestas o nieve en las montañas, para arrancar con una conexión que mostrara vaquillas o un paisaje invernal: eso daba audiencia. Durante la emisión, mirábamos los diarios digitales y se hacía una ronda de llamadas para ver si había algún accidente mortal. Lo que más interesaba eran sucesos como los crímenes locales (que, ay, eran poco frecuentes), el caso Mari Luz, la muerte de Marta del Castillo, el aniversario de la detención del Monstruo de Amstetten. Y el objetivo máximo era el “testimonio”: entrevistar en el plató a una persona que hubiera estado cerca del crimen (o que hubiera vivido una experiencia traumática, desde una secta a un accidente, pasando por la madre de una niña a la que su profesora le clavó un lápiz). Cuando otra cadena se llevaba al “testimonio” –porque tenía más suerte u ofrecía más dinero–, era frecuente organizar un debate deontológico sobre los límites del periodismo.

Hay dos enfoques principales: el de quienes creen que, a pesar de todo, esos programas hacen una función social y el de los que parten de una visión más irónica y mercenaria, y saben, por ejemplo, que muchos de los invitados son estafadores o están mal de la cabeza. El peligro de los primeros es el paternalismo; el de los segundos, el cinismo. Si hubiera que elegir, preferiría estar con los primeros: el magazine habla mucho de costumbres, y, aunque el tono de indignación moral es especialmente repugnante cuando lo adoptan programas cuyo estándar ético haría que Jack el Destripador se ruborizara, a veces hay contertulios que defienden la libertad. Creo que la televisión pública no debe promocionar la estafa basada en la superstición: cuando venía un médium esperaba que, al menos, los argumentos que anotaba en el guión ayudaran a mostrar que era un timador.

En los once meses que estuve allí, coincidí con buenos periodistas, aprendí e hice algunos amigos, pero era difícil no ver la rapacidad en la lucha por la audiencia y la falta de humanidad en el trato a los invitados. Cuando alguien “tenía el testimonio” de una mujer maltratada o el familiar de un niño enfermo, la primera pregunta era: “¿Va a llorar en el plató?” La realidad no debía estropear un titular. A partir de un texto sobre las dificultades de los inmigrantes para alquilar un piso, el programa preparó un “reportaje de investigación”. El equipo no encontró un caso real y al final se emitió una llamada en la que un redactor simulaba un acento extranjero y una redactora decía que no le alquilaba el piso. El tema del debate era: “¿Somos racistas los aragoneses?”

Un día llegó una chica nueva. En una reunión, dijo: “Pero eso no es así.” Uno de los presentadores sonrió: “Cómo se nota que es nueva, qué apego le tiene a la verdad.” ~